Revista Diners
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María Fernanda Bohórquez Díaz es comunicadora social y periodista, coach sistémica acreditada y certificada en canalización de ángeles, lectura de cartas y constelaciones familiares. Además, es autora del libro Mamá del Cielo, una obra que parte de su experiencia personal para acompañar y ayudar a miles de madres que han atravesado pérdidas gestacionales. Este libro ya está disponible en Buscalibre y Amazon con envíos internacionales. En Colombia, también está en las principales librerías como Panamericana y la Librería Nacional.
En conversación con la autora, manifiesta su historia personal y el mensaje que le gustaría dejar a todas aquellas mujeres que pasaron por lo mismo.

¿En qué momento decidió que esta experiencia personal debía convertirse en un libro?
Realmente siento que la maternidad del cielo es una maternidad socialmente invisible. Entonces, poder hablar abiertamente de las pérdidas gestacionales y reconocer a nuestros bebés es un gran paso, y creo que hace parte de todo ese proceso de sanación de nosotras como mujeres y como mamás.
Cuando tuve la pérdida de mi bebé Alma, en noviembre de 2024, yo estaba llenando un libro de maternidad, de esos de embarazo en donde registras semana a semana tu proceso. Era un libro que había comprado hace muchos años y que había dejado en mi biblioteca, esperando a que llegara mi momento para empezar a llenarlo. Entonces, cuando me enteré de que estaba embarazada, lo primero que hice fue abrir ese libro. Pero al final solo pude llenar como dos páginas, las de esas primeras semanas o primeros meses, y luego, con la pérdida, tuve que cerrarlo porque ya no había un espacio para escribir mi historia.
Ese momento fue muy crítico para mí, porque me di cuenta de que, aunque mi bebé ya no estuviera aquí, yo seguía siendo mamá, y que mi camino como mamá tal vez empezaba aún más fuerte en ese momento. ¿Cómo honrar a mi bebé? ¿Cómo reconocer ese título tan bello que ella me había dado? No me sentía bien dejando que un libro determinara si mi historia seguía o si debía pausarse.
Entonces empecé a buscar diferentes herramientas en las que pudiera apoyarme para reescribir mi historia, reconocer mi maternidad y sanar. Y al no encontrar ninguna, decidí crearla yo, para ponerla al servicio de otras mujeres y darles ese espacio en el que esa maternidad es reconocida, y en el que también podemos honrar a nuestros bebés, sin importar cuánto tiempo hayan estado aquí en la tierra.
Entonces, de ahí surge Mamá del Cielo: de esa falta de herramientas para sanar, reescribir y retratar nuestra historia.
¿Y cómo fue el proceso emocional de escribir algo tan íntimo mientras todavía atravesaba ese duelo?
El libro lo empecé como tal a mediados de 2025. Cuando me enteré de la pérdida, me enfrenté a un diagnóstico de depresión y ansiedad a raíz de este duelo gestacional. Era un término que yo, incluso, nunca había escuchado. Entonces me di el tiempo de sanar lo que tenía que sanar en ese momento y, ya después, desde el otro lado —como digo yo—, cuando pasé por todo ese proceso de transformación y entendí un poco más la pérdida, también entendí qué era lo que me había hecho falta. Ahí fue cuando empecé a trabajar en este proyecto.
Emocionalmente, la verdad, fue lindo y también difícil, porque mientras lo estaba escribiendo me enteré de que estaba embarazada nuevamente. Entonces era esa dualidad entre querer mantenerme positiva, pensar “estamos otra vez en este momento y no voy a dejar que el miedo se apodere de mí”, mientras al mismo tiempo escribía sobre la pérdida y, de alguna manera, volvía a abrir esa herida.
Pero al final entendí que era una forma muy bonita de darle vida a mis dos hijas: a Alma, en el cielo, a través del libro, mientras gestaba a mi bebé Luna aquí en la tierra. Verlo así hizo que todo fuera mucho más fácil, porque literalmente pude darme el regalo de maternar en dos dimensiones y darle vida a mis dos hijas, sin importar dónde estén.
