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Revista Diners
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En La Boquilla, esa franja estrecha de tierra rodeada de mar y la ciénaga de la Virgen que conecta el norte de Cartagena con Barranquilla, Diana Hernández se fijó por primera vez en esas aves insistentes y omnipresentes del Caribe colombiano: las mariamulatas. Sintió una natural empatía por ellas cuando la miraron fijamente con sus ojos amarillos.
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Se dio cuenta de que, atentas, las aves giraban la cabeza como si quisieran entender qué tanto hacían los humanos, cuáles eran sus afanes y sus intenciones. No solo merodeaban para comer los restos de pescado y patacón que dejaban turistas y locales, sino también para cantar cuando las cantaoras de bullerengue lo hacían.
No parecía casualidad. Es más, la maestra Etelvina Maldonado de la Hoz, quien le enseñó a la joven artista a cantar bullerengue, le explicó que aquellas aves tenían un sentido natural de grupo porque todas se ayudaban, y que tenían una amplia y variada gama de cantos, con una profunda riqueza emocional, en especial cuando buscaban pareja. Eso la cautivó: bailaban y cantaban, al igual que ella. Y, al parecer, escuchaban con gusto los cantos del bullerengue.
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Diana Hernández ya en ese punto amaba la tierra Caribe y su legado africano, que era a la vez un grito y una declaración de libertad y júbilo. Así que adoptó a María Mulata como nombre artístico. El mestizaje del ave macho, de un negro iridiscente, y de las hembras marrones, le recordó que eso era ella: el producto de la fusión de culturas y pieles, de tambores de África y música andina con el aporte de ritmos e instrumentos europeos. En ella convivía el mundo en un canto y una voz, universal y rebelde, indeterminada y plena de posibilidades.
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(Siga leyendo: Héctor Ochoa: el arte de darle un giro estético a la cotidianidad. Tres canciones para recordarlo)
Expandir su voz y legado
La lección no la ha olvidado. Eso confiesa desde Barcelona, frente a un plato de gambas con tortilla de patatas, a la hora del almuerzo, a 34 grados de temperatura en un verano feroz, entre un concierto y otro en medio de su gira Etérea y Terrenal World Tour.
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“Siempre he estado en el folclor. Mis papás eran bambuqueros y, en la familia, el bambuco se me dio natural, como si fuera leche materna. Crecí en medio de una dinámica de ir a festivales y concursar con mi hermano. Ganamos el Mono Núñez; en Santa Fe de Antioquia; en el Concurso Nacional de Duetos Hermanos Moncada, de Armenia; y en el Festival del Pasillo.
En la universidad empecé a estudiar música, pero hice un alto en el camino porque la academia se centró en lo clásico y yo quería algo más relacionado con mis raíces. Fue cuando empecé a estudiar con Etelvina Maldonado cuando estaba haciéndole coros al proyecto musical Alé Kumá. Conocí al percusionista palenquero Batata en una clase en la Javeriana y me enamoré del bullerengue”.
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Suena natural, pero su camino lo estaba haciendo contracorriente. Y es justamente ese camino de volver al origen y reinventar los sonidos el que la llevó a ser elegida en la convocatoria de Ibermúsicas 2025, en su línea de Ayuda a la circulación de profesionales de la música. Por ende, el que la llevó a cruzar el océano para ofrecer su talento al otro lado del mundo.
María Mulata acaba de presentarse en Madrid y de asistir tres días seguidos en Barcelona tanto como invitada central en el Festival Latir, como en un homenaje a Totó la Momposina y a una sesión íntima de su música, antes de partir hacia Francia para cumplir con conciertos en París y Lyon.
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Mientras espera la tortilla de patatas, cuenta que la sorprendió que tanto en el Festival Latir como en el homenaje a Totó la gente la recibiera con emoción en un escenario desconocido. “Gané nuevos seguidores y hubo público que me reconocía y cantaba mis canciones. La diversidad de asistentes es enorme y hubo lleno total. Me llevo la sorpresa de la forma en que la gente se conectó con mi música”, confiesa, sin ocultar la emoción.
Volver a la raíz
La cantautora nacida en San Gil, Santander, y ganadora de la Gaviota de Plata en Viña del Mar (otra ave en su vida, curiosamente), recuerda que cuando empezó a estudiar tenía la intención de viajar a España a aprender cante jondo porque quería estudiar algo con profundo arraigo cultural, además de que la visitaba la sensación de que era descendiente de gitanos. Los asentamientos de Girón (Santander) la conectaron con esa cultura nómada, pero tras conocer a Etelvina Maldonado se quedó en el bullerengue.

Superó el pénsum en canto lírico y se graduó de Música. Su proyecto personal dio vida a Itinerario de tambores, su álbum de 2006. Dentro de su larga discografía, por cierto, hay otros dos álbumes que recuerdan su conexión con las aves: De cantos y vuelos (2012) y Guacamayo (2025). Etérea y terrenal (2026) va por esa misma línea de libertad creativa y conexión con su tierra. Las mariamulatas la habitan.
Una vez incursionó en la música, decidió vivir de ella, como había hecho desde niña, y se arraigó al escenario. Ya sabía que además de cantar en festivales, sobrevivir le implicaba ir a serenatas o a misas porque “es la chisga: tocar para sobrevivir”. Su persistencia la involucró en un proyecto personal. “Siempre dije que no quería proyectos de otros para entretener, sino uno propio que desarrollara con pasión”.
Así fue. En ese camino unió la voz y el baile, y se abrió a un proyecto diverso donde pudiera tocar tanto un bambuco como un canto huitoto o representar la energía del Caribe. “La voz lo permite todo porque es un instrumento versátil. La academia y la investigación me permitieron transformar la voz para reinterpretar la música. Por lo general, los jóvenes se inclinan por las músicas en tendencia, pero yo, a los 24, estaba haciendo folclor”, recuerda María Mulata.
(Para saber más: «Conocemos a los artistas exitosos cuando ya llevan 10 años de carrera, no de antes», Natalia Bautista)

Su caso fue opuesto a la mayoría de los artistas, que inician en el pop y luego buscan su raíz, al estilo de Natalia Lafourcade. “Mi búsqueda fue al revés. Ahora experimento con otras corrientes. Mi nuevo trabajo, Eterna y terrenal, cuenta con herramientas electrónicas y me permito hacer nuevas fusiones”. También, el nuevo trabajo le permitió volver a hacer giras gracias al generoso programa estatal de becas culturales, que le ha permitido viajar con su agrupación.
Hoy por hoy, busca recordarle a quienes la escuchan lo importante de volver a sí mismos, vivir la vida y reconectar con lo ancestral. “Mi trabajo va muy especialmente a las abuelas, mamás o bisabuelas, para recordarles cómo conectar con la raíz y esa manera de vivir, amar, viajar y cuidar al otro. Este disco pide volver a lo esencial. En mi caso implica volver al escenario en vivo y reconectar con lo profundo, de una manera más espiritual, más allá del espectáculo. Es un llamado a la introspección a través de la música”, concluye María Mulata, con sus ojos de ave asombrada y su canto de viento caribe y andino que cruza ahora los mares.