Revista Diners
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Casi 1.400 jornadas de rodaje, 52 períodos de filmación y cuatro años siguiendo a una misma manada en el Masái Mara, Kenia, fueron necesarios para registrar la transformación de Kio, un cachorro de león, protagonista de la nueva serie de National Geographic en camino a la adultez. La docuserie, estrenada el 20 de agosto en Disney+, recorre en cuatro episodios el nacimiento, crecimiento y adaptación a la vida en la sabana africana del felino, gracias al lente de Sophie Darlington, directora de fotografía de todo el proyecto.
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Pese al sol africano y a lo impredecible de la vida en estado salvaje, el equipo de León consiguió registrar momentos decisivos en el crecimiento de Kio: su relación con la madre y sus hermanos, las amenazas que enfrenta durante sus primeros años y los conflictos que comienzan a determinar su lugar dentro de la manada. El rodaje contó además con la participación de realizadores locales de Kenia, cuyo conocimiento del territorio fue fundamental para seguir durante años los movimientos de los animales. A este trabajo se suma una propuesta visual de escala cinematográfica bajo la producción ejecutiva de Jon Favreau, reconocido por la dirección del Rey León de 2019, y Mike Gunto; junto a una banda sonora compuesta por Hans Zimmer junto con Niccolò Pacella y George Hutson-Warren, de Bleeding Fingers Music. Asimismo, en el centro de esta apuesta visual está Sophie Darlington, directora de fotografía de la serie.
Para Darlington, el rodaje implicó regresar durante cuatro años al mismo territorio y observar cómo cambiaban los animales sin intervenir en ese proceso. La directora de fotografía, que acumula más de tres décadas de experiencia en producciones de vida silvestre, comenzó su carrera en África oriental como aprendiz del realizador Hugo van Lawick y posteriormente participó en series como Dynasties, Our Planet, Planet Earth II y The Hunt, por la que hizo parte del equipo ganador del BAFTA de Cinematografía en 2016. En 2025 se convirtió en la primera directora de fotografía especializada en vida silvestre invitada a integrar la American Society of Cinematographers. Darlington conversó con Diners frente a la experiencia de seguir a Kio desde cachorro, las decisiones detrás de los planos y el desafío de construir una historia a partir de cuatro años de observación.
La vida silvestre es impredecible por naturaleza. Sin embargo, León sigue una historia específica durante cuatro años. ¿Cuál fue el proceso para construir esa narrativa mientras las cámaras filmaban a los animales?
Fue una cuestión de confianza y experiencia. Llevo más de 35 años filmando leones. Mi conductor especializado en rodajes, Sammy Muneni, lleva cuatro décadas dedicado a este trabajo. Así que los dos salimos al campo y pusimos todo nuestro conocimiento al servicio del rodaje, al igual que todo el equipo. Y, en realidad, lo que tienes que hacer es confiar en el proceso, confiar en que estos leones van a responder.
Honestamente, no sabes qué va a pasar: no tienes el control del guion. Son ellos quienes tienen que contar la historia. Cuando empecé este proyecto, para ser completamente honesta, todos decían: “Filmemos leones, filmemos machos”. Y yo pensaba: “Sí, me encantaría, pero es imposible”.

No iba a ser posible porque, cuando llegan a cierta edad, cuando son adolescentes, los expulsan de la manada, prácticamente como le pasó a mi hijo. No, a él no lo expulsaron. Pero los machos y las hembras jóvenes son expulsados para que puedan abrirse camino por su cuenta, ¿verdad? Nunca pensé que podríamos seguir a Kio y a sus hermanos, pero lo conseguimos.
Cada uno de los rodajes que hicimos comenzaba con la misma pregunta: ¿Kio sigue vivo? ¿Lo logró? ¿Sigue aquí?. Así que, en serio, tuvimos que confiar en el proceso, confiar en que saldría adelante y que él mismo construiría la historia. Aún no puedo creer la historia que terminó contando.
Siempre existe una tensión entre la espontaneidad de la vida silvestre y las exigencias de una producción como esta docuserie. ¿Cómo manejaron ese equilibrio durante cuatro años de rodaje?
Fue muy difícil. Creo que fuimos muy cuidadosos. El equipo que estaba en Bristol tenía muchísima experiencia y llevábamos mucho tiempo haciendo este tipo de trabajo.
