Revista Diners
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Con 200 páginas, el primer libro de poesía de Irina Petro, Anoche soñé que mi cuerpo era un caudal, convierte la experiencia de vivir con fibromialgia y otras enfermedades de difícil diagnóstico en una búsqueda de lenguaje para nombrar aquello que muchas veces permanece invisible. Nacida en Montería y criada entre distintos territorios del Caribe colombiano, la periodista cultural y comunicadora social entrelaza el dolor físico con la memoria familiar, la ancestralidad y los paisajes que han marcado su vida, en una obra que transita entre el verso y la prosa sin separar el cuerpo del territorio.
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La escritura de Petro también propone otra manera de acercarse al Caribe colombiano, lejos de las imágenes que suelen convertirlo en un lugar excepcional o ajeno. En su poesía, los paisajes, los sonidos, las personas y los recuerdos aparecen desde la experiencia de quien los habita, sin explicaciones añadidas para orientar la mirada del lector. Esa búsqueda se refleja incluso en la forma del libro: la ausencia de mayúsculas y de puntos finales en los versos responde a su interés por trasladar a la página el ritmo de la tradición oral y mantener una narración que fluye entre el poema y la prosa.
En entrevista con Diners, la autora habló sobre estas decisiones formales y sobre la escritura como una manera de nombrar el dolor, volver a los lugares de origen y encontrar otras formas de habitar el cuerpo.
En las páginas de Anoche soñé que mi cuerpo era un caudal el dolor atraviesa los fragmentos escritos de manera integral con las exposición de la fibromialgia. ¿De qué forma pensó en plasmar dichos relatos íntimos en su primera obra?
Esa fue una decisión que tocó pensar antes de… Este libro surge principalmente de la recolección de un montón de escritos de muchísimos años, desde que yo tenía, más o menos, 10 años. Desde luego, no fueron poemas que cuando surgieron en su momento los escribí pensando en que alguien más lo fuera a leer o a comentar; eran casi que una conversación conmigo misma.
Pasé de eso, de un asunto muy íntimo, muy privado a hacer conciencia: listo. Esto es algo que la gente va a ver y va a asumir una postura frente a ello.
Ahora: habrá quien le guste y a quien no, pero más allá de eso, de gustar o no, era sentir; pasar de lo que decidía contar a través de mis redes y demás, a que la gente conociera una parte de mi vida que ni siquiera todos mis amigos conocían.
La enfermedad pa’ mí siempre ha sido algo que —a pesar de que durante muchos años acabó siendo muy pública, como en el colegio— en la universidad lo mantuve en privado. Siempre intentaba encontrar otras excusas u otras manera de explicar lo que pasaba porque tenía el sentimiento de dar demasiadas vueltas para llegar al punto. No me quería poner en esa posición de explicarla a la gente, una cosa, la otra.

Cosa que cambia también con la manera en la que empiezo a encontrar respuestas en la literatura pa’ nombrar ese dolor y pa’ nombrar esa enfermedad. Cuando tengo esa información y tengo la manera en la que comprendo mi cuerpo y me comprendo a mí misma: en esa situación, ya me siento cómoda poniéndolo puertas para fuera.
Nunca deja de ser, yo creo, un reto que la gente lo observe a uno y sentirse expuesto, casi que desnudo, en lo que para mí ha sido como lo más privado que he tenido a lo largo de mi vida; pero, también, una cosa que me pasó escribiendo el libro —y que finalmente fue lo que me convenció de compartirlo y de hacer estos poemas públicos— es, primero, que las enfermedades en las mujeres toman muchos años en ser diagnosticadas por un machismo estructural que hay en la ciencia médica; segundo, esta es una enfermedad que genera mucha soledad, porque es muy difícil llevarla socialmente…
Uno tiene que ponerse en unas situaciones bien incómodas para que la gente pueda entender por lo que estás pasando y sentía que eso no tenía por qué ser así; o sea, sentía que había que hablar más de de la enfermedad en general —de la fibromialgia, en específico— pero había que compartir más nuestros dolores, angustias y miedos porque el tejido social y los vínculos se construyen desde ahí, desde esa red que uno monta solamente en la colectividad, solamente cuando pone como la palabra y el sentimiento afuera.
Entonces, sentía que si de algo podía servir mi poesía, que yo siento que la literatura siempre debe servir para algo y se hace literatura cuando se comparte, tenía que ser en eso: en en el acompañamiento colectivo y en tejer esa red de afecto donde todas nos pudiéramos sostener.
El libro explora la foraneidad desde los caudales y el río, así como el sentimiento de pertenencia profundo y una sanación propia con el elemento. ¿Cuál es el papel que toma el agua en el hilo de los escritos?
Creo que empecé a sentirme más costeña una vez me fui de mi casa.
Una vez me voy, empiezo a intentar nombrar, relatar y escribir ese lugar del que ya me fui a detalle, a la minucia, para no olvidarme de todo: de cómo se veía, de a qué olía, de cómo se sentía o escuchaba. El agua empieza a parecer como una imagen muy recurrente porque en todos los lugares en donde hay un cuerpo de agua son escenarios en los que mi memoria ha tenido recuerdos felices como en el mar o en el río.