Siento, obviamente, que ser vulnerable y hablar de una pérdida —sobre todo de una de la que socialmente se habla tan poco— es difícil. Y también siento que muchas personas todavía no saben cómo reaccionar ante estos temas, y la verdad los entiendo. Yo misma estuve ahí antes. Incluso tuve familiares y conocí mujeres que atravesaron pérdidas, y en ese momento para mí también era algo que, entre comillas, no parecía tan grave.
Creo que como sociedad estamos acostumbrados a relacionar la realidad con lo que podemos ver. Y como muchas veces estos bebés nunca los vimos, o las mujeres todavía no tenían una barriguita visible, no hacemos esa asociación de que allí había una vida. Entonces es mucho más fácil ignorarla o pretender que no existió.

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¿Por qué cree que la pérdida gestacional sigue siendo un duelo tan silencioso?
Creo que hay varios motivos. El primero es que socialmente hemos crecido con la creencia de que nuestro rol como mujeres es dar vida, que ese es como nuestro trabajo más importante. Entonces, cuando ocurre una pérdida, aparece una sensación de fracaso: “¿Cómo así que yo, como mujer, no pude hacer lo mínimo que debía hacer?”. Y enfrentarse a eso es muy difícil.
También hay otra parte, y es que muchas veces esperamos a que pase el primer trimestre del embarazo para contar la noticia. A veces ni siquiera alcanzamos a pasar ese umbral y entonces nos enfrentamos a la pérdida. Hablar de ella resulta más difícil porque, en primer lugar, nunca habíamos dado la noticia del embarazo. Entonces tendríamos que salir a hablar de dos cosas al mismo tiempo y dar explicaciones incómodas o más explicaciones de las que quisiéramos. Y eso requiere mucha energía en un momento de tanto dolor y tristeza.
Lo tercero es que siento que todavía minimizamos la pérdida gestacional. Aunque contamos con redes de apoyo muy bonitas —familia, amigos, seres queridos—, muchas veces recibimos comentarios que, aunque vienen desde el amor, pueden generar más dolor. Frases como “todavía eres muy joven”, “puedes seguir intentándolo” o “por lo menos sabes que eres fértil y puedes ser mamá” terminan haciendo parecer que eso elimina el dolor por la pérdida de nuestros bebés, y no es así.
Entonces también hay una parte de nosotras que quiere proteger ese corazón, porque sabemos que es un duelo difícil de entender. Diría que esas son las tres capas principales de por qué todavía es tan difícil y retador hablar de este tema.
El libro incluye relatos, ejercicios y rituales. ¿Por qué decidió hacer una recopilación de herramientas y no solo un libro testimonial?
Para mí fue muy importante darle un espacio a las mujeres para escribir su propia historia, porque cada dolor es diferente, cada duelo es distinto y seguramente cada una tenía sueños diferentes al momento de enterarse de que estaba embarazada. Entonces, para mí, este libro es como una conversación que construimos en conjunto: yo comparto lo que viví, pero también dejo el espacio para que ellas retraten su propia historia y puedan sanar, reescribir lo que significa la maternidad para uno y darle un lugar a tu bebé como tú lo sientas y como creas que es correcto.
Siento que dejarlo únicamente como un libro testimonial habría sido simplemente compartir mi historia y esperar que tal vez eso ayudara. En cambio, yo quería invitar a construir, invitar a tomar una acción práctica para sanar lo que cada una está viviendo y atravesando. De ahí nacen esos ejercicios de escritura terapéutica: preguntas que, si bien surgieron para mí durante ese proceso, estoy segura de que muchas mujeres también se las han hecho.
También era fundamental darle espacio a toda esa parte emocional que surge a raíz no solo del duelo, sino también de la transformación que este implica. Cuestionarse cómo está tu relación con la espiritualidad o con la fe. Independientemente de lo que creas —llámese Dios, universo o vida—, siempre llega ese momento en el que una se rinde y se pregunta: “¿Por qué a mí?”. Y creo que es importante hacerse esa pregunta para empezar también a recibir respuestas.
