Hace ya varias décadas, una de mis primeras jefes me mandó escribir un artículo sobre Praga. “Algo corto, conciso”, me dijo. Yo, en mi afán de demostrar que haría lo mejor posible, leí cuanto pude de aquella ciudad, sin haberla pisado nunca. Ya no recuerdo lo que escribí —no encontré el artículo—, pero lo que sí tengo presente es que desde entonces quise ir a esa ciudad. Me imaginé infinidad de veces caminando por el puente Carlos —que todos reseñaban con tanta emoción—, viendo el reloj astronómico medieval y sus más de cien torres, y sintiéndola como se debe.
Tuvieron que pasar muchas cosas antes de conocer esta misteriosa ciudad. Y lo cierto es que Praga no me defraudó ni por un segundo ante todas las expectativas que me había creado en la mente. Elegí para los lectores de Diners las siete experiencias que más disfruté y que recomiendo hacer en un próximo viaje.
Ver el reloj astronómico medieval y recorrer la Ciudad Vieja

Salimos a las ocho de la mañana de Budapest y, luego de un intensísimo viaje por carretera, arribamos a las seis y treinta de la tarde a Praga. Ya estaba oscuro y había un gran trancón. “Al fin, Praga”, me repetí para mis adentros. Llegamos a cenar a un restaurante muy cerca de la plaza de la Ciudad Vieja. Yo solo quería finalizar pronto para materializar lo que imaginé: visitar los atractivos turísticos de la ciudad. Pese al frío, había muchísima gente en la plaza. Y yo, sin dudarlo, caminé hasta el reloj astronómico medieval, construido en 1410 por Mikuláš Kadan y perfeccionado a finales del siglo XV por el maestro Hanuš de Růže.
Cada hora salen las figuras de los doce apóstoles y cuatro figuras adicionales que representan la muerte, la avaricia, la vanidad y la lujuria. Hay otras cuatro que son inmóviles: el filósofo, el astrónomo, el cronista y el arcángel san Miguel.
La esfera inferior de la torre, agregada en el siglo XIX, representa los meses del año mediante pinturas hechas por el artista checo Josef Mánes. También se pueden apreciar los signos del Zodiaco. Cada detalle es simplemente impresionante y único. Pero mirar a mi alrededor, con las luces encendidas de la plaza, las dos torres de la iglesia de Nuestra Señora de Tyn al fondo, el palacio Kinský y la iglesia de San Nicolás, fue imponente. La imagen era un sueño hecho realidad.
Durante los días siguientes pasamos muchas veces por aquí. Perderse por sus estrechas calles, entrar y salir de las tiendas de diseño y de recuerdos, caminar hasta el puente Carlos —que nunca imaginé tan grande— y escuchar una banda de jazz a la orilla del río es algo imperdible. Este puente, además, está custodiado por treinta estatuas de santos, la más famosa de las cuales es la de san Juan Nepomuceno, y eso le da un aire místico difícil de igualar.
Hacer el tour de El último secreto
La más reciente novela del escritor estadounidense Dan Brown, reconocido por su libro El código Da Vinci, transcurre en Praga. En esta oportunidad, el profesor de simbología Robert Langdon viaja a la capital de la República Checa para asistir a una conferencia que dará su novia, la científica noética Katherine Solomon, quien está a punto de lanzar un libro revolucionario sobre la conciencia humana. Sin embargo, hay un brutal asesinato y la científica desaparece con su manuscrito. Langdon, desesperado por encontrar a su amada, es perseguido por una poderosa organización y una inquietante figura de una leyenda mítica.
A partir de ahí se despliega una trepidante historia, contada en más de 800 páginas con el habitual estilo de Brown: persecuciones, símbolos e historias reales que lo dejan a uno con muchos interrogantes y ganas de seguir leyendo.
La cita es a las nueve de la mañana en el Old Town Hall con Květa Navrátilová, una guía turística que conoce su ciudad como pocos. Además, tuvo el privilegio de leer el libro antes que mucha gente y de asistir al lanzamiento oficial con Brown. Navrátilová nos lleva por varios sitios que se nombran en la novela. Así que, querido lector, si a usted lo emociona ver por dónde caminan los protagonistas de esta historia, este es el tour para usted.
Lo primero que vemos es Black Angel’s, el bar localizado en el sótano del hotel Prince, famoso porque un hombre en la época de la Prohibición creó varios cocteles; pasamos por las callejuelas por las que suele caminar el gólem, una figura de barro propia de la tradición judía y clave en la historia; vamos a la plaza, donde el profesor Langdon y Katherine se dan su primer beso, pasamos por la escultura en honor de La metamorfosis de Kafka, y luego vamos al barrio judío.
Allí entramos en unos de los lugares más impresionantes en los que haya estado: el antiguo cementerio judío. Quizás es la historia del lugar, quizás es la cantidad de personas que yacen en ese lugar —más de 100.000—, quizás es ver las piedras de las tumbas en desorden. No sé, pero se nos aceleró el corazón, se nos aguaron los ojos, se nos cerró el estómago. Navrátilová nos entregó un sobre dorado sellado y un lápiz. Nos pidió abrirlo y escribir un deseo que tuviéramos en la vida para dejarlo al lado de la tumba del rabino Judah Loew, creador del gólem, el hombre de barro que defendía al gueto judío. Así lo hicimos.
Posteriormente, salimos hacia el puente Carlos; allí contemplamos de nuevo la ciudad, mientras me imagino ver a la mujer con una corona de espinas y olor a muerte que tanto asusta al profesor Langdon. Navrátilová nos señala dónde quedan el hotel Four Seasons, la torre Petrin, el Bastión del Crucifijo y el refugio de Folimanka, otros escenarios importantes en la historia pero más alejados del centro histórico. Ella se despide con un abrazo luego de casi tres horas de habernos explicado muchísimos detalles de la ciudad. Antes de irse, le pregunto si de verdad cree en el gólem. “¡Absolutamente! —me dice—. Es real, no lo dudes ni por un instante”.
(Le puede interesar: Londres es la mejor ciudad de Europa para vivir en 2026 según la consultora Resonance)
Recorrer la ciudad en un tranvía histórico

