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Revista Diners
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Mientras millones de personas conocen Pompeya por las huellas que dejó la erupción del Vesubio, Caitlín Barrett, más conocida como Caitie, la observa desde otra perspectiva: la de quienes todavía intentan reconstruir la vida cotidiana de una ciudad que nunca ha terminado de revelar todos sus secretos. Arqueóloga, profesora de Estudios Clásicos de la Universidad de Cornell, exploradora de National Geographic y codirectora de una de las excavaciones que hoy permanecen activas en el yacimiento, Barrett es una de las especialistas que guía a Tom Hiddleston en Pompeya: Más allá del tiempo, la nueva docuserie de National Geographic estrenada el 23 de julio en Disney+.
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A lo largo de tres episodios, la producción sigue al actor británico Tom Hiddleston, reconocido por su papel de Loki en el universos cinematográfico de Marvel, mientras recorre los escenarios de la antigua ciudad romana acompañado por un equipo de arqueólogos, historiadores y geólogos. Entre hallazgos recientes y recreaciones dramáticas, la serie revisa algunas de las teorías más extendidas sobre las últimas horas de Pompeya y propone una lectura que pone el foco en quienes vivieron la catástrofe, más que en el desastre mismo.
Sumado a su trabajo en la ciudad destruida por el Vesubio, Barrett ha dedicado buena parte de su carrera a estudiar cómo transcurría la vida cotidiana en el Mediterráneo antiguo, así como los vínculos culturales entre Egipto y el mundo grecorromano. Sus investigaciones sobre arqueología doméstica, religión y rituales le han valido un amplio reconocimiento académico, incluido el premio Wiseman Book Award del Archaeological Institute of America por Households in Context: Dwelling in Ptolemaic and Roman Egypt, una obra que explora cómo los espacios habitados permiten reconstruir las relaciones, creencias y costumbres de las sociedades antiguas.
Esta serie es, al mismo tiempo, un relato cautivador y una obra de divulgación histórica. ¿Qué tan desafiante fue equilibrar una narrativa atractiva con el rigor de la evidencia arqueológica?
Uno de los aspectos que más me gusta de cómo está concebida la docuserie es que sigue la vida de personas reales. No son personajes inventados, sino individuos cuya existencia conocemos gracias a inscripciones y evidencias materiales. Creo que eso ayuda enormemente a conectar con sus historias; al menos, a mí me resulta profundamente conmovedor saber que fueron personas que realmente vivieron.
Ahora bien, cuando intentamos reconstruir la biografía de alguien que murió hace casi dos mil años, siempre habrá límites en lo que podemos saber. Eso ocurre tanto al hacer una docuserie como esta como al escribir un estudio histórico o arqueológico. Siempre existen vacíos de información, y nuestra tarea consiste en llenarlos, en la medida de lo posible, con hipótesis fundamentadas, dejando claro que las historias que contamos son las más plausibles que la evidencia permite construir.

Debemos ser muy transparentes sobre aquello que sabemos y sobre lo que no. Eso es algo que esta serie hace muy bien. Seguimos las historias de personas que sabemos que vivieron en Pompeya. ¿Llegaremos a conocer todos los detalles de sus vidas? No. Pero sí podemos hacer el mejor esfuerzo por contar sus historias.
En ese sentido, creo que la docuserie dialoga muy bien con algunas corrientes actuales dentro de la academia. Pienso, en particular, en el enfoque conocido como fabulación crítica (critical fabulation), desarrollado por la historiadora cultural Saidiya Hartman. Ella reflexiona sobre los límites de los archivos históricos, porque los documentos que conservamos están condicionados por las agendas y las perspectivas de quienes los escribieron. En muchos casos predominan las voces de las élites, de los hombres y otros sesgos similares.
Pompeya y Herculano, ciudades que son vistas en la docuserie, cuentan historias distintas sobre un mismo desastre. ¿Qué puede revelar una ciudad que la otra no?
Históricamente, ambas ciudad fueron alcanzadas por distintos tipos de flujos piroclásticos y por depósitos diferentes de la erupción, lo que generó condiciones de conservación muy distintas. En Herculano, por ejemplo, la naturaleza del flujo piroclástico carbonizó y preservó numerosos materiales orgánicos que no sobrevivieron en Pompeya.
