Revista Diners
Getting your Trinity Audio player ready... |
Las puertas de El Cielo se abrieron para rendir tributo a Dionisio, esta vez de la mano de Piccini 1882, la legendaria bodega familiar italiana que celebra 144 años de historia. Qué mejor que un vino italiano en Colombia con una larga trayector, y es que fue en aquel lejano siglo XIX cuando Angiolo Piccini fundó un pequeño viñedo en Poggibonsi, en el corazón de la Toscana. Hoy, convertida en una de las casas vitivinícolas más importantes de Italia, sus herederos mantienen intacto el legado fundacional.
Revista Diners conversó con Mario Piccini, CEO de la bodega, durante una encantadora cena en el restaurante El Cielo, del chef estrella Michelin Juan Manuel Barrientos. En este templo de la alta cocina colombiana, desafiamos los purismos y maridamos el menú degustación local con la versatilidad de los elíxires italianos.
«Suelo decir que nuestra tarea es vivir el presente, respetar el pasado y saber anticipar el futuro», afirma Piccini con la sabiduría de quien lleva la Toscana en las venas y ve en Colombia el escenario ideal para seguir expandiendo su tradición.
Usted ha mencionado que el mundo del vino se ha vuelto demasiado complejo para el consumidor promedio y que Piccini busca ser una marca «democrática». En un mercado como el colombiano, donde el consumo sigue en desarrollo, ¿cuáles han sido las principales barreras que han identificado y cómo planean derribarlas desde la comunicación?
Siempre he creído en la dimensión democrática del vino. Desde nuestros orígenes, nuestra filosofía ha sido llevar un vino de calidad a la mesa del mayor número posible de personas. En Colombia, sin duda, hemos encontrado algunos desafíos: el vino italiano, aunque goza de un gran prestigio, todavía no es ampliamente conocido por el gran público.

Por ello, hemos invertido mucho en la divulgación y la educación en torno al vino, contando no solo las etiquetas, sino también las historias, los territorios y las personas que las hacen únicas. Es un camino gradual que pasa por las grandes denominaciones símbolo de Italia, desde el Brunello di Montalcino y, en una perspectiva futura, también por el Barolo y los grandes Super Toscanos.
De acuerdo con sus observaciones, el consumidor colombiano actual prefiere perfiles más ligeros, frutales y fáciles de disfrutar. ¿Considera que esta preferencia es una etapa de transición hacia vinos más complejos o es una identidad de consumo propia de la región que llegó para quedarse?
No creo que se trate de una simple etapa de transición. Más bien, es una tendencia destinada a consolidarse. En todo el mundo observamos una evolución de los gustos hacia vinos más frescos, inmediatos y agradables para compartir.
Los consumidores buscan autenticidad y facilidad de disfrute, sin renunciar a la calidad. En este sentido, Colombia se inserta perfectamente en una tendencia global.

El Lambrusco ha tenido una conexión excepcional en Colombia gracias a su frescura y notas dulces. Comercializar un vino con estas características a veces genera debate entre los sectores más tradicionales de la industria. ¿Cómo defiende Piccini este perfil frente a los puristas del vino?
En Piccini abrazamos todo el espectro del vino. Elaboramos etiquetas capaces de dialogar con los aficionados más experimentados, pero también vinos que pueden acercar a nuevos consumidores a este universo extraordinario.
Creo, de hecho, que el vino debe ser capaz de hablar distintos lenguajes y ofrecer experiencias diferentes, manteniendo siempre en el centro el placer de compartir.
Vino italiano en Colombia
Uno de los pilares de Piccini es resaltar los aspectos prácticos del vino, como las ocasiones de consumo. Colombia tiene una gastronomía muy diversa. ¿Qué etiquetas de Piccini recomendaría para romper el mito de que la comida local solo se acompaña con licores tradicionales o cerveza? ¿Con qué plato colombiano se ha sorprendido gratamente al armonizarlo con sus vinos?
La versatilidad es una de las grandes virtudes del vino italiano. No existen desafíos culinarios imposibles.
Incluso la gastronomía colombiana, aunque presenta perfiles aromáticos muy distintos a los de la cocina italiana, ofrece maridajes sorprendentes con nuestros vinos. Un Chianti Orange, por ejemplo, puede acompañar magníficamente un ajiaco gracias a su frescura y a su complejidad aromática, que dialoga con la riqueza del plato.
Del mismo modo, un Lambrusco, con su viva acidez y su ligera efervescencia, crea un contraste extraordinariamente agradable con la intensidad y la crocancia del chicharrón.
Son precisamente estos encuentros entre culturas gastronómicas diferentes los que convierten al vino en un lenguaje universal.

Los datos de la OIV en 2026 confirman que el consumo mundial de vino sigue cayendo a niveles históricos. Mientras el mundo se contrae, ¿por qué apostar con tanta fuerza por América Latina y específicamente por Colombia en este momento?
Para nosotros, Colombia no es una apuesta, sino una historia que se extiende por más de quince años.
Hemos construido relaciones sólidas y hemos sido testigos de la evolución de un mercado cada vez más curioso y consciente. En un momento en el que el consumo mundial de vino se contrae, vemos en América Latina y en Colombia una oportunidad de crecimiento cultural antes incluso que comercial.
Nuestra ambición es seguir ampliando nuestro portafolio, introduciendo nuevas denominaciones y nuevas experiencias. Al fin y al cabo, nuestra misión es ser embajadores del vino italiano en el mundo.

