Revista Diners
Getting your Trinity Audio player ready... |
Caliento el agua en la tetera. Mientras tanto, mis ojos recorren las últimas páginas del libro Mis aventuras alrededor del té, de Henrietta Lovell, que acaba de llegar a las librerías del país con el sello de Salamandra. Llego al capítulo de “Cómo preparar un buen té”, en el apartado titulado “La infusión ideal”, en el que se dice que conviene controlar tres factores: relación hoja/agua, temperatura y tiempo de infusión.

A mi memoria llega mi conversación con Henrietta hace unos días: ella estaba en su casa en México y yo en la mía en Bogotá. Al inicio de la charla me habló sobre qué es el té. Sin embargo, la última pregunta que le hice fue qué significaba el té para ella. Y me dijo: “Tienes razón, la definición científica no importa; lo relevante es que es una bebida hermosa que nos conecta con comunidades, con la tierra, con lugares y personas de todo el mundo. Es una conexión y es un placer, es llenar la vida de disfrute, de alegría. Todo eso en una taza”.
Vuelvo al presente: el agua está en ebullición, y en el libro dice: “Cuanto más caliente esté el agua, más tánico será el té”. Maldita sea, ya lo dañé. Sigo leyendo y me calmo; las instrucciones de Henrietta son tan sutiles como ella, siento que me habla a mí: “No te preocupes, puedes controlar la temperatura añadiendo agua fría al agua hirviendo”. Y ahora, aquí estoy tomándome un té siguiendo las indicaciones que la dama del té da, y pienso en un dato: después del agua, el té es la bebida más consumida del planeta, y ahí comprendo cuando Henrietta habla de conexión.
Ella misma es un punto de conexión, pero no con cualquier té, sino con los mejores del mundo. Y aquí es necesario hacer una acotación, ya que esto no es una cuestión solamente de calidad, sino también de qué sucede detrás de esa hoja que infusionamos en nuestra casa. Henrietta es una fiel defensora de un consumo responsable, es decir, de un producto que proteja al productor.

“¿Cuál es la magia del té?”, le pregunté con la intención de buscar una respuesta romántica y me encontré con una respuesta muy directa, contundente y, a la vez, cruda: “Lo más importante es que hay personas detrás del té. Mucha gente lo experimenta como algo que viene en una bolsita, en una taza, de una caja, de un supermercado, y no hay ninguna conexión con quienes lo producen. Solo existe un nombre —té verde, English Breakfast— y una marca. (…) Pero, de hecho, eso se ha ocultado por una razón: hay mucha pobreza y explotación, igual que en el café, el té o el chocolate. Son historias de comunidades separadas, marginadas, lejanas, que producen un material en bruto maravilloso”.
A eso me refiero con fiereza, porque Henrietta le ha apostado en su empresa Rare Tea Company, desde 2004, a seleccionar cosechas excepcionales y únicas en su origen compradas directamente al productor, sin pasar por intermediarios. Sus tés, actualmente, son codiciados en algunos de los mejores restaurantes y hoteles del mundo. En la página web de la empresa hay un banner que se mueve con todas las marcas con las que han trabajado, en el que a simple vista se pueden leer cosas como “Alain Ducasse, el chef con mayor cantidad de estrellas Michelin en el mundo”; “Noma, restaurante nombrado por los World’s 50 Best Restaurants como el mejor del mundo en repetidas ocasiones”; “Gordon Ramsay”; “Eleven Madison Park”, “Claridge’s”, y así otros tantos que son la prueba de que el esfuerzo que hace esta inglesa es real y recompensado.
La gesta de una revolución
En la vida de Henrietta se podrían identificar muchos inicios: cuando nació, o cuando Diana, “una majestuosa dama entrada en años que vivía en una casa gris de granito cerca de la costa suroeste de Escocia”, consideró que a sus cinco o seis años ya tenía la edad suficiente para sostener una delicada taza de té y escuchar historias asombrosas sobre la India; o cuando, a los veintitantos, cayó rendida ante otro té, un oolong que probó en el puerto de Hong Kong; igualmente, se podría mencionar cuando a su padre le diagnosticaron un cáncer terminal y falleció tres meses después; y luego, cuando a ella también le diagnosticaron la misma enfermedad mientras empezaba a montar su empresa Rare Tea Company, tras dejar un trabajo estable en el mundo financiero. Ese podría ser un buen inicio para definir quién es ella hoy en día.
Desde 2004, cuando fundó la empresa en Londres para compartir con la gente sus hallazgos en el mundo del té, inició un enamoramiento profundo. En su libro lo describe así: “A lo largo de los años me he enamorado muchas veces, de muchos tés distintos. Soy caprichosa, pero decididamente fiel. Nunca caigo en el desamor. No estoy segura de cómo se hace eso: si he entregado el corazón a algo, o a alguien, ya no hay vuelta atrás, así que regreso una y otra vez, y es para siempre”.

