Revista Diners
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Al norte de Barcelona se encuentra Badalona, un poblado de pasado romano vecino al mar. En pleno barrio de Canyet, Marçal Font i Espí decidió crear la Llibreria Fènix, pero no en un lugar físico puntual, sino con la intención de ir en persona cada domingo a atender en el Mercado Dominical de Sant Antoni, en Barcelona, además de otras ferias del libro. Su negocio se mueve alrededor de piezas de colección y libros singulares. Tiene el ojo aguzado para ver las joyas que otros pasan por alto. Por lo mismo, también tiene el olfato para saber si algo no anda bien.
Para comprar sus libros de colección es necesario hacer una cita previa, aunque también existe la opción de hacer una compra por internet para facilitar la transacción.
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Por ese instinto de librero tardó poco en darse cuenta de una anomalía: en un solo día recibió siete pedidos de libros que llevaban años durmiendo en sus estanterías. Se trataba de obras valiosas, sin duda, pero que muy ocasionalmente despertaban el interés de un comprador común.
Quien los compraba los quería a toda costa. Solo eso podía justificar que los gastos de envío cuadruplicaran el precio de los ejemplares. Aquella persona o empresa detrás de la adquisición estaba dispuesta a pagar mucho por libros que no eran fundamentales, y no parecía tener una lógica comercial clara, sino que actuaba como quien tiene una lista de compra del supermercado y busca repartir los productos sin importarle su valor real.

Font i Espí olió algo raro en todo esto. No parecía una operación normal, por mucho que le estuvieran comprando libros. Había algo de mecánico e ilógico que despertó sus alarmas.
Fue cuando decidió preguntar a otros de sus conocidos en el mundo de las librerías de viejo. Llamó y escribió a varios colegas y se dio cuenta de que no era el único. Por el contrario, Font supo que el fenómeno se repetía por todo el mundo: desde Alemania hasta Nueva Zelanda, o desde Australia hasta Francia.
Una empresa real con una intención falsa
Los datos coincidían: la empresa responsable era la misma. Se llamaba Zoom Books, y se reportaba como una compañía canadiense con sede en Estados Unidos. El destino final era un centro logístico en las afueras de Chicago, a pocos minutos del aeropuerto. Lo que decía la empresa de sí misma era un lavado tradicional de mercadeo estadounidense: Que los libros pertenecen a los lectores y que ellos eran una empresa que recuperan libros para donarlos y reciclarlos. Todo, muy bonito. Y falso.
Todo esto sucedió entre finales de abril y principios de mayo de 2026. A medida que más indagaban, más librerías de segunda mano del mundo contaban la misma historia. Los pedidos automatizados, absolutamente específicos, llegaban a horas intempestivas procedentes de Estados Unidos. Nunca buscaban bestsellers o clásicos. Sus necesidades eran obras olvidadas de las que poco se sabía o recordaba, de las que quedaban mínimos ejemplares en circulación, así como tratados técnicos, actas de congresos, e incluso manuales de producción de vino o dietarios de la Guerra Civil española. También buscaban libros publicados en lenguas como el valenciano o el catalán, el vasco o el gallego, con tiradas de apenas unos cientos de ejemplares.

