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Revista Diners
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Como un río que, aun después de atravesar distintos paisajes, conserva el cauce que lo vio nacer, el universo musical de Adriana Lucía regresa al lugar donde comenzó con A Mi Tierra, su más reciente lanzamiento. La cantautora cordobesa vuelve a la memoria de su infancia en el Caribe para construir una canción en la cual fluye la nostalgia de dejar el pueblo donde creció y por el vínculo que el tiempo mantiene con ese territorio.
Compuesta por la cantante de nacida en El Carito, junto a Andrés Parra y producida por Jairo Barón, el sencillo nació después de un viaje de la artista a su natal Córdoba. La canción continúa el recorrido iniciado con Pueblerina, aunque esta vez deja de lado la fusión entre flauta de millo, tambores y afrobeats para volver a una sonoridad acústica, donde la voz y la evocación ocupan el centro del relato en una autoproclamada danza geográfica entre el adentro y el afuera, entre el pueblo y la ciudad.
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Tal regreso también atraviesa el componente visual del lanzamiento. Dirigido por Andrés Pajaro y grabado en distintos municipios de Córdoba, el videoclip acompaña a Adriana Lucía por los paisajes y las personas que marcaron su infancia, convirtiendo la añoranza por el territorio en el protagonista de la historia. En conversación con Diners, la artista habló sobre el significado de A Mi Tierra, la experiencia de crecer en un pueblo y la forma en que esos recuerdos continúan alimentando su universo creativo.
Si hablamos de A Mi Tierra, y esa añoranza por el pueblo, hay que recordar: ¿cómo fue su salida de Córdoba y, años después, ese regreso?
Ya había grabado mi primer álbum cuando me vine a vivir a Bogotá a los 16 años. Vengo a esta ciudad teniendo, entre comillas, una carrera musical. Ya tenía que estar acá (Bogotá) porque vivía en hoteles, me tocaba todo el tiempo estar en la capital. Si esto sigue centralizado, en esa época era todavía más; todo pasaba en Bogotá. Los medios de comunicación y las disqueras prácticamente existían aquí, acá era la movida.

Y sí, he vuelto (a Córdoba), pero de vacaciones. Me fui una sola vez. Cada vez que uno va y vuelve, queda con un hueco que nada lo llena. Uno extraña todo, como los sabores. Recuerdo que esa primera noche en Bogotá vi el cielo y no había estrellas. Y me dije: «¿cómo voy a poder vivir en una ciudad en la que no se ven las estrellas?» Con el tiempo me fui acostumbrando y olvidé que para mí eran importantes las estrellas.
Tú vas haciendo tu vida en otro lugar, creas un hogar. Incluso cuando vuelves hay un momento en que ya sientes el cambio: la tienda no queda donde solía estar, ya los amigos no viven allá. Pero siempre ha sido valioso estar, volver; no me importa si no conozco al de la esquina, porque si conozco a uno de ellos, con eso me es suficiente. Estar en el patio de la casa de mis papás, estar en mi cuarto, mi closet, mi baño… Entendí el valor de los recuerdos, de lo que uno atesora.
Hay una parte de la canción que dice: «Cantar las melodías que de niña yo cantaba”, ¿cuáles fueron?
Mi canción estrella era Yo me llamo Cumbia. La cantaba de noche y de día, una y otra vez. Y había una canción que yo bailaba, que era mi canción favorita, se llama La Espuela del Bagre, una canción instrumental, de la Banda 19 de Marzo de Laguneta. Era para bailar. Una puya, la amaba, pero solo cantaba Yo me llamo Cumbia. Fue la primera canción que aprendí en toda mi vida. Bueno, primero fue el himno nacional.
Yo jugaba con mi hermano, quien es percusionista; mientras él tocaba una falsa batería, que realmente era un taburete, me decía: “bueno, vamos a cantar, dime un tema”, a lo que yo respondía, por ejemplo: el arcoíris. Así inventaba melodías, improvisaba y cantaba. Cuando llega esa parte de A Mi Tierra me dan ganas de llorar.
