Revista Diners
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Durante años, Kristen Stewart construyó una carrera marcada por decisiones que rara vez siguieron el camino esperado. La actriz, nacida en Los Ángeles en 1990, creció literalmente dentro de la industria: su padre trabajaba como productor y su madre como supervisora de guiones. A los nueve años ya estaba actuando y a los doce comenzaba a llamar la atención en Hollywood. Pero fue su papel en la saga Crepúsculo lo que la convirtió en un fenómeno global, una fama temprana que, lejos de acomodarla, la empujó a buscar espacios más personales dentro del cine.
Esa búsqueda, que muchas veces fue silenciosa y en ocasiones radical, es la que hoy desemboca en su debut como directora con La cronología del agua, una obra que no responde a expectativas comerciales ni a fórmulas narrativas tradicionales y que se estrenó en el pasado Festival de Cannes. “He querido dirigir desde que empecé a ser parte del proceso”, comenta en su encuentro con Diners, dejando claro que este paso no es una reinvención, sino una consecuencia natural de años observando, absorbiendo y cuestionando el lenguaje cinematográfico.
Tras el éxito masivo de su adolescencia, Stewart eligió alejarse del circuito más predecible. Trabajó con directores como el francés Olivier Assayas en Personal shopper, la estadounidense Kelly Reichardt en Ciertas mujeres y el chileno Pablo Larraín en Spencer, consolidando una carrera en el cine de autor que la posicionó como una de las actrices más inquietas de su generación. Esa etapa fue clave: le permitió entender el cine desde dentro, no solo como intérprete, sino como parte activa de un proceso creativo más amplio. “Aprendí mucho estando en sets donde sentía que la película se estaba descubriendo en el momento”, recuerda.
Ese aprendizaje se vuelve visible en su primer largometraje. Desde el principio, Stewart entendió que no podía ni quería adaptar de manera convencional la autobiografía de la escritora Lidia Yuknavitch, publicada en 2011. “No quería hacer una película sobre las cosas que le pasaron a esta mujer. Quería hacer una película sobre lo que podemos hacer con las cosas que nos pasan”, explica.
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La cronología del agua sigue la vida de una mujer marcada por una infancia atravesada por el abuso, el silencio y la confusión emocional, que encuentra en el cuerpo (particularmente en la natación) una forma de escape y reconstrucción. A través de una narrativa fragmentada, la historia recorre su tránsito hacia la adultez, explorando sus relaciones, su despertar sexual y su lucha constante por reconciliarse con su pasado.
Más que un relato lineal, la película se construye como una experiencia sensorial que entrelaza memoria, trauma y deseo. En ese recorrido, la protagonista intenta resignificar sus heridas y convertirlas en una forma de expresión, mostrando cómo la identidad se puede reconstruir incluso desde los fragmentos más dolorosos.
La famosa actriz, y ahora directora, insiste en que el valor de la historia está en su dimensión íntima. “Las historias personales no son superficiales, son vitales”, afirma. Esa convicción no es nueva en su trayectoria: durante años, ella ha defendido personajes complejos, incómodos, alejados de estereotipos. Ahora, como directora, lleva esa misma lógica al centro del relato. “Ese libro era tan confesional como un diario personal, que comprendí que no hablaba solo de una persona, sino de todos nosotros”, asegura.
La película se construye desde esa idea. No hay una narrativa lineal ni una progresión clara. En su lugar, propone una estructura fragmentada, más cercana a la memoria que al relato clásico. “No quería grabar esta película. Quería tomar muchas imágenes y luego encontrar los lugares donde se unen, como cuando tu vida se siente elíptica, pero conectada”, explica.

Esa decisión formal está directamente relacionada con su propia experiencia en el cine. Durante años, Stewart trabajó en producciones donde la estructura lo era todo. Aquí, en cambio, decide romperla. Para lograrlo, optó por un formato que introduce límites y pausas. “Cuando ruedas en digital, nunca pierdes el momento y yo quería justamente lo contrario: interrupciones, espacios donde uno pudiera entrar emocionalmente”, dice.
El resultado, según describe, se debía sentir íntimo, casi accidental. “Quería que se sintiera como si hubieras encontrado la película en el ático de alguien, como un álbum familiar roto”. Esa imagen resume bien el espíritu del proyecto: algo personal, imperfecto, pero profundamente auténtico.
Los temas que atraviesan la cinta, como el cuerpo, el trauma y la identidad, no son ajenos a la trayectoria de Stewart. A lo largo de su carrera, ha interpretado personajes que exploran la vulnerabilidad desde varios ángulos, pero aquí el enfoque es distinto. “Puedes tomar cosas que te dolieron y reformularlas en algo que incluso se sienta liberador”, dice, en una reflexión que parece conectar su trabajo como actriz con su nueva etapa como directora.
El rodaje fue una extensión de esa misma filosofía. Stewart construyó un espacio donde la emoción tenía prioridad sobre la técnica. “Mis directores favoritos son los que comparten el espacio contigo. No quería estar separada de lo que estaba pasando. Quería estar dentro”, asegura.
Esa manera de trabajar impactó directamente en el elenco. La actriz británica Imogen Poots, protagonista del filme, recuerda que su decisión de participar fue inmediata. “No fue una decisión, sino más bien un deseo. Era como decir ‘Quiero esto y necesito hacerlo’, ¿entiendes?”. Y la conexión con Stewart fue clave. “El hecho de que ella eligiera esta historia para su debut decía todo lo que necesitaba saber”.

