Revista Diners
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Bajo una conversación especialmente dirijida a los amores del Caribe que alguna vez conocieron la soledad Me dijeron que amara con la boca llena de barro y sal, el primer libro de cuentos de Virginia Petro, donde se cuelan también algunos poemas, marca un diálogo sobre la diversidad y aquellas nociones reveleantes acerca del amor integral.
(Explore leyendo: La memoria dibujada de Keum Suk Gendry-Kim)
Desde Mateo Gómez, Córdoba, la escritora inició su universo literario en el cual converge la prosa dirgida al cuidado, las circunstancias de abuso, la vulnerabilidad y el racismo, entre poemas que narran momentos cotidianos de la costa colombiana. Luego de la publicación del poemario Después del amor, nosotras y su segunda novela, la cordobesa continúa abriendo espacios con el fin de conversar sobre aquella incomodidad que retrata sobre el papel.
Las historias encuentran un punto en común con relatos atravesados por la violencia intrafamiliar, la discrminación por género y orientación sexual, pero también comparte espacio con el deseo de imaginar otras maneras de amar, incluso en escenarios donde los finales felices parecen difíciles de concebir. Para Petro, contar esas historias implica decir en voz alta aquello que durante mucho tiempo ha permanecido relegado por considerarse incómodo o tabú, y hacerlo desde una escritura que entiende el amor como algo que también puede vivirse con libertad, deseo, pasión y disfrute.
En entrevista con Diners, Virginia Petro profundizó en su universo creativo marcado por telenovelas nacionales, su figura como escritora joven y la forma de abordar vivencias disidentes en la sociedad colombiana.
La incomodidad atraviesa el libro desde el título hasta cada uno de los fragmentos en las páginas de Me dijeron que amara con la boca llena de barro y sal. ¿Cómo ve dicha sensación como autora?
La incomodidad es necesaria para crear desde la honestidad. A veces, en la calma y en lo cómodo —en ese espacio donde me siento muy yo y fluyo— hay algo que, seguramente, no me estoy cuestionando o, tal vez, en algún punto muy privilegiado, ya lo he abarcado todo.
Esa incomodidad fue necesaria para poder escribir el segundo libro y creo que sigue siendo necesaria en mi vida para poder crear en general, para poder seguir escribiendo, para poder seguir haciendo cosas que muestren de manera transparente lo que soy hoy en día; quizás las cosas que me duelen y me atraviesan, terminan conectando con otra gente que también habita las mismas incomodidades.

En la carta que está al inicio del libro lo digo lastimosamente: no tendríamos por qué estar aquí ubicadas en este espectro de dolor ni de incomodidad ni de tristeza, pero pues ya lo estamos. Entonces, tratemos de que sea un poquito más llevadero, acompañándonos mutuamente, diciendo las cosas en voz alta, no sintiendo vergüenza por las cosas vividas y atravesando el dolor desde otros escenarios, los cuales vienen a estar muy atravesados por esa incomodidad.
Sus relatos y poemas toman vivencias cotidianas que aún están permeadas por una sociedad conservadora, como la colombiana. ¿Qué tanto de ello es perceptible en este segundo libro?
Siento que ahorita mismo tengo una responsabilidad muy grande: sostener discursos que defiendan lo que soy, lo que hago y la forma en la cual nos relacionamos; así como los espacios que toda la vida me han pertenecido, pero que históricamente me han sido relegados.
La responsabilidad se tiene que abordar con ganas, con muchísimo interés, pero sobre todo con respeto. Creo que el libro está pensado también para abordar todo esto que vivimos como comunidad LGBTIQ+, todo lo que somos como artistas; todo lo que soy yo como una mujer negra en una zona rural. Todo desde el respeto.
Desde el habitar estos espacios con una admiración profunda y ni siquiera llegando al punto de romantizar las cosas, pero sí dejando claro ciertas vainas que pueden sonar muy mágicas y bonitas: la gente LGBTIQ+ en los pueblos sale adelante o hace tal cosa que termina como romantizando algo que claramente tiene que ver con el olvido.
En ese punto medio, entra decir: “estamos haciendo esto”. Pero, a su vez, estamos hablando de las cosas que se tienen que hablar siempre y que se tienen que hablar con todo lo que eso implica: temas de derechos humanos, valores muy claros. Entonces, tengo una responsabilidad que no es solo mía, sino que ahora siento que es colectiva.