De ahí que en esa parte “cantar la melodías que de niña yo cantaba” hago un tarareo, como una especie de improvisación que uno le canta a los hijos, que mi mamá hacía. Todavía tengo en la memoria las melodías que mi mamá me cantaba cuando yo era chiquita. Eran simplemente arrullos, ni siquiera eran letras.
Con casi tres décadas de carrera artística en la cual ha expuesto la identidad de la región caribe y los ritmos autóctonos en varios escenarios, ¿cómo ha sido el proceso para hablar de dicha identidad del pueblo en un mercado de música mainstream con este nuevo sencillo?
Creo que el mundo está girando hacia eso. No estoy volviendo a mis raíces porque siempre he estado acá. Para mí ha sido muy valioso seguir mostrando lo que somos y poder ser ese puente que comunique dos generaciones, también a la ciudad con el campo.
Nos enseñaron que lo mejor era irse y que el que se quedaba había fracasado. Esas son premisas muy equívocas. Son cosas que hacen mucho daño sobre todo a las personas que sueñan con trabajar con sus comunidades. Eso es minimizar el trabajo que hace la gente que se queda. Si se quiere ir por decisión, está bien; pero no debe ser porque le toca irse. Eso son dos cosas muy diferentes.

Creo que hay una tendencia mundial frente a este tema, por ejemplo, en la comida. Todo lo de autor o la comida reconfortante, pues es la comida de toda la vida, la que duraba tres días haciéndose, adobándose, dejándose asolear; es el alimento del campo.
Nuestra identidad es fruto de la mixtura, no es resultado de algo local y ya. Tiene que ver con los que llegaron, los que se fueron, con los que vinieron, es una mezcla de todo. Al final hay un hilo conductor que nos une. Estoy convencida de que, en un país donde siempre nos han dicho en qué no nos parecemos, todos tenemos algo en común, como el simple hecho de haber nacido en un pueblo. No importa si es en el Caribe, Huila o Tolima.
La letra de la canción aborda significativamente la nostalgia, combinada con orgullo, frente a la salida del pueblo, pero también toca los procesos de migración para aquellos que salen obligados de su tierra y no pueden regresar, ¿cómo se sintetiza eso en una melodía?
Es una canción joven que acaba de nacer, que apenas salió y que no la compuse hace mucho. Para mí todavía es nueva. Estoy segura que a medida que la voy cantando iré encontrando otras cosas. Cuando digo: «quiero salir a caminar al pueblo con mi mamá, quiero tomar café, quiero encontrarme”, eso me da muchas ganas de llorar y tengo que hacer un esfuerzo.
Hace unos días fui a desayunar con una amiga argentina, le puse la canción y no había pensado en eso, en la gente de otros países que vive acá (en Colombia). Ella se puso a llorar oyendo la canción. Después se la mostré a otras amigas y a otras personas, que son venezolanas e incluso hay una que es de La Guaira, la escucharon y también lloraron. Entendí que esto no era mío. Que este sentimiento lo carga mucha gente. Es una canción que espero de todo corazón que ayude a muchas personas a conectar con esos recuerdos y esos orígenes que nos hacen felices. Al final, lo que quiero es que sea una nostalgia endulzada, no sea una nostalgia que lleve a la tristeza, sino una que traiga alegría.

También quisiera tener quisiera tener una respuesta, pero apunto a que es el desarraigo. Hay un momento en donde pasa muchas veces que hablabas con una persona y esta no era capaz de decir de qué pueblito era por temor o vergüenza. Entonces decían: “yo soy de un pueblo de Córdoba. Ahí cerca de Montería”. Decían el nombre de la capital y ya.
