Revista Diners
Getting your Trinity Audio player ready... |
La música se ha convertido en un medio para expresarse y sentirse libre. Eso es justamente lo que refleja La Bruja, el nuevo álbum de la artista de Barranquilla María McCausland. Este trabajo marca su primer álbum de estudio como solista, fuera de la agrupación Flor de Lava.
En conversación con la cantante, contó cómo construyó La Bruja, un álbum que mezcla sonidos del Caribe colombiano y ritmos latinoamericanos mientras explora la libertad femenina, el desamor y la transformación personal desde una mirada íntima y profundamente emocional.
La Bruja es un álbum que mezcla sonidos del Caribe colombiano y ritmos latinoamericanos. ¿Cómo encontró el equilibrio entre tradición y modernidad?
Yo abordé a ambos productores por separado, a Christopher y a José Quiñones, y les propuse hacer una especie de matrimonio creativo. Ellos nunca habían trabajado juntos, pero yo veía muy claramente las cualidades de cada uno. José Quiñones, compositor para Monsieur Periné, Vicente García y Maré, es súper amante de la música brasilera, raizal y de los tambores. Él tiene una visión mucho más tradicional, por así decirlo.
Y Christopher, que es un pelado que ha producido para Manuel Medrano y Selva Volcán, tiene una mirada mucho más contemporánea. Entonces él está mucho más metido en los beats, el sub, los synths, y en toda esa movida más digital y tecnológica; es mucho más geek en ese sentido.
Entonces vi esos dos mundos y dije: eso es exactamente lo que quiero. Quiero la combinación de esas dos visiones, y que juntas construyan el universo de las canciones que compuse.
Creo que gran parte del ADN de este disco nace de esas dos cabezas mezcladas con mi visión. Y eso es algo que siempre les agradezco mucho: respetaron profundamente mis canciones, mi composición y lo que yo quería transmitir. A partir de ahí, cada uno sumó su talento. Entonces creería que eso fue clave.

¿Y cómo fue el proceso de creación de este disco, teniendo en cuenta todo el universo que evoca alrededor de la figura de la bruja?
Fue retador. Yo también hago parte de la agrupación Flor de Lava, y justo cuando empecé a darle forma a este álbum, la banda se disparó. Empezamos a tener muchísimo movimiento nacional y, sobre todo, internacional. El año pasado nos fuimos de gira por España, y este año volvimos a irnos a España y Países Bajos. Y claro, una gira implica ensayos, reuniones, logística, estímulos, préstamos, tiquetes, entre otros asuntos.
Entonces este disco nació al mismo tiempo que todo eso, y prácticamente lo hicimos entre domingos y festivos. Creo que la satisfacción también viene de ahí: era mucho más fácil no hacerlo. Era más fácil despertarme un domingo y quedarme todo el día en la cama porque lo necesitaba.
Por eso también se alargó tanto el proceso, porque no pude entrar en una dinámica completamente inmersa en el disco; tenía que equilibrarlo con otras cosas que también amo y que eran oportunidades importantes para mí. Entonces fueron dos años de trabajo, pero también de exploración musical, de probar cosas y de descubrir.
Usted menciona que en el disco hubo un trabajo muy orgánico, con instrumentistas e instrumentos reales. ¿Por qué era importante para usted mantener ese componente humano en el proyecto?
Yo creo que fue una decisión estilística. Los tres coincidimos mucho en eso. José Quiñones insistió bastante en esa idea. La máquina tiene cosas maravillosas. De hecho, mi disco tiene muchísimos sintetizadores, subs y elementos programados. Pero el espíritu que tiene un ser humano al tocar, eso no se puede programar. Ninguna inteligencia artificial ni ninguna máquina puede ponerle corazón a la música de la misma manera.
Y como estas canciones eran tan especiales para mí —porque nacieron de una tusa muy fuerte y de un momento en el que estaba aprendiendo a estar sola y en silencio—, sentí que también merecían ese cuidado en los arreglos. Así como eran tan preciadas para mí desde la composición, quise darles ese mismo lugar desde lo musical.