El trabajo está en cada vez ser más visibles. Ocupar espacios que, repito, siempre han sido nuestros; no es solo mío, sino de todas las personas que están haciendo lo que pueden desde sus lugares de trabajo, desde sus casas. Desde salir a la calle y agarrar la mano de la novia. Eso también cultiva y hace que estemos día a día siendo un mundo un poco más justo, empático, equitativo, libre y respetuoso.
Algo bastante llamativo de la obra radica en esa muestra del autoodio que se viven desde la vivencias LGBTIQ+ con personajes que se miran al espejo para preguntarse por qué la situación no mejora. ¿Cómo dio con ese proceso para relatar tantas situaciones que evidencian vidas reales?
Esas historias están construidas con un profundo amor, pero también con mucho miedo. Creo que todos los días, de alguna manera, —producto ni siquiera de nuestra culpa, sino de lo que nos ha tocado vivir— hemos tenido que afrontar un cuestionando de lo que somos, lo que hacemos, cómo pensamos, cómo nos vestimos.
De pronto, lo que busco es casi igual que con la poesía, con este cuento que la gente encuentre algo en lo que verse reflejado desde el sí, desde la empatía, desde el “no estoy solo”. Lo que estoy construyendo es importante y sobre todo porque no es un proceso lineal. A mí me pasa mucho con el tema racial: la mayoría de veces estoy muy segura de lo que soy, de cómo me veo, de mi familia, de mis raíces y luego, un día por allá, me levanto diciendo que ya no me gusta mi pelo o que no me gusta cómo me veo. Eso también hace parte de ese proceso de construirnos y de abrazarnos y reconocer que nunca el proceso de amor propio es lineal. Yo no me voy a querer todos los días de la misma manera, al contrario. Eso ha sido de idas y venidas; es lo que hace que yo sea más real, ¿no?
Que sea una persona con la que se pueda hablar desde la tranquilidad y que si tengo que reconocer que hay algo que no me gusta, pues lo reconozco; que si tengo que reconocer también de dónde viene eso que no me gusta, pues lo voy a decir en voz alta. Quizás todas las historias quieren decirle a la gente que no terminan mal. Casi siempre es, bueno, y esto se acabó así. No: ¿por qué yo no puedo tener un final feliz también? Lo que yo quiero es tener un final feliz.
¿Por qué estas historias siempre son las trágicas o las dolorosas? Sí, estamos atravesados por mucho dolor; pero en mi mundo, en lo que piensa mi cabeza, también me puedo dar la oportunidad de escribir algo que esté habitado por el amor y que termine también entendiéndose así con un final bonito.
Quedó en la lista de los 30 Under 30 2026 de Forbes Colombia. ¿De qué forma ve ese reconocimiento?
Esto era un sueño que tenía, pero que veía muy lejos.
Me decía: «Bueno, no creo que haya forma”. Además, yo tengo 28, entonces ya me sentía muy cerca de los 30, así que el pensamiento era: “no, bueno, ya lo que fue, fue; ya me cantó la pigua”. Entonces, recibirlo ha sido muy bonito, sobre todo porque sé lo que hay detrás de ese reconocimiento.
Crecí con esa falta de ver a alguien que se pareciera a mí en escenarios en los que yo quería estar. Que eso haya pasado me parece un regalo, un logro; del cual espero, de corazón, que sea una puerta abierta a muchas otras mujeres, a muchas otras niñas y a muchas otras personas de zonas rurales que sueñan también con lo mismo.
A veces en el pueblo uno ve todo esto muy alejado y una cosa muy difícil de alcanzar, que uno no va a llegar a esos espacios. Uno piensa que a esos espacios llega la gente que desde el principio ha tenido la cosa un poquito más fácil y eso hay que reconocerlo. Hay gente que nace con la estrella, hay gente que nace con las vainas ya muy puestas en bandeja; hay otra gente que toda la vida se la guerrea y la logra y otros que toda la vida también la guerrean pese a que ni así la consiguen.
El premio lo recibo con mucho amor, pero sobre todo que me da una responsabilidad notoria, más grande para hacer las cosas bien y seguir haciendo las cosas con el corazón para así continuar las vainas que aportan a la construcción de arte y escenarios más equitativos. Que sea el momento para que la gente lea y conozca de poesía.
