Desde hace años, me reconcilié con la idea de que tal vez llegue sin pareja a la vejez. Al principio, esta idea era un lugar seguro al que acudía a modo de broma cuando pasaba por alguna decepción amorosa, pero poco a poco la idea empezó a aparecer como una realidad cada vez más probable. No es una sentencia fatalista del tipo “Yo no nací para amar, nadie nació para mí”, de Juan Gabriel, sino más bien una afirmación liberadora porque me quita el peso de las expectativas sociales, de la búsqueda forzada y del suplicio por la incertidumbre hacia el futuro. He observado cómo, para algunas amigas, la soltería parece ser una especie de dolencia que se debe tratar de resolver a toda costa. Es como una etiqueta que marca algo incompleto, insuficiente, imperfecto. ¿Acaso los que no tenemos pareja estamos defectuosos? ¿La soltería en los hombres se juzga en la misma forma que la de las mujeres? Para mí, la soltería ha sido como una especie de traje que me ha acompañado intermitentemente a lo largo de estos últimos años: a comienzos de mis treinta apretaba y sofocaba, y ahora, a mis 44, se siente cada vez más cómodo y tibio.
Foto Foto de Tranmautritam / Pexels.
Recuerdo que hace algún tiempo, en una conversación sobre lo que me depararía el futuro si no me ponía las pilas para conseguir a alguien, un amigo casado me dijo que iba a terminar como la loca de los gatos. Su comentario me puso a reflexionar sobre mi situación: “¿Cuántos gatos necesitaría para lograrlo?”. Ya tengo dos. La soltería no significa estar solo. Y no me refiero únicamente al derecho de portarse mal para pasarla bien, de hacer lo que quiera porque no tengo compromisos con nadie, sino a la posibilidad estoica de conocerse, quererse y alimentarse a uno mismo; la oportunidad de disponer el alma, el corazón y hasta el cuerpo para compartir la vida con alguien desde la plenitud y no desde la necesidad. Más allá de estar tranquila con mi soltería, es cierto que la vida puede ser más alegre si se comparte con otros. No somos criaturas que viven solas en cavernas: somos seres sociales que nos retroalimentamos de la interacción con otras personas. Pero, lamentablemente, conocer posibles compañeros románticos hoy en día parece ser más difícil que nunca. Vea también: Consejos para mantener un corazón saludable En la actualidad, muchas personas buscan pareja, amigos, el amor o el olvido por medio de aplicaciones como Tinder, Bumble o Grindr. Yo transité por ese camino, pero llegó un punto en el que contestar las mismas preguntas, leer mensajes subidos de tono no pedidos o esperar mensajes que nunca llegarían me aburrió. ¿Y entonces? Si quieres resultados diferentes, haz cosas diferentes. Decidí salir de mi caverna y darle una nueva oportunidad a la búsqueda del amor con tres actividades poco convencionales: una caminata en una montaña, una clase de cocina y una cena con desconocidos.

Tres invitaciones para que Cupido me tuviera en cuenta. A la conquista de la montaña Ilustración por Alejandra Balaguera. Las caminatas no son mi actividad deportiva favorita. De hecho, disfruto más de una película en una sala de cine o de flotar a la orilla del mar mientras veo el atardecer. Pero la consigna de esta misión romántico-editorial era intentar algo diferente. En Google busqué “Caminatas para solteros” y voilà: apareció Fuerza Natural. Esta es una empresa de turismo que desde hace trece años organiza actividades relacionadas con el trail running, el senderismo, el camping y la escalada en varios escenarios de Cundinamarca. La caminata prometía ser una actividad tranquila, una exigencia de nivel dos en una escala de cinco. La cita era un sábado a las 6:30 a.m. en Los Héroes: al parecer, Cupido madruga bastante. Poco a poco, empezaron a llegar los solteros. Al principio, todos estábamos envueltos entre capas de ropa, muy serios y fríos. Me hice en el último puesto, ya que desde allí podía observar a los caminantes: diez mujeres y seis prospectos. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Fuerza Natural Caminatas y Experiencias. (@fuerzanaturalco) A mi lado se sentó un ingeniero que trabajaba en seguridad en un banco y una profesora de colegio. Mientras nos desplazábamos hacia Guatavita, les pregunté por las motivaciones que los llevaron a estar sentados conmigo.
Para ella, la frustración por la imposibilidad de cuadrar los horarios con sus amigos hizo que se rebelara y decidiera hacer por primera vez un “viaje” sola. A él le pareció una buena opción, pues “después de la pandemia la gente ya no sale”. “Es una caminata tranquila para que puedan conversar y conocerse”, dijo uno de los guías cuando apenas iniciábamos la subida. Las conversaciones se iban dando poco a poco, y descubrí que entre los hombres había un ingeniero aeronáutico, un economista y un diseñador gráfico, y entre las chicas, una médica, una abogada, dos profesoras, una psicóloga organizacional y una veterinaria. Durante el ascenso, la verdad es que el esfuerzo físico que tenía que hacer para mantenerme en pie solo me permitía concentrarme en respirar para tratar de tranquilizar los latidos de mi corazón que, en lugar de estar exaltado por las conexiones románticas con los participantes, parecía salirse por la odiosa inclinación de la montaña. Jadeaba, sudaba, tenía la cara muy roja… En otro contexto, quizás habría sido sexy, pero en ese momento solo podía pensar en no desfallecer. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Fuerza Natural Caminatas y Experiencias. (@fuerzanaturalco) Sin embargo, en la cima de la montaña llegó la recompensa: la vista del embalse de Tominé, así como la posibilidad de conversar tranquilamente con los otros caminantes. La adrenalina por la subida ya había distensionado el ambiente, y las conversaciones fluían mientras almorzábamos. “Los amigos se disipan con el tiempo”, “Quizás yo no he madurado”, “Todo el mundo se casó”, “Me quedé soltero y veo menos gente”, “Salir de la rutina” eran algunas de las razones que me daban los caminantes para estar allí; ninguno me dijo que iba con deseos de conocer a alguien (quizás no sea algo sencillo de decir).
Lo cierto fue que recorrimos unos ocho kilómetros durante un poco más de cinco horas. De regreso, la camaradería de haber superado ese reto generó una especie de confianza que daba paso a las anécdotas, a las historias personales y a las bromas. Ya en Bogotá, el grupo fue a un bar. Quedaron los contactos, las fotos compartidas en el grupo de WhatsApp y la promesa de volver a vernos. Clase de cocina para solteros en iLatina Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por iLatina (@grupoilatinas) El corazón y el estómago comparten numerosos vasos sanguíneos y conexiones nerviosas. Tomar una clase de cocina especialmente para solteros mezcla tres elementos fascinantes: cocinar, hablar y conquistar. Hace unos meses, el chef chileno Chris Carpentier inauguró iLatina, una casa dedicada al arte gastronómico en la que ofrece, entre otras, clases de cocina para solteros. Los jueves, cada quince días, se organiza una sesión especial para quienes disfrutan de las mieles de la soltería o para aquellos deseosos de sazonar una nueva relación. Quizás por la debilidad que tengo hacia los chefs, por la relación entre la comida y el placer o porque la cocina es un espacio fantástico para preparar buenas conversaciones, la idea de tomar una clase con otros solteros me parecia un plan muy interesante. La cita era a las seis de la tarde. El menú: árabe. Poco a poco, el gran salón donde están las estaciones de cocina se iba llenando de aprendices —algunos muy guapos, todo hay que decirlo—. La atmósfera sugestiva del lugar y mis ganas de cocinar auguraban una muy buena velada.



