Revista Diners
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El diablo viste a la moda 2 regresa dos décadas después de su primera aparición en la pantalla grande con algo más que nostalgia. Vuelve como una revisión, algo incómoda y necesaria, de la ambición en el entorno de la poderosa industria editorial de la moda ante las nuevas tecnologías y el costo real del éxito cuando ya no hay margen para el error.
El proyecto avanzó sin estridencias desde sus primeras etapas de rodaje, casi como un secreto compartido entre quienes conocen bien ese mundo. No hubo grandes anuncios ni gestos grandilocuentes, sino apenas la sensación de que algo familiar, pero cambiado, estaba tomando forma. Como si la moda, ese universo en el que cada detalle es un mensaje, decidiera reaparecer con la misma precisión con la que una editora deja caer su abrigo sobre una silla. Y, fiel a su naturaleza, la poderosa Miranda Priestly, encarnada por Meryl Streep, vuelve a entrar en escena sin pedir permiso.
Con todo, esta vez no se trata de revivir un ícono, sino de enfrentarlo al paso del tiempo. La primera vez que Miranda cruzó los pasillos de la archifamosa revista Runway, su presencia redefinió el poder. No era solo lo que decía, sino cómo lo decía y, sobre todo, lo que no decía. Sus silencios eran decisiones. Su mirada, una sentencia. Más que una antagonista, se convirtió en un arquetipo cultural: la líder cuya exigencia incomoda precisamente porque no busca aprobación.
Tal como su personaje, Meryl Streep reflexionó en un encuentro con Diners sobre su carrera con una frase que parece describir a Miranda con una precisión quirúrgica: “La fórmula de la felicidad y el éxito es, simplemente, ser tú mismo de la manera más vívida posible. Y esa idea, la de la autenticidad llevada al extremo, es el núcleo del personaje”, asegura la actriz norteamericana, protagonista de producciones como Los puentes de Madison, La dama de hierro o Kramer contra Kramer.
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Los nuevos retos de una industria poderosa
En esta secuela, Miranda ya no domina el mismo tablero. La industria mediática que la sostuvo a comienzos de la década de los dos mil se ha transformado de una manera radical: las revistas impresas compiten ferozmente con lo digital, las audiencias migran y las decisiones ya no se toman en salas cerradas, sino frente a computadores y celulares que actualizan cifras en tiempo real. La autoridad ya no se impone únicamente con experiencia o criterio, sino con relevancia constante.
Ese cambio redefine su conflicto. Miranda no compite únicamente con otras editoras, sino con una lógica impersonal que mide el éxito en clics, tendencias y permanencia. “La pregunta ya no es si puede liderar, sino si ese tipo de liderazgo aún tiene lugar, y ese es un gran desafío para ella”, explica Streep.
Su figura continúa encarnando una tensión vigente: aquello que en un hombre se celebra como firmeza, en una mujer se suele etiquetar como dureza. “Esa ambigüedad, incómoda y persistente, es a final de cuentas parte de su legado”, dice Streep. “Pero ahora tiene un elemento más complejo, porque gran parte de la trama viene de preguntarse cómo se sostiene una identidad construida sobre el control en un entorno que premia la adaptación constante”, agrega.

Y si Miranda representa el poder consolidado, Andrea “Andy” Sachs, papel interpretado por Anne Hathaway, encarna la evolución. Ya no es la joven que observaba la moda con distancia irónica, ahora es una mujer que regresa con experiencia, criterio y, sobre todo, memoria. Sabe lo que costó llegar hasta donde está y también lo que dejó atrás.
Para Hathaway, la evolución de su personaje es clara: ya no es alguien que está iniciando su carrera, sino que se empieza a cuestionar. “No se trata de aprender las reglas, sino de decidir cuáles merecen seguir existiendo. Todo cambia y la moda no es la excepción”, sostiene la actriz neoyorquina, recordada por sus actuaciones en Los miserables, El caballero oscuro: la leyenda renace y El diario de la princesa.
Durante años, la propia Hathaway dudó de la necesidad de una secuela. “Consideraba que la historia pertenecía a un momento específico, casi irrepetible, pero esa resistencia inicial terminó siendo una ventaja, porque el regreso solo se justificaba si tenía algo nuevo que decir. Y lo tiene. Andy ya no busca encajar; busca entender qué significa tener éxito sin perderse en el proceso”, confiesa.
Por su parte, Emily Charlton, la asistente que sobrevivía a punta de café, sarcasmo y disciplina, también ha cambiado. Su evolución no es solamente profesional, sino también simbólica. Si antes era la ejecutora perfecta de un sistema exigente, ahora emerge como alguien capaz de cuestionarlo desde dentro.
Emily Blunt, quien da vida a este simpático personaje, ha bromeado sobre tener que regresar a los tacones “como un desafío físico, pero el verdadero cambio está en el lugar que ocupa mi personaje. Emily ya no es solo eficiente, es consciente, y esa conciencia transforma su papel en la historia”, asegura la actriz británica, que ha tenido grandes actuaciones en Oppenheimer, La reina Victoria y Al filo de la mañana.
El vínculo con el público también ha evolucionado. Lo que en su momento fue un personaje secundario se convirtió, con los años, en una figura de culto. Sus líneas de diálogo continúan circulando y sus gestos siguen siendo referencia. Ni siquiera el propio elenco anticipó ese impacto, hasta el punto de que El diablo viste a la moda también se incorporó al lenguaje cotidiano.