Con 28 años, dos libros, varios reconocimientos y una gran narrativa, ¿cómo ve su futuro como escritora en términos de inspiración con tanta expectativa bajo la figura de Virginia Petro?
No sé si es porque quise tocar muchos, muchos, años este sueño y que ha sido muy surreal vivirlo, pero yo quiero hacer todo lo que tenga que hacer para que no se me vaya, para que no se escape, para que la cosa no salga mal.
Dios me ha permitido también conocer escenarios y me ha dotado de momentos y de cosas que necesito contar y decir en voz alta. Para tener esos escenarios y para contarlo y para decirlos en voz alta, pues tengo que leer, instruirme, estudiar y si tengo que hacerlo para que la inspiración siga fluyendo, para que eso siga estando presente, pues lo voy a hacer.
También es producto de los papás con los que crecí, ¿no? Mis papás sí me felicitaban, pero también me decían mucho: “a la gente se le acaba el cuarto de hora, la vaina va fluyendo, viene otro y ni pasaste a la historia”. Quiero hacer siempre algo que disfrute.
Y sí, hay mucha responsabilidad y presión, pero bacano, porque eso, ajá, hace que uno pueda también hacer cosas chéveres.
En su caso particular, las telenovelas ocupan un puesto primario en materia de inspiración con personajes que hicieron parte de momentos de su vida. ¿Cuáles fueron esas narrativas que formaron su universo creativo mientras crecía?
Soy la mezcla de muchas cosas. Inevitablemente, soy una mujer que creció en el Caribe colombiano y eso lo atraviesa a uno sea como sea.
Todo lo que viene de ahí: la gente, las expresiones, la comida, la música, los artistas que hay detrás en la poesía; además, vengo de Cereté, que es tierra de poetas, donde se realiza el encuentro internacional de mujeres poetas. Crecí en un ambiente que me iba a permitir sanar y crear a través de eso. Soy una persona que ha tenido la oportunidad y el privilegio de conocer otras caras, otra gente, otras ciudades y eso también cruza lo que yo creo.
Además, crecí con un papá fanático de la literatura, de García Márquez. Crecí leyendo a María Mercedes Carranza en poesía; luego, con el tiempo, me fui buscando autoras afro que hablaran y escribieran, ahí conozco a Velia Vidal, a Mary Grueso, a Flor Bárcenas, mujeres que me han llevado por donde yo quiero también caminar y escribir.
Entonces, soy la mezcla de todo y eso me hace afortunada. Sin embargo, no me avergüenzo para nada de decir que de lo que más sé es de farándula colombiana. Me puedes preguntar a mí los que se han casado, los que se han divorciado, los cachos, la gente que ya no está, los hijos de no sé quién, las novelas: todo me lo sé. Crecí en los 2000, época en la que la farándula se movía mucho.

Leí la revista Tú, crecí leyendo la TV&Novelas; crecí viendo Pasión de Gavilanes, Pura Sangre, Hasta que la Plata no Separe, Paquita Gallego; o sea, muchas vainas que me atravesaron y que hoy me permiten también escribir. Me da mucha risa porque a veces en literatura tenemos una clase que es Historia Latinoamericana y el profesor habla mucho de doña Bárbara, que es una novela. Nunca me he leído Doña Bárbara, sino que me vi Doña Bárbara.
Creo que todo eso es lo que me ha hecho ser lo que soy hoy y ojalá que gran parte de esa historia de esa farándula colombiana, esa historia pop, sea la que me siga haciendo lo que soy hoy y me permita ver al mundo con menos seriedad.
A veces uno se abstrae tanto en la poesía, se abstrae tanto en la literatura, que entonces se vuelve un harto, que solo habla de eso, que entonces no socializa con nadie más que no sea extremadamente culto. A mí no me da pena decir que hay vainas que no sé. Llegué a mi maestría de literatura con gente ya estudiada en el campo diciéndoles: «No tengo ni idea de lo que está hablando”. Solían preguntar: “¿quién ha leído no sé qué cosa?” y decía: ”Jamás me lo he leído. Es la primera vez que lo voy a leer”.
El desconocimiento permite que uno mentalmente también esté más amplio a lo que va a recibir y quiero ser siempre esta persona, que sin pena diga: «No sé, sé tal cosa, no sé esto. Enséñeme que quiero aprender y quiero ver el mundo de las letras, en general, con miles de visiones”.
