Museo
Foto: Mar Triana García
junio 2, 2026
Cultura

Viernes Negro: el museo vivo que resignifica la memoria afrocolombiana en Bogotá

Un grupo de jóvenes creó el Museo del Viernes Negro, el primer espacio en Bogotá para homenajear a los ancestros afrocolombianos. Al frente del museo está la lideresa Julisa Mosquera Murillo.
POR:
Simón Granja Matías
Revista Diners
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La luz parpadea no una, sino varias veces. La protagonista de esta historia, sentada detrás de su escritorio, mira la luz, sonríe y dice: “Ya me dieron la respuesta los ancestros sobre esta entrevista”.

“¿Es una respuesta positiva?”.

“Va a ser una buena entrevista —contesta—. ¿En qué les puedo ayudar?”.

La cámara está lista. Se sienta con elegancia. Viste una falda de muchos colores, un turbante, argollas doradas y una blusa negra que resalta su sonrisa. Detrás de ella hay fotografías de distintas personalidades que han marcado la historia, aunque en su mayoría han sido borradas o desdibujadas. Ella, al frente de esas imágenes, recuerda a esas reinas africanas poderosas y mágicas.

“Yo soy Julisa Mosquera Murillo, hija de Rosa Murillo y nieta de Francisca Caicedo. Soy una mujer cimarrona por adopción, pero también por convicción, nacida en Quibdó, capital del departamento del Chocó. Hoy nos encontramos aquí en el Museo del Viernes Negro, el primero en Bogotá dedicado a rendir homenaje a los ancestros afrocolombianos, que apenas tiene un año de funcionamiento; es un lugar de reivindicación, de lucha, pero sobre todo de memoria de las comunidades negras en la localidad de Antonio Nariño, exactamente en el barrio Ciudad Jardín”, dice a manera de presentación.

Museo
En el museo hay espacios dedicados a la resistencia silenciosa de las mujeres negras que escondían rutas secretas de escape a través de los peinados. Foto: Mar Triana García

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 “Muchos nos preguntan por el nombre”, prosigue Mosquera, y explica que la idea surgió cuando uno de los jóvenes que impulsaron la creación de este espacio encontró una historia sobre el llamado Viernes Negro en Estados Unidos: personas esclavizadas a las que les faltaba una oreja, un pie o presentaban algún “defecto” eran vendidas por menor cantidad de dinero en ciertos viernes. De allí proviene esa costumbre estadounidense, según lo que él halló.

Con ese concepto en mente, y la necesidad de construir un espacio para que los jóvenes negros, toda la comunidad y cualquiera que se quisiera acercar, se pudieran reunir y conocer su propia historia contada por ellos mismos, y no por otros, surgió este museo, con el que se busca reivindicar esa memoria.

“Para nosotros, el término Viernes Negro es doloroso porque recuerda la historia de nuestros antepasados, de seres humanos a quienes les arrebataron su humanidad; entonces decidimos darle un resignificado”, explica.

También pensaron muchas veces la palabra museo y todavía hoy la cuestionan, porque no desean tener un espacio lejano ni solemne. “Queremos contar la historia desde nosotros y para nosotros, pero también para los demás”. Por eso empezaron por reconstruir la historia: “En la escuela nunca nos enseñaron que veníamos de reyes y reinas, siempre nos dijeron que veníamos de esclavos, pero no es lo mismo ser esclavo que esclavizado. Esclavizado es aquel a quien trajeron contra su voluntad y sometieron a toda clase de vejaciones”, narra Mosquera.

En cada rincón de la casa hay algo especial: un objeto que recuerda, pero que también vive, que palpita. Porque esta casa, aunque tenga el rótulo de museo para dar a entender su propósito educativo a través de los objetos, está viva. Se mueve, baila, habla, sana y llora, pero también ríe.

Las salas

Sin duda, uno de los espacios más importantes que muestra Mosquera es el salón de los niños: la sala 5, llamada Mary Grueso en homenaje a la primera escritora y poeta negra en ingresar a la Academia Colombiana de la Lengua.

“Acá les leemos a los niños sus historias, y como yo he hecho teatro, me es más fácil hacerles mímica y títeres”, manifiesta, consciente de que primero que todo deben llegar a ellos. “Este museo existe para que los niños negros no nieguen quiénes son, para que se sientan orgullosos de su diáspora y para que conozcan la historia que ha sido negada”, agrega.

