Revista Diners
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El director y dramaturgo Manuel Orjuela pasó varias noches debajo de una mesa mientras algunos de sus compañeros, como John Álex Toro y Ana María Sánchez, interpretaban Hamlet I, una versión de la tragedia de Shakespeare dirigida por el polaco Pawel Nowicki. Orjuela, que durante la función les entregaba a los actores los elementos que iba exigiendo la escena, era el encargado de la producción técnica de aquella pieza que se estrenó en 1997 y que tenía la particularidad de presentarse en la sala del apartamento de quien se animara a contratarla.
Ese fue el comienzo del llamado teatro a domicilio, que fue mutando hasta convertirse en el teatro en apartamentos, tendencia que ha contagiado a varios directores que viven en Bogotá. Orjuela es uno de los principales referentes de ese movimiento, que incluyó a grupos como La Maldita Vanidad.
Sentado en su sala, el director asegura que cualquier elemento que aparezca en su campo de visión está supeditado a convertirse en una herramienta dramática. “Tengan cuidado, porque de pronto pueden estar en una obra de teatro”, bromea.

Para reforzar esa idea, Orjuela nos cuenta a la fotógrafa Mar Triana y a este periodista que el sofá en el que nos sentamos fue el mismo en el que él empezó a ensayar su versión de la novela Carta de una desconocida, del escritor austriaco Stefan Zweig. De esto hace ya casi veinte años.
“Estrenamos la obra en la casa de Cristina Umaña, con un éxito tremendo. Luego nos invitaron al Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá (FITB), en el que hicimos una función especial para programadores. De ahí salió una gira grandísima por toda España, que fue la que lanzó mi carrera”, cuenta Orjuela.
Aquella Carta de una desconocida se sostuvo varios años en temporada, pasando de salas de apartamentos a salas de teatro. La pieza partía de ese torrente de amor —¿o de desamor— en el que Zweig retrataba a una mujer obsesionada con el mismo hombre durante toda la vida. Orjuela reunía a cinco actrices que interpretaban a la protagonista a diferentes edades y únicamente tenían como recurso escénico este sofá que ahora nos recibe a nosotros.
Pero no solo de sofás viven las obras para apartamentos que ha creado Orjuela. Por ejemplo, su versión del clásico De ratones y hombres, de John Steinbeck, se desarrolló en un comienzo en el mesón de la cocina de su apartamento, ubicado en el barrio de… (si quiere descubrir la ubicación exacta, lo mejor es que siga al director en su cuenta de Instagram: sr.mcasting).
“Aprendí mucho del polaco (Nowicki) en que, si uno se plantea una jaula, descubre con más experticia el drama. Es decir, mientras más limitado estés a nivel espacial y temporal, mejor vas a identificar el drama”, explica Orjuela.

Esa jaula se ha transformado en mesas desperdigadas por varias ciudades en las que se han presentado las obras del director. Una mesa también es el recurso sobre el que se desarrolla Frágil, una de las piezas teatrales más recientes de Orjuela, en la que se explora la vida del tenor pereirano Diver Higuita.
El estreno más reciente del director es Jaime, una curiosa aproximación a Hamlet, en la que Juan Pablo Barragán y Cristian Ruiz interpretan a dos estudiantes de colegio permeados por el problema del matoneo y por las muertes violentas de sus padres.
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Alrededor de la biblioteca de Orjuela, del sofá en el que nació Carta de una desconocida, se despliega un sistema de cortinas especiales, mientras que del techo también cuelga un sistema de luces. Esta sala secreta tiene una capacidad para unas cuarenta personas, que no solo reciben las coordenadas por interno, sino una copa de vino antes de la función e incluso pueden hablar con los actores al final.

