Revista Diners
Getting your Trinity Audio player ready... |
Se llamó X mucho antes de que a un tipo de apellido Musk se le ocurriera rebautizar Twitter.
Se llamó X cuando ya era la letra indicada por todos los funcionarios para llenar los formularios.
Se llamó X cuando a todos los que nos iniciábamos en el álgebra o la trigonometría nos aparecía su nombre para representar incógnitas y valores junto a la Y o la Z.
Pero en la música no fue una variable más. Fue, y es, X Alfonso, uno de los artistas más prolíficos de la música cubana contemporánea.
(Continúe leyendo: 3 recomendaciones musicales: Lo nuevo de Anitta, Shania y Trifonov)
Un pianista que se perfeccionó como compositor e intérprete, así como productor, y es hoy uno de esos nombres que, más allá de su sonoridad y unicidad, son referentes de un país creativo y musical como pocos en el mundo.

Luego de visitar Colombia, dentro de la programación que elaboró el Teatro Colsubsidio con algunos de los más grandes de la escena musical cubana, y de sumarse a figuras de la talla de Carlos Varela, el Septeto Santiaguino o la Orquesta Aragón (25 de septiembre), el músico cubano, quien divide su vida entre Portugal y Cuba, reflexiona desde Huelva (España) sobre cómo la geografía personal de su isla permea su práctica artística y la de tantos otros creadores.
¿De dónde viene tu conexión personal con la música?
Crecí con grandes referentes en Cuba. Desde Benny Moré, pasando por Compay Segundo, hasta Ibrahím Ferrer, Omara Portuondo, Pérez Prado, Chucho Valdés, Silvio Rodríguez y tantos, tantísimos más. Así que esas raíces eran bastante fuertes en la música. Todas invitaban a la fusión, a abrirse a nuevas posibilidades.
¿Y de dónde viene esa tradición tan poderosa de Cuba con la música?
Ya era fuerte el siglo pasado. Hacia los años 20 hasta los 40, las orquestas cubanas eran muy fuertes a nivel global. Eran todas de vanguardia y hacían fusiones con la big band o el jazz. Asimismo, existía mucha conexión con los grandes músicos americanos. Había una necesidad de expresarse desde la alegría y la riqueza de los sonidos.
¿Ser músico en Cuba es un camino natural o es una decisión?
Lo que pasa con Cuba en nuestra generación es que ser músico nunca fue un hobby. Nunca. Era una carrera. Tenías que matarte para ser muy bueno. Como los deportistas, tenías que prepararte y sacrificarte. Era muy duro. Había tantos talentos, y los sigue habiendo, que tenías que darlo todo. Un niño de 8 años ya podía estar concursando en Yugoslavia en un certamen de música clásica, y eso te abría las puertas del futuro, te daba proyección, nombre y calidad de vida. En ese tiempo podías darte el lujo de vivir de lo que hacías. Si lo hacías bien, te dedicabas a eso y tenías un futuro.
¿Cómo fue tu camino musical en medio de tanto talento?
Yo crecí rápido musicalmente. Estudié primero piano clásico. A los 15 años ya estaba trabajando como profesional en una orquesta y hacía giras con 16 y 17 años con la orquesta Síntesis, junto con mis padres. Cuando empiezas tan joven a meterte en esa parte profesional, te das cuenta de que es un mundo muy grande con muchas posibilidades de conocer, aprender, viajar y expandirte. Y te lo tomas en serio.
¿Sumergirse en la música tan joven te llevó a experimentar más?
Por mi cuenta, sí. En la Escuela Nacional de Arte empecé a hacer mis primeros proyectos con amigos y de ahí pasamos a acompañar a Vicente y Santiago Feliú, y a Carlos Varela. Y entonces a crear proyectos propios. Ahora que lo pienso, cuando era muchacho amaba la experimentación. Ahora sigo haciendo lo mismo: experimentando, investigando y creando. Tratando siempre de superar lo último que hice.

En un momento de comodidad musical, ¿sigue creyendo en el riesgo?
Trato de impresionarme a mí mismo, salir de cualquier encasillamiento o estilo musical. Me siento muy bien con la fusión y con conservar las raíces cubanas. Arriesgarme es una de las partes más bellas de crear. Si no me presiono a mí mismo no me siento contento. Tiene que ser cada vez más difícil o este trabajo deja de tener gracia.
¿Por qué tu vida está distribuida entre Portugal y Cuba?
Viví en España del 98 al 2001 por temas familiares. Vivo en los dos lados. Finalmente, todos somos hijos de la tierra. Además, moverme es parte de la música. Desde muy temprana edad viajé con Síntesis por Estados Unidos, Brasil y México. La música es universal y te abre al mundo.
Hay un tema fundamental en tu trabajo. La Fábrica de Arte Cubano. ¿Cómo nació?
Es una especie de laboratorio que empezó en 2009 cuando hice el documental Sin título. Trataba de artistas y su vida real. Tenía la necesidad de explicarle al público que los artistas somos personas, tenemos problemas, familia, luchamos el pan de cada día, vamos al baño, de compras. Muchos piensan que no vivimos en el mundo cotidiano.
Entrevisté a directores de cine, de teatro, bailarines, talentos callejeros, músicos, escritores. No me las doy de cineasta, pero hice el documental y el día de la presentación invité a los grupos plásticos, fotógrafos, a todos los que formaron parte y más. En el lobby del teatro surgió la idea de unir todas las artes en un mismo espacio y eso dio para dos días de presentación. Se repitió y nació el proyecto.
Buscábamos espacios y llamábamos a los creadores. El concepto de la Fábrica llegaba a convocar a 30 artistas plásticos, 50 fotógrafos, 8 bandas de estilo diferente, grupos de danza, arquitectura, conferencias de diseño, todo masivamente, con una actividad intensa cultural.

Ha tenido tanta acogida que decidimos buscarle un lugar fijo y nació la Fábrica como sitio. Todo esto está vigente, pero ahora está cerrado temporalmente por el bloqueo a la isla y la situación que vivimos.
¿Qué significa el arte en tu vida?
En una forma de vida, una forma de respirar. Crear, para mí, es poder transmitir lo que pasa por la cabeza.
¿Qué significa el escenario?
Es la conclusión del disfrute que viví antes de llegar allí. El proceso es tan divertido como la puesta en escena. Para mí, el escenario es una fiesta. Es el momento de disfrutar, después de probar todo y montarlo todo.
¿Qué significó para ti tu concierto en Bogotá?
Había muchos colombianos, y también cubanos, algunos que incluso habían estudiado conmigo en la Escuela y a quienes no veía hace años, entre el público. Me sentí como en una casa personal. Cantaban las canciones. No sabía que se las sabían. Fue muy bonito porque es un público que sabe, disfruta y escucha las letras. “Entiendo tus mensajes”, me decían.
(Le puede interesar: Las 10 obras del National Theatre Live que llegan a salas de cine nacionales en la temporada 2026-2027)