Entonces sí, creo que fue una decisión completamente estilística. Eso no significa que más adelante no quiera experimentar con un disco totalmente programado, lleno de sintetizadores y beats hechos desde la máquina. La música también es juego y exploración. Pero para este disco, ese fue el camino que quisimos tomar.

¿Hubo alguna canción del álbum que la transformara emocionalmente mientras la escribía o la grababa?
La última canción del álbum, “Te estás Volviendo Olvido”, es una ranchera que escribí junto a Laura Pérez, una cantautora bogotana súper buena, y Natalia Bautista, que también es productora y artista. Las tres escribimos esa canción, y aunque en un principio sentíamos que no estaba terminada, yo le tenía mucha fe. Tiempo después la terminé en mi casa.
Y decidimos que la letra y el sentimiento de la canción eran tan crudos que no queríamos producirla con una banda gigante ni nada demasiado elaborado. Entonces tomamos la decisión de grabarla completamente en vivo, solo voz y contrabajo; esos son los únicos dos elementos que tiene la canción. El contrabajo, además, con ese sonido tan profundo y orgánico, ayudaba muchísimo a sostener la emoción.
Y ahí sí sentí algo completamente transformador. Siento que sané mucho porque logramos capturar una emoción muy real, muy del momento. Además, la canción habla justamente de cómo una persona que ya no está empieza a volverse olvido.
Y cada vez que la canto vuelve a sanar algo en mí. Incluso en los conciertos entro como en un trance cuando la interpreto, y cuando levanto la mirada veo gente con lágrimas en los ojos. Ahí entiendo que realmente es una canción muy desgarradora, pero también muy honesta. Entonces creo que esa sería la canción que más me transformó.
(Le puede interesar: Dave Bolaño: “Aquí cabemos todos”, un álbum para volver a lo esencial)
Usted habla de la bruja como una figura de intuición y sabiduría. ¿Qué significa para usted esa figura de la bruja a nivel personal?
Para mí, la bruja es esa mujer en la que me he convertido a través de los años: una mujer que elige su libertad. Y eso, viniendo de una sociedad como de la que yo vengo, porque Barranquilla es una ciudad preciosa, cultural y musicalmente muy rica —gran parte de lo que soy nace ahí—, pero también es una sociedad muy tradicional, muy arraigada a ciertos moldes sobre cómo debe ser una mujer.
Entonces, sin darnos cuenta, desde pequeñas nos van programando hacia un “deber ser”, hacia un solo camino. Y no es que ese camino esté mal, pero es solo uno entre muchos posibles.
Para mí, “La Bruja” representa el cierre de un ciclo: el haberme atrevido a vivir la vida que yo quiero para mí, en libertad. La de ser una mujer independiente, empresaria, música, artista; una mujer que escribe canciones, que se va de gira, que tiene muchas facetas. Porque siento que las mujeres no somos una sola cosa. No somos únicamente la mamá, la trabajadora, la esposa o “la bien portada”. Somos muchísimo más que eso.
Entonces, la bruja es esa mujer a la que ya no le importa tanto la opinión ajena. Eso incluso lo dice la canción: tampoco le preocupa encajar en esa idea de “ser decente” o comportarse como se espera. Y al final, es una mujer libre, una mujer que baila, que vive y que se pertenece a sí misma.

Y en esa línea, ¿siente que el álbum nace más desde lo emocional, lo espiritual o una necesidad artística?
Yo creo que el álbum es un viaje muy personal, pero también muy bailable. Las letras y todo lo que atraviesa las canciones vienen de mi mundo interior: de cómo veo la vida, la soledad, el final de una relación, o de sentir el canto como un puente hacia la libertad.
Pero al mismo tiempo, ese mundo interior está profundamente arraigado a la Costa Caribe, al lugar donde crecí. Entonces hay mucho baile, mucho ritmo y una riqueza muy grande en lo percutivo. Por eso diría que el álbum termina siendo como un desahogo bailable.
Y teniendo en cuenta que el disco surge de un proceso de limpieza interna, muy personal e íntimo, ¿qué sintió que debía soltar para poder crear esta obra?
