Cristina Bendek
Foto: Retrato de Cristina Bendek realizada para la Filbo por Foto: Richi dos punto Cero/ Cortesía de Laguna
mayo 5, 2026
Arte y Libros

Cristina Bendek: «escribir un libro, y sobre todo desde San Andrés, Providencia y Santa Catalina, tiene que ser un ejercicio colectivo»

En esta entrevista, la escritora sanandresana Cristina Bendek explora su proceso creativo, la importancia de las preguntas en su obra y cómo su literatura convierte a San Andrés en un espacio de memoria, conflicto y resistencia.
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Revista Diners
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La literatura es un espacio lleno de distintos temas y cuestionamientos. Es ahí, en donde la reconocida escritora colombiana Cristina Bendek utiliza el territorio como un espacio que se termina convirtiendo en protagonista. La escritora nació en 1987 en la isla de San Andrés (Colombia), espacio que tanto caracteriza sus obras literarias como Los cristales de la sal y Las Pérdidas. En una conversación con la revista Diners nos cuenta sus procesos creativos y su pasión por narrar la isla de San Andrés.

Cristina bendek
Retrato de Cristina Bendek realizada para la Filbo Foto: por Richi dos punto Cero/ Cortesía de Laguna

En su obra, San Andrés deja de ser un simple escenario para convertirse en un protagonista. ¿En qué momento decidió darle ese peso narrativo al territorio?

Yo creo que el paisaje, no solo lo geográfico, sino también lo humano y lo cultural de las islas tenían que ser casi que un personaje, porque no ha sido muy narrado y determina totalmente todo lo que pasa en las vidas de los insulares. Entonces, yo quería que la isla tuviera como una adolescencia. Quería que en la novela estuviera presente el dolor del cuerpo físico de la isla. También todas las bondades que tiene y todas sus formas como de llevar esas cargas que hay. Entonces tenía que ser casi como un personaje más.

¿Qué le movió a escribir un libro así?

Creo que cuando volví a San Andrés, después de estar tanto tiempo por fuera, fue lo que me movió a escribir. Porque cuando volvemos a pasar por la isla si no es para volver a residir allí, la experiencia es muy diferente. Cuando ya uno tiene que negociar con una cantidad de condiciones, es decir, condicionantes de la vida en la isla, allí hay un montón de impactos.

Y para poder procesar todos esos impactos que yo sufrí cuando regresé, decidí escribir. Y digamos que yo sabía hacia dónde quería que fuera un relato mío. En ese momento me sorprendía tanto nuestra vulnerabilidad como islas oceánicas y también como lugares desde donde una voz propia es muy difícil denunciar, porque el relato sobre la identidad de lo isleño es muy complejo.

Entonces, me parecía que era necesario, no solamente como para ofrecerlo a otros, sino también porque para mí era importante hacer las preguntas que se abordan en Los cristales de la sal sobre el presente; como un resultado de tantas historias divergentes, aparentemente, que confluyen en un espacio tan pequeño como la isla de San Andrés, como ese territorio emergido. Son preguntas que, por supuesto, no se responden en la novela, pero que sí las pongo sobre la mesa para que podamos llevarlas entre todos.

Algunos escritores estructuran completamente sus historias antes de escribir, mientras otros dejan que fluyan. ¿Cómo es su proceso creativo?

Yo tengo el final. Usualmente, lo que he hecho hasta ahora, escribo como desde la primera persona y dejo que esa voz que me va narrando a mí, encuentre su propia aventura dentro de la trama o dentro de las preguntas que yo quiero abordar. Siempre tengo un final, tengo una serie de preguntas y un final, porque me parece importante saber a dónde quiero que desemboque el viaje de los personajes.

Esa es como la propuesta, porque el inicio es mucho más difícil para mí. De hecho, suelo escribir muchas páginas que después no terminan en el corto final, porque creo que para mí empezar al inicio hay muchas ideas que todavía no se han cristalizado. Entonces, creo que a medida que voy descubriendo qué es lo que quiere esa voz y también qué impulsos voy sintiendo, voy encontrando una estructura mucho más clara.