Hay gente que le cuesta muchísimo más volver incluso dentro de Colombia debido a las vías, pero para una persona que se fue a otro país y su condición de estado migratorio no le permite salir y volver o tiene que esperar un tiempo para poder moverse debido a unos papeles es muy difícil. Allí uno empieza a construir una nueva familia. Los amigos pasan a ser la familia. Uno construye un nuevo entorno, una nueva cotidianidad. Pero en medio de esa cotidianidad y en medio de ese espacio que es nuevo para ti, sabores, olores, lo que sea, uno es lo es. Tomo la frase de mi paisano David Sánchez Juliao: “uno solo puede ser feliz siendo lo que uno es”.
Pese a las mencionadas tristezas que provoca la separación del lugar que nos vio nacer, ¿cuál es la felicidad de mantener a la tierra como identidad?
Tiene que ver con que no nos perdamos, de que nos conectemos con qué era lo que a mí me hacía feliz. Por qué era que yo quería cantar, por qué era que yo quería ser periodista, por qué yo quería tener una familia, por qué era que yo quería ser mamá. Suena muy lógico y muy obvio, pero no es cierto. Muchas personas nos vamos perdiendo y uno se va olvidando qué era lo que le gustaba, lo que lo hacía feliz.

Se va perdiendo la belleza de lo simple. Recuerdo que yo era feliz metiendo las manos en un bulto de arroz y apretándolas. Son unas cosas tan bobas y tan simples, pero que a mí me hacía feliz. Decía: “cuando sea grande, me voy a comprar muchos chicles, tantos que no me quepan en la boca porque voy a hacer una bomba gigante”. Claro, son unos sueños de niña, pero mira cómo era la vida de sencilla. La felicidad era más simple.
Y no estoy diciendo que ahora vamos a salir a meter las manos en el arroz o vamos a comprar chicles, aunque también, pero creo que tiene que ver más con encontrar eso simple que nos hace feliz. No sé si esta palabra existe, pero debemos descomplejizar la felicidad.
Frente al ritmo, es reconocida por la cumbia, entre muchos otros géneros, con Pueblerina lanzó un matrimonio con el afrobeat, lo cual se puede llegar a interpretar como una innovación; sin embargo, perdurar con los millos y las flautas lo cual es innovador porque se está dando algo nuevo a una sociedad colombiana que, por diferentes circunstancias, lo ha olvidado. ¿Cómo se sigue presentando esto?
Siempre he creído que la música tiene que estar al nivel de la ciencia, de la tecnología; o sea, tenemos a la música como un elemento vivo que va cambiando. Cada cultura aportó algo y lo que hoy catalogamos como muy tradicional, quizás en unos años no lo sea. Lo que hoy es popular, de pronto, antes era prohibido.
Lo que pertenecía a la populacho puede que ahora estén las élites, o al revés, lo que era de las élites termine en el pueblo. Eso ha pasado porque esa es la música y ese es el cambio social que hace que todo esto migre y cambie de nicho.
La única manera, o por lo menos la forma en la que yo he encontrado de mantener esto vivo y de que los niños en los colegios estén cantando mis canciones o bailando mis canciones en los actos de izadas de bandera, es que yo tengo hijos muy jóvenes, con quienes puedo conectar: Veo cómo se aprenden las canciones y les gusta, porque los niños, si no les gusta, no se lo aprenden.

No se les va a imponer ni es heredado. Toca ver y pensar qué se está escuchando. No para decir: “ahora como se está escuchando el reggaeton, hagamos reggaeton”. No es ser parte de la torta, sino ver dónde está el oído, en qué frecuencias.
Por ejemplo, el afrobeat hace parte de mis sonidos naturales por ser una mujer caribe. No es algo forzado para mí, pero simplemente es una base. La cumbia está ahí, el antecompás está ahí, el millo está ahí. Sí, la letra de A Mi Tierra es jocosa en general, pero también profunda, ¿no? Ese pequeño chateo que hago ahí con un poco de crítica, un poco también lo que yo soy. Esta canción es un poco más sentida del alma, tal. Sin embargo, pese a ser acústica, mira que tiene unas guitarras eléctricas también, un bajo programado que sale y entra, un acordeón nos conecta con la tierra.
