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Revista Diners
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El martes, 15 de julio de 1997, los medios de comunicación difundieron extras en todo el planeta en los que informaban que Gianni Versace había muerto. El mundo de la moda se trastornó y, con él, toda una generación que se había acostumbrado a ver al diseñador italiano vestir y posar junto a un sinnúmero de celebridades de la música y la cultura pop, que tan en boga estaban en esa época.
El creador calabrés estaba en el punto más álgido de su carrera y no era posible hablar de moda sin mencionar a la atractiva Medusa del logo de su marca. De hecho, esa sacerdotisa mitológica de cabellos de serpiente, que petrificaba a aquel que la mirara a los ojos, rimaba a la perfección con lo que su marca transmitía: fuerza, seducción y poder femenino.
Sin embargo, sus creaciones no siempre fueron bien recibidas; es más, despertaron amores y odios, ya que a Versace lo aclamaron rebeldes que reclamaban osadía, sensualidad desbordada, colores vibrantes y dorados ostentosos, mientras que a otros les repugnaban la pomposidad y los excesos que mostraba en sus pasarelas.
No obstante, cuentan sus biógrafos que su vida personal estaba lejos de los excesos que imaginaba para sus modelos; tanto es así que solía permitirse a diario una rutina que le costó la vida. Se despertaba temprano para ir, sin guardaespaldas, a comprar la prensa y regresaba a su casa en Miami, para luego desayunar junto a su compañero, Antonio D’Amico. Pero ese martes de 1997, mientras introducía la llave en la cerradura, recibió dos tiros provenientes del arma del asesino en serie Andrew Cunanan.
Hoy, al alba del trigésimo aniversario de su muerte, de la fecha en la que se habría celebrado su cumpleaños número ochenta y de los treinta años de la última exposición que el Museo de la Moda de París le dedicó a Versace, el Museo Maillol, también de París, le consagra por estos días una retrospectiva que celebra los momentos más icónicos de su trayectoria, con cerca de 450 piezas originales, curadas por los alemanes Karl von der Ahé y Saskia Lubnow, quienes conversaron con Diners sobre esta muestra.

Foto cortesía Versace
Espacio y movimiento
El recorrido comienza con una puesta en escena de su taller, en el cual se hacen evidentes sus orígenes, anclados en el sur de Italia. Nacido el 2 de diciembre de 1946 en Reggio di Calabria, Versace estuvo ligado a la moda gracias a que su madre, Francesca, era dueña de un taller de costura, donde tuvo contacto directo con la artesanía tradicional y el trabajo de las costureras.
En la retrospectiva también se aborda la influencia de sus estudios de arquitectura. De ahí su fascinación por las estatuas de las civilizaciones griegas y romanas, que desempeñaron un papel decisivo en la forma como deseaba que los modelos llevaran sus creaciones.
Cuando se instaló en Milán en la década de los setenta, llevó consigo las técnicas que había aprendido con su madre y también una particular “alma del sur”, lo cual explica que sus primeras creaciones revelaron referencias clásicas, como drapeados que evocaban las togas, máscaras teatrales, iconografía de vírgenes ortodoxas y ornamentos bizantinos.
Más adelante, se presenta la fundación de la sociedad Gianni Versace, junto con sus hermanos Santo y Donatella, en 1978. En esta sección, los curadores de la muestra quisieron hacer evidente cómo Versace comprendió que la creación no se debía basar en el diseñador, sino que necesitaba múltiples actores que colaboraran con su mirada para consolidar su casa de moda. De ahí que, en 1979, llevó a cabo su primera campaña con el célebre fotógrafo Richard Avedon.
De hecho, los curadores sostienen que una de las principales razones de la consolidación de la marca fue su fuerte presencia mediática, así como sus prolijos catálogos, que más adelante se alimentaron de la mirada artística de otros grandes fotógrafos de moda, como Helmut Newton e Irving Penn.