(Le puede interesar: Noé Cabrales: el arte de fermentar la leche de cabra en Colombia)
Este enamoramiento profundo la ha llevado a lugares recónditos: desde las faldas del Himalaya, los jardines ocultos de Wuyishan, en China, a las tierras altas de Shite, en Malawi; pero también a los campos de Tarragona, las montañas de Cederberg, en Sudáfrica, hasta los restaurantes más lujosos de las grandes capitales europeas y de Estados Unidos.
Pero si hablamos de los múltiples inicios de Henrietta, hay que hablar de una coincidencia, y es que tiene que ver con el origen mismo del té: China. La Camellia sinensis es un arbusto que normalmente se recorta para que no supere los dos metros, ya que, si se dejara en su estado silvestre, crecería hasta convertirse en un árbol frondoso y espigado. Es increíble pensar que de esa única planta se obtienen diferentes tipos de té: blanco, verde, ooolong, negro o pu’er. Henrietta llegó a China poco tiempo después de que empezaran a abrirse las fronteras tras el fin de la Revolución Cultural en 1976, con la muerte de Mao Zedong, cuando el régimen suavizó las restricciones. Su trabajo la llevó a Fuding, y allí comienza su primera gran aventura, pues se obsesionó con encontrar el Bai Hao Yinzhen, “aguja de plata”, o como ella prefiere llamarlo, “punta plateada”, que consiste en la primera yema sedosa que da en primavera la variedad bái, y solo se puede cosechar entre el 20 de marzo y el 5 de abril.

Es tal la importancia de este té que arqueólogos analizaron materia vegetal hallada en la tumba del emperador Jing de la dinastía Han, fallecido en el año 141 a.C., y descubrieron que era el té más antiguo del mundo, justamente el White Silver Tip. Fue tanta la admiración del emperador por esta bebida que se la llevó hasta la muerte y más allá. Y es tal el poder de esa misma hoja que fue el único té que Henrietta se sentía capaz de tomar durante su quimioterapia. “Era el único bálsamo delicioso que mi estómago admitía”, señala en el libro.
Ahora bien, ese también puede ser un buen inicio cuando, después de haber organizado las primeras compras en China, un agricultor en África le envía una caja de té, muy pequeña, envuelta en un cartón de cereales de desayuno para niños, con muchas estampillas, como si hubiera viajado mucho. Fue ahí cuando entendió que “hay que mirar en los lugares menos obvios” y también cuando comprendió que su trabajo podía tener un impacto positivo en las comunidades; empezó, entonces, a recorrer el camino de buscar a esos pequeños productores que están haciendo cosas asombrosas.
“Por eso el té es conexión. Si entras en el mundo con amor y esperanza, entonces buenas conexiones vendrán a ti. Pero si entras con odio, probablemente encontrarás ira y rencor”, expresa sonriente en la pantalla.