No suelo escribir con una estructura tan cerrada, porque me parece que las historias que narro tienen muchas ambivalencias y contradicciones. Hay espacios que no se pueden llenar, hay mucha sombra. Hay un concepto en el Caribe, en el pensamiento caribeño, que es el de la opacidad de Édouard Glissant, y me parece que es un principio muy orientador, a pesar de que no es un principio, porque es una idea que permite un montón de contradicción y no exige ninguna lógica tampoco.

Yo lo utilizo como un principio orientador porque me ayuda a conciliar lo que aparentemente no puede ser aceptado; me ayuda a conciliar personajes que tienen obsesiones con ideas muy grandes, pero cuyas vidas transcurren en una cotidianidad aparentemente trivial, que es la de un archipiélago con islas pequeñas.

Y me gusta dejar que esos personajes vayan viendo cómo hacen para conciliar esas ambivalencias.

¿Cómo equilibra sus principios personales con la construcción de personajes tan complejos y humanos?

Vivo. Suelo prestar mucha atención quizás, sobre pienso mucho y observo mucho. Trato de establecer relaciones entre las cosas que me suceden. Hay una gran ventaja: yo estoy mucho tiempo por fuera y mi presencia en la isla casi siempre es también igual de opaca. Pero he pasado mucho más tiempo en el archipiélago y he extendido mucho mi residencia allí porque últimamente trato de vincularme más con Providencia y Santa Catalina para, precisamente, comprender.

Yo soy isleña, nacida, criada, de todo, pero creo que todos tenemos mucho por descubrir aún sobre ese archipiélago, donde caben al menos tres países. Y suelo observar mucho y dejar espacio para establecer relaciones, aunque parezcan improbables. Creo que ahí se van formando los personajes, porque, a medida que uno intensifica su presencia, su conciencia sobre lo que está pasando alrededor intensifica también su intención de observar.

Allí es que van saliendo personajes, a través de distintas fuentes. Como que los personajes se van alimentando de cosas que me han pasado, de personas que he conocido. Yo suelo decir que, yo no sé cómo sea el proceso de otros escritores, y de esto, por supuesto, hay mucha literatura, mucha crítica literaria, pero yo creo que escribir un libro, y sobre todo desde San Andrés, Providencia y Santa Catalina, tiene que ser un ejercicio colectivo.

Yo creo que lo que hago es canalizar un montón de cosas y darles forma en el lenguaje a todo eso que está pasando alrededor, como tratar de amarrar un montón de fuerzas que son muy intensas, que están alrededor todo el tiempo, y tratar de condensarlas con palabras. Mis personajes están hechos a partir de muchas vivencias, de personas que se van y vienen. Siento que dialogan muy bien entre sí, siento que hacen parte de nuestra cotidianidad y todo, pero todos son personajes ficticios, pero que pueden estar en cualquier esquina.

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Entonces eres el tipo de autora que deja parte de su alma en sus libros.

Sí, de dejar el alma, la carne, todo. Es muy íntimo lo que escribo, porque por eso me causa tanta dificultad otra narradora que tenga una visión más amplia, más distanciada. He querido hacer ese ejercicio varias veces y no, no lo he logrado, porque mis preguntas son muy íntimas y me parece muy difícil tratar de contestarlas desde afuera.

Entonces yo quiero abordar las crisis interiores, las espirituales, y cómo esas reflejan cómo las sistémicas, crisis que son globales y que podemos compartir con muchos otros contextos geográficos, políticos y culturales, reverberan en lo espiritual.

Creo que eso es lo que a mí me obsesiona, porque, si no abordamos eso tan sutil, para hablar del mundo, para hablar de procesos globales, tenemos muchos recursos; pero para hablar de este mundo interior y para abordar la espiritualidad de la crisis, nos faltan todavía palabras, nos falta desarrollar el lenguaje.

Creo que no nos sentimos cómodos, es muy incómodo hablar desde allí, y es un riesgo también. Pero es un riesgo precisamente porque uno no puede responder nada, no hay respuestas concretas.

Pero bueno, eso es lo que también lo hace… temático. Sí, eso es lo que también lo hace placentero: incluso poder habitar en el error, en la complejidad

Ha mencionado la importancia de las preguntas en su escritura. ¿Cuándo empezó a construir sus libros más desde las preguntas que desde las respuestas?