¿Qué papel tuvo la espiritualidad en su proceso de duelo?
Para mí fue muy importante entender, desde muy temprano —y es algo que agradezco profundamente—, que no fue mi culpa que mi bebé falleciera o que ella se fuera. Sentí que fue el plan de su alma y una decisión de ella regresar al cielo. Es decir, yo hubiese podido hacer mil cosas diferentes y seguramente ella habría tomado esa misma decisión, porque cuando llegó a mi vientre tal vez se dio cuenta de que todavía le faltaban algunas herramientas para cumplir ese propósito cármico o propósito de vida que tenía, y que necesitaba regresar para prepararse mejor y volver en el momento en que lo sintiera.
Esa confianza plena en los planes de su alma fue muy liberadora para mí, porque nunca entré en ese lugar de culparme como mujer por lo que estaba atravesando. Y también fue muy bonito sentir ese mismo entendimiento y apoyo por parte de mi pareja, sin caer en ese error de cargarnos a nosotras con esa sensación de fracaso de la que hablábamos al inicio: “No pude cumplir mi rol como mujer” o “no pude dar vida, que es lo mínimo que debería poder hacer”.
¿Qué le diría a una mujer que justamente está atravesando una experiencia similar?
A una mujer que está atravesando esta pérdida y siente culpa o soledad, le diría primero que no está sola. Siento que, como no hablamos de este tema, muchas veces creemos que solo nos está pasando a nosotras, que nadie más nos va a entender o que somos las únicas que no estamos pudiendo cumplir ese deseo de ser mamás. Entonces, lo primero que quiero decirle es eso: no estás sola.
Lo segundo es que se dé el espacio de sentirlo todo, sea como sea que eso se vea para ella. Si hay días de tristeza, permitirse sentir la tristeza. Si hay rabia, está bien sentir la rabia, la frustración, e incluso también esos momentos de felicidad cuando aparezcan. Porque llega un momento en el que volvemos a sonreír y también podemos sentir culpa por seguir adelante.
Y creo que la forma más bonita de honrar la vida de nuestros bebés es honrando nuestra propia vida. Cuando sanamos y atravesamos ese proceso de transformación, siento que nuestros bebés en el cielo también vuelven a sonreír, a acompañarnos y a sentirse orgullosos de nosotras como mamás. Entonces, darse el permiso de sentirlo todo es fundamental.
Y hay una frase que se convirtió en mi mantra y en mi afirmación desde ese momento: “La esperanza es más grande que el miedo”. Volver a intentar ser mamá después de una pérdida es muy difícil porque hay un trauma de por medio. Pero eso era lo que siempre me repetía: la esperanza es más grande que el miedo.
Está perfecto sentir miedo, es normal. Hay que darle espacio y reconocerlo, porque el miedo está intentando protegernos. Pero siento que lo importante es no dejar que sea más grande que esa esperanza que nos motiva a cumplir el sueño de ser mamás aquí en la tierra.

Por último, ¿qué tipo de conversaciones espera que este libro genere entre los lectores en Colombia y Latinoamérica?
Lo más importante, creo, es reconocer la maternidad. Reconocer que las mamás que tuvimos una pérdida seguimos siendo mamás. Que hay momentos en los que, como cualquier mamá, queremos hablar de nuestros hijos, de nuestros bebés y de nuestra historia, y tener el espacio para hacerlo con las personas que amamos.
Entonces, en vez de ocultar o evitar hablar del tema, creo que es importante poder tener esos momentos en los que también recordamos que maternamos en otra dimensión. Solo el hecho de que nosotras mismas, o alguien más, reconozca que somos mamás, ya es una ganancia inmensa.
Incluso hubo algo que me emocionó muchísimo: hoy el libro está en lugares como Panamericana, Librería Nacional y Buscalibre. Y en la Librería Nacional está ubicado en la sección de maternidad. Cuando vi el libro allí dije: “Wow, esto es muy importante”, porque es darle un espacio físico a una maternidad invisible.


