Revista Diners
Getting your Trinity Audio player ready... |
La Freemason’s Tavern (Taberna de los Francmasones), situada en el West End de Londres, estaba dispuesta a manera de auditorio: las mesas recogidas y las sillas organizadas frente a lo que haría las veces de tarima. Cerca de 500 varones, asistentes a la Convención Mundial contra la Esclavitud, debatieron las formas de lucha que erradicarían para siempre la esclavitud y la trata de personas en el mundo. Unos sugirieron boicotear la economía y dejar de comprarles azúcar, algodón y tabaco a los esclavistas, para, en su lugar, comprarles solo a quienes remuneraran a sus trabajadores. Otros insistieron en que era necesario irse de frente contra los mercados de Cuba y Brasil, que, además de ser ilegales, los administraba Estados Unidos.
La Royal Navy planteó la opción de interceptar todos los barcos de esclavos que cruzaran el Atlántico, pero alguien se opuso con el argumento de que se violaría la soberanía de otros países. Los cuáqueros se ofrecieron a condenar cualquier Iglesia que mencionara relaciones de esclavitud en sus textos sagrados y los más diplomáticos hablaron de enviar cartas de protesta a los jefes de Estado para exigir respeto por los derechos humanos.
En el fondo del sitio, detrás de una cortina, como si tratara de un público al que aún no le levantan el telón para poder disfrutar de la obra, estaban las mujeres: Lucretia Coffin Mott, Sarah Pugh, Mary Grew, Abby Kimber, Elizabeth Neall, Ann Green Phillips, Emily Winslow y Abby Southwick. Todas eran estadounidenses, activistas y, desde luego, abolicionistas. Las habían invitado y acreditado en forma oficial, pero al entrar al recinto descubrieron que no tenían voz ni voto en las decisiones de la Convención.
Eso y que, además, se debían sentar detrás de una cortina para no ver ni ser vistas. Con ellas estaba también Elizabeth Cady Stanton, quizá la más joven y la única no acreditada. Llegó como acompañante de Henry Staton, el hombre con el que acababa de casarse y que, queriendo matar dos pájaros de un solo tiro, aprovechó el viaje a Londres para celebrar su luna de miel.

Habían intentado por todos los medios participar de la misma manera que los varones, pero tras someter el pedido a votación, el “No” ganó por abrumadora mayoría y tuvieron que conformarse con escuchar detrás de la cortina. Sin embargo, la humillación de ese día fue abono para las inconformidades que ya estaban sembradas en las mujeres: necesitaban derechos políticos.
Ocho años más tarde, Lucretia Coffin y Elizabeth Cady lideraron la Convención de Seneca Falls en la Capilla Wesleyana de Séneca, en Nueva York. Fueron dos días y seis sesiones en las que 300 mujeres asistentes debatieron su rol en la sociedad. Unas adujeron que era ilógico que las obligaran a obedecer leyes que ellas no habían ayudado a crear. Otras, que el sufragio era la única herramienta real para asegurar sus demás derechos.
Las solteras denunciaron que, al casarse, quedaban civilmente muertas ante la ley porque su identidad la absorbía la del esposo, y alguna añadió que, cuando eso sucedía, perdían el derecho a tener propiedades individuales o a conservar el dinero de su propio trabajo. Las casadas, a su vez, criticaron que las leyes de divorcio favorecían a los varones sin importar sus fallas, y todas, sin excepción, estuvieron de acuerdo en lo injusto que resultaba no tener acceso a la educación universitaria.
El movimiento Tradwives (esposas tradicionales, en español) engloba a mujeres heterosexuales, blancas, de derecha y de clase alta, que se declaran antifeministas y luchan contra una supuesta retórica woke.