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En 1982, Versace instaló la sede de su empresa en la Via Gesù de Milán. Para ese momento, en la moda milanesa imperaba el estilo emblemático del dress for success, en el que se destacaban los hombros anchos y una marcada silueta en V. Por eso, sus prendas estructuraban el cuerpo con precisión, al tiempo que proyectaban autoridad, seguridad y hacían algunos tímidos guiños a la sensualidad. “Desde entonces, alcanzó un equilibrio perfecto entre disciplina y exceso, funcionalidad y espectáculo”, asegura la curadora Saskia Lubnow.
Con todo, lo más revolucionario de esos primeros años fue la introducción del oroton, una fina malla metálica luminosa, como materia prima de sus creaciones, la cual se convirtió en uno de los elementos más emblemáticos de su obra a partir de la colección primavera/verano 1982. Desde entonces, se le reconoció por dominar el cuero y el metal.
A medida que avanza el recorrido, se va reafirmando la importancia que Versace le atribuyó a colaborar con múltiples actores de la cultura, no solo porque consideraba que los otros lenguajes eran una fuente de inspiración, sino porque esas interacciones le permitían llevar sus creaciones a otras dimensiones artísticas. Por eso, empezó a diseñar vestuario para obras de teatro, ópera y danza del reputado teatro La Scala de Milán, así como para obras de dramaturgos, bailarines y coreógrafos.

Foto Dave M. Benett / Getty Images
Entre barroco y arte pop
Una de sus revoluciones llegó entre 1991 y 1992, cuando vio la luz su emblemático estampado barroco, en dorado y negro, una estructura simétrica y rigurosa que funcionaba como un principio arquitectónico aplicado al tejido y un diseño dramático y ornamentado.
“Para mis estampados, me he esforzado, como un pintor, por plasmar en el lienzo recuerdos, impresiones, la magia del arte barroco y todo aquello que más amo”, aseguraba Versace, quien reinterpretó y transformó estos elementos en un verdadero arte de vivir. Por eso, no se conformó con llevarlos a la ropa, sino también los plasmó en cojines, vajilla y mobiliarios.

Foto cortesía Gianni Versace / Audrey Ly
Otro capítulo esencial en el recorrido de la exposición está consagrado al arte pop, al que llegó gracias a la amistad que mantuvo con Andy Warhol. “Me gusta la cultura pop, esa cultura que no necesita aparentar lo que no es”, decía Versace.
Supermodelos, realeza y celebridades del rock
El desfile de la colección prêt-à-porter de otoño-invierno, ocurrido el 7 de marzo de 1991, en Milán, duró 47 minutos, presentó 109 siluetas y es conocido como el nacimiento del fenómeno de las supermodelos. No solo fue una pasarela de moda, sino un espectáculo que reunió a Naomi Campbell, Linda Evangelista, Christy Turlington, Tatjana Patitz y Cindy Crawford.
Versace elevó el desfile a la categoría de acontecimiento cultural, donde la moda trascendía su función utilitaria y las modelos transformaron las prendas en símbolos de glamour y poder femenino. De esta manera, el modisto fue un pionero en la fusión entre la moda y la cultura pop y deliberadamente se propuso vestir tanto a las élites de la alta sociedad como a músicos y miembros de Hollywood, que luego se incorporaban a sus desfiles.
“Antes se nacía de sangre real. Hoy, la realeza proviene de lo que uno hace”, decía Versace. Pero no fue solo una afirmación, sino una resolución, pues en los años noventa, así como colaboró con la princesa Diana, también lo hizo con Elton John, Elizabeth Hurley, Madonna, Sting y Trudie Styler. Una jugada llena de astucia, pues la princesa encarnaba la continuidad y el prestigio, mientras que las estrellas simbolizaban la inmediatez y la influencia global.
