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Foto: cortesía de Lorenza
junio 2, 2026
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La Lorenza: el duelo que floreció entre lavanda, velas y sueños en Villa de Leyva

La caleña María Gabriela Victoria transformó el dolor de la pérdida de una de sus hijas y creó un emprendimiento inspirado en su memoria. Ella conversó con Diners sobre esa historia.
POR:
Sandra Martínez
Revista Diners
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Abre la puerta y noto que las manos le huelen a lavanda. Entro a la sala y huele a verbena y a limón. Su gato, que acaba de enviudar, se hace un nudo en el sofá. María Gabriela Victoria está vestida completamente de negro. Dice que el hombro izquierdo le duele mucho. No tiene ni una gota de maquillaje. Se pasa la mano por su pelo rubio una y otra vez. Se sienta con tranquilidad en la silla. Nos ofrece un té de hojas de olivo con gotas de miel de su finca.

Hablar de la pérdida de un hijo nunca es fácil. Así hayan pasado muchos años, el dolor siempre está ahí, latente, presente en el corazón, en el cuerpo. Por eso sus ojos vuelven a opacarse al recordar lo que pasó hace más de veinte años, cuando su primera hija, Lorenza, falleció.

La lorenza: el duelo que floreció entre lavanda, velas y sueños en villa de leyva
María Gabriela Victoria en su apartamento en Bogotá. Foto: Cortesía de Lorenza

Gabriela, quien actualmente tiene 53 años, cuenta que su hija nació y vivió apenas cuatro días. Permaneció en cuidados intensivos con múltiples complicaciones y junto con Joaquín, su esposo en ese momento, tomó una de las decisiones más difíciles de su existencia:  desconectarla de las máquinas que la mantenían con vida. Nunca supieron qué fue lo que pasó. Le hicieron decenas de pruebas. Gabriela decidió esparcir sus cenizas en el lago de una tierra que tenían en Villa de Leyva y ponerle su nombre a ese lugar. Un nombre que eligió porque sentía que era arrasador, fuerte, poderoso. Así nació La Lorenza, un espacio que se ha ido transformando, con el paso de los años, en un proyecto profundamente personal.

“Cuando pierdes a un hijo, te tienes que perdonar a ti misma, porque uno siempre se echa la culpa. ‘¿Será que hice lo correcto?’. ‘¿Será que comí algo que no debía?’. Siempre te estás cuestionando si hiciste o no lo suficiente”, afirma. 

Sin embargo, aunque reconoce que fue un golpe devastador, está convencida de que las cosas tenían que pasar así. “De lo contrario, estoy segura de que no habría tenido dos hijas más, Manuela y Julieta; tampoco habría emprendido y no seríamos la familia que hoy somos”, asegura.

De vuelta a Colombia

Esta mujer nació en Cali, pero desde muy joven se fue del país. Estudió el colegio en Argentina, su carrera de Administración de Empresas en Estados Unidos y luego se fue a hacer una maestría en Mercadeo en Inglaterra. Allá se casó con un alemán y después regresó al continente americano a laborar en una empresa de tecnología en Washington. Se divorció y, posteriormente, se fue a Miami a trabajar en finca raíz. Allí conoció a Joaquín y decidieron retornar al país. “Yo no había vivido en Colombia desde hacía muchísimos años y había estado en Bogotá como tres veces, así que la transición tenía que ser lenta”, cuenta. Por fortuna, entró a trabajar en la Embajada de Estados Unidos, primero en la parte administrativa y luego como diplomática.  

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Victoria ha desarrollado varios productos a base de lavanda. Foto: cortesía de Lorenzo

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Primero, lavanda

Hace 16 años, Gabriela seguía laborando en la Embajada de Estados Unidos, ya tenía a sus dos hijas y estaba a punto de divorciarse de Joaquín. En la finca de Villa de Leyva había cultivado olivos, así que pensó que podía sembrar lavanda. ¿Por qué no? En su mente siempre había querido emprender, tener su propio negocio, ser independiente. Empezó haciendo ensayos de los cultivos, una y otra vez. Cuando lo consiguió, ya no trabajaba en la embajada sino en Procolombia, asesorando a los empresarios que querían exportar. Decidió crear la marca La Lorenza y sacar su primera línea de productos de lavanda: jabón, crema, aceite esencial en rolón y rocío para linos.

“Comencé pensando que iba a ser más una marca para mamás y niños; tenía siempre a Lorenza en la cabeza. El morado, además, es un color muy espiritual”. De hecho, en el empaque de uno de sus productos decidió escribir la historia de la inspiración de la marca: “Hay seres que con un suspiro tocan vidas y las cambian para siempre. Lorenza —espíritu inocente pero de sabiduría milenaria— nos mostró que era posible cumplir nuestros sueños. Guiada por su luz, nuestra familia se embarcó en esta aventura de construir un lugar de ensueño”, dice un fragmento. 

Pero sembrar lavanda no fue una tarea sencilla. De hecho, en algún momento hubo un hongo letal, el fusarium, que no las dejaba florecer y acabó con todo. Actualmente, tienen una hectárea sembrada en la finca, ya están proyectando la segunda hectárea y ofrecen hasta bouquets de lavanda. “Es que nada ha sido fácil, como la vida misma de Lorenza”, reconoce. 