Nunca he escrito con respuestas fijas, porque mi experiencia vital, y siendo sanandresana, ya entiendo que hay que tener una sospecha; yo parto de una sospecha frente a las respuestas simples. Porque la vida no es simple, porque todos venimos… porque en el Caribe, por ejemplo, es un sitio multidiaspórico, y San Andrés, Providencia y Santa Catalina es un departamento multifronterizo: tenemos siete fronteras internacionales y cuatrocientos años de historia en los que han confluido al menos tres imperios coloniales y un nuevo Estado, una nueva república latinoamericana con la influencia de varios otros procesos de formación nacional.

Entonces es una cosa muy, muy compleja. Hay que abordarla, hay que aproximarse, hay que intentarlo, pero realmente lo hago de forma muy sigilosa, porque además hay un peligro muy grande en las respuestas definitivas. Y yo creo que ese peligro es algo que está muy latente en Las pérdidas, porque se proyecta, digamos, desde la especificidad del contexto insular hacia la generalidad de un contexto global en el que, efectivamente, nos vemos agobiados por un montón de propuestas ideológicas, de propuestas políticas, de abordajes culturales que son como eslóganes.

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Portada del libro Las Pérdidas de Cristina Bendek. Foto: cortesía de Laguna

Estamos, lamentablemente, cayendo nuevamente como en un espectro de polarización muy peligroso y, si no abrimos más espacio a lo complejo, si no abrimos más espacio a las versiones de las otras personas, a otras versiones, a otras formas de vida, pues vamos a caer en un… bueno, no: pasa lo que está pasando en este momento.

Pasa una crisis muy profunda en la que creo que todo se paraliza. Y creo que, a medida que seguimos expuestos a tanta violencia mediática y a tanta… son tantas cosas a las que estamos expuestos que pareciera como si la salida fuera ofrecer estos eslóganes, ofrecer estas fórmulas aparentemente simples, estas cosas que la gente pueda recordar, que generen recordación.

Y la vida no es así. La vida es todo lo contrario. Por eso, digamos, una de mis apuestas, una de mis aspiraciones, más bien, es que, a través de lo que yo cree, de lo que yo haga, de los procesos de los que yo haga parte, literarios, de mediación, cualquier cosa que yo haga tenga que ver con hacerle espacio, con crear espacio, con permitir, con hacer posibles otras experiencias y las versiones de otras experiencias, porque, de lo contrario, estamos condenados.

¿Cómo define los tiempos de escritura y decide cuándo un libro está listo para salir?

Es algo muy complejo. Yo quisiera escribir mucho más rápido.

No, a ver, yo escribo muy rápido. Y es el proceso interior de no solamente hallar la pregunta o hallar las preguntas que me interesan. Las preguntas son muy complejas. Uno cree, podría pensarse que es fácil formular preguntas y resulta que no: formular las preguntas correctas requiere mucho tiempo, requiere observación, requiere pausa. Y precisamente eso es lo que me pasa: cuando ya estoy lista para escribir es porque ya sé cuáles son las preguntas y porque he podido hacer espacio adentro para que esas voces que se obsesionan con ellas surjan.

Y no es fácil, por lo que acabo de decir; porque vivimos en un mundo en el que estamos constantemente expuestas a mucha confusión, a mucha violencia y a muchísimas voces también. Entonces yo quiero contar cosas, historias que trasciendan, que sean originales, que sean… hombre, no quiero escribir cualquier cosa, y eso cuesta mucho.

Con Las pérdidas eso lo sentí muy claramente, mucho más que con Los cristales de la sal. Los cristales fue un proceso mucho más largo: había una investigación de fondo y también una experiencia vital que iba a tomar mucho más tiempo en mi regreso a San Andrés, para volver a arraigarme y tener una perspectiva.

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Portada del libro Los Cristales de la Sal de Cristina Bendek. Foto: cortesía de Laguna

En Las pérdidas esto fue mucho más claro, porque es un libro que aborda la guerra, las tensiones entre la guerra y la paz, entre la justicia… o sea, por saber cómo opera la justicia en un sistema internacional y cómo nos afecta, por ejemplo, a personas que aparentemente están muy distantes de esos espacios formales e institucionales. Estamos en un Caribe en el que la vida transcurre fluidamente, casi; uno podría pensar que en San Andrés o Providencia todo sigue igual, independientemente de lo que esté pasando afuera.