Allí no había fraude porque los pagos llegaban y las transacciones eran legítimas. Pero la compra masiva y global, a los precios irracionales que estaban pagando, levantó sospechas. ¿Quién podía realizar compras masivas de libros técnicos obsoletos o de distribución muy limitada para una empresa de reciclaje de libros como Zoom Books, destinados supuestamente a donarlos? Aquello parecía un caso de lavado de dólares. O en este caso, de libros, a través de una empresa de fachada.
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Las preguntas obligatorias siguientes eran: ¿quién pagaba gastos de envío tan altos que superaban el valor del producto? ¿Y quién hacía pedidos separados de ejemplares en vez de agruparlos? Ese patrón de comportamiento hablaba de una mecanización de las compras. O de una digitalización estructurada del proceso.
Comprar para destruir
Fue entonces cuando Luz Serra, una librera madrileña de la tienda Tráfico de Libros, junto con otros colegas, recibieron una alerta de su asociación gremial. La noticia era inquietante: esos libros estaban siendo adquiridos para ser destruidos después de ser escaneados.
A través de la empresa canadiense, estaban siendo convertidos en material de entrenamiento para sistemas de inteligencia artificial que ya no sabían a qué agarrarse y buscaban, obsesivamente, libros no digitalizados para sumar contenido y alimentar a la bestia digital.
Aunque la asociación dejó la decisión de qué hacer en manos de cada librero, les recomendó preservar el patrimonio. Font y otro investigador, Xavier Vinaixa Roselló, especialista en inteligencia artificial, comenzaron a tirar del hilo.
Conectaron rápidamente los puntos con un precedente desconcertante que había circulado meses antes: el Proyecto Panamá, un operativo liderado por Anthropic (la empresa detrás de Claude) para escanear y destruir todos los libros del mundo. Así lo había revelado el diario The Washington Post a principios de 2026.
Aquello era gordo.

O sea que estaban dispuestos a comprarlos y destruirlos luego de quedarse con su contenido. Era lo mismo que habían intentado hacer antes los casetes, los discos duros, los CD, los BlueRay, los microfilms, los primeros sistemas operativos y cuantiosas tecnologías más que parecían la última posible frontera del desarrollo: acumular todo el saber en un formato específico, solo para descubrir que pronto será obsoleto.
No todos los libreros respondieron igual. El sector de libros antiguos y de segunda mano obtiene márgenes muy bajos y es un campo reñido en el que se vende poco y se gana menos. Para muchos, la avalancha de pedidos era “un Santa Claus norteamericano”. Necesitaban vender.
A todos les caía bien un poco de alivio financiero. No era su misión salvar el mundo. Pero libreros, como Luz Serra, tomaron la decisión de frenar cuando comprendió lo que estaba sucediendo. Su estrategia quiso ser disuasoria: sumarle un sobrecargo de envío superior a 100 euros a todos los pedidos que llegaran de Estados Unidos, la misma táctica que utilizaba ya con empresas israelíes, igual de peligrosas.
Para su alivio, los pedidos cesaron de inmediato. Aquellos libros se salvaron de pasar por la guillotina y el olvido. Otros libreros más explicaron que rechazar ventas en las plataformas los penalizaba. Se sentían atrapados, con justa razón: o vender o ser justicieros en un mundo implacable en el que la IA robaba contenidos y ellos estaban en el medio.
En busca del saber humano
Algo quedaba claro: pocas cosas eran más valiosas que un libro. Que la gente del común no lo supiera no significaba que la inteligencia artificial no lo tuviera presente: era su alimento fundamental. La casi totalidad de lo que ha nutrido la información que entrega al público ha sido escrita.