¿Qué tal ha sido escribir del Caribe colombiano para una sociedad que, generalmente, solo reconoce el universo de la zona creado por Gabriel García Márquez?
Entre García Márquez y lo que ha surgido con todo el realismo mágico, creo que además nace uno como escritor con el deseo casi que implícito de querer replicar muchas cosas que te parecen increíbles de eso que él hizo, de lo que él creó y de los mundos que ha inventado. Pero no solo él, Arnoldo Palacios en Las estrellas son negras tiene todo un mundo maravilloso donde falta esa visibilidad desde otro lado. La forma en la que él narra y cuenta, ese dialecto específico, me parece hermoso.
Igual, soy muy fan de García García Márquez, pero García Márquez era un hombre blanco, cisgénero y heterosexual. Vivió en otra época, en otro contexto. Quizás sí: es cierto que el Caribe es muy mágico, pero también hemos romantizado mucho esa magia que viene a ser producto del olvido estatal.
Entonces, hay cosas que hay que decir y hay maneras en las que hay que también abordar todo eso con mucha responsabilidad social, con un contexto y una lectura inherente a lo que es el espacio.
Al final, soy otra persona. Recibo con mucho amor también en ocasiones cuando me dicen: «Te leo y me recuerda García Márquez”. Es un honor; sin embargo, busco nutrirme de otras cosas, por eso hablo de Arnoldo Palacios o de Marvel Moreno.
¿Por qué, en este libro, poner tantas realidades y sentimientos en personajes masculinos?
Creo que se complementa muy bien con un poema que tengo en el primer libro, el cual habla del poema favorito de mi papá: “En ocasiones, sueño que soy el hijo que mis papás siempre quisieron. El que hubiese sido gallero, ahijado de Bernardo Reyes, estudiante de ingeniería agrónoma en la Universidad de Córdoba. Casado con una mujer cereteana y proveedor de nietos todos varones”. Hay una vaina y es que yo soy la tercera hija de mi papá y la mayor de la juntanza, porque ellos no están casados, de la juntanza con mi mamá. El tercer intento de mi papá de tener una hija.
Mi papá es un hombre gallero, una vaina con la que no estoy de acuerdo. Él creció en eso, mi abuelo era un hombre gallero. Entonces, creo que él siempre esperó eso, verlo en un hijo, como alguien con quien ir a las galleras, que le interesara el tema, todo.
He ido instruyendo a mis papás ahí un poquito como ese tema de construcción de género: bueno, yo como mujer puedo hacer cualquier cosa, reconociéndome como mujer puedo ser lo que yo quiera ser.
Sin embargo, tiene unas hijas que lo han llevado a deconstruirse, a pensar otras cosas. Ya las cosas han cambiado mucho, pero mi papá no lavaba un plato, no tendía una cama. Son vainas con las que yo crecí que si bien me hacían reconocerme más como mujer y sentirme orgullosa de lo mismo, sentía que había vainas que desde ese otro lado no se estaban abordando. Ahí es de donde nacen tantas preguntas, y es, por ejemplo del libro, donde en una gallera, un espacio de tantos hombres, cómo no va a haber ni un solo gay; o sea, estadísticamente es posible.
Ahí hay algo que está que está fallando, por eso nacen esas historias.
Traté de hacerlo con mucho respeto y me daba mucho miedo pensar que mi papá lo fuera a leer, porque decía: “Va a sentir, como hombre costeño, que le estoy faltando el respeto”. Mi papá lo leyó y me dijo: «Qué bacanería, nunca había visto esto, me parece bacanísimo”. Ahí pensé: “esto es lo que quiero, que la gente salga de lo que está pensando”.
Si toda la vida tantos hombres se han tomado, han tenido la osadía y el descaro, de hablar en nombre de nosotras: ¿por qué yo, por primera vez, no puedo hablar en nombre de ellos? Decir lo que quiero decir de ellos. Tomarme el atrevimiento de narrar historias que, seguramente, hay alguien que no está contando como hombres y desde una visión heterosexual en la costa Caribe colombiana.
Ha llegado bien y ha sido bonito. Nunca lo he hecho con sevicia ni con maldad, sino con ganas de que se diversifique lo que estoy contando.
(Continúe leyendo: Los libros desaparecidos del Proyecto Panamá)