En Herculano se han conservado muebles y objetos de madera que prácticamente no existen en Pompeya. Allí, muchos de esos elementos desaparecieron con el tiempo y solo dejaron huecos en los depósitos volcánicos. Mientras que en Pompeya, precisamente, esos vacíos dieron origen a la famosa técnica de los moldes de yeso. Los ejemplos más conocidos son los moldes de las víctimas de la erupción, quizá los testimonios más impactantes y conmovedores que conservamos de aquella tragedia. Pero también se realizaron moldes de numerosos objetos de la vida cotidiana, como camas, armarios y otros muebles utilizados por quienes habitaban la ciudad.
Las diferencias también se explican por las condiciones de excavación. En Herculano, el lodo volcánico solidificado es extremadamente duro, lo que hace que excavar sea mucho más complejo. Como consecuencia, una proporción mucho menor de la ciudad ha podido salir a la luz en comparación con Pompeya.
Uno de los giros más llamativos de la serie llega cuando se descubre que un personaje identificado como Julius era, en realidad, Julia. A partir de ahí, la producción habla del rol femenino en la sociedad de pompeyana. ¿Qué ha revelado la arqueología moderna sobre la vida de las mujeres en Pompeya que las fuentes escritas tradicionales han ignorado?
Hay bastante evidencia de la participación de las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad de Pompeya. Un libro reciente de Brenda Longfellow sobre este tema ha sido especialmente valioso para comprender la vida de Julia Felix, al igual que muchos otros estudios actuales.
Encontramos mujeres con riqueza y poder, como parece haber sido el caso de Julia. Ella tenía un negocio evidentemente exitoso y, por lo que sabemos, habría ascendido socialmente desde unos orígenes que no parecen haber pertenecido a la aristocracia. Pero también aparecen mujeres con trabajos mucho más humildes. Longfellow y otros investigadores han estudiado, por ejemplo, la lápida de una mujer dedicada al pastoreo de cerdos. También encontramos rastros de mujeres esclavizadas, artesanas y comerciantes.
Al final, estamos hablando de aproximadamente la mitad de la población de Pompeya, por lo que es lógico encontrar mujeres involucradas en prácticamente todos los aspectos de la historia social de la ciudad. El caso de Julia permite acercarnos a esa diversidad de experiencias femeninas y entender que la vida en Pompeya estuvo marcada por trayectorias muy distintas según el género, la posición social y las circunstancias de cada persona.
Con la docuserie, volverá a la conversación general la catástrofe del Vesubio, ¿le preocupa que la fascinación por la tragedia de la erupción termine dejando en segundo plano la complejidad de la sociedad que existía antes del desastre?
Creo que es una observación excelente y estoy totalmente de acuerdo. Esa idea se manifiesta de muchas maneras. Una de ellas es que solemos pensar en Pompeya como la ciudad romana por excelencia. Es casi la imagen que aparece en los libros de historia cuando hablamos del mundo romano. Sin embargo, Pompeya tuvo una historia más extensa antes de convertirse en una ciudad romana.

Los romanos conquistaron Pompeya en el siglo I a. C., pero antes de eso estuvo bajo el dominio de otro pueblo itálico al que los romanos llamaban los samnitas. Además, la ciudad estaba ubicada en una región con una profunda historia de colonización griega y cerca de uno de los puertos comerciales más importantes del mundo antiguo: Puteoli, por donde llegaban barcos con grano desde Egipto.
Por eso, Pompeya debió haber sido un lugar profundamente diverso. Su historia es, en realidad, un palimpsesto de pueblos, culturas y sociedades que dejaron sus huellas unas sobre otras. La erupción del Vesubio en el año 79 d. C. es solo uno de los muchos momentos que dieron forma a la historia de la ciudad, no el único que define lo que fue Pompeya.
Si alguien ve la serie y después visita Pompeya, ¿qué espera que pueda observar o sentir que la mayoría de los turistas suele pasar por alto?
Una de las cosas que espero es que se acerquen al sitio y a las personas que vivieron allí con un mayor sentido de empatía. Yo codirijo una excavación en Pompeya y, cuando estoy en el yacimiento, los visitantes suelen darse cuenta de que trabajo allí: llevo ropa llena de polvo de la excavación, una identificación. Después de preguntar dónde están los baños, la pregunta que más escucho es: “¿Dónde están los cuerpos?”.
Quizás esa pregunta nace de un interés genuino o incluso de la empatía, pero también puede llevar a una mirada demasiado centrada en lo sensacional. Quiero que las personas recuerden que esos restos pertenecen a seres humanos que tuvieron vidas reales, con historias y experiencias tan significativas como las nuestras. Ese respeto por quienes habitaron Pompeya y por sus vidas es algo que espero que los visitantes lleven consigo al recorrer la ciudad.