Con esa claridad, la operación comenzó en la sombra a finales de abril de 2026, cuando los ingenieros de Silicon Valley activaron sus protocolos de búsqueda a través de algoritmos programados. El objetivo era hallar miles de libros esparcidos en millares de librerías de segunda mano alrededor del mundo. Insertados los parámetros, los buscadores generaron listados que no clasificaban a los ejemplares por reputación ni por título reconocible, sino por su ISBN: los números de identificación que les permitían rastrearlos y comprarlos.
Y luego, desaparecerlos.
Los bots programados para esta labor empezaron su trabajo sin ruido. Primero, compilaron listas de libros que cumplían criterios específicos: obras que no tenían distribución digital; tiradas pequeñas; material técnico especializado; textos en lenguas consideradas “periféricas” por el mercado (como el catalán o el valenciano). Es decir: todo lo que no tenían. Querían más saber. Y ese saber estaba en los libros.
Aunque este material carecía de valor comercial, poseía un valor incalculable como dato: era humano, verificado, editado profesionalmente, libre de la contaminación sintética que infecta internet, donde todo se repite una y otra vez ya en este punto.
En Badalona, los pedidos comenzaron a llegar el 30 de abril. Uno tras otro, en sucesión rápida. Les coques catalanes fue el primero, un recetario de panecillos salados tradicionales de la región, de 128 páginas, escrito por Eliana Thibaut en 1995.
Luego, le pidieron un dietario de la Guerra Civil. Después, actas de congresos de los años 80, un manual de producción de vino y libros de historia local en catalán que habían penado de soledad en la trastienda. Esos siete pedidos llegaron por aparte, en un mismo día, separados, cuando podrían haberse unificado en uno. En París el pánico comenzó a cundir cuando AbeBooks, la plataforma de venta de libros antiguos (propiedad de Amazon),
experimentó picos anómalos en pedidos.
Como ingeniero informático especializado en inteligencia artificial, Xavier Vinaixa hizo la conexión. Por su cuenta había investigado las prácticas de las grandes corporaciones tecnológicas en materia de datos. Cuando supo del caso por Font, tuvo en claro que aquello tenía que ver con el “Proyecto Panamá”.
Panamá Papers/Panama books
No los Panama Papers, otro entramado grave de corrupción política y de millonarios para ocultar dinero. Sino otro nombre en código, que ocultaba una operación cuya escala era mayúscula.
Según la documentación interna desclasificada en un litigio sobre derechos de autor que reportó Wired, y que posteriormente se reveló en un litigio judicial, la empresa Anthropic (creadora del asistente artificial Claude), lanzó en 2024 un proyecto de compra masiva de libros físicos, para el que destinó millones de dólares. La idea no era comprar libros para conservarlos. Todo lo contrario. Era extraer y desechar.
El protocolo era claro: cortar los lomos, separar las páginas, escanearlas con OCR (reconocimiento óptico de caracteres), extraer el texto, convertirlo en datos para entrenar modelos de IA, y finalmente: destruir el soporte físico. Para dirigir la operación, Anthropic contrató a Tom Turvey, antiguo ejecutivo de Google, quien había participado en Google Books, el masivo proyecto de digitalización de esta empresa.

Anthropic no compraba directamente. Su operación era más sofisticada: estableció una capa de intermediación a través de Zoom Books, la empresa canadiense con sede en Illinois que actuaba como el eslabón visible y nexo comercial para mantener cierta distancia y anonimato, por si alguien se daba cuenta y los denunciaba.
Para hacer la compra más sutil, los libros llegaban a PrepFort, un proveedor privado de logística cerca del aeropuerto de Chicago. En aquel punto de convergencia se recibían millones de paquetes globales que se reenviaban a “destinos finales” desconocidos. Así, al establecer múltiples pasos, como en toda cadena de corrupción, la suma de intermediarios permitía ocultar los reales tentáculos del poder y de la operación oculta.
Una estructura casi criminal
Pero PrepFort ofrecía empleos públicamente: buscaba “escaneadores”, gente con experiencia en códigos de barras, capacidad de mecanografía rápida (más de 60 palabras por minuto) y resistencia para permanecer de pie ocho horas. El dato daba pistas claras sobre lo que buscaban. También consideraban “deseable” que los aspirantes al cargo tuvieran experiencia en procesamiento de libros, sistemas bibliotecarios y gestión de pedidos de comercio electrónico. Era, sobre el papel, solo una empresa de logística. Sin embargo, estaban escaneando millones de libros.
Zoom Books, por supuesto, negó estar involucrada en el Proyecto Panamá. Pero la investigación llevó a encontrar una publicación antigua en la web de esta empresa, en la que se ofrecía explícitamente como intermediaria para proveer libros físicos a “laboratorios de IA como antídoto a la falta de datos”. Tal como estaban haciendo.
Mencionaban en esa publicación, incluso, el precedente legal que los amparaba: el caso Bartz contra Anthropic, en el que un juez estadounidense había dictaminado que entrenar IA con libros adquiridos legalmente (comprados y con factura) era legítimo. En realidad, pagaban una vez los derechos de autor y los usan luego en un modelo por el que cobran para sacar ganancias en el mundo entero. Lo más parecido a un robo a gran escala.