Para la actriz, el personaje, además, representaba un desafío poco común. “Las vulnerabilidades y las inconsistencias son lo más interesante de cualquier persona”, manifiesta. Su interpretación se construye desde esa complejidad: una mujer marcada por experiencias extremas, pero también por una energía vital que no desaparece. “Había una pasión por la vida, una necesidad de seguir incluso cuando todo estaba en contra”, asegura.
Esa intensidad también se reflejaba en el ambiente de trabajo. Stewart no se posicionó como una figura distante, sino como parte activa del proceso. “No quería olvidar sentir; no quería que toda la emoción estuviera solo en los actores”. Su objetivo era generar una conexión real, casi física. “Lo mejor es cuando te das cuenta de que los corazones están latiendo al mismo ritmo… y por suerte estábamos filmando”.
Para la actriz estadounidense Thora Birch, esa dinámica generó una experiencia distinta a cualquier otra en su carrera. “No era algo como ‘Esto va a ser divertido’. Era más bien: ‘Esto es algo que tengo que hacer’”, recuerda. Su personaje, la hermana mayor de Lidia, concebido como un recuerdo, le permitió explorar desde la contención. “Entender que era una memoria me dio libertad”.
Pero esa libertad venía acompañada de una carga emocional intensa. “Lo que más me impactó fue la rabia, tener que sentirla y no mostrarla”, dice Birch. En una escena particularmente compleja, recuerda haber pensado: “‘¿Vamos a salvarlo, o queremos que no salga del agua?’. Esa ambigüedad, lejos de resolverse, se convirtió en parte esencial de la interpretación”, comenta la actriz californiana de 44 años.

El rodaje fue exigente en todos los niveles y Poots lo describe con crudeza: “Era como si nos estuvieran sacando las entrañas todos los días”. Stewart coincide en esa sensación física del proceso al describirlo como que “se sentía una especie de sangrado real”.
Sin embargo, en medio de esa intensidad, también surgió una sensación de liberación. “Hay algo en no esconderse que se sintió sanador”, cuenta la cineasta. “Esa idea parece que es como una constante en mi carrera, en la que trato de mostrarme sin filtros y de rechazar versiones simplificadas de las identidades de los personajes que me han rodeado”.
En la película, esa postura se traduce en una exploración directa de la experiencia de las mujeres. “La experiencia femenina está llena de secretos, y esta vez no estamos escondiendo nada”, dice, al tiempo que amplía esa idea hacia un contexto más amplio. “No nos diseñaron para ayudarnos a nosotras mismas, sino para ser poseídas y decirnos cómo ser”.
Esa reflexión no aparece de la nada. A lo largo de su trayectoria, Stewart ha hablado abiertamente sobre la presión de la industria, la exposición mediática y las expectativas impuestas sobre las mujeres en el cine. Su debut como directora recoge esas inquietudes y las transforma en lenguaje cinematográfico.

El proceso para llegar a este punto fue largo. “Pasé ocho años tratando de encontrar qué estaba tratando de decir”, reconoce. Durante ese tiempo, el proyecto cambió múltiples veces. “Podría haber adaptado cada página, pero el desafío era encontrar la esencia”.
Esa búsqueda terminó convirtiendo la película en algo profundamente personal. “Se siente como algo que se podría haber quedado en un diario para siempre, pero ahora todos lo están leyendo”, admite. Y lejos de incomodarla, esa exposición es parte del sentido del proyecto. “No tengo miedo. La película existe de forma honesta, puede tener su propia relación con el mundo”.
Al final, La cronología del agua no es solo el debut como directora de Kristen Stewart. Es también el resultado de una trayectoria que siempre apuntó hacia este lugar, incluso cuando no era evidente.
De esa manera, Kristen Stewart dirige una película que no busca ordenar la experiencia, sino exponerla en toda su complejidad. Y en ese gesto, ella no solamente dirige por primera vez. También termina de definir quién es dentro del cine al convertirse en una voz que ya no necesita permiso para existir.


