Revista Diners
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El sonido del timbre bien puede desgarrar el silencio o bien puede imponerse a los bocinazos de los conductores siempre apresurados que transitan por el barrio Palermo de Teusaquillo. La puerta exterior se abre y, tras un corto recorrido por el sendero de un amplio patio, se entra al primer piso de esta casa, llamémosla la primera casa, de fachada de ladrillos y pisos de madera.
Esta edificación fue primero una residencia familiar, luego, supo funcionar como sede de la Cruz Roja colombiana y, desde hace casi dos décadas, alberga una librería creada por Ana María Aragón y que como nombre tomó el título de un cuento del escritor argentino Julio Cortázar: Casa Tomada. Esta es una de las tantas librerías de barrio en Bogotá que aun sobrevive.
Para llegar a la segunda casa, que está ubicada a un poco más de un kilómetro hacia el sur de la primera, hay que atravesar una cervecería y deslumbrarse con una imponente serie de árboles como brevos. Aquel inmueble fue la sede de una joyería y también de un espacio de coworking hasta que, hace siete años, el virus de la literatura lo infectó y lo convirtió en la librería Matorral.
La maraña de esta segunda casa, fundada por César Hernández y Andrés Archila, se desparramó hasta el barrio La Macarena, en la esquina en la que se unen la carrera 5 con la calle 26C, para heredar el testigo de la librería Luvina, e incluso llegó al municipio de Tabio.
Tan sólo a unos doscientos metros del Matorral de Teusaquillo está la tercera casa, a la que la librería Garabato, de Santiago Aguirre, se arriesgó a mudarse desde el municipio de Chía en 2020, año de pandemia. Tras seis años de cultivar lectores y de abrirles espacios a nuevos autores, Garabato cerró esta sede.
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Según datos de la Cámara Colombiana del Libro, en Colombia existen 205 librerías con 444 puntos de venta en 26 departamentos. Sin embargo, en semanas recientes, varios de esos microcosmos dedicados a la literatura han bajado sus persianas en Bogotá: a Garabato se sumaron Prólogo y Hojas de Parra.
Aunque sólo en Bogotá se registran 167 librerías, este triple cierre tan cercano plantea la pregunta de cómo se pueden potenciar estos espacios para los que la venta de un ejemplar es tan sólo una variante de una ecuación muy larga. Para Ana María Aragón, el librero es un gran intermediario entre este objeto del deseo y sus posibles lectores y, además, los dueños y dueñas de estas librerías pequeñas de barrio usualmente son lectores y lectoras, entonces estos cierres suponen que se pierdan esas conversaciones que tienen como núcleo los libros.
Por su parte, Andrés Archila asegura que es imposible no preocuparse por estas despedidas, porque sus creadores son personas conocidas y él sabe el esfuerzo que es necesario para mantener abierta una librería. “Yo no sabría diagnosticar si es que hay una sobreoferta, si es que se han abierto más rápido nuevas librerías de lo que se han creado nuevos públicos. Eso le correspondería a la Cámara del Libro o un ente así investigarlo, pero lo que sí es cierto es que es un negocio difícil, complicado de administrar”, asegura Archila.
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Más allá de la venta
Como despedida, en Garabato Teusaquillo se realizó este viernes 21 de agosto un recital en el que participaron poetas como Federico Díaz Granados, Fátima Vélez, Alejo Morales y Yessica Chiquillo.
Para esta última, autora de libros como Un montón de piedras (Voraz Editorial), cuando se cierra una librería lo primero que se pierde es un espacio de encuentro y de discusión sobre las distintas tradiciones de la escritura y la literatura, que además se salen un poco de las normas tradicionales.
“Se pierde también desde la perspectiva de una persona ciudadana, habitante del barrio, porque tanto la librería Garabato como otras tantas que están no solo en Teusaquillo, sino en varias localidades de Bogotá, se especializan en un horizonte de pensamiento y casi todas estas literaturas yo las considero como territorios libres”, añade Chiquillo.