“Cuando comenzamos a comprender esta conexión entre comunidades —quince millones de personas en el mundo, muchas de ellas mujeres, la mayoría de ellas viviendo en pobreza—, es muy posible que tengamos una experiencia distinta. Número uno: no solo comprar la bolsita industrial de la caja, sino algo artesanal, delicioso, hecho por personas reales”, sostiene.
Justamente, la lucha de Henrietta es esta: entender que el té da un placer enorme, pero también les da valor a las personas que están detrás. “No tiene por qué ser explotación ni un producto meramente industrial; puede ser, más bien, algo hermoso, hecho a mano, con un intercambio equitativo”, dice emocionada.
Y es que, como ella misma señala, “Las grandes empresas en el medio se llevan el valor, y nos dan a nosotros algo procesado y despojado de esa conexión. Tanto el consumidor como el campesino quedan despojados de valor. A ambos los roban, y el bueno es el que se queda con las ganancias”.
Hago una pausa en la escritura. Busco entrevistas que le han hecho, videos… Tomo un sorbo de té y pienso de dónde lo saqué. No recuerdo. No sé qué estoy tomando. Lo hacía cuando era consumidor de café: ya había tomado conciencia frente a ese producto, pero no con el té.

“¿Por qué tomo té?”, me pregunto. Henrietta me dijo: “Tomarlo no es una necesidad, es un placer; beber agua sí es una necesidad. Así que si vas a hacerlo, tómate uno bueno, que tenga una historia, que no sea de una gran multinacional que exprime las hojas hasta lo último y lo mete en bolsitas que saben a papel. Piensa en lo que tomas y disfrútalo”.
Atando cabos, recuerdo que ella mencionó algo al respecto: “He dedicado 22 años al té y todavía me sorprende que la gente hasta ahora se dé cuenta de que puede existir algo más que la bolsita industrial en la caja”. Lo que más le gustaría a Henrietta que la gente entendiera sobre esta bebida es que todo lo que se sabe sobre el vino también aplica para el té: el concepto de terroir, de arte, de calidad… “Como existe para productos hermosos, como el chocolate y el café de Colombia”.
La revolución
Se me está acabando el té. Algo que me encanta de esta bebida, y que en parte es la razón por la que he ido sustituyendo paulatinamente mi obsesión por el café, es que me produce una sensación de energía sostenida y calmada, mientras que el café genera un estímulo mucho más intenso y fuerte. No es que uno sea mejor que otro ni mucho menos, pero aprendí a tomarlo con mesura. Mientras bebo los últimos sorbos y repaso los capítulos del libro, entiendo que en cada uno aparece un reinicio en la vida de Henrietta, y que es muy probable por su propia filosofía de vida.

Cuando la entrevisté, le pregunté cuál era el sentido de estar vivos, por lo menos para ella, y esto me respondió: “Creo que la esperanza… Es importante seguir intentando, seguir tratando de ser… El mundo ahora mismo es muy inestable, confuso y peligroso, y es fácil sentirse impotente. No tengo el poder de cambiar el gobierno en Estados Unidos, ni la guerra en Irak o Irán, ni el poder de las grandes empresas en el mundo, ni el poder de los hombres que tienen mucha influencia, pero pienso que sí tenemos poder de cambio: en nuestra propia vida, con nuestros amigos, con nuestra familia, con la parte del mundo que conocemos”.
“No es nada, y no es suficiente para resolver los problemas de la mala explotación del té, pero sí es algo que puedo hacer. Es mejor dar solo un pequeño paso, aunque sea aparentemente nada”, concluye.
Miro los residuos de té en la taza, y pienso si leeré el futuro allí. Leo las páginas del libro, en un capítulo pequeño pero poderoso que se titula “La revolución”, donde dice: “Este es un llamado a las armas, camaradas. Y este llamamiento no exige pasar penalidades. Optando por beber buen té, podemos cambiar el mundo y concedernos a la vez el mayor de los placeres. Una revolución del placer”.