Vivo muy cerca de río. Como a dos cuadras de mi casa pasa por detrás un brazo de río. Igual, el río atravesaba todo Montería y, en sus mejores tiempos, el caño El Bugre, de Cereté, tenía caudal. Aunque la propia sabana no tenga mar, este me quedaba muy cerca; ahí pasaba una parte de las vacaciones. Si me iba pa’ la casa de mi mamá, ahí había un arroyo.

El agua era una imagen presente en mis recuerdos, una imagen feliz. Cuando me empiezo a enfermar en Medellín — ya sola— intentaba recordar cosas que me hicieran aferrarme a la vida.
Intentaba buscar imágenes en el recuerdo de cualquier lugar en donde me haría feliz estar en ese momento, porque en donde estaba no lo estaba siendo; estaba pasando por un un momento muy difícil y solo podía pensar en mi casa bañándome en el arroyo con mis primos, yendo al mar con mis papás, con los perritos y con mi hermana; también imaginaba mucho como si este no fuera mi cuerpo, en cómo se sentiría un cuerpo que sí me gustara habitar, que sí se sintiera tranquilo habitar.
La única imagen que se me venía era como la liviandad que uno siente flotando; o sea, lo liviano que uno se siente y que se siente el cuerpo cuando puede flotar en el mar o en el río. Igual, pensaba muy poéticamente; pero me venía esa imagen de ojalá mi cuerpo fuera tan liviano y tan fluido como lo puede ser un caudal de río o como puede ir y venir una ola de mar.
Entonces, me aferré mucho a esa imagen y la escribí mucho, la pensé y la soñé en esos tres meses de la primera crisis de la fibromialgia. Fue una imagen que me salvó porque era lo que a lo que me agarraba para decir «la vida vale la pena».
La prosa en toda la obra adquiere mayor personalidad al retratar la oralidad en su forma más pura al trasladar la fonética propia de Mateo Gómez y los territorios que habitó al papel. ¿Por qué hacerlo de esa manera?
La tradición oral para la gente del Caribe es una vaina muy importante.
Nosotros aprendemos, o al menos en mi caso lo siento así y sé que es una experiencia colectiva, sobre nuestros territorios e identidad cultural primero por la voz y por todo lo que trae consigo: la voz, la música, las narraciones y los cuentos, antes que por la escritura.
Desde pequeña he sido muy obsesiva con que la tradición oral nos forja nuestra identidad cultural en el Caribe. Al mismo tiempo, he sido muy desconfiada de las maneras en las que la hemos preservado. Si bien se ha hecho música y se sigue haciendo música increíble del Caribe, las producciones cinematográficas, por ejemplo, son pocas.
De una u otra manera son producciones que tienen también una vigencia que luego es difícil de que se sigan divulgando y manteniendo en las pantallas. La tradición oral no debería excluírsele del formato escrito; por el contrario, hay que hacer un esfuerzo por buscar todas las formas posibles de que la tradición oral caribeña sea transmitida, compartida, pero además asegurada en el papel.
No soy la primera persona que piensa ni que hace esto. Candelario Obeso ya lo hizo en su época, también escribió poemas por la manera en cómo él hablaba y cómo hablaba la gente negra de su territorio. Su trabajo a mí siempre me ha parecido absolutamente increíble. Cuando lo conocí en la universidad me cambió la química cerebral, como dicen por ahí, porque realmente pensar en que alguien más pueda y se dé la oportunidad de conocer la escritura, conocer la tradición oral de un territorio a través de la escritura, me parece fascinante.
Por otro lado, la mayoría de estos poemas se escriben ya en la foraneidad, ya en un territorio principal totalmente blanco-mestizo, donde yo vivía en un entorno donde los profesores me pedían constantemente que neutralizara el acento, que hablara más lento, que no golpeará tanto. En una experiencia de foránea para arraigarme y agarrarme fuerte a mi identidad y a lo que me forjaba a mí como persona, pero sobre todo también a la profesional que quería ser y que quería representar para mi territorio.
Esos poemas se escriben en ese contexto donde para mí era muy importante que la gente que me rodeara pudiese conocer mi casa de la manera más transparente posible. Más allá de los detalles que les pudiese describir sobre el espacio y demás, no podían conocer mi casa si no sabían cómo se escuchaba la gente con la que yo había crecido.

Siento que cuando los poemas llegan al libro, me hacía falta a mí ese eslabón para que la gente que leyera el libro lo sintiera tan cercano como yo quería y quiero que se sienta. Recordé a Candelario en ese momento y dije: «el eslabón que me hace falta es el acento». Para que la gente pueda sentir como si yo les estuviera hablando y vivir este poema como si estuvieran en el lugar en donde este fragmento está ubicado; necesito que lo lean como a una persona del territorio lo leería.
Claramente, no todos los cordobeses hablan como yo hablo, ni todos los bolivarenses hablan como yo hablo. Nosotras, mi hermana y yo, nos criamos entre entre Córdoba, principalmente, que fue nuestro lugar en donde vivimos, pero también pasábamos mucho tiempo en Bolívar con la familia de mi mamá.