Quizás por eso, a lo largo de la entrevista repite como un mantra las tres palabras que definen este proyecto: sueños, serenidad y sabiduría. “Me parece superimportante tener sueños, pero hay que procurar hacerlos realidad con calma, porque si uno se acelera la embarra, y el conocimiento es esencial para embarrarla menos”, explica entre risas. 

Pero Gabriela, que es géminis con ascendente géminis, persevera hasta conseguir lo que se propone. “Es que soy aire, y nadie puede contener al aire”, me dice. 

Si bien la mayoría de los procesos son tercerizados, se mete en cada detalle, por mínimo que sea. Siempre está pensando en algo nuevo. Actualmente, ha ampliado el portafolio con otros productos, como champú y acondicionador, sales exfoliantes, loción antibacterial, un difusor y ahora está innovando con jabones que tienen aceite de lavanda y CBD. También ofrece miel de sus apiarios y té de hojas de olivos de los 2.200 árboles que tiene sembrados en la finca, aunque todo lo hace en pequeños lotes, pues no le interesa hacerlo a gran escala. “Sueño con fabricar un jabón con orégano, porque tiene propiedades antibacteriales para la piel”, señala.

Luego, las velas

Para nadie es un secreto que emprender en Colombia no es una tarea fácil. Hay trámites, permisos, certificaciones. Por eso, Gabriela empezó a desarrollar una línea hace aproximadamente dos años que es un poco más sencilla en ese aspecto: las velas artesanales.

“Las velas se me volvieron como una especie de obsesión”, dice, y cuenta que utiliza aceites esenciales de excelente calidad, algunos de ellos importados, como el del té blanco, cera vegetal y pabilos de algodón. 

Adicionalmente, decidió poner las velas dentro de recipientes artesanales, que después se pueden utilizar como un elemento de decoración. Uno de ellos, por ejemplo, está hecho por artesanos de La Chamba (Tolima), famosos porque elaboran a mano y sin torno sus piezas de cerámica, las cuales ponen a cocer a fuego abierto con arcilla negra cruda. Otra vela viene en una canoa de aluminio reciclado, fabricada por un artista antioqueño, y otras son canoas de madera hechas por artesanos de Santander. Su próximo plan es exportarlas a Estados Unidos. 

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La Lorenza utiliza aceites esenciales de excelente calidad, algunos de ellos importados. Foto: Cortesía de Lorenzo

Ahora, la finca

Durante la pandemia, Gabriela decidió irse a vivir a Villa de Leyva, por lo que comenzó a arreglar la finca. Construyó una casa más, porque solo existía el espacio de Joaquín, su exesposo, quien actualmente es su socio y mejor amigo, y un lugar para los huéspedes. Desde entonces, las reformas y los ajustes no han parado y ya empezó a alquilar la finca por Airbnb. “Comencé a ver este lugar más como una casa de campo viva, pues me di cuenta de que la gente pasaba feliz, los niños pasaban felices, todo el mundo en familia”, cuenta. 

En estos años ha construido también una tienda con sus productos, un vivero, un temazcal, un apiario y está adaptando un restaurante de comida saludable. “Nada complicado, todo muy sencillo, algo que tenga pizzas, waffles, una tablita con charcutería, ensaladas con verduras de nuestro huerto, café”, dice. Y comenzó a desarrollar experiencias como talleres de velas, masajes o clases de yoga (cuando vivió en Estados Unidos tuvo una pequeña academia de yoga y por eso era importante habilitar un espacio para practicarlo) para las familias que lleguen al lugar y las soliciten con anticipación. 

Hoy en día, la mayoría de las personas que trabajan en la finca son mujeres, solo hay un hombre y ahora un perro adoptado, al que ha decidido bautizar como Lorenzo. Gabriela reconoce que trabaja con una empresa israelí de flores, porque su emprendimiento todavía no le da para vivir. “Todo ha sido a pulso, con la ayuda de mi otro trabajo, metiéndole cada vez que puedo; por eso, a veces me digo: ‘Pucha, definitivamente, las mujeres somos muy berracas’”.

Y sí, espera algún día dedicarse solo a La Lorenza. Tal vez pronto pueda hacer realidad este sueño, porque Manuela estudia en España y Julieta está a punto de irse a estudiar fuera del país. “Quiero estar allá, atendiendo a la gente, moviendo mi energía, porque creo que eso marca la diferencia”. También es consciente de que cuando tenga utilidades donará una parte a una fundación que ayude a madres de escasos recursos, con hijos que estén en cuidados intensivos. “Lo tengo superclaro. Es una situación muy dolorosa y me gustaría ayudar a las mujeres que no tienen dónde quedarse en estas circunstancias”. 

Su hombro le sigue molestando. Quizás sea el estrés de las remodelaciones, el peso del trabajo. Dice que nunca le había dolido tanto. La gata ya no está en el sofá.  “Hace poco estaba pensando que llevaba más de veinte años en duelo. Es que todo el día estoy creando en honor de Lorenza, siempre pienso que todo tiene que ser tan lindo como ella. Todos los días la recuerdo, sin tristeza, porque no es que llore, pero todo el día la tengo presente, todo el día está conmigo. De alguna manera,  sigue viva con nosotros”. Y quizás eso sea lo mejor que tiene.  

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