Revista Diners
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No puedo respirar. Se me acelera el corazón, siento las manos frías y se me empiezan a dormír. Me dan ganas de salir corriendo hacia algún lugar, no sé adónde; solo quiero correr y huir.
La verdad es que no quiero autodiagnosticarme, pero me dicen que estos son algunos de los síntomas de la ansiedad, ese trastorno psicológico que, según una nueva revisión científica, ha aumentado un 65 % en las últimas tres décadas, seguido por la depresión, con un incremento del 41 %. Aunque son varios los factores asociados, entre ellos sobresalen el exceso de trabajo, los problemas familiares y las preocupaciones económicas constantes.
Es una sensación de estar acorralado, de no encontrar salida ni opción alguna. Y sí, no quisiera autodiagnosticarme, pero para tener un diagnóstico me tocaría ir donde un psicólogo. ¿A qué hora? La vida no se detiene. El día a día corroe cualquier posibilidad de hacer algo distinto. Y ni hablemos de dinero: cuando el costo de vida no deja de subir, hay que tener varios trabajos para alcanzar un nivel de vida medianamente digno.
Al mismo tiempo, el mundo parece irse cada vez más al carajo. Es difícil imaginar un futuro mejor para mí y, mucho más, para mis hijos cuando avanzamos hacia un retroceso marcado por los fascismos, los racismos, los odios y las guerras. Paralelamente, el planeta reacciona con temblores, inundaciones, incendios…
Qué difícil parece salir de este encierro, de esta realidad fragmentada y extraña. Y más cuando en las redes sociales, o en la vida cotidiana, nos repiten que hay que ser positivos, que está en nuestras manos salir de esa oscuridad que el mismo sistema nos ha vendido. Un mensaje que pone el poder de la felicidad exclusivamente en nuestras manos: “Ser feliz depende de ti”; “Si lo sueñas, lo logras”; “Sé lo que quieras ser”.

Qué falsedad. Qué hipocresía
Sin embargo, hace poco llegó a mis manos Psicología punk: contra el pensamiento positivo y naif, libro del psicólogo Víctor Amat. El título me cautivó de inmediato, pues creo tener alma punk, anarquista.
Soy una persona inconforme y por eso a veces me llaman amargado. “Mira las maravillas de la vida”. Y me encuentro con el colapso de un glaciar que arrasa con cientos de personas en segundos.
Cuando giro el libro, la pregunta que lanza de inmediato es: “¿Quién dijo que para ser feliz hay que pensar en positivo?”. Y continúa diciendo: “El sufrimiento y el pensamiento negativo aparecen y permanecen contigo, a pesar de los esfuerzos por ignorarlos. Ahí es donde deberías empezar a cambiar algo”.
El libro desmonta los mitos del pensamiento naif y sacude los cimientos de todo lo que se ha leído hasta ahora sobre la psicología de autoayuda. De acuerdo con el autor, muchas de estas ideas están pensadas para dar sugerencias generales con las que todos nos podemos identificar; sin embargo, “tú eres único”.
Así que busco a Víctor Amat para hablar con él. Además de ser licenciado en Psicología por la Universidad Ramon Llull, en su juventud fue campeón de kickboxing, algo que le ha servido para su trabajo como psicólogo.
“Tras más de veinticinco años tratando a personas con problemas, he descubierto que, a menudo, sufres más por no querer sufrir que por lo que está ocurriendo. Te han dicho que no temas porque las cosas que te hacen sufrir probablemente nunca ocurrirán, así que deberías tranquilizarte”, dice en el libro.
El adjetivo de punk se lo ganó después de participar en una charla TEDx en la que se sintió maniatado: no se podía mover mucho, no podía decir groserías ni expresarse como lo hace él. Entonces, un amigo suyo le dijo: “Organicemos unas charlas en un bar y las llamamos ‘Punk Talks’”, y su mente estalló.

Tengo que buscar a Amat
La primera pregunta que le hago me la responde con otra pregunta. “Nos han educado con la doctrina de la taza de desayuno: si no estás sonriendo, estás fallando. Usted sostiene que la felicidad no es un derecho ni un estado permanente, sino un destello fugaz. Cuando la autoayuda convencional nos vende esta ilusión de plenitud constante, ¿cuál es el precio emocional real que terminan pagando las personas que intentan estar bien todo el tiempo?”, le digo.
