Foto: Archivo personal
noviembre 4, 2026
Arte y Libros

‘Conmigo nadie pudo’: Albalucía Ángel

La escritora colombiana, ganadora del premio León de Greiff al Mérito Literario 2026, recuerda su infancia y cómo subvirtió los cánones de la época para abrirse campo en las letras desde la libertad.
POR:
Enrique Patiño
Revista Diners
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En Colombia, todo suele llegar tarde, entre ellos el reconocimiento merecido y los aplausos a una vida y obra. Lo saben bien los escritores. Y muy bien lo ha entendido una autora de nivel superior como Albalucía Ángel, que entra en la categoría de grande, pero cuya voz disruptiva y creativa, capaz de adelantarse al feminismo y tocar los temas de nuestra violencia o abordar la ciencia ficción, no ha recibido el espaldarazo que bien se ha ganado.

Por eso, hay mucho de justicia en que, a sus 87 años, Albalucía Ángel, quien es justamente una de las voces más singulares de la narrativa colombiana, haya recibido el Premio León de Greiff al Mérito Literario 2026 en la categoría de narrativa. El jurado que la premió elogió su distancia “frente a los cánones dominantes de las letras latinoamericanas y su manera de abordar la memoria, la violencia y los conflictos sociales desde miradas femeninas”. 

Albalucía, nacida en Pereira en 1939, también incursionó en la novela, el cuento, la poesía, el ensayo y el teatro. Estudió Letras e Historia del Arte y escribió, entre otras, las novelas Los girasoles en invierno (1970), Dos veces Alicia (1972), Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), Misiá señora (1982), Las andariegas (1984) y Tierra de nadie (2002). Luego de recibir los premios, y por fin tranquila en casa, habló con Diners sobre su pasado y los azarosos procesos de la escritura.

(Siga leyendo: Irina Petro y su primer libro: «En la literatura creo que, inevitablemente, a uno se le cuelan las cosas que le van pasando»)

‘conmigo nadie pudo’: albalucía ángel
‘Conmigo nadie pudo’: Albalucía Ángel

¿Qué recuerda de la niña que fue en Pereira?

De esa niña que fui en ese pueblo de zona cafetera, en aquel entonces, recuerdo casi todo. Es muy vívida mi infancia. Estudié en un colegio franciscano desde el kínder hasta graduarme de “Técnico de comercio” (así decía el diploma), con una educación muy avanzada para la época. La gran mayoría eran mujeres suizas alemanas a las que María Montessori les consignó de primera mano su método exquisito para que las criaturas de la primera infancia descubriéramos secretos en las letras, los paisajes tropicales y la naturaleza.

¿Cuándo sintió por primera vez que quería escribir?

Las mariposas eran objeto de atención privilegiada. La Madre Nolaska siempre nos preguntaba: «¿Qué vieron?», seguida de “Copito”, un conejito negro que hacía las delicias de todas las niñitas. Pluma en mano, obedecíamos la orden: «¡Escriban lo que vieron, dos páginas al menos…!». 

Describíamos fantasías al recordar el vuelo de sinsontes, turpiales, hormiguitas viajeras, las hojas gigantes de guamos y el ruido de las aguas del río Otún. Probablemente, al pasar de los tiempos, una de esas niñitas se quedó prendada de esa costumbre de mirar y mirar que la Madre Nolaska había convertido en un juego. Años más tarde, el mundo me llamó y me ordenó de manera perentoria: «¡Escribe lo que ves, ahora mismo! Y no te olvides del pasado…». Y así fue. Asistentes en mi camino de andariega reafirmaron ese mandato: «Eres una escritora, con Mayúscula. ¡Tú tienes que escribir!».

¿Cómo arma sus historias? Cada escritor tiene sus métodos, ritmos y propia manera de abordar sus textos…

Mis historias se van armando al ritmo de la vida. Observo intensamente, registro en la memoria imágenes relámpagos, anoto en mi libreta detalles y retacitos perdidos de mi experiencia en el momento que ahora me escoge como tema. Recojo voces y cantos en las calles, siguiendo sin remedio lo que dicta el corazón.

La mente —o sea, “la loca de la casa”, como decía mi gran maestra Teresa de Ávila— no ha sido mi asistente preferida. Tampoco me trasnocha el armazón o la manera en que lo escribo. Dejo correr imágenes y palabras estrambóticas; ajusto la sintaxis a mi manera: si me gusta la dejo, o la quito, o la repongo. Aprecio el ritmo mientras escucho música de clásicos o sonidos de flautas con cantos de ballenas (Terry Oldfield). Jamás me dejo seducir por las sirenas del momento.

Nunca he asistido a un taller de lo que ahora llaman “creación literaria”. Por ende, mi creación es suelta. Quienes la han estudiado en otros sitios del planeta la consideran “postmoderna”, un término que implica salirse de los cánones que nos marcaron escritores de siglos anteriores. Y, sobre todo, respeto enormemente a mis lector@s; l@s considero inteligentes, curios@s y sumid@s en el tema que l@s llamó a leer mis libros.

