José Asunción Silva
Foto: Portada del libro Silva, de Seix Barral
enero 3, 2020
Cultura Arte y Libros

Un libro para vacaciones: Silva, de Daniel Ángel

Juan Gustavo Cobo Borda recomienda Silva, una novela que narra el último día del poeta José Asunción Silva
POR:
Juan Gustavo Cobo Borda

Un pañuelo de seda color lila, la petaca de plata martillada en la que guarda sus cigarrillos egipcios que el poeta José Asunción Silva fuma a lo largo de toda esta novela de forma obsesiva. El té negro. Los zapatos de charol importados de Londres y esa ciudad, Bogotá, donde desde el comienzo de los tiempos llueve todos los días, es insalubre y maloliente, se desbordan los arroyos y en el refugio de su casa colonial un poeta dialoga con Rubén Darío y José Martí, con grabados de Gustave Moreau y con su coterráneo Julio Flórez, con Isaacs y con Caro, el presidente gramático que lo envía como diplomático a Guatemala y finalmente en Caracas, pues al parecer dilapida los viáticos de Centroamérica.

Con una madre dura y fría, que esta noche recibe a sus amistades, muchas de las cuales no gustan demasiado de este poeta-dandy, quebrado y cínico, que ahora pretende sobrevivir con una fábrica de baldosines, en Fontibón.

Allí todo el entretejido de los lazos familiares y sociales, de los parientes asesinados en Hatogrande, en lo que fuera la casa-finca de Francisco de Paula Santander.
Precisa en calles y direcciones, en hechos históricos como la captura de Tomás Cipriano de Mosquera y en las visitas a sus parientes que lo acogen con confianza y le advierten peligros que corre.

De ahí esa paranoia que lo acosa, temiendo ser asesinado, con ominosos personajes como el sombrerero alemán que nos aguarda en los últimos párrafos.
Pero antes tenemos episodios notables como el muy intenso y logrado de su naufragio, frente a las costas colombianas, en Bocas de Ceniza, donde vio ahogarse sus cuentos y su novela De sobremesa con esa palpable desesperación de la sed y el sol quemándolo en real alucinación, en piel escaldada por la sal.

Historia o ficción. Los límites se desdibujan y una línea recurrente busca más bien desmitificar al varonil Apolo en un hombre con caspa, de sucios pensamientos regodeándose con la visión de una mujer de la limpieza arrodillada en el piso, de las humillaciones que padece en una sociedad tan clasista y arribista, que lo asediara con más de medio centenar de ejecuciones judiciales mientras su padre y él verán quebrar su almacén de importaciones de artículos de lujo de Europa y le hicieron desistir de su boda con Julia Holguín por su falta de ingresos.

Su rostro ojeroso que envejece cada vez que se mira al espejo y los seres esperpénticos con que se cruza en su deambular por Bogotá yendo hacia su casa refugio, Chantilly, con la sombra lunar de su hermana Elvira. La leyenda prosigue y los versos de Silva aún nos rozan con sus nocturnos, ahora vueltos ficción.

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