“¿No es paradójico que frente a este discurso nos encontremos frente a la sociedad más medicalizada de la historia en salud mental?”, me pregunta a su vez. Es algo que, como psicólogo, ha observado en estos últimos veinte años: cuanto mayor es el acceso a ese tipo de discurso, más vacía se siente la gente.
Pienso en eso. En todos esos libros que prometen enseñarnos a vivir. En las frases motivacionales que aparecen por todas partes. En la idea de que, si estamos mal, es porque no estamos haciendo lo suficiente para estar bien.
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“Con tantos libros en los estantes de las librerías, deberíamos emanar felicidad”, dice. Pero todos tenemos un amigo que, aun después de leer varios de esos títulos, sigue igual o peor.
Amat sostiene que el problema aparece cuando queremos que otros nos enseñen a vivir en vez de aprender nosotros mismos.
Pero su crítica no se queda en los libros de autoayuda, va más allá. Para él, la llamada dictadura de la felicidad es conveniente para el sistema porque nos convence de amar las cadenas que nos atan. “Creo que estamos en una sociedad de esclavos. Tú y yo lo somos, no nos libramos de ello”, dice. Entonces plantea una pregunta: “¿Qué tipo de esclavo quieres ser: el tío Tom, que estaba contento de serlo, o Espartaco, que luchó por una verdadera libertad?”.
No es, sin embargo, una invitación a vivir amargados. Tampoco propone abrazar el sufrimiento como si fuera una virtud. Lo que propone es algo menos cómodo: reconocerlo. “Ese día es un asco”, asegura. Y ya. Sostiene que el pensamiento positivo no funciona como un antiinflamatorio para el dolor de la vida. “Es una droga que tapa lo que sientes”.
El problema es que, cuando intentamos negar constantemente el malestar, terminamos creyendo que hay algo defectuoso en nosotros por sentirlo. Si los demás parecen felices, ¿por qué yo no? Entonces quedan dos caminos: esforzarse todavía más por ser feliz, empeorando el problema, o aceptar que el malestar forma parte de la experiencia humana.

Me gusta esa idea porque, de alguna manera, quita un peso de encima. Tal vez no estemos obligados a sentirnos bien todo el tiempo. Tal vez un día pésimo puede ser simplemente eso: un mal día.
Y aquí vuelvo a mi propio problema con la palabra amargado. Se la escucho a menudo a quienes expresan que algo no les gusta, a quienes cuestionan, a quienes no sonríen cuando se supone que deberían hacerlo. Le cuento a Amat que yo no me considero así. Me considero transparente, alguien que dice lo que piensa y no se guarda aquello que le molesta.
Su respuesta tiene algo de provocación y algo de sentido común: “Lo punk es que, cuando te digan lo amargado que eres, simplemente puedas contestar: ‘Pues sí, un poco’”. Me río. Quizá la discusión termina ahí.
Con todo, ser transparente tampoco significa ir por la vida arrasando con los demás. Amat hace una precisión: “La transparencia es maravillosa cuando no es descarnada”. Se requiere cierta diplomacia porque necesitamos ser aceptados por la tribu. Podemos aprender a ser educados, cordiales o simpáticos cuando hace falta. El problema surge cuando intentamos convertirnos permanentemente en alguien que no somos.
Entonces aparece otra idea que atraviesa Psicología punk: no se trata de mandar a todo el mundo al carajo. Eso sería demasiado fácil. Amat no propone abandonar un trabajo porque el jefe es un imbécil ni romper una relación porque la otra persona nos molesta. Lo que hace es devolvernos la responsabilidad de decidir. Podemos quedarnos con un jefe que no soportamos porque necesitamos el trabajo o porque, por alguna razón, decidimos que vale la pena. También podemos decirle lo que pensamos y asumir el costo de hacerlo. “Puedes elegir seguir trabajando para un jefe pendejo, por necesidad o por conveniencia, y estará bien si es tu decisión”, dice.