Tradicionalmente, las etiquetas chilenas y argentinas han dominado las góndolas en Colombia debido a su cercanía y precio. ¿Cuál es el argumento principal de Piccini para convencer al consumidor local de cambiar su botella habitual del Cono Sur por una italiana?
Chile y Argentina producen vinos de gran calidad y merecen el éxito que han conquistado en Colombia.
Sin embargo, Italia puede contar con un patrimonio extraordinario de territorios, variedades y denominaciones. Nuestra fortaleza es la diversidad. Podemos ofrecer al consumidor un sinfín de interpretaciones del vino, cada una con su propia identidad.
Además, hoy el vino italiano es cada vez más competitivo también desde el punto de vista de la relación calidad-precio.
¿Cómo ha cambiado el consumidor que encontraron hace 15 años al que están viendo hoy en este viaje de 2026?
El consumidor colombiano siempre se ha mostrado creativo, curioso y abierto a la experimentación.
Lo hemos visto con el Lambrusco, que aquí ha encontrado formas de consumo completamente originales, como la versión en paleta helada o en sangría, muy diferentes de las costumbres italianas.
Me parece fascinante cuando el producto de una cultura se encuentra con otra y, juntos, dan vida a expresiones nuevas e inesperadas.
En estos quince años también hemos tenido la oportunidad de introducir etiquetas emblemáticas de nuestra compañía, como Memoro, que reflejan una apertura cada vez mayor hacia estilos y ensamblajes diferentes.
Como miembro de la cuarta generación, ¿cómo se logra equilibrar el peso de la herencia de la Toscana de 1882 con la necesidad de mantenerse dinámicos, desenfadados y atractivos para los jóvenes nacidos en el siglo XXI?
Suelo decir que nuestra tarea es vivir el presente, respetar el pasado y saber anticipar el futuro.
Toda la historia de Piccini se resume en este principio. Somos revolucionarios por tradición. Custodiamos un legado que comenzó en 1882, pero sabemos que la tradición no es algo inmóvil: es una base sólida desde la cual interpretar el cambio.
(Le puede interesar: La Rana Dorada: la cervecería panameña que llegó a Bogotá a quedarse)

El Grupo Piccini hoy maneja una parte importante de la producción total de Chianti. Al expandirse a 72 países, ¿cómo garantizan que no se pierda la personalidad artesanal y familiar que los caracteriza?
La calidad se preserva a través de las personas.
Colaboramos desde hace muchos años con pequeños productores locales, acompañados por el trabajo diario de nuestros agrónomos, que siguen cada viñedo con gran atención y competencia.
La clave está en la relación humana, personal y familiar que hemos construido con el tiempo. Es precisamente esa cercanía la que nos permite crecer sin perder autenticidad.
Si tuviera que elegir una etiqueta para presentar la «alta costura» de Piccini a un colombiano que apenas está empezando, ¿cuál sería y por qué?
Cada vino de nuestra familia representa para mí un motivo de orgullo y elegir uno es casi imposible.
Pero si tuviera que señalar uno, diría Pecchero, el Cabernet Franc de Fattoria di Valiano, en el Chianti Classico.
Es un vino elaborado por mi hijo Michelangelo. Verlo poner en práctica las enseñanzas de toda una vida es una satisfacción inmensa, tanto como padre como director ejecutivo. Y, por supuesto, se trata de un vino de extraordinaria elegancia.

Con la mirada puesta en el cierre de 2026 y los próximos años, ¿cuál es la meta principal de Piccini en Colombia?
Son muchas las novedades que están por llegar.
Nuestro objetivo es seguir introduciendo nuevas denominaciones y nuevas expresiones del vino italiano, siempre fieles a nuestro enfoque democrático.
Queremos estar presentes tanto en la alta gama como en la gran distribución, ofreciendo calidad e identidad a consumidores con necesidades y sensibilidades diferentes.
Después de más de 40 años en esta industria, ¿qué es lo que más disfruta de su trabajo?
Trabajar cada día con mi familia es uno de los mayores privilegios de mi vida.
Encontrarme en los pasillos con mis hijos y hoy también con mis nietos es una emoción difícil de describir.
Y, en el fondo, la familia Piccini se ha ampliado a todas las personas que trabajan con nosotros. Me gusta cultivar relaciones personales, conocer las historias de nuestros colaboradores y compartir con ellos no solo un proyecto profesional, sino también humano.
¿Qué significa para usted, en su vida personal, el vino?
Para mí, el vino siempre ha sido casi un miembro más de la familia.
Ha estado presente en cada almuerzo, en cada cena y en cada momento de convivencia.
Si tuviera que definirlo, diría que ha sido una especie de hermano mayor con el que crecí.
¿Cuál es el vino que más disfruta?
Por razones afectivas y de identidad, el vino que más disfruto es el Chianti.
Es el vino símbolo de la Toscana y de la ciudad desde la que comenzó nuestra aventura. Para mí, el Chianti significa hogar, tradición y familia. Es el reflejo más auténtico del carácter toscano.
¿Dónde disfruta más usted tomar un buen vino?
No es importante dónde se disfruta un buen vino.
La verdadera diferencia la marcan las personas con las que se comparte ese momento.
¿En compañía de quién le gusta más tomar un buen vino?
Ya sea con la familia, con los amigos o con un cliente, una buena copa de vino tiene la extraordinaria capacidad de encender una conversación y transformar una velada en un recuerdo.
¿Cuál es el maridaje perfecto?
Como toscano, me resulta difícil no pensar en un gran Chianti acompañado de una bistecca alla Fiorentina.
Es un maridaje que encierra territorio y convivialidad: dos valores que, para mí, representan la esencia misma del vino.
(Siga leyendo: Colombia conquista la coctelería mundial en el ranking Bar World 100)


