Revista Diners
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Amarga Navidad es uno de los 12 relatos que conforman El último sueño. Un libro de textos inéditos escritos por Almodóvar y publicado en 2023. Muchos de estos textos son borradores de guion, otros relatos fantásticos y unos cuantos más, entradas de diario. O por lo menos así se leen.
En todos los casos, el libro demuestra que la pluma extraordinaria de Almodóvar no es solo para el cine. Paradójicamente, uno de estos relatos terminó llegando justo allí. Es el capítulo ocho y se titula «Amarga Navidad».
Esta reseña no irá de señalar las diferencias entre texto y película. Esa discusión al único lugar que lleva es a ningún lugar. Lo que sí hará es hablar de la muerte. ¿Por qué? Porque es de lo único que Almodóvar ha hablado en los últimos años.
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La obsesión por el legado
Amarga Navidad es un testamento creativo de Almodóvar. El director sabe que sus años en este mundo se están restando y está haciendo todo lo que una persona hace antes de morir: dejar las cosas en orden.
En el caso de Pedro no es una cosa. Es su narrativa. Son incontables las veces que los medios y la industria han intentado escudriñar en su cabeza. Cómo piensa, cómo escribe, cómo rueda. Sin embargo, lo que hace en esta película es algo nunca antes dicho o visto: la documentación de su proceso creativo.
Aun con la etiqueta de la ficción, ver Amarga Navidad es abrir la puerta al cuarto del escritor de Pedro Almodóvar. El tercer acto de la película, esa secuencia entre Aitana Sánchez-Gijón y Leonardo Sbaraglia (quienes interpretan a asistente y cineasta, respectivamente), es una descarga de datos en la que se resuelve el gran interrogante del “¿Cómo?”.
Cosas que suceden a puerta cerrada quedan expuestas aquí. Un guion en conflicto, una primera lectora insatisfecha, un nudo resuelto, la exaltación de un autor cuando alcanza el momento de iluminación, lanzas directas a Netflix. Momentos que, de nuevo, aun bajo el manto de la ficción, se sienten como lo más verdadero. Y Almodóvar se encargó de que fuera así.
La secuencia tuvo un tratamiento particular. Se ensayó por dos meses y no se dejó nada a la merced de la vulnerabilidad del rodaje. Además, fue el movilizador principal para saltar del texto al largometraje. “Fue la parte del guion que más me excitó”, dijo el director en entrevista con El Diario de España.
«Harto de mí mismo»
Ahora, ¿por qué un director haría eso? ¿Por qué inmortalizarse a sí mismo y su proceso en una película? Almodóvar está escribiendo su legado y no quiere que nadie más lo haga por él. La primera muestra de esto fue Dolor y gloria en 2019, la segunda, El último sueño, y ahora, Amarga Navidad.
Durante la rueda de prensa de la película, que hizo parte de la competencia oficial en el 79.° Festival de Cannes —que acaba de finalizar—, el director afirmó estar cansado de hablar de sí mismo. Pero muy a pesar de sus deseos, es lo que mejor le sale.
Él lo reconoce: “Mi experiencia es el elemento que yo conozco mejor. No tengo que documentarme. Está dentro de mí”, afirmó en la misma entrevista con El Diario de España. Sin embargo, aunque el tema sea el mismo, el tono ha cambiado.

Almodóvar ha construido una obra que convoca una legión de fans seducidos por su representación multidimensional de lo femenino, sentido del humor y estética. En Amarga Navidad está todo esto. También está la música de Chavela Vargas, el repentismo de sus diálogos, la fascinación por el cuerpo y amores no correspondidos.
Lo que no hay es risa fácil ni jugos de tomate o un “Qué heavy eres, Juana”. Lo que sí hay es reflexión, nostalgia y ganas de contar una historia en sus propios términos. No es que no lo haya hecho en las películas de los 80 y 90. La diferencia radica en que en esas décadas las historias eran las de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. Ahora, es su historia.
Un libro abierto

Amarga Navidad es una película que resulta excitante para seguidores de la filmografía de Almodóvar. Es un largo que se puede disfrutar desde la novedad de ir al cine a ver la nueva obra del director que admiras. También puede ser la cita con el artista de cualquiera que esté leyendo el libro de Julia Cameron o, para los más detallistas, una clase de escritura de guion. Pero si se ve con la pretensión de replicar el placer de las películas de antaño, no lo va a encontrar.
Lo que sí va a encontrar es un casting impecable. Arte, vestuario y escenografía que no decepcionan. Chicas Almodóvar que siguen viéndose divinas aun en sus peores momentos y una filigrana de historias llenas de pistas que no están puestas para seguir, sino para observar.
Fiel a su origen, la película es un libro abierto que el director dejó en su habitación sin llave para que el espectador entre y lo lea. No es el fin. A sus 76 años, Almodóvar sigue activo y no ha hecho el más mínimo amague por retirarse. Sin embargo, le preocupa la muerte y eso lo ha dejado más que claro.
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