(Para saber más: Doris Salcedo y los grabados de Goya en Bogotá: “El ser que recurre a la violencia se embrutece”)

‘conmigo nadie pudo’: albalucía ángel
‘Conmigo nadie pudo’: Albalucía Ángel

Su escritura rompió con formas habituales de narrar. ¿Qué ha motivado a esa rebelde interior que la habita?

Los motivos de “esa rebeldía interior” no han sido otros que el deseo de ser yo misma. En mi época, eso implicaba —como “fémina traidora” al decir de los patriarcas— soltar amarras, volar hacia otros lares menos concurridos por machos alevosos, dictámenes de credos o leyes medievales, y así lograr mi propio ritmo y mi propia voz, sin la aquiescencia sempiterna de quienes poseían el látigo y las llaves.

La rebeldía la cimentó el principio sagrado que le ha sido arrebatado a las mujeres por siglos y que en este país nos obligaba a ser solo “la cabeza del hombre”, como dictaminaba el apóstol San Pablo en épocas de circos y gladiadores. Y Nietzsche proclamaba en otros lares: “cuando vayas con una mujer, no te olvides del látigo”. ¡Amén!, decía el vulgo en coro alborozado.

Pues conmigo no se pudo. Nadie pudo. Hasta la fecha, ese carril no ha sido el escogido; el santo y seña es otro y me pertenece a mí nomás.

Ha vivido y escrito lejos de Colombia. ¿Cómo cambió su mirada sobre el país desde la distancia?

La mirada hacia mi país desde la distancia —luego de casi sesenta años de ausencias prolongadas e intervalos muy cortos de visita, un “autoexilio” como lo han calificado profesoras de literatura en Estados Unidos— ha sido siempre de una profunda compasión, mezclada con solaz por lo que ahora observo en vivo y en directo.

La resistencia anímica del pueblo colombiano genera un pálpito de esperanza profundo. La lucha de las mujeres por los derechos humanos ha sido fragmentada, pero jamás serán vencidas. Los pueblos aborígenes y las razas afrocolombianas comienzan a encargarse con más fuerza de sus propios destinos. No hay quien no entienda que la miseria o el destino de emigrante exigen resistir con dignidad la desmedida ambición de quienes manejan las riendas de modo mezquino.

Sin embargo, me atenazó y me sigue atenazando un descuido fundamental: la educación de la primera infancia. 

Por eso me vi obligada por mi propia consciencia a escribir La Cartilla del Panda (2010), un manual que considero deben leer abuel@s, progenitores y educadores. Las criaturas que han llegado a este planeta desde el año 2002 son seres fuera de lo común, “maestros en ciernes”, con un ADN mucho mayor por la Ley del tiempo en que vivimos. 

Acuario nos rige y exige no demorarnos en restañar la herida profunda infligida a nuestra Madre Gaia. Gobiernos con voluntad de acero son urgentes para remediar el daño a esta nueva creación (Nota: “La Cartilla del Panda” se descarga gratis en internet).

¿Qué obstáculos desconocidos para la mayoría de los lectores enfrentó como mujer escritora? ¿Cuáles de ellos persisten?

Mi vida de escritora ha sido, sin tapujos, una carrera hacia la vida, colmada de delicia inmarcesible y gran agradecimiento por lo logrado hasta el presente. Sin dejar nunca en el olvido la deliciez que causa mirar esos campos minados, batallitas de tres maravedíes o las sentencias destempladas de quienes disparaban a mansalva diciendo: «¡usted anda fuera de tiesto, mujercita!» y adiós, paloma. Mejor buscar asilo en un loquero, según ellos.

¿Persisten? A lo mejor, tal vez, quién sabe… Como decía la gran Violeta Parra: «Gracias a la vida…». Lo demás son gajes del oficio.

¿Por qué seguir escribiendo en estos tiempos de vuelta al oscurantismo?

Seguir escribiendo en estos tiempos del “oscurantismo” no es otra cosa que una “Tarea de Consciencia”, así de claro, con mayúsculas. La Historia nos reclama que no perdamos la Memoria. Ni nos dejemos achantar por los rugidos de tigres ni jaguares ni mucho menos de perros callejeros.

Si aquella Luz perenne que encendió el Renacimiento luego de que la humanidad atravesara un túnel tenebroso y dejara la marca de la Bestia en el “Camino de la Vida” (como decía Dante) nos ilumina, me pregunto por cuál de todos los motivos existentes habríamos de devolvernos, tirar la toalla o los guayos ¡y ya!, como si fuera obligatorio tirar las armaduras de Luz y de Humildad con que llegaron l@s que esperamos desde el siempre, y dejar que nos trague esa Señora de las Tinieblas o, como dirían los campesinos de esta patria de miseria, “esa verraca Madremonte”.

¡Ah no…! ¡Eso no tiene veinte riesgos, mis amigos!

Una última cosa: ¡YO SOY PAZ! ¡SOMOS PAZ!

(Siga leyendo: ‘Seguimos en el Paleolítico, solo cambiamos la tecnología’: Ariel Peckel y los retos del humanismo secular)

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