Revista Diners
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En 1926, cuando la poesía colombiana todavía se movía entre las formas heredadas del modernismo y la rigidez de las estructuras tradicionales, un joven nacido en Calarcá publicó un libro que parecía venir de otro tiempo. Se titulaba Suenan timbres y su autor, Luis Vidales, tenía una manera distinta de mirar el mundo: encontraba poesía en los objetos cotidianos, escuchaba los sonidos de la ciudad y se permitía jugar con el humor, la ironía y las palabras. Cien años después, aquel poemario conserva una extraña capacidad de anticipación. No solo rompió con las convenciones literarias de su época, sino que abrió un camino que todavía merece ser recorrido.
Por eso, al cumplirse el centenario de su primera publicación, la Biblioteca de Autores Quindianos presenta una nueva edición ilustrada de Suenan timbres. Se trata del volumen número 70 de un proyecto que, junto con la Universidad del Quindío, la Gobernación y la Academia de Historia, lleva más de 16 años trabajando por recuperar y divulgar la literatura del departamento. Esta vez, el propósito fue hacer un libro objeto, una edición de lujo que devolviera a los lectores una obra fundamental para entender la vanguardia colombiana. Las ilustraciones son de Tobías Arboleda y el diseño estuvo a cargo de Catherine Rendón.
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«Queríamos rescatar esa edición de 1926», explica Juan Manuel Acevedo, editor de esta publicación y autor del prólogo. La nueva edición conserva algunos guiños a la original: en su interior aparece la carátula de 1926 y la portada de la camisa reproduce aquella imagen. Al retirarla, el lector encuentra una nueva interpretación gráfica, actualizada para 2026. Aunque esta es la séptima edición de Suenan timbres, es la primera que incorpora ilustraciones.
La importancia del libro, sin embargo, no está solamente en su condición de objeto editorial. Su aparición significó una ruptura con la manera en que se entendía y se escribía poesía en Colombia. Hasta entonces, las formas heredadas del modernismo mantenían una estrecha relación con la métrica, la rima y estructuras como el soneto o los versos alejandrinos. Vidales, en cambio, decidió desarmar aquellas convenciones. «Presenta un poemario abierto», señala Acevedo, quien destaca que se trata del primer poemario en prosa, con juegos literarios que anticipaban otras posibilidades de escritura.

Uno de los ejemplos está en el capítulo «Las estampillas», donde Vidales experimenta con relatos muy breves, cercanos a la minificción, escritos en prosa, pero atravesados por una musicalidad poética. En sus páginas también aparecen los objetos cotidianos, la ironía y una mirada que transforma lo aparentemente insignificante en materia literaria. El paraguas, los espejos y el reloj dejan de ser simples elementos del mundo para convertirse en protagonistas de una imaginación que se resiste a las explicaciones convencionales.
Pero hay otro elemento que permite entender la modernidad de Suenan timbres: la ciudad. En sus poemas se escuchan los cafés, los motores y los timbres. Lo acústico adquiere una presencia que, un siglo después, continúa llamando la atención de los estudios literarios. «Desde los estudios literarios hay una línea de investigación muy reciente que es lo acústico o lo sonoro en la literatura. Y eso tiene más o menos unos 20, 25 años de investigación. Pero ya en ese libro aparece desde el título, ¿no? Suenan timbres», explica Acevedo.
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El poemario construye así una especie de cuadro de costumbres de la Bogotá de los años veinte y treinta, una ciudad que empezaba a transformarse y cuyos sonidos ingresaban en la literatura. Para Acevedo, esa presencia de lo urbano fue una de las grandes novedades de Vidales, especialmente en un país donde todavía predominaba una fuerte ruralidad.
Su ruptura también estaba en el humor. Lejos de la solemnidad que caracterizaba buena parte de la poesía de su tiempo, Vidales introdujo una ironía que no necesitaba llegar al sarcasmo ni a la grosería para cuestionar las ideas establecidas. Uno de los poemas que más aprecia Acevedo es «La canción de los bostezadores», en el que el poeta le pide a Dios que cambie la hora de los amaneceres porque los bostezadores están cansados de contemplar siempre el mismo espectáculo a la misma hora.

«Para la Colombia de los años veinte, pues un poema completamente transgresor, porque había mucho conservadurismo», recuerda. También destaca el poema dedicado a Luis Tejada y otro sobre la cinematografía nacional, una aproximación al cine cuando esta expresión apenas comenzaba su recorrido en Colombia.
Luis Vidales y Suenan timbres: el poemario que rompió con la tradición
La circulación de Suenan timbres también ayuda a explicar cómo un libro publicado en una pequeña cantidad de ejemplares terminó llegando a algunos de los nombres más importantes de la literatura latinoamericana. En 1926 se imprimieron alrededor de 150 ejemplares. Vidales, de manera estratégica, envió algunos a Europa y otros a Argentina, principalmente mediante contactos políticos.