También espero que puedan verla como una ciudad viva. No solo como el escenario de una tragedia, sino como un lugar lleno de energía, diversidad e intercambio cultural. Pompeya fue un punto de encuentro de distintas sociedades y tradiciones que convivieron, a veces en circunstancias complejas. El Imperio romano y sus dinámicas de dominación formaban parte de ese contexto, pero esas comunidades también tenían historias mucho más antiguas.
Egipto, por ejemplo, llevaba siglos interactuando con el mundo griego desde la Edad del Bronce. Por eso, me gustaría que quienes visiten Pompeya puedan pensar tanto en las personas concretas que vivieron allí —aunque nunca podamos conocer por completo sus vidas— como en el mundo más amplio que habitaban.
Era una sociedad muy distinta a la nuestra, con otras estructuras sociales y otras formas de organizar la vida cotidiana, pero también hay elementos familiares. Nuestro mundo actual también está profundamente conectado y globalizado; las personas siguen enfrentándose a jerarquías sociales complejas y buscan la mejor manera de desenvolverse dentro de sistemas que muchas veces no están diseñados a su favor.
Las docuseries históricas suelen recibir críticas por tomarse licencias narrativas. ¿Cómo fue el proceso para mantener el rigor arqueológico sin perder la emoción de la historia?
Creo que la ventaja de trabajar en un lugar como Pompeya es que contamos con una enorme cantidad de evidencia sobre personas reales, incluso individuos cuyos nombres conocemos. Eso permite que el público pueda conectar con sus historias tanto desde lo emocional como desde lo intelectual.
Algo que me impresionó al trabajar en esta serie fue precisamente la fuerza emocional que alcanzó. También lo percibí en otros integrantes del equipo. Me llamó especialmente la atención trabajar con Tom Hiddleston y ver cuánto le importaban las personas cuyas historias estábamos contando.
Tanto en esta docuserie como en la arqueología en general trabajamos con registros incompletos, pero eso no significa que no sepamos nada. No podemos reconstruir cada detalle de la vida de las personas en la Antigüedad, pero sí contamos con muchas evidencias que nos permiten hacer afirmaciones fundamentadas.
Para mí, conectar esos fragmentos del pasado con historias individuales es una de las formas más poderosas de acercarnos a la historia. Es difícil imaginar la vida de una ciudad entera con miles de habitantes —algunas estimaciones calculan que Pompeya pudo haber tenido alrededor de 10.000 personas—, pero cuando nos detenemos en la historia de una persona concreta, resulta más fácil generar empatía e imaginar cómo pudo haber sido su experiencia.
Su campo de investigación incluye el estudio de los intercambios culturales entre distintas sociedades. En la serie resulta muy interesante cómo los objetos, las casas y los espacios cotidianos cuentan una historia de Pompeya. ¿Qué puede revelar una vivienda común, un objeto o incluso una vasija o ánfora que nunca podrían contar los grandes monumentos o las ruinas más famosas?
Pueden hablarnos de la experiencia cotidiana y de la vida de quienes no pertenecían a las élites. El equipo que codirijo está excavando una casa grande y rica, así que ya tenemos bastante información sobre cómo vivían los romanos con mayor poder económico. Pero la realidad es que muchas de las personas que habitaban esa casa o trabajaban en ella no eran sus propietarios adinerados.
Eran personas esclavizadas encargadas de mantenerla, trabajadores especializados, artesanos o clientes que acudían temporalmente al hogar. Lo que estamos excavando también es evidencia de su trabajo, de sus labores para construir y conservar ese espacio, y de las actividades diarias que ocurrían allí.
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Ese tipo de rastros de la vida cotidiana no siempre resulta tan llamativo como las esculturas o los frescos, pero puede ser igual de revelador. Este verano, por ejemplo, nuestro proyecto excavó la letrina de la casa. Recolectamos casi un cuarto de tonelada de sedimentos compuestos, en esencia, por antiguos restos orgánicos, que ahora analizaremos para conocer aspectos como la salud y la alimentación de las personas que vivieron allí.
No es monumental en el sentido tradicional de la palabra, aunque una cantidad de material de ese tamaño es casi monumental por sí misma. Lo importante es que estos hallazgos pueden acercarnos a algunos de los aspectos más íntimos de la experiencia humana en la Antigüedad: qué comían, cómo vivían y cómo era su día a día más allá de los grandes edificios y los nombres que quedaron registrados en la historia.