Foto: Laurie Castelli
enero 16, 2013
Estilo de vida Viajes

La lucha para salvar a Getsemaní

Mientras especuladores tienen en la mira a Getsemaní –el barrio más tradicional de la ciudad amurallada– con grandes proyectos para lujosos hoteles, el vecindario quiere quedar congelado en el tiempo gozando de su buena vibra.
POR:
Laurie Castelli

Una historia de David y Goliat. Su reputación como destino de lujuria, vicio y pobreza es la última barrera psicológica que protege el secreto mejor guardado de Cartagena, el barrio Getsemaní.

Con una población “orgullosamente getsemanicense” de 5.970 personajes según el último censo –uno de tres lleva la camisa para comprobarlo–, se resiste a los vientos de cambio buscando preservar su idiosincrasia y los fuertes lazos que vienen de la mano de vivir en el mismo barrio “toda la vida”.

Dos megaproyectos hoteleros, incluyendo planes para ni más ni menos que un Hotel Four Seasons, amenazan con acabar con el barrio más autóctono del centro histórico, el único lugar entre las murallas que aún preserva vida propia.

Con los precios por metro cuadrado por las nubes, los “vende barrios”, como tildan a los que quieren los dólares americanos y los pesos de los cachacos, están ganando territorio en la batalla por Getsemaní.

¿Pero hasta dónde puede resistir este valiente barrio y auténtica población heróica donde nació el primer grito de independencia y la gente sigue gritando a todo timbal?

Liderando la retro-guardia hay matriarcas locales como Dominga Fernández, más conocida como Minga, madre de 17 hijos, abuela de otro batallón, y artistas como Ruby Rumié, quien ha trabajado durante diez años documentando el barrio desde su taller en el Callejón Angosto con obras provocativas como Código de Barrio y 5.970. Uniéndose al frente de mujeres formidables hay fundaciones como Tu Cultura y Tiempo de Juego con su innovadora propuesta de “volun-turismo”, o el Hotel Escuela El Habitante que quieren preservar la deliciosa historia del barrio como lugar de resistencia y vitrina de una cultura profunda. Quieren, de la mano de su gente, crear una zona ejemplar de turismo sostenible donde reinan el arte, la música y la danza. Un barrio bohemio por naturaleza donde gana la gente con su bacanería y creatividad.

En el Getsemaní de hoy, la resistencia reside en la única cara desconocida de las figuras fundacionales de la historia colombiana. Pedro Romero, un cubano que llegó a Getsemaní y lideró el primer grito de independencia en contra de los españoles.

La ausencia notable de un retrato para semejante personaje –cuya cara nadie conoce– inspiró el proyecto artístico Pedro Romero Vive Aquí y hoy este héroe tiene rostro gracias al movimiento que lo inmortalizó en un grafiti.

Para todo ellos Getsemaní es sagrado. Aspiran a frenar la “gentrification” y remplazarla por la “getsemanificación”. Ojalá que gane David en esta batalla. “Me van a tener que sacar de aquí en un cajón”, dice Minga, quien con sus 87 años sigue gozando de los toques habituales de sus hijos y nietos en el Callejón Ancho.

Los extraños que andan por el barrio buscando gangas encuentran una repuesta unánime a sus ofertas económicas millonarias pero irrisorias por una casita en Jet-Set-Maní: “Mil millones”.

La respuesta no está basada en un estudio del precio del metro cuadrado. Nadie pone dimensiones a la casa familiar de más de tres generaciones, “Uff, tiene un poco de metros”. Tampoco tiene que ver con la historia del predio. La tienda de las tablas y “aserrío de Moncho”, hecha en tablas de madera y con techo de zinc en la esquina de la calle de las Chancletas con Pedregal, se ha convertido en la primera choza de Colombia que vale más de un millón de dólares.

Es un precio para no vender. Como el “Dr. Evil” de Austin Powers pidiendo un millón de dólares para no destruir el mundo. Para muchos, el dinero representa un problema que perturba un estilo de vida que decoran picós, una fritanguera en cada esquina, el béisbol, la salsa y la cerveza en la avenida Pedregal. Peluqueros que trabajan al aire libre y a pleno sol con música a todo timbal en la calle. Todos gritan y la comida ambulante, más que tener sabor, viene con un sonido. Otro grito.

Para esta gente valiente y gritona, el dinero es algo que va en contra de su historia, de su cultura, del valor que representa conocer desde pequeños a sus vecinos y contar con su apoyo en lo bueno y lo malo. “¿Qué voy a hacer con mil millones de pesos?”, pregunta Freddy Gaviria, carpintero del Callejón Ancho. “Si el progreso acaba con nuestras costumbres y nuestras memorias, ¿es realmente esto el progreso?”. Tiene toda la razón.

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