Revista Diners
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La mayoría de las películas tiene como marco de referencia una historia centrada en uno o varios personajes. Sin embargo, en el caso de Wild Horse Nine, parece haberlo encontrado en un lugar. La cinta nació de una obsesión del escritor y director londinense Martin McDonagh con una isla situada a miles de kilómetros de Chile. Y esa obsesión se terminó convirtiendo en una historia sobre el poder, la amistad, la responsabilidad y las heridas que permanecen mucho después de que los acontecimientos hayan terminado.
McDonagh llegó a Rapa Nui —también conocida como isla de Pascua— hace unos quince años, sin saber exactamente qué quería contar. Le interesaban los paisajes, las famosas estatuas antropomorfas moáis y la sensación de aislamiento. También le llamaban la atención los lugares como personajes. Durante años, probó distintas versiones de una historia protagonizada por dos hombres; al comienzo, lo enfocó en un padre y un hijo; después, hizo otras combinaciones y nada terminaba de encajar, hasta que apareció la propia historia de Chile.

El director londinense llevaba décadas interesado en la intervención de la CIA en el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende en 1973. Cuando decidió convertir a sus protagonistas en dos agentes estadounidenses, la película encontró finalmente su forma. Lo que había empezado como una posible comedia sobre dos hombres atrapados en una relación casi matrimonial, comenzó a adquirir otra densidad: culpa, memoria, violencia política y arrepentimiento.
“Todo encajó cuando me di cuenta de que eran dos tipos de la CIA”, explicó McDonagh en su encuentro con Diners. El resultado es Wild Horse Nine, un filme que parece caminar deliberadamente sobre varias fronteras. “Tiene mucho tinte de comedia oscura, pero también un drama político y ese es el punto exacto que hizo que la historia pudiera cuajar en la forma que buscaba”, comenta el director. “Bajo ese humor negro, hay acontecimientos históricos traumáticos”. Y visualmente se acerca al western, aunque sus pistoleros no cabalgan por el Valle del Monumento sino por una de las islas más remotas del planeta.
Sam Rockwell, que encarna a uno de los agentes encubiertos en Chile (al otro lo interpreta John Malkovich), pone esta historia con una referencia cinematográfica sobre la mesa al compararla con La traición de Mikey, la película de Elaine May. “Tiene muchos elementos de esta cinta, al igual que con Mi vida es mi vida y Fuga a la medianoche, sin obviar Escondidos en Brujas, la cual, para muchos, es una comparación inevitable viniendo del mismo creador”.
Rockwell incluso describe su relación con el personaje de Malkovich como una especie de variación de la que tuvieron Brendan Gleeson y Colin Farrell en aquella película. “Cuando leí el guion, fue el referente más fuerte que sentí, aun cuando son historias completamente diferentes”, señala.
Hay una razón. McDonagh lleva años escribiendo personajes que se necesitan incluso cuando parecen incapaces de soportarse. “En Wild Horse Nine, esa relación tiene algo de amistad, matrimonio, vínculo profesional y paternidad”, alega Rockwell, quien además dice que en las historias de McDonagh suele existir un “confesor”, alguien que termina diciendo las verdades que los demás intentan esquivar.
Y, en este caso, John Malkovich parece haber nacido para escuchar esas verdades. El escritor y cineasta londinense reconoce que suele escribir pensando en Rockwell. Con Malkovich fue diferente. “Yo había querido trabajar con él durante años y finalmente nos conocimos por Zoom, aproximadamente seis meses antes del rodaje”, explica. El director admite que le intimidaba la imagen que tenía del actor a partir de los personajes que había interpretado. “Pero descubrí a otra persona, ya que John es una de las almas más amables, inteligentes y consideradas que conozco”, manifiesta.
Para Malkovich, aceptar el rol fue sencillo. Había leído antes otros guiones de McDonagh que no pudo aceptar por compromisos profesionales. “Pero esta vez no hubo nada que se interpusiera. Y encontré en la historia algo particularmente atractivo en dos hombres tan seguros de sí mismos que son capaces de anunciar que trabajan para la CIA y que habían llegado a Chile para desestabilizar una democracia. Eso es tener los pantalones bien puestos”, dice Malkovich en tono de broma.