Un fenómeno que superó la pantalla
La primera entrega trascendió su género. Lo que parecía una comedia sobre moda terminó funcionando como un retrato del mundo corporativo, de las dinámicas de poder y de la identidad en entornos competitivos. Sus diálogos se volvieron citas recurrentes y sus escenas, material de análisis, además de haber logrado una taquilla mundial de 330 millones de dólares y una nominación al Óscar para la propia Meryl Streep.
En el año 2024, la historia llegó al teatro en el West End de Londres, confirmando su capacidad de adaptación y su vigencia cultural, para dejar de ser solamente una película y convertirse en un relato que se podía reconfigurar, sin perder su esencia.
Incluso personajes reales del mundo editorial, como Anna Wintour, famosa editora de la revista Vogue entre 1998 y 2025, cuya figura sirvió de inspiración para crear el personaje de Miranda Priestly, reaccionaron con una mezcla de distancia y reconocimiento. Lejos de percibirla como una caricatura, la lectura dominante fue la de una interpretación aguda y, en muchos aspectos, precisa de un entorno altamente competitivo.
Parte del magnetismo de Miranda también se construyó fuera de cámara. Durante el rodaje original, Meryl Streep adoptó un enfoque cercano a la actuación de método, manteniéndose en su personaje incluso entre las tomas. Esa decisión contribuyó a la intensidad del resultado, pero también tuvo un costo personal. La propia actriz describió la experiencia como difícil, incluso desagradable, y decidió no repetir ese método en el futuro. “En realidad, Miranda es un personaje que me exigió mucho, por su carácter dominante, algo que me sorprendió bastante en su momento y que supe afrontar mejor en esta ocasión”, admite.

Y tal parece que, en esta nueva etapa, la dinámica efectivamente cambió. Anne Hathaway explicó que “el ambiente en el set fue más liviano, más abierto, y esto permitió una interacción distinta entre los actores”. Además, según ella, esperan que dicha transformación se perciba en la película, “donde la tensión sigue presente, pero convive con una mayor conciencia de lo que implica sostenerla”.
Hubo un tiempo en que el regreso parecía innecesario. Incluso algunos miembros del elenco consideraban que la historia debía permanecer intacta, como una cápsula de su época; no obstante, Hathaway da a entender que la decisión de continuar con la dirección nuevamente de David Frankel y el regreso de Stanley Tucci responde a otra lógica: confrontar a los personajes con un presente que no los espera.
“Esta historia no se apoya en el recuerdo. Lo utiliza como punto de partida para explorar nuevas tensiones”, dice Emily Blunt. En esta secuela, la trama funciona como un diálogo entre las épocas de la ambición sin límites y la ambición con conciencia, entre el prestigio heredado y la relevancia que hay que renovar cada día. “Y es que todo cambia: la moda cambia, las revistas cambian y las reglas cambian, pero las preguntas persisten”, añade Blunt.
Como se cuestiona Meryl Streep, la película tiene mucho más sentido cuando se hacen estas preguntas: “¿Qué significa tener poder cuando ya no controlas el contexto y quién decides ser cuando ya no necesitas demostrar nada?”. De eso se trata en el fondo lo que se pretende comunicar con esta historia. Y Miranda Priestly, implacable, precisa e inevitable, probablemente ya tiene una respuesta. La diferencia es que en esta oportunidad no será la única voz que importe, en un mundo siempre cambiante.