Es 12 de noviembre y hace frío. Dentro de poco comenzará el invierno en la ciudad, pero aún podemos esperar en la calle el tranvía histórico, o eso creemos. Estamos al frente del teatro Nacional. Pasan y llegan tranvías, pero ninguno con el número 42, que es el que hace un recorrido circular y del que uno puede bajarse tantas veces como quiera durante veinticuatro horas.
Hemos empezado a perder la fe, y también la paciencia por el frío. Ya van más de treinta minutos. Como buenos turistas, pensamos que estamos en un lugar equivocado o que quizás no funciona hoy; sin embargo, a lo lejos vemos un tranvía de color rojo con el número soñado. Nos subimos, y automáticamente cambiamos de época. Las sillas están forradas en cuero rojo y todos están vestidos con trajes de los años veinte. Un joven rubio nos da nuestro tiquete y nos ofrece disculpas. Hubo un accidente de tráfico y por eso el retraso. Adentro hace calor.
Todos los tranvías están restaurados y tienen muchos detalles de la época, desde las maquinarias hasta los letreros; algunos funcionaron durante el Imperio austrohúngaro. Nosotros nos subimos en el modelo 412, un vagón de 1920 que formó parte de la primera serie de tranvías fabricados en la Checoslovaquia independiente y que contaba con puertas dobles y nueve ventanas laterales.
Decidimos ir hasta el final de la ruta, que llega a las afueras de la ciudad. Es una manera tranquila de apreciar el río Moldava, la arquitectura, los sitios más icónicos de Praga y barrios tan hermosos como Malá Strana. Nos tomamos un café en la última parada y regresamos a nuestro ritmo, contagiados de esa nostalgia que invade la atmósfera de la ciudad.
Ir a la torre astronómica y la biblioteca de Clementinum

Una parte importante de El último secreto, la novela de Dan Brown, transcurre en la biblioteca de Clementinum. Así que, por instinto, quisimos ir a visitarla; sin embargo, las entradas ya estaban agotadas, pero nos dijeron que podíamos volver al día siguiente a la una de la tarde.
Clementinum es el segundo complejo de edificios más grande de la ciudad, después del castillo de Praga. Los jesuitas construyeron su primer colegio aquí en 1556; el complejo, que se extendía alrededor de cinco patios, incluía tres iglesias (San Salvador, San Clemente y la capilla de la Asunción de la Virgen María), dos torres, escuelas, un colegio, una biblioteca, un teatro, un observatorio y su propia imprenta. En este lugar, además, Wolfgang Amadeus Mozart vino varias veces a tocar música y Albert Einstein dio clases de Física.
A la torre llegamos justo a tiempo. Somos alrededor de diez personas de varias nacionalidades. Un hombre mayor, con pinta de científico loco, será nuestro guía. Luce un saco azul de lana con motivos navideños y nos advierte que tenemos que subir 172 escalones de una escalera en forma de caracol para llegar hasta lo más alto de la torre.
El espacio es increíble. Hay varias paradas antes de llegar arriba, pero obviamente el show se lo roba la biblioteca barroca construida en 1722, catalogada como una de las más hermosas del planeta y que alberga 27.500 volúmenes de libros. En su cúpula hay frescos pintados por John Hiebel que representan el Templo de la Sabiduría de la mitología griega. También tiene una hilera de globos terráqueos muy antiguos. La biblioteca solo se puede contemplar desde la distancia, pero vale toda la pena del mundo apreciar su grandeza de esta manera.
La otra sala es la de Meridiano, donde se pueden ver aparatos astronómicos originales que sirven para determinar el mediodía con exactitud. Es difícil explicar la sensación de estar en un lugar con tanta historia. El guía nos cuenta cada detalle y cómo, a través de un agujero que hay en el piso, se puede determinar la hora. Luego subimos los últimos escalones para llegar a lo más alto de la torre, a 68 metros de altura, desde donde se obtiene una de las mejores panorámicas de la ciudad. El reloj marca casi las dos de la tarde, brilla el sol y yo, jadeante, solo atino a decir: “¡Qué ciudad más bonita!”.
Navegar en barco al almuerzo y salir al atardecer por el río Moldava