El resultado fue una larga lista de resoluciones que quedó consignada en la Declaración de Sentimientos, un documento escrito teniendo como referencia la Declaración de Independencia de Estados Unidos y que firmaron cien mujeres. El famoso “Todos los hombres son creados iguales” se parafraseó como “Todos los hombres y mujeres son creados iguales”. Un gesto deliberado y simbólico que obligaba a incluir las voces femeninas en la historia.
La Convención de Seneca Falls se replicó durante varios años en otros estados, con diferentes nombres y diferentes mujeres a la cabeza, hasta que en 1920, después de más de setenta años de lucha pacífica y resistencia feminista, se ratificó la 19.ª Enmienda de la Constitución de Estados Unidos y las mujeres obtuvieron el derecho al voto.
“La fe por encima del feminismo”
El centro de convenciones del Hotel Marriott, en el River Walk de San Antonio (Texas), parecía una fiesta electrónica: luces robóticas, paneles de luz que alternaban entre violeta y rosado, volcanes de pólvora fría, parlantes a reventar y el mismo eslogan en todas las pantallas: “Faith over feminism” (“La fe por encima del feminismo”).
Más de dos mil mujeres que asistieron al Women’s Leadership Summit del Turning Point USA enloquecieron con cada oradora que pisó la tarima. Se pusieron de pie, gritaron y levantaron los celulares para tomar videos por encima de la cabeza de los asistentes. Todas iban con zapatos altos y vestidos satinados, en su mayoría de colores pastel.

Cada invitada tenía veinte minutos para intervenir. Unas dijeron que las luchas feministas confundían a las mujeres y las alejaban de los roles que Dios estableció para ellas desde la creación del mundo. Otras se quejaron de que ahora había tantas formas de ser mujer que ya no era posible definir lo femenino: existían mujeres que habían nacido hombres, hombres casados con otros hombres y mujeres que tenían hijos con otras mujeres.
Erika Kirk, viuda del asesinado activista político conservador Charlie Kirk, es la directora de Turning Point USA, una organización dedicada a adoctrinar jóvenes en la extrema derecha radical. Ella exhortó a las asistentes a hacer una lista de sus virtudes católicas y honrar a sus esposos por medio de estas: humildad, fidelidad, obediencia y sacrificio. Alguien del público gritó que Kirk protegía pedófilos y la echaron entre abucheos, mientras que ella pedía, con aire de superioridad, que oraran por esa pobre chica que había elegido ser “a woman of the world” en lugar de “a woman of the word”, refiriéndose a la Biblia y la palabra de Cristo.
Savanna Faith Stone, una influencer y podcaster famosa por promover un estilo de vida de “ama de casa tradicional” (tradwife), aseguró que ser esposa no es un título que se adquiere, sino algo que las mujeres encarnan por naturaleza, estén o no casadas. Luego, reveló el secreto para encontrar marido: anotar las virtudes que deseaban en él (buen cristiano, masculino, conservador, atlético y protector) y dedicarse a cultivar en ellas las que fueran complementarias (buena cristiana, femenina, conservadora, esbelta y devota).
Meses antes, Faith había sido noticia tras aparecer en el pódcast The Pocket with Chris Griffin y proponer que las mujeres cedieran su derecho al voto al varón de la casa. Para ella, es urgente volver al conservadurismo, a los valores tradicionales y la familia devota en Cristo. El aborto, la equidad de género y la diversidad sexual son mentiras envenenadas que atacan lo femenino y alejan a las mujeres de su misión en el mundo: ser madres y esposas. Primero, Dios creó a Adán, y luego, para que no estuviera solo, creó a Eva. Dios se manifiesta en Adán y Eva lo recibe por intermedio de su esposo. Simple.

( Le puede interesar: La verdad desde la sangre: Charles Spencer rompe el silencio sobre la vida y muerte de la princesa Diana )
¿Qué buscan en realidad las tradwives?
El Seneca Falls y la Declaración de Sentimientos fueron en julio de 1848, y el Women’s Leadership Summit del Turning Point USA, hace un mes. Parece que la historia se hubiera empezado a contar por el final, in extrema res.