Wow… pues imagínate, creo que lo más importante fue aprender a pararme sola. Y eso aplica para muchas cosas. La relación que acababa de terminar me marcó muchísimo, porque duró siete años y ahí también me di cuenta de que estaba entendiendo la pareja desde un lugar muy codependiente. Como que, de alguna manera, necesitaba esa figura para verme a mí misma.
Entonces el proceso también fue soltar todo eso y aprender a mirarme por mí misma, ponerme a mí en el centro y, desde ahí, construir relaciones y entender mi libertad. Creo que implicó sacrificar muchas comodidades y afrontar miedos muy profundos: verme sola, sentarme en silencio y descubrir qué pasaba ahí.
En esa época también me mudé sola por primera vez, así que fueron muchos cambios al tiempo. Y siento que fue un proceso de cortar ciertos lazos para luego volverlos a amarrar desde un lugar más sano. Porque no se trata de convertirse en una ermitaña ni de cerrarse al amor; yo quiero seguir construyendo vínculos románticos, amistosos y familiares, pero desde otro lugar.
A veces siento que fue como arrancar las raíces de mi jardín y volverlas a sembrar en una tierra más firme, más sana y llena de amor propio. Y eso costó muchísimo. Suena sencillo cuando lo cuento, pero justamente todo eso es lo que este álbum resume.
Hay muchas experiencias personales que usted transforma en música dentro de este álbum. ¿Siente que su paso por Flor de Lava influyó de alguna manera en la construcción de La Bruja?
Flor de Lava me reconectó muchísimo con mi raíz caribe y con elementos que amo, como los pregones y la percusión. Por ejemplo, en “Nadie se muere de mal de amor” hay un pregón a capela muy inspirado en las cantadoras del Caribe, y en todo el disco aparecen semillas, maracas y maracones.
Además, el éxito de Flor de Lava también transformó mi manera de vivir este proyecto. Como muchas metas que soñaba ya se habían cumplido con la banda, pude hacer este álbum desde un lugar mucho más libre, sin tanta presión ni necesidad de demostrar algo.
Eso me permitió entregarme realmente a la música y hacer un disco muy honesto, guiado más por el amor a las canciones y la curiosidad que por las expectativas externas.

Se siente mucha tranquilidad y contemplación a lo largo del álbum, y eso también se refleja en el resultado final. ¿Qué sensaciones quería transmitirle al público a través de esa atmósfera?
Bueno, justo ayer pensaba en eso viendo al público. Los veía gozándoselo: aplaudiando, bailando, haciendo bulla. Sentí que realmente entraron en ese lugar de celebración y ritual que tiene el álbum.
Pero también hubo otros momentos —como con “Destellos”— en los que veía gente con los ojos llorosos. Y ahí sentí que apareció otra cosa: la introspección, la emoción, el silencio, como una conexión mucho más íntima.
Entonces creo que el álbum se mueve entre esos dos polos: por un lado el gozo, el baile y la liberación; y por el otro, la emocionalidad, la contemplación y hasta un poquito el llanto.
¿Qué le gustaría que una mujer sintiera después de escuchar La Bruja?
No pues, libertad. Me gustaría que una mujer, después de escuchar el álbum, sintiera libertad: ganas de alzar la voz, de ser disruptiva, de ser ella misma.
Creo que, al final, todo se resume en eso: en que pueda salir a la calle sintiéndose completa, suficiente y libre.
¿Y tiene algún otro proyecto en mente?
Por ahora quiero descansar muchísimo, porque todo este proceso ha sido muy intenso emocional y físicamente: cerrar el álbum, hacer la sesión de escucha y luego el concierto.
Pero también quiero seguir moviendo estas canciones porque las amo. Quiero cantarlas, compartir videos y darles vida en distintos espacios para que sigan encontrando su camino.
Además, voy a enfocarme mucho en Flor de Lava, porque vienen proyectos muy importantes para la banda que todavía no podemos anunciar.
Y también se siente muy bonito haber cumplido con este álbum, porque era una meta muy personal y una deuda conmigo misma. Ahora puedo enfocarme en lo que viene con más tranquilidad y desde un lugar muy agradecido.