El río Moldava es el más largo del país, con una longitud aproximada de 430 kilómetros. Atraviesa Praga y le da un aire muy romántico a la ciudad. Así que hicimos un paseo en dos tipos de barco. El primero, hacia el mediodía, es un típico crucero en el que se incluye el almuerzo y dura alrededor de dos horas. Lo tomamos justo después de una larga caminata al castillo de Praga, así que fue un plan perfecto para descansar las piernas, almorzar tipo buffet y contemplar la ciudad desde el río.
Al día siguiente, hicimos un recorrido muchísimo más especial. Abordamos un barco de madera más pequeño, una embarcación típica del siglo XIX, justo antes del atardecer, en un muelle empedrado localizado debajo del puente Carlos para conocer la llamada Venecia de Praga. Los organizadores —que estaban vestidos como marineros de la época— nos ofrecieron una muy buena cerveza checa y unas galletas.
Desde aquí recorrimos el canal Certovka, vimos casas pintorescas, un molino medieval de los caballeros de Malta y restos del puente Judith, una estructura románica del siglo XII. Los colores del atardecer, la luz del agua y la tranquilidad del lugar nos hicieron sentir como si estuviéramos en medio de una película de ficción.
(Le puede interesar: Cerezos en flor: los mejores 5 destinos del mundo para vivir el sakura)
Ir al castillo de Praga, el más grande del mundo

Antes de comenzar, hago una salvedad: pagamos un tour desde Colombia, pese a que no soy fan de los tours grupales porque siento que todo lo tenemos que conocer como si estuviéramos corriendo una maratón. Por esa razón, decidimos quedarnos por nuestra propia cuenta más días en Praga (¡afortunadamente!).
Hecha la salvedad, conocimos este sitio en desarrollo del tour, pero vale la pena ir con calma y tiempo, porque efectivamente es el castillo más grande del mundo (se extiende en un área de 45 hectáreas). Construido en el siglo IX, de hecho es un conjunto de varios palacios, edificios y estrechas callejuelas. Aquí vivieron los reyes de Bohemia y desde 1918 se convirtió en la residencia oficial del presidente de la República Checa.
Entre los edificios más lindos para visitar está el Antiguo Palacio, sede de los reyes de Bohemia hasta el siglo XVI y construido sobre el palacio Soběslav, de estilo románico. Quizás una de las salas más hermosas sea la de Vladislav, de estilo gótico y con unas bóvedas de crucerías impresionantes. La luz que entra en el salón es lo que más me llamó la atención. En la actualidad, se utiliza para ceremonias estatales (en el libro de Dan Brown, Katherine Solomon viene a dar su conferencia a este sitio y yo me puedo imaginar la escena perfectamente).
Otro de los lugares a los que vale la pena entrar es la catedral de San Vito, una obra maestra del gótico que tardó 600 años en construirse y el monumento religioso más importante de la ciudad. La majestuosa nave central y los vitrales nos dejaron sin palabras.
Finalmente, caminar por el Callejón del Oro, con apenas once casitas pintorescas, resulta muy curioso. Las casitas se construyeron en las fortificaciones del castillo a finales del siglo XVI y estuvieron ocupadas hasta la Segunda Guerra Mundial.
Según nuestro guía, la calle lleva ese nombre porque anteriormente vivía gente de escasos recursos y su nombre hace referencia a la orina, por las circunstancias de insalubridad en las que vivían. Otras hipótesis apuntan a que se llama así por los alquimistas que vivieron allí. Llama la atención la casa número 22, donde el escritor más famoso del país, Franz Kafka, vivió un año. De acuerdo con nuestro guía, Kafka era un abogado muy pudiente y solamente iba de vez en cuando a escribir a esa diminuta casa.
Obviamente, hay más cosas que ver si tiene más tiempo, como la basílica de San Jorge, la torre de la catedral, el palacio Lobkowicz y los jardines.
Apreciar las esculturas de David Černý e ir a la galería Danzante