Las librerías independientes también logran afectar el tejido cultural de sus barrios e incluso de sus ciudades. El reconocido escritor y crítico cultural español Jorge Carrión asegura que una ciudad es un palimpsesto, es una sucesión de estratos y de escrituras y reescrituras y, en consecuencia, todas las ciudades son totalmente polifónicas.
En esa polifonía, las librerías de barrio bogotanas se han convertido incluso en espacios en los que se genera comunidad. “Compartimos todo, la vida, las enfermedades, las tristezas, las alegrías, absolutamente todo. Se vuelve una gran familia”, dice Ana María Aragón sobre los visitantes de Casa Tomada.
Para Andrés Archila, la sede de Teusaquillo de Matorral ha ayudado a consolidar esta zona de la localidad como un barrio de librerías y un barrio cultural. “Y en la de La Macarena, pues, nos montamos un poco en el esfuerzo que ya había hecho Carlos Torres, el dueño de Luvina, de posicionar esa esquina como la esquina de los libros en la Macarena y un poco le dimos una renovación a ese lugar y un nuevo aliento”, añade Archila.
A la venta y la relación de los libreros con los clientes se suman otras estrategias como talleres, clubes de lectura, presentaciones de libros, conciertos y otras experiencias menos convencionales. Si a usted, estimado lector, le interesa la literatura clásica, puede estar atento a la programación de Matorral de La Macarena para sumarse a los clubes que dirige la escritora Catalina Navas, autora de novelas como El movimiento en la crisálida, y quien ya ha abordado obras inmortales como Lolita, de Vladimir Nabokov, y Drácula, de Bram Stoker.
Si además del gusto literario tiene interés por la gastronomía, Casa Tomada ofrece la serie Letras a la mesa, para la que crea menús especiales inspirados en novelas como Melancolía de la resistencia, del nobel húngaro László Krasznahorkai.
“Entre más creativo seas trayendo públicos, pues, obviamente, tendrás más visitas y, por ende, más ventas. Si uno no cultiva a los lectores, pues no va a tener en un corto plazo gente que quiera venir a comprar un libro”, afirma Ana María Aragón sobre estas estrategias.
En Bogotá, las librerías han sido escenarios de hechos artísticos que han adquirido el nivel de leyenda, como fue el caso de Vitrina, el performance que la artista María Teresa Hincapié realizó en 1989 en la vitrina de la Librería Lerner ubicada en la Avenida Jiménez.
Sus puertas también se han abierto para otras experiencias innovadoras, como es el caso de la Librería La Verbena, ubicada en la localidad de Usaquén -para salir de Teusaquillo-, en donde en julio pasado se realizó el taller creativo Bitácora de la memoria. Esta iniciativa de la escritora Mariantuá Correa, autora de la novela Ciudad láser y del libro de cuentos Encuentros con el suelo, y de la artista visual y terapeuta de sonido Diana Giraldo, combinó una meditación creativa con gong y cuencos y un taller de escritura sobre memorias de la infancia.
“Las librerías son refugios en la ciudad. No suenan, no huelen, no tienen luces aturdidoras, ni la presión inminente de la transacción económica. Son generosas como un jardín, son esas florecitas que nacen entre las baldosas. Hay que cuidarlas, mantenerlas vivas. Cada barrio tiene que sostener a su librería. No siempre se puede comprar un libro, pero sí tomar un café o asistir a algún evento”, argumenta Correa.
Gracias a esa generosidad, las librerías de barrio también se convierten en tarimas para descubrir nuevas voces de la literatura colombiana. Correa, por ejemplo, presentó el año pasado en la Librería Woolf del Parkway su novela Ciudad láser (Almadía) y, recientemente, habló en Ficciones Bar de Libros, ubicado en Quinta Camacho, sobre Encuentros con el suelo (Taller de Edición Rocca), que ganó el año pasado el Premio Nacional de Libro de Cuentos Julio Paredes.
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Yessica Chiquillo cuenta que también ha colaborado con librerías para ofrecer talleres de escritura, clubes de lectura y espacios de presentación de libros. “De alguna manera, la librería se vuelve como una plataforma para los escritores emergentes, porque ahí uno también cultiva un público, conoce a sus lectores y se da a conocer”, asegura.
