La moda mundial está de luto con la noticia de la muerte de Giorgio Armani, el diseñador italiano que a los 91 años dejó un legado difícil de igualar. Su nombre, asociado con la elegancia sobria y la sofisticación, se convirtió en un lenguaje que exaltó el cuerpo de la mujer a través de costuras delicadas y telas que pocos diseñadores se atrevieron a utilizar en su momento. Y es que sus trajes fluidos y sus vestidos con estructuras apenas insinuadas rompieron con la rigidez de la moda de los setenta y ochenta, gracias a la influencia que recibió desde joven, porque el nacido en Piacenza en 1934, y formado inicialmente en medicina, se memorizó la anatomía del cuerpo y cómo este podía exaltarse a través de la moda. De ahí que a los 41 años fundó su propia casa, convencido por su socio Sergio Galeotti, y desde entonces no dejó de innovar.
Y fueron justamente esos vestidos de telas sin corsés que empezaron a dominar el mercado, junto a una paleta de colores con grises, beiges y tonos neutros, que le dieron forma a lo que décadas más tarde se llamaría “lujo silencioso”. El único dueño de Armani Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Giorgio Armani (@giorgioarmani) En una industria marcada por conglomerados gigantes, Armani defendió su independencia hasta el final. Rechazó ser absorbido por los cuatro grandes grupos del lujo y sostuvo que la autonomía era un valor esencial. Tal vez esa independencia fue lo que le permitió mantener coherencia y darle al mundo un estilo que no hizo más que crecer. Armani solía decir que la moda se apoderó de su vida casi por accidente. Quienes lo conocieron recuerdan a un hombre obsesionado con cada detalle, capaz de corregir un pliegue en un vestido minutos antes de un desfile, como lo reseña The Guardian . Vea también: El regreso del cuero Entre tanto, su relación con Hollywood fue revolucionaria, porque era el único diseñador que no trataba de vestir a una sola estrella, como lo hizo Givenchy con Audrey Hepburn, sino de saltar de generación en generación de actrices, como sucedió con Diane Keaton y Cate Blanchett.
Lo mismo sucedió con Richard Gere en American Gigolo; Julia Roberts en la gala de los Oscar y Anne Hathaway con el Diablo se viste a la moda. Todas estas estrellas se convirtieron en amigos entrañables del diseñador, quien detrás de los diseños siempre estuvo pendiente de cada detalle. Hoy, el mundo de la moda lo despide con dolor, pero siempre quedará como un referente de elegancia e innovación, tal como se muestra en estos cinco vestidos que paralizaron la industria en su momento.
1. Julia Roberts en los Oscar de 2001 Roberts subió al escenario a recibir la estatuilla por Una mujer audaz envuelta en un vestido de terciopelo negro con escote corazón y detalles blancos que recorrían la cola. Era un Armani Privé que condensaba todo lo que definía al diseñador, es decir, pureza en las líneas, ausencia de adornos innecesarios, elegancia intemporal.
2. Cate Blanchett en los Globos de Oro de 2014 La actriz australiana apareció con un vestido negro de encaje transparente que combinaba sensualidad y misterio. La espalda descubierta trazaba una línea estética, casi como si Armani hubiera querido mostrarle al mundo la musculatura de la actriz.
3. Anne Hathaway en los Oscar de 2009 Con un vestido columna en tono champán, bordado íntegramente con cristales, Hathaway brilló como un reflejo en movimiento. Cada paso transformaba el escenario en un juego de luces. Armani demostró con esta pieza su capacidad de convertir la artesanía en un espectáculo silencioso, donde no había exceso a pesar del brillo de las piedras.
4. Jodie Foster en los Oscar de 1989 Foster eligió un vestido de satén azul que rompía con la sobriedad oscura de la época. Armani, que llevaba poco más de una década conquistando Hollywood, convirtió a la actriz en embajadora de su estética. Ese azul eléctrico era un gesto de audacia e irreverencia.
5. Beyoncé en los Grammy de 2007 La cantante apareció con un vestido dorado de corte sirena, un tributo al cuerpo femenino en su máxima expresión de movimiento. Las aplicaciones brillantes parecían escamas que respondían a cada destello de la cámara. Armani probó aquí que podía hablar con el lenguaje exuberante de la música sin perder su sello de sofisticación.