Lo cual algunas cantoras llaman música viva…
Es verdad. Eso es la música. La música tiene que ser viva. Ojo, también hay que ser estudioso y respetuoso, saber cuando uno se mete en algo porque sí hay unas tradiciones, unas bases que toca respetar.
Siempre le digo a los músicos: “esta cumbia le puede sonar mal a todo el mundo, menos a mí, porque yo soy de la tierra de la cumbia. No puedo hacer un porro mal si yo soy de la tierra de porro, eso no sería lógico. Pero casos se han visto, entonces toca hacer todo con excelencia también.
Ha compartido en redes la frase “nunca se está lejos del pueblo”, lo cual se suma al un videoclip que nos trae río, cultivo de algodón, frutas, personas y otros elementos que evocan muchas experiencias, ¿qué lleva de Santa Cruz de Lorica, Córdoba, al mundo?
Quiero decir algo antes. Recientemente pasaron las inundaciones que acabaron con todos los cultivos. El 80 por ciento del departamento se inundó. Pero en medio de esta inundación, vimos el cultivo del algodón. Vi eso y dije: «esto es muy simbólico”. Es la esperanza sobre la desesperanza. En medio de la adversidad floreció el algodón.
Sobre la pregunta: creo que de Córdoba puedo decir lo espectacular que es su comida, su fusión Caribe con la gastronomía árabe; hablar del río, de lo que significa, pero lo que más llevo yo de Córdoba es su gente. Esa gente de brazos abiertos. Unas personas fruto de la mezcla de negro, blanco, indígena, árabe, que siempre nos acostumbramos, por ser un puerto, a recibir a todos los que venían y a recibir a esos extraños como propios. Entonces creo que Córdoba siempre estuvo dispuesta y por eso nuestra música.
Las armonías y las melodías del porro se parecen mucho a las músicas del sur de España, a los árabes también, pero también tiene de negro, que también tiene de blanco, pero los instrumentos son franceses en su gran mayoría, pero también hay instrumentos afros, pues también hay elementos indígenas.
Lo más valioso de Córdoba es la gente. Quiero llevar al mundo a esas personas que nacieron para aceptar a todos con corazones grandes, una casa de puertas abiertas, los mejores anfitriones, porque siempre quisimos hacer sentir a la gente que venía de fuera como propia.
¿Qué ha cambiado más, el pueblo o Adriana Lucía?
Ni sé. A veces uno quiere que cambie más, pero a veces uno quiere que no cambie mucho. Uno quiere que evolucionen muchas cosas y uno quiere que no evolucionen otras.
Cuando veo las entrevistas mías, que hay muchas entrevistas por ahí de chiquita, digo: “yo sigo siendo esa misma niña”, en pensamiento, pero también he cambiado muchas cosas. por ejemplo, cuando uno viene de un pueblo, hay una sola forma de ser mujer. Y soñamos prácticamente con lo mismo. Casarse, tener hijos, lo mismo.
Pero yo salí de allá y me di cuenta que hay muchas formas de ser mujer y muchas formas de construir hogares. Eso fue un gran desafío y cambio mío. Entender que el mundo es más diverso. Que hay gente con otros sueños. Y que mis sueños no están por encima de los sueños de nadie.
En el pueblo creo que la gente tiene mucho más acceso a otras cosas que antes no tenía. Aunque había más privilegios frente a las frutas que comías, hoy la gente tiene más acceso a tomar vacaciones, conocer lugares, a viajar, a tener carro, a tomar un avión.
Eso sí, no es lo mismo un turista que va a pueblear a una persona que vive en el pueblo. Estamos hablando de dos cosas totalmente diferentes. No es lo mismo un visitante que va y se toma la foto y ya, pero no tiene que vivir la cotidianidad. De que se va la luz, que se va el agua o que falta esto.
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