Para aumentar esas virtudes, también se ha generado un impulso determinante para las editoriales independientes. En 2025, la Asociación Colombiana de Libreros Independientes creó el Premio de los libreros al mejor libro, que tiene como objetivos dar visibilidad al quehacer del librero y contribuir a la circulación y difusión del libro colombiano.
En su primera edición, se reconocieron cuatro libros en las categorías de ficción –Las raíces de la luz, de Andrea Beaudoin (Himpar Editores)-; no ficción –Siete plantas, de Diana Obando y Sara Muñoz (Himpar Editores)-; infantil-juvenil –Carretera al mar, de Ángela Cuartas y Samuel Castaño (Cataplum Libros), e ilustrado-cómic –Garzón, el duelo imposible, de Alfredo Garzón y Verónica Ochoa (Rotundo Vagabundo).
«Las librerías son refugios en la ciudad. No suenan, no huelen, no tienen luces aturdidoras, ni la presión inminente de la transacción económica. Son generosas como un jardín, son esas florecitas que nacen entre las baldosas. Hay que cuidarlas, mantenerlas vivas. Cada barrio tiene que sostener a su librería. No siempre se puede comprar un libro, pero sí tomar un café o asistir a algún evento”, argumenta Correa, quien en septiembre dictará el taller virtual de cuento ‘Lo que no se ve’.
¿Cómo sostener las librerías de barrio en Bogotá?
Los cierres de Garabato, Prólogo y Hojas de Parra encienden la alarma sobre un sector económico muy frágil, el de las librerías de barrio en Bogotá. Ana María Aragón asegura que, si a una librería le va bien, al final del año puede tener un margen de ganancia del 3%.
Más allá de ser uno de los hilos con los que se teje el lienzo cultural de la ciudad, estos emprendimientos proponen ciertas estrategias que requieren del apoyo institucional respecto a la aparición de nuevos actores como los comercios electrónicos como Buscalibre, que hace malabares a su antojo con los precios de los libros -las librerías colombianas, en cambio, operan siempre con el precio dictado por la editorial-.
“La estrategia está, pero no hay actitud política para hacerla por parte de los actores de la cadena y de las políticas públicas. Y es la regulación: queremos competir en igualdad de condiciones y no podemos porque estas plataformas engordan el precio del libro, le ponen un descuento, que a veces puede que no sea real, y dicen que el costo de transporte también lo asumen. Entonces ellos en su modelo de negocio entregan parte del margen de operación a la gente y nosotros contra eso no podemos, es imposible”, añade Aragón.
La dueña de Casa Tomada también resalta los casos de las leyes del libro de Francia y España, que establecen un descuento máximo del 5 por ciento. En el caso francés, si una institución compra una librería, el descuento puede llegar hasta el 7 por ciento. “Esas sí son políticas que ayudan a la preservación de estos espacios. Si eso no cambia, la cosa va a seguir empeorando”, agrega Aragón.
Andrés Archila enfatiza que el sostenimiento de Matorral se ha logrado gracias a factores como el manejo administrativo. Por ejemplo, al comienzo, los dueños de la librería tercerizaron la contabilidad, pero, rápidamente se dieron cuenta de que esto había sido un craso error y volvieron a retomar el control de todo, lo que no deja de ser desgastante al tratarse de un negocio que es tan poco lucrativo.
“Las librerías compiten en un escenario en el que no puede competir Buscalibre, que es el de funcionar como puntos de encuentro, como lugares donde uno puede ir a tomarse algo, a parchar un buen rato, no sólo llegar a comprar e irse, que es la experiencia de una tienda o la experiencia online”, afirma Ardila.
Tanto lectores como autores, entidades públicas como iniciativas privadas, libreros como baristas, debemos seguir sumando estrategias para cultivar esas “florecitas que nacen entre las baldosas”, como define Mariantuá Correa a las librerías de barrio.
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