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mayo 15, 2012
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Carlos Fuentes: «O se es joven o se lo lleva a uno la chingada»

Así quiso ser siempre Carlos Fuentes, joven. Por eso, a sus 83 años era más activo que cualquiera, pero la muerte le llegó cuando acababa de terminar una novela y se disponía a comenzar una nueva.
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Revista Diners

Se fue Carlos Fuentes, víctima de un problema digestivo sin antecedentes, el más productivo y prolífico de todos los escritores latinoamericanos, pero quedó su asombrosa capacidad de reinventarse, su impresionante suma de novelas y ensayos, el profundo legado que le dejó al boom latinoamericano y su aporte a la identidad mexicana, porque nadie como él defendió su lengua y ahondó en las raíces populares de su país natal, y tampoco nadie como este autor fue tan internacional, local y crítico de los fenómenos cambiantes de su país y del continente al mismo tiempo.

Carlos Fuentes fue un revolucionario de las letras y un diplomático en su vida cotidiana. Lo primero lo aprendió a los 13 años, cuando se leyó El Quijote, y lo demostró cuando La región más transparente (que Alfaguara reeditó hace cuatro años en un libro de colección y de lujo) salió al mercado y dio un nuevo panorama a la literatura del continente al plantear a una ciudad como centro de su relato y a los personajes como átomos alrededor de ese centro urbano protagonista.

Lo confirmó luego con La muerte de Artemio Cruz, una impecable obra sobre la historia de México que se salta los convencionalismos narrativos al intercalar el pasado y el presente en un juego cinematográfico de tiempos y planos; finalmente, se quedó en la memoria de casi todos con una obra menor que sin embargo se hizo inolvidable: Aura, una historia escrita en segunda persona que oscila entre el horror y la tensión.

En todas sus obras posteriores no tuvo miedo a nada: cambió los tiempos, jugó con las voces, creó personajes memorables, intercaló estilos, esquivó los signos de puntuación, los respetó, creó novelas de vampiros como Vlad (2010), de narcotráfico como en Adán y Edén (2009), habló de la revolución mexicana en Gringo viejo (1985), entre otras; escribió una autobiografía novelada enDiana o la cazadora solitaria (1994), ganó el amor de los lectores con Los años de Laura Díaz (1999) al recuperar las conversaciones supuestas entre sus dos abuelas y abarcar un periodo de cien años desde el punto de vista femenino; y además hizo teatro, fue doctor honoris causa en al menos una decena de las instituciones más respetadas del mundo, además de ganador de los premios más importantes en español, incluidos el Cervantes y el Príncipe de Asturias.

La diplomacia la inició cuando en 1950 representó a su país en Suiza ante la Organización Internacional del Trabajo, y luego, entre 1974 y 1977, cuando representó a México como embajador en París. Su padre se lo había legado ya que también él había sido consejero de la Embajada de México en los años cuarenta. Pero sobre todo, la mantuvo en cada una de sus presentaciones y sus giras, siempre incansable, siempre dispuesto a contestar a todas las preguntas de los reporteros, siempre atento con quienes hacían fila para solicitarle la firma para sus libros, con una lucidez sobria y una comprensión del panorama mundial tanto económico como social que no entraba en debates primarios, sino que iba siempre a la médula del conflicto.

En la víspera de su muerte, en una entrevista publicada por el diario El País de España, aseguraba que no tenía ya ningún miedo literario, que a sus 83 años acababa de acabar su más reciente y la que ahora será su última novela, Federico en el balcón (sobre una conversación que mantiene con un Nietzche resucitado), y que comenzaría este lunes mismo a escribir su nueva obra, El baile del centenario, de la que ya tenía apuntes y varios capítulos adelantados. No logró esa empresa. Pero sí dejó sus arrestos juveniles al mundo, y una frase final que lo caracterizará en la memoria: “El hecho es que cuando se llega a cierta edad, o se es joven o se lo lleva a uno la chingada”. Y él fue siempre joven. Porque se reinventó. Porque a sus 80 años seguía escribiendo asuntos que los jóvenes no abordarían, y lo hizo con una desfachatez y un riesgo que pocos acometerían. Porque ya no tenía miedos. Y porque seguía burlándose de la rigidez, de las camisas de fuerza, de su propio país, de las trampas del idioma, día tras día, incluso hasta este 15 de mayo de su muerte, que lo sorprendió con el impulso de seguir escribiendo a brazo partido para evitar que fuera la muerte la que le impusiera su punto final.

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