Mosquera ha ido en repetidas ocasiones a los colegios para hacerles caer en cuenta cuándo se están cometiendo actos racistas contra los niños. “Vivimos en una sociedad muy racista, lo que sucede es que nadie lo acepta. Nosotros le hemos preguntado a la gente: ‘¿Usted dejaría que su hijo se casara con una persona negra?’, y la respuesta más repetida ha sido: ‘Uy, hasta allá no’. Eso es una clara muestra de racismo”.

Han sido varias las ocasiones en que la lideresa se ha conmovido al encontrarse con niños que niegan su raíz por el mismo rechazo del que son víctimas. “Acá han pasado cosas tan bonitas como que un día los niños llegan con comentarios racistas y luego, después de las historias que les contamos, van y corrigen a sus propios padres. Es una educación a la inversa”, señala.

Las otras salas que conforman la casa son El Palenque, en homenaje al primer pueblo negro libre de América, San Basilio de Palenque; La Historia no Contada: el Barco Negrero, sala en la que se explica el horror de la trata transatlántica de personas esclavizadas; La Historia Contada, Mal Contada, donde se narra la resistencia silenciosa de las mujeres negras, que escondían rutas secretas de escape a través de los peinados; La Azotea, el Centro de la Casa, donde hay murales, instrumentos musicales, plantas, y se genera el encuentro, la charla; y por último, El Kilombo.

“Este es un templo”, asegura Mosquera bajando la voz. Hay una energía distinta en este sitio: plantas medicinales, especias, viches, una marimba, velas y una camilla. “En este lugar hacemos procesos de sanación, porque acá venimos mujeres y personas como yo, que hemos sido víctimas de la guerra, y nos curamos gracias a la medicina de nuestros pueblos ancestrales”, puntualiza.

Sus ojos brillan; no, corrección: no brillan, centellean. Son de un color café chocolate, pero parece que tuvieran pequeños riachuelos dorados que se mueven.

De Quibdó para Bogotá

Viernes negro: el museo vivo que resignifica la memoria afrocolombiana en bogotá
Julisa Mosquera Murillo es hija de Rosa Murillo y nieta de Francisca Caicedo. Foto: Mar Triana García

Julisa Mosquera recuerda una infancia feliz en su ciudad natal, Quibdó. Criada por su madre y por su abuela, no conoció figura paterna alguna. En el barrio donde se crio, todos eran primos y las madres de los primos, tías; algo más fuerte los unía: la tierra.

Su abuela era minera, “pero a pequeña escala, de forma amorosa con el ambiente. Le sacaba un poco de tierra y oro a la tierra para alimentarnos. Era sabia”, aclara. Y en cuanto a su mamá, Rosa, dice que siempre estuvo moviéndose en temas políticos. 

Ese liderazgo se le quedó en las venas. “Uno nace líder, no lo puede evitar”, asevera. Pero los líderes incomodan, y en este país, donde la incomodidad se resuelve con sangre, Mosquera comenzó a volverse incómoda para ciertos sectores porque se negó al reclutamiento forzado de cualquier tipo. “El ejército no tiene por qué llevarse a los muchachos, pero tampoco la guerrilla ni los paramilitares”, argumenta.

La secuestraron durante cinco días, le dieron un ultimátum y tuvo que irse de su tierra amada con sus hijos. Pensaba abandonar el país, pero la condición era irse sin ellos. “Yo no me voy a ningún lado sin mis hijos”, dijo, y decidió quedarse en la capital.

Así fue como, paso a paso, se convirtió en una lideresa en Bogotá, y el sueño de crear un espacio para homenajear a los ancestros afrocolombianos en la capital del país comenzó a hacerse realidad. Y acá estamos: sentados, conversando, mientras afuera la espera su esquema de seguridad.

Los ancestros

—Cuando se presentó, habló de sus ancestros. ¿Están acá?

—Sí, todos los días. También está Fabiola, mi primera amiga, que ya tiene un lugar en el museo. Falleció el año pasado, pero ella está acá. Yo las siento siempre conmigo.

—¿Qué le dicen ellas?

—Ellas ven la lucha que hemos dado y sienten que su esfuerzo no fue en vano, pues he llevado fielmente los valores que me transmitieron. Siento que el día que les falle, ya no tendría por qué estar aquí. Yo hago simplemente lo que ellas dicen que debo hacer. 

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