Otras secciones de la retrospectiva retratan su fascinación por Miami Beach, que quedó consignada en las colecciones primavera-verano de 1992 y 1993, en las que Versace celebró el cuerpo masculino en forma abierta y sin complejos, reflejando su identidad y libertad.
La colección siguiente, otoño-invierno 1992-1993, suscitó la mayor controversia de su carrera, ya que incorporó arneses, hebillas, cinturones, taches, flecos y usó esencialmente el cuero negro. La bautizó Miss S&M, aunque las revistas de moda la denominaron la Bondage Collection. Las modelos aparecían como poderosas amazonas, ataviadas en oro y cuero.
Los círculos más conservadores la calificaron de indecente y escandalosa, por lo que el diseñador respondió: “Debería ser evidente para todo el mundo que un desfile es una provocación, lo que significa llevar ciertas ideas hasta el extremo. En otras palabras, es un performance, un espectáculo. Una especie de juego”.
A esta colección la siguió una “muy punk, con mucho negro, cuero y ganchos metálicos de seguridad, porque el punk es alegría y anticonformismo”, sostuvo el diseñador. Para lograrlo, reinterpretó el gancho como un accesorio de lujo y lo adornó con su Medusa. El desfile lo inauguró Kate Moss, quien, en oposición a las top, se consolidaba como una modelo cool y minimalista.
Color y belleza para la vida
La penúltima sección de la muestra está consagrada a la emblemática camisa de seda profusamente estampada. “Quienes temen el color temen la vida”, decía Versace cuando se refería a esta prenda unisex que le exigía a su portador una personalidad intrépida. Los curadores de la muestra la califican como “la filosofía estética de Versace; es decir, pura opulencia, teatralidad y afirmación de la propia identidad”.
El cierre de esta retrospectiva se titula Simply Beautiful (Simplemente bello), pues así apareció en una de las portadas de la revista Time de 1995, en la que se anunciaba el regreso del minimalismo a la moda. Por primera vez, el público reclamaba prendas básicas y funcionales y privilegiaba la comodidad y la sobriedad.

Para Versace, este cambio marcó su último gran giro estilístico. El corte y la construcción de las prendas, al igual que los materiales, pasaron a ocupar el primer plano, mientras que los estampados perdieron protagonismo; en su lugar, adoptó contrastes cromáticos, cuyo resultado fue una estética moderna y refinada, basada en un equilibrio entre simplicidad y precisión.
Una muerte aceptada y anunciada
El 6 de julio de 1997, Versace presentó su última colección de alta costura, en París. Nadie contaba con que la vida del costurero acabaría sorpresivamente a manos de un asesino en serie, pero su desaparición ya era un tema del que se hablaba en los círculos de la moda, pues en 1993 le habían diagnosticado cáncer del oído interno.
“Cuando, después de los análisis y los exámenes de todo tipo, me di cuenta de que era posible que abandonara el mundo de los vivos sin tener siquiera cincuenta años, me dije: ‘Está decidido, cada día que me queda por vivir será una fiesta’. Pensé: ‘Benissimo’. Si tengo que morir, agradezco a Dios haber vivido cuarenta y nueve años fantásticos. No me arrepiento de nada; siempre hice lo que quise. Tengo una familia formidable, una vida personal serena y adoro mi trabajo. Además, he tenido el privilegio de crear para el teatro y he conocido a grandes artistas de este siglo. De Rauschenberg a Twombly… A los veinte años, ya conocía incluso a Picasso. ¿Qué más puedo pedir?”.
Karl von der Ahé, curador de la exposición, considera que si bien cada hilo de esta retrospectiva constituye un tesoro de la moda, asegura que en cada palabra de esta declaración de Versace se puede encontrar, tal vez, su más grande legado, pues con la misma ostentación del barroco, sin falsa modestia y consciente del imperio que creó, se jactó de lo que realmente debería contar para cualquier ser humano: su vida personal, más que su influencia, su obra o su reconocimiento mundial.
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