David Černý es uno de los escultores más importantes del país. Nacido en 1967 en Praga, en medio de una familia de artistas, su arte nunca ha estado alejado de la polémica. Por desgracia, no alcanzamos a ver todas las esculturas que hay en la ciudad (tiene una de un hombre sosteniéndose de una viga que dicen que es Sigmund Freud y otra de unos bebés gigantes perturbadores, entre otras), pero vimos dos:
El caballo al revés, una escultura de un caballo muerto, boca abajo, que pende del techo, en cuyo vientre se encuentra sentado san Wenceslao, patrono de Bohemia. Algunos sugieren que es una crítica velada al presidente Vaclav Klaus, ya que en checo Wenceslao es Vaclav. Se encuentra en el pasaje Lucerna, un precioso sitio de art déco, donde hay varios almacenes, cafés y un teatro.
Y La cabeza de Kafka, ubicada al frente del centro comercial Quadrio, una escultura cinética de diez metros de altura que pesa alrededor de 24 toneladas. Es la cabeza del escritor Franz Kafka, compuesta de 42 paneles de acero que cada cierto tiempo se van moviendo. Se dice que representa la mente atribulada del escritor.

Desde ahí caminamos hasta un lugar muy curioso: la Casa Danzante, un edificio diseñado por los arquitectos Frank Gehry y Vlado Milunić en el paseo marítimo de Rašínovo. El edificio, un ícono del nuevo espíritu de Praga y de la arquitectura moderna, se inspiró en la reconocida pareja de actores y bailarines Fred Astaire y Ginger Rogers, quienes grabaron diez comedias musicales.
Se construyó sobre las ruinas de una casa destruida durante la Segunda Guerra Mundial; lo curioso es que justo al lado de esa casa vivía Václav Havel, disidente político y dramaturgo que llegó a ser presidente de la República Checa en 1989, quien, años más tarde, impulsó la idea de este proyecto. La estructura se inauguró en 1996.
La torre de cristal representa a Ginger, mientras que la de hormigón a Fred, y juntas parecen estar bailando. De hecho, al verlas en persona parece que estuvieran mucho más inclinadas la una sobre la otra. Hace sol y aprovechamos para tomar fotos. Adentro hay una galería enfocada en el arte contemporáneo local e internacional, un hotel de lujo y un restaurante desde donde se tiene una gran vista de la ciudad.
RECUADRO
¿Dónde hospedarse?
Hotel Almanac x Alcron

Ubicado muy cerca de la plaza de Wenceslao, el icónico hotel Alcron, fundado en 1932 y que hospedó desde personalidades de Hollywood —como Shirley Temple— hasta espías de la Guerra Fría, se restauró por completo en 2023, respetando su inspiración original de estilo art déco y combinándolo con el diseño checo contemporáneo. En su restaurante se ofrece una versión moderna de la cocina checa. Imperdible ir a su bar, con un ambiente relajado, donde llaman la atención cocteles de autor incluidos en una carta con ilustraciones hechas por el mismo barman.
¿Dónde comer?
VÝtopna

Este es un lugar para ir a divertirse y tomarse una buena cerveza checa, más que para probar la comida en sí (aunque las hamburguesas están muy ricas). Todo lo que pida le llegará en pequeños vagones que circulan por los rieles que hay en las mesas. El lugar dispone de 35 máquinas controladas digitalmente, 900 metros de vías y cinco puentes elevados. Impresionantes el servicio, la precisión y el hecho de que los trenes jamás se chocan.
Un café
Antonínovo Pekařství

Si se quiere tomar un buen café y probar un pan recién horneado, este es el lugar. Hay varias sedes, pero la que queda cerca de la estación Náměstí Míru es preciosa (y este no es solo un adjetivo vacuo, ya que esta sede ha recibido nominaciones a varios premios de mejor diseño de interiores en la ciudad).
Consejo
Si va a la ciudad, lo mejor es adquirir el Prague Visitor Pass. Lo único que tiene que hacer es seleccionar 48, 72 o 120 horas, dependiendo del tiempo que estará en la ciudad. Luego, active el pase desde la app o en alguno de los puntos de venta. Y después, a disfrutar. Ofrece transporte ilimitado por la ciudad y múltiples experiencias gratuitas o con un jugoso descuento.