Y a veces a mí me sorprende mucho eso: que haya tanta convulsión en el mundo y que el sol salga igual, que los turistas lleguen en la misma cantidad y que todo aparentemente siga como inmutable. Y eso es, a la vez, un privilegio muy grande y también una suerte de anestesiamiento, y es difícil de habitar.

Y también hay un problema en cuanto a la escritura misma: mi intención ha sido asumir la creación literaria desde un lugar en donde el contexto no invita a la reflexión, al silencio, a la pausa, al espacio. Esos son momentos que hay que peleárselos a muchas otras cosas. Yo hago muchos otros trabajos, tengo muchos otros roles muy variados y, además, uno vive en contextos atravesados por una ruralidad, por una informalidad, por un caos que te interrumpe todo el tiempo.

Entonces es complejo hallarle el espacio y dedicarle el tiempo que cada trabajo exige, porque cada trabajo es distinto. Por ahora ha sido la novela, o un intento de describir esa forma narrativa desde allá. Y la novela exige mucha soledad, concentración y silencio.

He intentado hacer esta novela, Las pérdidas, que inicialmente iba a ser un ensayo sobre el litigio, sobre la pérdida territorial de 80 mil kilómetros cuadrados de mar en la Corte Internacional de Justicia de La Haya en 2012 y la segunda demanda de Nicaragua en 2023. Iba a ser algo para hablar específicamente de un litigio internacional, pero entendí que el ensayo no era la forma para contar eso, porque quiero que la gente lo pueda sentir, que haya una conexión visceral con distintas formas de pérdida: no solo la pérdida en derecho, sino una pérdida en el cuerpo, una pérdida de muchas formas de vida, de muchos futuros posibles. Y eso toma tiempo

En su obra, San Andrés se aleja del imaginario turístico tradicional. ¿Cómo se convierte la escritura en una forma de disputar ese relato?

Siempre que hablemos desde una voz propia estaremos disputando las versiones que hay sobre nosotros. Bueno, de pronto no. Yo, en particular.

Yo creo que lo he dicho mucho también: las narrativas que hay sobre San Andrés las han formulado las agencias de viajes. Las narrativas usuales sobre el archipiélago son material de folletos turísticos. Son tropos superficiales, muy ingenuos, y eso es muy dañino, ha sido muy dañino.

No solamente porque a uno le dé rabia que eso sea así, sino porque, al interior de las islas, sin material, sin literatura, sin acceso a literatura propia y sin acceso tampoco a la literatura del resto del Gran Caribe insular, que es tan prolífico, con unas voces tan ricas y tan próximas para nosotros, nos trivializamos nosotros mismos. Y eso sí es una condena, esa es la peor condena. Porque cuando un pueblo entero se observa a sí mismo desde la mirada del otro, se condena a la extinción.

Y yo creo que sí es muy peligroso cuando uno se define a sí mismo simplemente como un destino, un destino turístico. Es vital poder narrarnos; es vital poder leernos en otras historias semejantes y, desde allí, ir ampliando el espacio desde donde se reciben esas historias.

Porque yo no digo que los isleños debamos leer solamente material escrito por isleños o por autores del Gran Caribe insular; no tenemos que leer solamente a Maryse Condé o a Edwidge Danticat, no tenemos que leer solamente a Édouard Glissant. Podemos leer toda la gran literatura de todos los tiempos, pero primero necesitamos puertos de entrada, y esos puertos son esas voces desde lo semejante.

¿Cómo dialoga su literatura con las tensiones culturales y lingüísticas del archipiélago?

En todo lo que escribo siempre hay al menos tres idiomas. Por supuesto la voz narradora es en español, que es mi lengua materna y que además me parece riquísimo, pero también hay inglés. Es la manera en la que yo me he comunicado con una buena parte de la comunidad de las islas y hay mucho criol (lengua criolla basada en el inglés, con influencias africanas y nativas) porque hace parte de mi registro auditivo, de mi registro primordial; yo no concibo una vida sin escuchar el criol, sin que esté presente. Hace parte de una intimidad, de una sonoridad muy íntima, es una sensación.

Y me gusta pensar en crear narraciones que puedan habitar dentro del ritmo del criol y que también estallen las posibilidades del español, que son muchas. Cada idioma tiene sus propias limitaciones y, incluso, sus propias cosmovisiones intrínsecas. Digamos que eso uno podría explorarlo dentro de esas formas lingüísticas de cada idioma, que son muy particulares.