Orjuela cuenta que, por lo general, hace una o dos presentaciones al mes por respeto a los vecinos, que han sido muy generosos. “Y también por mí, porque yo vivo acá, entonces tampoco voy a hacer temporada… Es más interesante así, la clandestinidad lo vuelve mucho más atractivo para todos”, asegura.
Más allá de la particularidad del espacio, el teatro de Orjuela siempre se ha caracterizado por su trabajo con los actores, que suelen ofrecer interpretaciones sutiles. Esa tesitura sintoniza muy bien con la intimidad del espacio y logra, según el director, conmover a los espectadores.
“Aquí la calidad del sonido y la intensidad son mucho más cinematográficas, dada la cercanía con el público. No te puedes pasar, debes ser muy delicado porque lo tienes al lado y hay que tratarlo con mucha ternura”, afirma.
Nieve en Bogotá
Unos cientos de metros más al norte de donde vive Orjuela (de nuevo, no vamos a revelar la locación específica), hay otro apartamento en el que se combinan las dotes domésticas con las escénicas. Por esa magia del teatro, en esta locación incluso suele caer nieve como parte de la obra La culpa leve.
“Nosotros tenemos una máquina de nieve. La ponemos en la parte de arriba del techo y al final de la obra empieza a nevar (…). El efecto es superlindo, la gente dice: ‘¡Está nevando en Bogotá!’”, cuenta Moisés Ballesteros, autor y director de esta obra y también habitante de este apartamento.
Ballesteros, director del grupo Teatro Estudio 87, se alió con el colectivo Cuerpos que Gritan para realizar el festival Abrir La Casa, que se celebrará del 30 de octubre al 8 de noviembre y en el que participarán otros grupos como Casa Cónclave y Teatro del Sol de Barrancabermeja. Ese modelo se replicará a comienzos del próximo año en el marco de la estrategia distrital Ruta Teatro Teusaquillo, en la que también participará Manuel Orjuela.
Ballesteros cuenta que una de las razones que lo llevaron a explorar este tipo de escenarios inusuales fue la aparición de este apartamento, con una amplia e iluminada sala que, en un buen porcentaje, está rodeada de unas paredes de madera. Quien entra al apartamento podría pensar que la obra se desarrollará en la sala, pero de esas paredes de madera se desprende una puerta que esconde otra sala en la que caben unos veinte espectadores.
Una puerta secreta… Como si este escenario necesitara más misterio.
Otro aspecto que fue definitivo para consolidar el trabajo en este espacio fue la independencia creativa y financiera que le permitía al grupo. “Eso ha repercutido positivamente en dos cosas. Primero, en lo económico, pues todo nos está entrando a nosotros, y segundo, la obra sí crece mientras más funciones tenga (…). Y eso nos ha enseñado muchísimo, nos ha permitido escuchar más a los actores en sus necesidades y en tener tiempo de calidad realmente en los ensayos”, explica Ballesteros.
Además de La culpa leve, en la que los espectadores entran a la intimidad de una pareja interpretada por Camila Paz y Juan Camilo Prada, Ballesteros también ha estrenado en su apartamento obras como Sobre la necesidad, en la que actúan Elizabeth Minotta y Héctor Sánchez.
Según el director y dramaturgo, esta experiencia de teatro secreto no solo es cautivadora para el público, sino también para los intérpretes. “Los actores que han venido dicen ‘¡Qué delicia actuar en un espacio así!’. Hay ciertos asuntos de la proximidad que son intimidantes, pero también permiten actuar de manera orgánica, natural, sin esa cosa de la proyección de voz teatral que termina exigiendo cualquier otro tipo de sala. Aquí tú en realidad puedes jugar con el susurro”, añade.

Sobre esta asociación que se ha formado, Ballesteros asegura que si bien los creadores pueden diferir en algunos modelos de producción y de práctica general de los espacios, esta red ha significado poder inspirarse en las formas en las que a los otros les han funcionado las cosas.
“Creo que tiene un montón de movilidad, de pensamiento colectivo; es decir, no es una cosa que digamos que es genial porque nosotros la inventamos, sino que responde a un montón de dinámicas del gremio que van empezando a hacer que aparezcan estos espacios que marcan otra manera independiente de hacer teatro”, asegura.
El rompecabezas de una mamá
En medio de su maestría en Contemporary Physical Performance Making, que realizó en la Academia de Música y Teatro de Estonia, el artista Daniel Ortiz hizo un taller en el instituto de la aclamada performer serbia Marina Abramović. Ortiz recuerda haber hecho un performance de unas seis horas de duración en el que, mientras leía artículos sobre la migración venezolana, se metía a la boca medias, Listerine, chocolates, café, chiles picantes…
“No me acuerdo de qué más cosas me metí… Realmente, casi me desmayo en la mesa y después me levanté a seguir”, recuerda el artista, quien creó la compañía Cuerpos que Gritan.
Aunque no le interesaba particularmente esa experiencia del performance de larga duración, Ortiz sí llegó a esa maestría porque estaba cansado de varias dinámicas del teatro tradicional en el que, de acuerdo con su opinión, la comunicación con el espectador se veía muy limitada. Su paso por Estonia le abrió la mirada sobre la infinidad de posibilidades con las que allí se experimentan y fue el caldo de cultivo del que nació la obra Taxonomía de una mamá.
En este punto, ya es fácil de adivinar que la pieza está relacionada con la mamá de Ortiz y que, además, se presenta en su apartamento. “En Taxonomía, hablo mucho; soy el que recibe a las personas, les doy vino, café, charlo un poco antes de comenzar la obra y les pregunto si ya podemos empezar”, cuenta el artista, quien dirigió la obra en compañía de Sol Malagón.
Durante la función, Ortiz se sienta en una silla de vidrio, sobre la que hay varios objetos que tienen valores emocionales, más allá de sus significados obvios. A medida que van llegando los espectadores, el protagonista les pide que traten de armar un rompecabezas que representa a su madre, a quien incluso llama en plena función. Y no, no es una llamada pregrabada, lo que sucede es una conversación en vivo.
Para la pieza, de la que se presentó una primera versión en Estonia, Ortiz se empezó a hacer preguntas sobre su propia biografía y también se inspiró en situaciones personales, como la salud mental de su madre.

“A mi mamá la internaron en un psiquiatrico por depresion y ansiedad, ella fue voluntariamente, y yo estaba muy atravesado por eso. Además, venía un poco enredado con el material que traía de Estonia porque no me gustaba; entonces, comenzó a pasar lo de mi mamá y dije: ‘Le voy a hacer una obra a ella y también me voy a quejar de ella’”, añade Ortiz.
Para el artista, ese rompecabezas escénico, que también incluye proyecciones y técnicas propias del teatro de objetos, suele trascender a ese estado en el que las fronteras entre la realidad y la ficción se vuelven un poco difusas. “Con Sol hacemos las obras un poco así, para reducir esta distancia entre los actores y los espectadores… Pienso que uno como artista tiene el chance de hacer un uno a uno más potente”, argumenta.
Y, para formar parte de este club, usted solamente tiene que tocar a la puerta de las cuentas de Instagram de sus creadores.
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