Revista Diners
Getting your Trinity Audio player ready... |
La cerámica vive una paradoja. Por un lado, un número creciente de ciudadanos se enamoran de ella según descubren las virtudes de la arcilla para el espíritu: en plena distopía digital, basta con hundir las manos en el barro frío y húmedo para encontrar un refugio; un regreso a algo primigenio que extrañamos. Y como el camino de una pieza hacia su término es lento —lleno de variables incontrolables, sujeto a accidentes—, al ceramista no le queda de otra que disfrutar del proceso casi más que de las obras resultantes.
Pero por el otro, ese magnetismo no alcanza aún en Colombia para que la cerámica conquiste los espacios más visibles del circuito del arte. Quizá persista el estigma de que el trabajo con arcilla está atado a lo artesanal, como si eso —la manualidad orgánica del oficio— lo demeritara en vez de enaltecerlo.
Aquí es donde entra Dalita Navarro al panorama. Tras más de 40 años de carrera creativa, la artista, nacida en Maracaibo (Venezuela) y fallecida el pasado 18 de junio a sus 81 años, contribuyó a posicionar a la cerámica como un soporte digno de la crítica y del mercado intelectual del arte plástico colombiano.
(Siga leyendo: David Hockney, un artista que deambula entre la luz y los colores)

“Dalita le dio un estatus alto a la cerámica: elevó su consideración como arte y la puso en un contexto en el que antes muy pocos lo hacían”, le dijo a Diners el crítico de arte Eduardo Serrano. “Cuando Dalita llegó a Colombia, algunas ceramistas colombianas habían hecho obras de arte, pero no exponían con frecuencia”. Y añadió: “Ella nos hizo pensar y diferenciar la cerámica artesanal de la artística. La artesanal es funcional y se repite; la artística produce piezas únicas y encierra reflexiones que no solo son sobre la cerámica y el arte, sino también sobre el mundo en el que vive el artista”, explicó.
El resultado de cuatro décadas de carrera
Navarro conquistó galerías de primer nivel en el mercado colombiano como la Galería El Museo y Galería Sextante. Además, expuso en el Museo Nacional de Cerámica de Valencia, España, en 2011; al Museo de Arte de la SHCP en México llevó, en 2012, Dualidad, una muestra que dialogaba con la cosmovisión prehispánica, y llegó a Lisboa en 2019 con Viaje al corazón de la arcilla. Ya en 1985 había expuesto en el que hoy se conoce como Art Museum of the Americas, en Washington, Estados Unidos, y antes, en 1983, había sido premiada en el Museo de la Cerámica de Faenza, en Italia.
Quizá es por esa experiencia extensa que la serie de esculturas “cardiacas” de la muestra Viaje al corazón de la arcilla denota dos éxitos típicos en la madurez de un artista: por una parte, un dominio técnico tal que las piezas parecen livianas, hechas sin demasiado esfuerzo, cuando en realidad el trabajo con arcilla implica un nivel alto de dificultad: es un material “con memoria”, decía ella, y con cuya humedad, viscosidad, estructura y peso negocia el artista. En el horno, a más de 1000 C°, la arcilla y los esmaltes o engobes que la recubren reaccionan de maneras extraordinarias.

Y en lo conceptual, la muestra también indicaba madurez por lo sencilla: narraba un tránsito desde el cuenco —forma primigenia que ‘contiene’— hacia el corazón humano, donde se guardan las emociones
La Escuela Taller en Barichara, la otra joya de la corona de Dalita Navarro
Navarro sobrevivió siete años y medio a Belisario Betancur, el gran amor de su adultez. Con el expresidente —el “pre”, lo llamaba— se casó en el año 2000, teniendo ella 55 y él 77 años. Hasta que él murió en 2018, la pareja fue admirada como ejemplo de afectividad en la adultez mayor. Y Betancur, quien había ocupado la Casa de Nariño durante algunos de los días más difíciles que recuerde Colombia —cuando la toma y retoma del Palacio de Justicia, días antes de la tragedia de Armero—, encontró en Dalita una suerte de par: ella timoneaba cualquier barco.

Navarro llegó a Colombia a mediados de los años noventa, no como artista en principio sino como agregada cultural de la Embajada de Venezuela. Venía de ser gestora también en Caracas: después de estudiar en la Escuela de Artes Cristóbal Rojas y de haberse entrenado con la ceramista puertorriqueña Esther Alzaibar, dirigió la Galería Terracota y el Museo Jacobo Borges en la capital venezolana.
“Dalita era una mujer con una fortaleza y una energía fantástica”, le dijo a Diners Luis Fernando Pradilla, de la Galería El Museo, tras recordar las dos muestras que hizo con la artista, a quien también expuso en su galería de Madrid. Pradilla hizo hincapié en que Venezuela cuenta, desde hace décadas, con una escena artística consolidada en torno al trabajo con arcilla. Luego, recalcó el otro gran legado de Dalita: “El papel que tuvo ella en el desarrollo del taller de Barichara. Con el apoyo de Belisario, rescató el lugar desde todo punto de vista: no solamente como ciudad turística, sino como centro cultural y gastronómico”.

En una entrevista radial con la periodista Margarita Vidal, Navarro narró cómo descubrió a Barichara: conducía de Bogotá a la frontera con Venezuela para devolver un carro mal matriculado. Años después, de la mano de Betancur y con apoyo de la Comunidad de Madrid, habilitó una vieja casona del pueblo y estableció allí la Fundación Escuela Taller de Barichara, donde más de 1.800 jóvenes se han formado en oficios tradicionales como alfarería, talla en piedra, tejeduría guane, encuadernación, cocina tradicional y música santandereana.
“Nunca se debe dejar perder la tradición: pueblo que no conserva sus tradiciones es pueblo que no sabe comer”, sostuvo Dalita en la entrevista con Vidal, una charla en la que también se refirió a su siempre crítica mirada al chavismo: “Dicen que los países nunca raspan la olla, pero creo que Venezuela se raspó tanto que ya tiene huecos”.

La Escuela de Barichara le valió a Dalita el reconocimiento internacional Women Together en 2016. Allí, en ese segundo hogar terracota, Dalita y Belisario transitaron el amor de la mano de un amigo cercano y también residente en el pueblo: el artista David Manzur, quien con 96 años aún allí trabaja.
“Se nos fue Dalita”, le dijo a Diners Manzur, quizá el pintor vivo más importante del país. “Compartí con ella verdaderos momentos de arte. Nos trajo una vida de cultura. En nuestros diálogos siempre salía con ideas magníficas. La recuerdo con mucha admiración y cariño”.
*Editor y periodista cultural
(Para saber más: Marjane Satrapi: su arte sostuvo lo que el corazón ya no pudo cargar)