La factura era la clave importante de estas empresas para salvaguardar su acción ilegal bajo un supuesto amparo legal. Porque con ella, podían argumentar que habían hecho una compra legal. Anthropic podía argumentar así en cualquier litigio que había adquirido legítimamente el material. No importaba que robaran la información sin pagar derechos y la difundieran al mundo sin que sus autores se enteraran.
Font y Vinaixa publicaron sus hallazgos en Substack. Su investigación meticulosa trazaba los patrones de compra, conectaba Zoom Books con PrepFort, señalaba el precedente del Proyecto Panamá, y advertía de lo que estaba sucediendo. La alerta corrió por doquier. Libreros del mundo reconocieron el patrón en sus propias transacciones. Había dejado huellas de ese algoritmo en cada compra irracional.
Piratearon a los piratas
Pero el daño ya estaba parcialmente hecho. Miles de libros ya habían sido comprados y otros estaban en camino para su escaneo. Peor aún, miles habían sido ya destruidos para borrar huella de su existencia, con la excusa de que ya formaban parte de la nube digital. De hecho, ya Antrophic había descargado millones de archivos de bibliotecas piratas como LibGen y Pirate Library Mirror. Piratería pura a los propios piratas.
El problema es que, con la tecnología en permanente actualización, es probable que dure poco este sistema puntual. Vendrán otros nuevos. Y sin un soporte físico, ese patrimonio se olvidará. Porque lo que desaparece no es solo el papel, sino la memoria.
Los seres humanos, durante siglos, hemos construido bibliotecas, archivos y universidades bajo la convicción de que ciertos objetos merecen ser preservados porque contienen fragmentos de nuestra memoria colectiva. Un libro en una librería de segunda mano no es solo un objeto comercial, sino un resguardo de información humana verificada, editada y pensada, y seguramente escrita tras largas investigaciones. Cuando la gente dice “ohhh, qué
inteligente es la IA”, es nuestra inteligencia, nuestro conocimiento puesto a su servicio, y potenciado por superordenadores y centrales de datos también construidas por seres humanos. Son nuestra extensión.

Cuando Anthropic, Meta y otras corporaciones tecnológicas como OpenAI compran masivamente libros para escanearlos y destruirlos, no solo digitalizan información. Lo que en realidad hacen es extraer valor de un bien público y privado, y luego eliminar el soporte original. El libro queda convertido en datos, que circulan en sus servidores privados. El libro, de patrimonio físico, pasa a ser un dato de una empresa. Su existencia desaparece en una trituradora. Lo preocupante es que eligen libros de los que ya hay pocos o único ejemplares.
Lo aún más preocupante es que ahora irán por más: lo que no está catalogado. Desde fanzines hasta ediciones caseras, memorias autoeditadas, publicaciones escolares o genealogías caseras. Todo lo que explica el mundo cotidiano. Cuando Silicon Valley se trague eso, habrá poco o casi ningún contenido humano libre de IA. Todo estará en manos de empresas que no sienten la obligación de preservar su conocimiento. Un libro de recetas
clásicas de cocas catalanas será, apenas, una respuesta a un prompt. Y esa respuesta solo aparecerá, sin su autora, si alguien decide preguntar por ese tema específico. Y eso solo ocurrirá si es que alguien aún recuerda que existen.
La alternativa que proponen Font y Vinaixa es la más justa hasta el momento. En vez de dejar que empresas estadounidenses extraigan libremente este conocimiento, proponen que “las empresas paguen por los datos y que nos quedemos con el patrimonio”. En otras palabras, ofrecer un material del dominio público con metadatos limpios, contratos únicos, atribución y auditoría de uso. Esto ofrecería a los modelos de IA lo que les falta:
procedencia, trazabilidad y fuentes verificables.
Europa está a la vanguardia de la protección del patrimonio y del derecho intelectual, así como normativas sobre inteligencia artificial. Será una batalla larga, pero sin duda la dará. En realidad, debemos darla todos. La inteligencia artificial es una extensión de nuestro saber, pero la tecnología cambia. El saber debe, en cambio, preservarse.
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