Pero en todas las novelas suele haber eso, porque en los espacios caribeños hay un multilingüismo que es esencial. Si algo puede definir al Caribe, que es una definición muy compleja, es precisamente esa confluencia de idiomas. Cada idioma tiene, además, su herencia; cada idioma guarda sus propias memorias, y es importante reivindicarlas y darles un espacio a todas.

¿Hay alguna otra obra que esté escribiendo actualmente?

Sí, hay un ensayo narrativo sobre un tema que para mí es una herida muy profunda, otra de esas grandes heridas de mis ascendencias, que es el genocidio en los territorios ocupados palestinos y las políticas de ocupación y colonialismo.

Es un texto que, por ahora, se llama Invocaciones y que aborda un tema muy complejo: la forma en la que el Caribe, y ser de tercera generación, ser hija de inmigrantes, tercera generación de palestinos betlemitas en ese Caribe insular, permite, efectivamente, el espacio y la distancia para poder sostener el dolor y la herida de violencias extremas.

Me interesa mucho explorar estos dolores, y siendo colombiana, aún más, estas cosas que parecen inexplicables pero que también son tan comunes: por qué caemos como humanidad en momentos de violencia colectiva que suelen justificarse con argumentos que manipulan la historia, que manipulan las sensibilidades de la memoria colectiva de algo tan delicado como fue el Holocausto, y que deshumanizan a tanta gente.

Entonces, en este ensayo hablo desde un momento muy particular: durante el pico de la temporada de turismo israelí en San Andrés y la aparición, en el espacio público, de varios símbolos muy enigmáticos. Era una estrella de David con una esvástica en el centro y, a partir de esa aparición, hubo varios pronunciamientos en la isla. Incluso la gobernación departamental se pronunció, condenó este símbolo y prometió investigarlo, cosa que, por supuesto, no ha ocurrido.

Pero digamos que la institucionalidad respondió de una forma muy global, porque lo que hizo fue condenar este símbolo, que tenía en el corazón un antisemitismo claro, la esvástica, y respondió desde una cierta globalidad de la memoria histórica del Holocausto y del sufrimiento del pueblo judío.

Eso me llamó mucho la atención porque, como buena lectora de comentarios en redes sociales, vi que hubo un crisol tremendo, una variedad enorme de formas de procesar colectivamente este símbolo. Había muchos comentarios que hablaban del mal, de lo diabólico, y me interesó volver a abordar las ideas de la “banalidad del mal” de Hannah Arendt.

También me interesó volver a esos filósofos e intelectuales judíos que escribieron después de la Segunda Guerra Mundial y del juicio de Adolf Eichmann, que intentaron poner en contexto el Estado de Israel y sus políticas frente a la población árabe, musulmana y cristiana, que ya habitaba esa región.

Quiero poder sumarme a esa conversación, porque es muy doloroso y muy difícil procesar, en lo individual, la cantidad de imágenes, de hechos y de justificaciones de la violencia estatal organizada y de la violencia colonial. Es muy difícil procesar esto desde lo individual; por eso me interesa sumarme a esa discusión colectiva

Si el territorio ha sido un protagonista en sus libros anteriores, ¿cómo dialoga en esta nueva obra con la historia que propones?

Es en el espacio público precisamente donde aparece este emblema enigmático que también alude a una comunidad internacional que cree en la venida de los extraterrestres. Es un ensayo que aprovecha para estallar la opacidad del Caribe. Yo creo que de otra manera hubiera sido muy difícil abordar el tema porque es muy duro y a mí me interesa poder traerlo a lo cotidiano, a lo cercano, a momentos de observación del paisaje y de lo público que podemos tener todos.

Estamos muy expuestos a esos actos de protesta que no sabemos muy bien qué es lo que los motiva. No sabemos si hay detrás de ellos un lenguaje de odio, pero incluso o similar al que pretenden criticar; eso me interesa problematizarlo.

Pero es a partir del espacio público de la isla donde nace esa narración, porque ahí concluyen muchos discursos. Y me interesa poder leer el espacio público y ponerlo en un contexto global que, finalmente, lo contiene.

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