Revista Diners
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La cantautora colombiana nacida en El Carito, Córdoba, acumula más de 25 años de carrera y otros 28 viviendo en Bogotá. Aunque las cuentas indiquen que lleva más tiempo fuera que en el pueblo, sigue siendo una pueblerina. Así lo dice y lo canta en su nueva canción.
Luego de su álbum Adriana Lucía lanzado en 2025, vuelve a sonar con una canción coescrita junto a Andrés Parra y Jairo Barón que, más que un sencillo, es el punto de partida para una nueva era de exploración musical.
Fiel a la cumbia, los tambores y relatos que evocan la nostalgia por la tierra, Adriana Lucía no le teme a la prueba. Tampoco cree en purismos ni etiquetas porque, como ella misma indica, «la música no tiene dueño». Con esta premisa, «Pueblerina» es el primer resultado de su experimento con el afrobeats. Un junte de sonidos que más allá de responder a una tendencia abraza sonoridades del Caribe que siempre han sido hermanas.
Durante el lanzamiento del sencillo en La Tienda del Porro hablamos con la artista. Conversamos sobre los estereotipos que recaen en los provincianos, las tensiones entre pueblo y ciudad, sus inspiraciones musicales y por qué, a pesar de la presión, nunca ha dejado de ser pueblerina.
Aquí la entrevista completa.
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Dices que «Pueblerina» no es solo una canción, sino una declaración. ¿Por qué?
Ser de pueblo es una cosa fantástica, pero siempre nos han querido mostrar como menos. Yo me acuerdo que en una época de la vida, llegando a El Carito, uno abría Waze y desaparecía. Ya no, pero a mí eso me parecía fascinante. Siempre he visto ser de pueblo como algo muy lindo, especial, poderoso, y creo que eso es “pueblerina”: ser muy orgullosa de ser quien soy.
En tu proceso creativo, en tu forma de hacer música, ¿qué cosas de ser pueblerina sientes que se asoman?
Esto ha sido algo que me lo he tenido que preguntar mucho porque a uno se le va olvidando. Hace muchos años yo estaba en Sincelejo entrevistando a una de las personas que yo más admiro, Rubén Darío Salcedo, el autor de Fiesta en corraleja. Y Rubén Darío me dijo una cosa: “Los compositores de hoy en día son ciegos. No ven”.
En el momento, se cae una flor del palo de totumo; él toma la flor y me dice: “¿Usted cree que esta flor no merece una canción?” Y yo recuerdo ese momento como un momento tan especial en mi vida, como de introspección, y dije: “Claro que sí”. No podemos quedarnos componiendo “Ay, te quiero, no me quieres, ya te dejé de querer, ya no te quiero más”. Tenemos que abrir los ojos, los compositores.
En ese momento llegué a mi casa y había un sembrado de algodón. El algodón estaba florecido y yo dije: “Tengo que meter esto en una canción”. Desde ese momento hice conciencia de eso y me gusta que mis canciones tengan siempre ese toque poético. La décima, los cantos de vaquería, todo eso con lo que yo me crié, pero la poesía es fundamental en lo que hago.

En tantos años de carrera, ¿ha habido alguna vez en la que te han dicho que seas un poco menos pueblerina?
Una vez no, muchas veces. Claro, a uno le dicen: “No te acerques tanto a la gente, porque los artistas tienen que ser así, inalcanzables, intocables”. Yo me sentía muy frustrada porque siempre apelo a mi intuición y mi intuición no me conecta con eso. Pero después uno dice: “Bueno, pero de pronto tienen razón. ¿Será que no? ¿Será que sí?” Pero este espíritu rebelde siempre sale a flote.
En esta canción te vemos coqueteando con el afrobeats, ¿cómo ha sido el acercamiento a ese género?
No, no fue coqueteo, fue matrimonio de una vez. Como mujer caribe que soy, pues evidentemente son ritmos el dancehall, la mapouka, el soukous. Todos hemos crecido con estos ritmos africanos pasados por las Antillas, entonces es algo que está en nuestro pulso natural, no es algo ajeno. Pero encontré que podía hacer algo muy interesante con la cumbia, pero con la cumbia tradicional.
Es decir, hay muchas cumbias, ¿no? Yo había experimentado con otras cumbias más tipo Landero, o cumbia de acordeón, pero yo entendía que era más de tambores por su origen africano. Fue una búsqueda con mi equipo. Después de hacerlo con Jairo Barón, que es mi productor, llegó mi equipo de A&R de Sony y también tuvimos una sesión de buscar sonidos, ver, negociar, quitar. Y llegamos a un punto fantástico. Además, es un punto de partida porque ya hay muchas cosas ahí.
Tú eres una pueblerina que lleva mucho tiempo viviendo en la ciudad. ¿Qué tiene la ciudad que no tiene el pueblo y qué tiene el pueblo que no tiene la ciudad?
Debo decir que el hecho de ser pueblerina no anula que me guste la ciudad. Amo Nueva York y cada vez que voy me gusta más. Hace poco conocí Londres y dije: “Wow, me encanta esta ciudad”. Amo Bogotá y quisiera que le dieran más valor. Por ejemplo, amo el hecho de estar sentada en donde sea, ver a las personas y decir: “Este no es de aquí, este no es de aquí, este no es de aquí”, porque en los pueblos uno sabe quién es quién, quién es el primo de quién. Pero también es lindo saber que muchas personas de diferentes corrientes, pensamientos, confluyen en un mismo lugar.
Me gusta tener la posibilidad de comer lo que quiera, la vida nocturna, ver una obra de teatro de cualquier lugar o conseguir dónde comer a cualquier hora. Y de los pueblos me gusta la confianza en la palabra. Que tú digas: “Mire, ya le dije que voy”. Decirle a la gente “cuenta conmigo” y es verdad que cuentas conmigo. También me gusta, por ejemplo, que el vecino me pueda pasar un poquito de sopa si yo tengo ganas de tomar sopa y en mi casa no hicieron. Entonces uno dice: “Ve, háblate por ahí, que seguro hicieron sopa”, y la mandan.
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