Erika Kirk, Savanna Faith y las demás asistentes al congreso pertenecen al movimiento Tradwives (esposas tradicionales, en español), que engloba a mujeres heterosexuales, blancas, de derecha y de clase alta, que se declaran antifeministas y luchan contra una supuesta retórica woke que destruye los valores y sataniza la familia.
La contradicción es evidente: las tradwives abogan por quedarse en la esfera doméstica y rechazar cualquier ambición individualista que implique tener una carrera profesional o una vida propia, no subordinada al marido y los hijos, pero todas tienen una carrera como tradwives que monetizan por medio de redes sociales o eventos públicos. Savanna Faith lo hace a través de Instagram, TikTok y su pódcast Good Wife. Y Erika Kirk lo hace desde Turning Point, sus nexos políticos con las iglesias estadounidenses y sus negocios con empresas de ultraderecha. La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿qué buscan en realidad las tradwives? ¿Hay algo detrás de sus ideas?
Hasta el momento no existe una única respuesta, pero sí un precedente histórico y algo de bibliografía al respecto. Según escribe Betty Friedan en La mística de la feminidad, después de la Segunda Guerra Mundial el mundo entró en una reestructuración política, económica y cultural. Los hombres regresaron del campo de batalla y encontraron que las mujeres los habían sustituido en las fábricas y oficinas, así que las empresas efectuaron despidos masivos para devolverles su lugar a los varones.

El resultado fue la redirección cultural de las mujeres hacia el hogar. A eso se sumaron un incremento en los índices de natalidad —mientras no hubo hombres, no hubo hijos— y la necesidad de remplazar las fábricas de armas por bienes de consumo, específicamente, electrodomésticos. El sistema capitalista construyó un ideal de mujer que no salía de su casa y se esforzaba por gestionarla en forma eficiente; para eso debía tener la mejor licuadora, la mejor estufa, el mejor lavaplatos.
Los medios de comunicación hicieron su parte y popularizaron el modelo de familia nuclear periférica, romantizando la figura de la madre y esposa, con delantal, tacones y guantes de cocina, que hornea tortas dulces para los niños. Cualquier idea de desarrollo profesional o intelectual se desechaba y etiquetaba como antifemenino. Ese encierro doméstico trajo como consecuencia lo que Friedan llamó “el malestar que no tiene nombre”, una depresión y una ansiedad generalizadas que afectaron la salud mental de las mujeres y desembocaron en la segunda ola feminista.
Surgen, ahora, más preguntas: ¿por qué había tanto afán en regresar a las mujeres a la casa? ¿Para quién o para qué resultaban tan amenazantes? En 1959, el entonces vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, y el líder de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov, debatieron durante la inauguración de la Exposición Nacional Estadounidense en Moscú. Nixon y su comitiva recrearon una casa de seis pisos en la que, según ellos, vivía cualquier trabajador promedio del modelo capitalista.
La cocina estaba equipada con electrodomésticos de última generación, que Nixon presumió como una forma de cuidar a las mujeres y hacerles la vida más fácil. Jrushchov, por su parte, aseguró que las soviéticas no necesitaban aparatos para pasar el día en la casa porque eran científicas, médicas, ingenieras y operarias de fábricas.
Con esta anécdota, que se convirtió en una reflexión profunda para los estudios de género, se explica en forma sencilla la relación que existe entre capitalismo, machismo, religión y derecha: el trabajo doméstico que sostiene al resto de la economía no es remunerado. Las últimas preguntas se las dejo a ustedes —y me permito usar la primera persona—: ¿a quién creen que les sirven las tradwives y sus ideas? ¿Por qué después de siete olas feministas, y casi dos siglos, la historia parece que se devolviera?
( Continúe leyendo: Estas son 6 mujeres que escribieron sobre el deseo antes de que fuera tendencia )