Lo mismo ocurre con las relaciones. Nadie sabe exactamente por qué otra persona permanece en una relación que nosotros no soportaríamos. “Nadie está en mi piel; por tanto, nadie sabe qué me mantiene ahí”, explica.
Quizás eso también sea una forma de libertad: dejar de creer que existe una respuesta correcta para la vida de los demás.
Hay un audio viral en redes sociales que ejemplifica muy bien cómo me siento, que dice: “Debería irme a vivir al monte o al desierto, sin vecinos, sin nadie que me perturbe la vida”, atribuido al actor venezolano Eduardo Serrano. Le pregunto a Amat por esa fantasía tan repetida en redes sociales. La respuesta me sorprende porque no la considera una debilidad ni una simple fantasía escapista.
“El deseo de huida es lo que nos hace humanos”, contesta. Hace millones de años salimos de África y nos esparcimos por el mundo. El malestar mueve el mundo. Si nuestros primeros antepasados hubieran sido felices y plenos desde el primer minuto, probablemente no habríamos sobrevivido. Asegura que la sociedad nos repite: “No pienses, ya lo hacemos nosotros por ti”. Y nosotros cedemos ese poder. Por eso, para él, fantasear con escapar no necesariamente es una señal de fracaso. “La fantasía de huir, date cuenta, es la respuesta inteligente de todo esclavo”.

Empiezo a entender entonces por qué el libro se llama Psicología punk. No porque el autor quiera convertirnos en anarquistas que mandan al carajo el mundo, sino porque cuestiona la idea de que existe una sola manera correcta de estar en él. Incluso su concepto de felicidad va por ahí.
La felicidad no es un destino al que llegamos después de cumplir todos los objetivos, sanar todos los traumas, conseguir el trabajo soñado, comprar la casa, tener la pareja perfecta y aprender a agradecer cada mañana que estamos vivos.
“La felicidad como destino no existe, es una utopía. Tenemos momentos felices precisamente porque sabemos que la vida duele”, afirma. Para explicarlo, utiliza una comparación bastante menos espiritual que las que suelen aparecer en los libros de autoayuda: “¿Imaginas vivir en el éxtasis del orgasmo permanentemente? Pues perdería toda su gracia. Lo bello del orgasmo es que es fugaz”.
Y ahí aparece una de las ideas que más me interesan del libro: tal vez el problema no sea sentirnos mal, sino pensar que no deberíamos sentirnos así. Eso también cambia la manera de mirar el éxito. Vivimos obsesionados con sobresalir, dejar huella, ser especiales. Nos vendieron la idea de que una vida ordinaria es una vida desperdiciada.
El psicólogo lo lleva incluso al terreno de la evolución: queremos destacarnos porque eso garantiza la reproducción, pero al mismo tiempo necesitamos ser aceptados por el grupo para sobrevivir. La paradoja está servida: “¿Puedo ser del grupo y sobresalir al mismo tiempo?”.
Para él, aprender a sostener esa tensión —saber que soy único aun siendo como los demás— es una de las formas más cercanas a la madurez psicológica.
Quizá por eso también cuestiona esa idea de que el pobre es pobre porque quiere o que todo fracaso se resuelve con una mejor actitud. En sociedades profundamente desiguales, decirle a alguien que su situación depende exclusivamente de su voluntad puede ser una forma bastante cómoda de no mirar las condiciones que lo rodean.
Lo mismo ocurre con esa palabra que repetimos tanto en Latinoamérica: resiliencia. “Una sociedad que apela a la resiliencia para subsistir es una sociedad de esclavos”, asegura. Y añade una frase todavía más dura: “Decirle a alguien que la adversidad extrema fortalece es malvado, no solo negativo”.
Pienso, entonces, en todas esas veces que nos han dicho que debemos agradecer las crisis porque “traen oportunidades”. Amat tiene otra lectura: “La crisis trae oportunidades a los psicópatas; para el resto, son una maldición”.
No sé si después de leer esto uno se sienta más feliz. Pero tal vez ese sea, precisamente, el punto. Porque Víctor Amat no promete felicidad, ni ofrece una fórmula para conseguirla, ni una rutina de cinco minutos para comenzar el día con pensamientos positivos. Lo que ofrece es algo mucho menos vendible: la posibilidad de aceptar que no siempre estamos bien.
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