Creo que ahí hubo una mezcla de acentos que es rara, como que uno escucha a otros cordobeses y no golpean tanto, pero, de repente, escuchas a unos bolivarenses y golpean más. Por eso no digo «esto es el costeño de Córdoba ni costeño de Bolívar», sino este es mi acento y es como yo lo leería y tú, lector, que te acercas a este poema quiero que sientas que te lo estoy leyendo yo como si estuviera ahí contigo.
Entonces, ¿por qué colocar, justo al lado de cada escrito, una especie de traducción frente a la versión costeña?
Eso fue una cosa que no iba a pasar al principio.
Al principio, íbamos a dejar solamente la versión costeña, pero parte de este ejercicio medio sensorial que creíamos se completaba con la comprensión.
Si bien la persona podía hacer el ejercicio de leer en voz alta, sentíamos que, probablemente, iba a haber un bache ahí entre entre lo que se decía y la palabra si la persona no era costeña. No queríamos tampoco que se perdiera el sentido de los poemas.
Sentíamos que la manera de fidelizar por completo el sentido del poema, además de la experiencia, era asegurarle a la persona lo que estaba leyendo y que incluso pudiese hacer el ejercicio comparativo de: yo lo leo así y así lo leería Irina o lo leería una persona que creció en un contexto similar a ella.
Primer libro y es publicado bajo el sello Seix Barral. ¿Cómo siente el hecho?
Duro. No voy a echar embuste; la verdad, es una presión. Pero es una presión que yo me he puesto.
Aunque estuve muy reticente al principio con que saliera en este sello —precisamente por la reputación que tiene, por la magnitud y el tipo de poesía que se publica allí—, mi editora, que es una persona a la que le agradezco que confíe tanto en mí, me convenció de que valía la pena de que todo estuviera allí: el texto que era, con lo que representaba, con lo que habíamos construido juntas; que estuviera allí. Yo había apostado por otro sello en un principio, pero ella creía y tenía la convicción de que este era un texto al que había que dejar brillar por sí solo. No interrumpirlo con muchos otros elementos como fotografía, ilustraciones y demás. De hecho, el libro tiene un par de ilustraciones, pero son de unas muy alineadas y sobrias a lo que el texto representa.
Mi editora, que lleva muchos años más en el ejercicio que yo, me hizo confiar en su criterio y me dejé llevar. Acepté que lo publicáramos en Seix Barral. Ha sido bonito. La gente también lo ha aceptado con una apertura chévere.
Desde la voz de Irina Petro, y con una primera novela, ¿cuál es la expectativa con los lectores cuando estos enfrenten tantos sentimiento en tan diferentes poemas?
Traigo el hábito de la escritura desde muy pequeña. En la literatura creo que, inevitablemente, a uno se le cuelan las cosas que le van pasando. Si a mí me va atravesando el dolor, el dolor va apareciendo en mis poemas; si voy atravesando un duelo, va apareciendo allí; si existe una alegría, va apareciendo allí. Así pasó.
Cuando yo leo los cuadernos con el objetivo de construir este manuscrito que le comparto a mi editora, no me doy cuenta tampoco de eso. De hecho, los reúno y le digo a ella: «creo que por ahí puede haber un asunto con la migración y con la casa». Un tiempito después me lo devuelve y dice: «este libro ya está hecho, llevas muchos años construyéndolo y escribiéndolo, pero además es un libro sobre el dolor y es un dolor que aparece en muchos lugares».
En él aparecen muchas experiencias diferentes que pueden parecer distanciadas entre sí, pero que en realidad responden a un mismo sentimiento y a una misma vivencia mental y física, pero finalmente es dolor; dolor de enfermedad que aparecía cuando estaba pequeña, dolor mental, dolor por el racismo, dolor por la foraneidad, por toda la experiencia violenta, xenofóbica y racista que vives en en ese momento, por la soledad.
Creo que no tengo expectativa alguna sobre la lectura. Entre más diversa sea la experiencia de lectura de un libro más chévere y mejor se habla de ese libro.
O sea, entre más diversa sea la opinión, entre más diferenciada sea, significa que cumplí mi cometido porque abarco muchas experiencias que no espero bajo ninguna circunstancia que la gente se acerque a vivirlas como yo las viví, sino que se aproxime a ellas desde su propia experiencia y que encuentre conexiones, que le despierte pensamientos, que le despierte sensaciones. Finalmente, así leemos todos.
Todos leemos con el cuerpo y con la vida de por medio, no podemos separar lo que somos y lo que nos atraviesa de cada libro al que nos acercamos y por eso hay gente que un libro le puede parecer la última maravilla del mundo y otro que dice: «yo no le encontré nada de especial».
Espero que la gente lo lea así realmente, que ponga cuerpo, mente y corazón a esa lectura.
Ojalá que lo lean en voz alta porque siento que en ese ejercicio de compartirlo con alguien más o compartirlo con uno mismo, pero en voz alta.
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