Así llegó su poesía a Jorge Luis Borges, quien posteriormente se la mostró al chileno Vicente Huidobro. Ambos reconocieron en Vidales una voz fundamental de la vanguardia colombiana y lo incluyeron en Índice de la nueva poesía americana, una antología publicada también en 1926. Hay un detalle que llama la atención: Suenan timbres apareció en enero, mientras que la antología de Borges salió en septiembre. Acevedo supone que los ejemplares pudieron viajar en barco y que, después de leerlos, los antologadores decidieron incorporar al colombiano.
Sin embargo, el reconocimiento internacional no tuvo necesariamente un equivalente en Colombia. La militancia política de Vidales, fundador del Partido Comunista Colombiano y secretario de esa organización, terminó convirtiéndose en una etiqueta que afectó la manera en que se estudió y difundió su obra.

Su trayectoria estuvo atravesada por esa militancia. Fue encarcelado en distintas ocasiones, estuvo en Rusia como parte de sus actividades políticas y llegó a desempeñarse como embajador en Génova, Italia. Recibió el cargo durante el régimen de Mussolini, pero renunció aproximadamente un año después, incapaz de soportar la presión del Duce. Más adelante regresó a Colombia, salió exiliado a Chile durante algunos años y finalmente volvió al país, donde murió.
Para Acevedo, esa dimensión política no debe ocultar la importancia de su propuesta estética. «Esa etiqueta de comunista un poco lo saca del canon literario colombiano», afirma. La paradoja es que Vidales sí consiguió una importante recepción en el Cono Sur, México e incluso Estados Unidos, mientras que en Colombia sus reediciones y estudios no tuvieron la misma continuidad.

Por eso, uno de los propósitos del prólogo fue recuperar su faceta literaria sin desconocer su trayectoria política. «Efectivamente, fue fundador del Partido Comunista Colombiano, fue secretario del Partido Comunista, pero en términos estéticos es otra cosa», explica Acevedo. Su transgresión, en este caso, también está en el terreno de la literatura: en la manera como rompió con las formas establecidas y abrió posibilidades para quienes vinieron después.
Luis Tejada, uno de sus amigos cercanos, reconoció esa transformación. También lo hicieron León de Greiff y otros integrantes de Los Nuevos, el movimiento literario con el que compartió espacios de discusión y bohemia en Bogotá. Se reunían en el café Windsor, donde conversaban sobre literatura, construían sus propuestas estéticas y participaban de la vida intelectual de la ciudad. Como ocurría con las vanguardias europeas, tenían también una revista, Los Nuevos, que funcionaba como tribuna para sus ideas.

Esa manera de entender la literatura no terminó con su generación. Acevedo reconoce la influencia de Vidales en los escritores que vinieron después, desde el nadaísmo hasta autores posteriores como Harold Alvarado Tenorio. Su obra se convirtió en una referencia para quienes encontraron en la ruptura de las convenciones una posibilidad de escritura.
La recuperación de su legado tiene, además, una dimensión patrimonial. Aunque nació en Calarcá y es considerado uno de los poetas más importantes del Quindío, Acevedo advierte que su reconocimiento parece ser mayor fuera del departamento que en su propia tierra. La nueva edición ilustrada busca acercarlo a los lectores jóvenes y propiciar que su obra vuelva a circular.
Para conseguir los derechos de publicación, el equipo contó con la ayuda de José Luis Díaz-Granados, padre de Federico Díaz-Granados, quien facilitó el contacto con una nieta del poeta, encargada de cederlos.

A cien años de su publicación, Suenan timbres sigue siendo un libro difícil de encerrar en una definición. Es poesía, pero también experimentación narrativa; es una mirada a la ciudad, pero sobre todo una forma distinta de escucharla. En sus páginas conviven el humor, la ironía y una sensibilidad que encontró en los objetos más comunes posibilidades que la poesía colombiana todavía no había explorado.
Quizás por eso, cuando Acevedo piensa en la pregunta que le haría a Vidales si pudiera conversar con él, no se detiene en su militancia ni en su reconocimiento literario. Le preguntaría de dónde venía aquel humor tan particular, tan fino y tan bien trabajado. Imagina que habría sido un hombre con quien uno podría quedarse muchas horas conversando y, seguramente, compartiendo un par de aguardientes dobles.
La pregunta parece adecuada para un poeta que hizo de la curiosidad y del juego una manera de mirar el mundo. Un siglo después, su obra todavía invita a hacerlo de nuevo.
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