Sin embargo, el actor también encontró algo más oscuro. “El personaje carga con la conciencia de lo que ha hecho”. Malkovich lo entendió como una oportunidad para abordar, desde el humor, dos acontecimientos traumáticos que toca el filme: el asesinato de John F. Kennedy y el golpe de Estado contra el presidente chileno Salvador Allende en 1973. Según él, “la película intenta hacerlo con gracia e inteligencia y, sobre todo con cierta humanidad hacia sus personajes, que, al fin y al cabo, no dejan de ser humanos”.
Ahí está una de las apuestas más interesantes de Wild Horse Nine: no convertir a sus protagonistas en simples villanos. McDonagh explica que el pasado de la CIA en Chile fue apenas el comienzo. “La película toca también Guatemala, el Congo y bahía de Cochinos, y hace un pequeño recuento de algunas de las partes en el planeta donde la CIA ha metido la mano”. Su interés no era construir una lección de historia, sino cuestionar algo que lleva años rondando su obra: la autoridad y aquello que aceptamos como verdad oficial. “Siempre estoy cuestionando las cosas”, dijo.
Para Mariana di Girolamo, una de las protagonistas de la película, esa historia no pertenece exclusivamente a los libros. Nacida en Chile en 1990, creció en una democracia, pero dentro de una familia para la que el golpe y la dictadura seguían formando parte de la memoria reciente. “Mis padres habían sido estudiantes en aquella época y Mónica, mi personaje, también es una estudiante de izquierda, joven, idealista y convencida de que puede cambiar el mundo”, expone la artista.

De hecho, su viaje es uno de los contrapuntos emocionales de la película. “Mónica llega inicialmente con optimismo y termina comprendiendo el alcance de aquello que está ocurriendo”, comenta la actriz chilena. “Pero McDonagh evita convertirla en una víctima pasiva. Su relación con uno de los agentes estadounidenses se transforma en una amistad improbable. En lugar de rechazarlo por completo, ella escucha. Y esa conexión termina dándole fuerza para regresar a Santiago y enfrentarse a lo que viene”, explica sobre su personaje.
Para Di Girolamo, interpretar a una chilena en una historia sobre Chile era también una responsabilidad. “Todavía es una herida abierta para mi país”, explicó. McDonagh la había visto años atrás en Ema, de Pablo Larraín. “Cuando la vi, no podía apartar los ojos de ella, y contar con una actriz chilena me parecía fundamental para abordar el material con el cuidado necesario”, manifiesta el director.
La isla, el lugar
Y luego está Rapa Nui, la famosísima isla de Pascua. La producción tuvo que conseguir permisos con aproximadamente un año de anticipación. Graham Broadbent, productor habitual de McDonagh, trabajó con la compañía chilena Fabula para establecer el vínculo con las autoridades y comunidades de la isla. El lugar es patrimonio mundial de la Unesco y sus aproximadamente mil estatuas moáis son monumentos sagrados. De acuerdo con Sam Rockwell, fue una logística bastante compleja: “La producción llevó cámaras, vehículos de época y buena parte del equipo por barco. Cerca de un centenar de habitantes de la isla trabajaron también en el rodaje. Fue majestuoso”, cuenta el actor.

Según McDonagh, en una ocasión, las tormentas retrasaron el barco que transportaba los automóviles de época. “El equipo miraba hacia el horizonte esperando que apareciera. Como no llegaban, tuvimos que comenzar por los interiores del hotel”.
Pero el desafío más importante no era técnico, sino cultural. Broadbent insiste en que el objetivo era no dejar nada atrás y no llevarse nada. “Hubo arqueólogos involucrados y una relación constante con la comunidad y, para Martin McDonagh, lo esencial era que los habitantes de Rapa Nui sintieran que los habían respetado”, sostiene.
De esta manera, la isla terminó aportando algo que el guion no podía fabricar: caballos salvajes.
Cuando McDonagh la visitó por primera vez, uno de sus grandes recuerdos fue precisamente ver esos animales moviéndose libremente por el territorio. “Algunos de los caballos que aparecen en la película son, literalmente, caballos que viven allí. De esa imagen nació también la dimensión western de la película”, comenta el director.
El escritor y cineasta londinense parece disfrutar, además, de haber escrito una película sobre 1973 que, una vez terminada, empezó a parecer una película sobre el presente. Para él, su intención había sido contar honestamente aquella historia de Chile. Pero una vez finalizada la película, la actualidad se comenzó a filtrar en ella. “Lo que se había concebido como una pieza histórica empezó a adquirir resonancias contemporáneas. Es imposible verla sin pensar en lo que está ocurriendo hoy en día”, dijo.

En el pasado Festival de Venecia, donde tuvo su estreno mundial, la película recibió una larga ovación. Después, llenó salas en Telluride y Toronto. Con todo, esas reacciones de festivales son apenas el principio de su recorrido. Lo verdaderamente interesante llegará cuando el público pueda verla y descubra que, debajo de los paisajes remotos, los caballos y las conversaciones entre dos hombres que parecen incapaces de dejar de discutir, hay una pregunta bastante menos cómoda: ¿qué sucede cuando el pasado deja de comportarse como pasado?
Wild Horse Nine quizá no tenga una respuesta definitiva para las preguntas que plantea, pero sí parece tener algo que el cine necesita cada vez más: una historia capaz de permanecer en la memoria de la audiencia. El público podría estar ante una de las mejores películas del año, mientras que la Academia de Hollywood ya comienza a dirigir hacia ella una mirada particularmente atenta.
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