Se trataba de aprovechar todo ese conocimiento y encontrar un equilibrio. Éramos 13 personas trabajando con cámaras: yo era la directora de fotografía y había otros 12 camarógrafos, dos de ellos operadores especializados en drones. También teníamos a una persona dedicada específicamente a las cámaras nocturnas.
Era un equipo grande y lo dividimos de distintas maneras. Por un lado, queríamos evitar que los leones se cansaran de nuestra presencia, porque no quieres terminar molestándolos, pero también necesitábamos mantener un ritmo de trabajo adecuado para el equipo. Todo esto exigió una enorme preparación, que no es precisamente la parte más emocionante. Lo extraordinario fue poder pasar tanto tiempo allí: hicimos 52 períodos de rodaje. Es muchísimo tiempo sobre el terreno.
Kio, el protagonista de León, comienza como un cachorro inexperto y algo torpe, gradualmente se convierte en un león adulto que es retratado como poderoso. ¿Cuáles fueron esas decisiones visuales que le permitieron reconstruir esa transformación y brindarle una personalidad?
Es interesante porque no creo que sea posible darle una personalidad a un animal. Creo que él ya tenía una personalidad, y la tenía desde el primer día.
Recuerdo cuando lo encontramos. Salíamos del campamento antes del amanecer, aproximadamente una hora antes de que saliera el sol. Junto a Sammy nos internábamos en el terreno para encontrar a nuestros protagonistas. No es que llegáramos a un lugar y ellos estuvieran allí esperándonos; teníamos que buscarlos.
Una mañana, muy temprano en la producción, Sammy me dijo: “Soph, hay un león allá, solo. ¿Quieres que vayamos a verlo?”. Le dije que sí. Nos acercamos y fue como: “Dios mío”. Kio tenía, más o menos, el tamaño de una barra de pan. Era diminuto.

La imagen que aparece en el tráiler es del primer día que lo conocimos. Sammy posicionó el vehículo de manera experta y elegimos soportes de cámara muy bajos para que el espectador pudiera sentirse cerca del león. Al mirarlo, estás a la altura de sus ojos y, por lo tanto, completamente involucrado en su mundo.
Esa fue nuestra guía visual: queríamos que el espectador sintiera que casi formaba parte de la manada, pero también que los leones tuvieran su espacio, al igual que el Masái Mara, porque es un lugar extraordinario para trabajar y un escenario increíble para su historia. Todo consistía en mantenerlo natural, darles espacio a los leones, permitirles contar su propia historia, no acercarnos demasiado y no hacer que nada resultara demasiado evidente.
Espero que, a través de toda la cinematografía, se pueda ver que hicimos nuestro mejor esfuerzo no para imponerle un carácter, sino para permitir que esa personalidad apareciera. El personaje que ves es Kio, porque todo está filmado con tomas muy largas. Así puedes sentir realmente esa emoción a través de sus pequeños ojos.
Esta docuserie, como ocurre también con muchos documentales de vida silvestre, suele invitarnos a interpretar emociones humanas en el comportamiento de los animales, como felicidad, tristeza, orgullo, diversión e incluso miedo. ¿Dónde traza la línea entre construir una historia emocional alrededor de Kio y, al mismo tiempo, mantenerse fiel a lo que los animales realmente están haciendo?
Creo que lo importante es que nos mantenemos completamente fieles a lo que hacen. Y lo extraordinario es que puedes reconocerlo. No sé si tienes un perro; yo crecí con uno. Tenía un lebrel irlandés, un perro enorme, y era imposible decir que no tenía carácter. Sabías cuándo tenía hambre, cuándo estaba feliz, y con un león ocurre lo mismo. Solo tienes que aprender a leer sus emociones.
Por ejemplo, la parte que más me hace reír es cuando aparecen los leones adolescentes, comportándose como auténticos adolescentes torpes. Están sentados, se dejan caer, uno termina atrapado en un árbol por culpa de un búfalo… Cualquiera que haya tenido un adolescente entiende que es una situación por la que todos pasamos. Es como ir a un concierto y terminar metido en una situación terrible.
Así que no se trata de forzar una narrativa, definitivamente no. Se trata de permitir que su propia historia aparezca. Y, sinceramente, no tengo ningún problema con eso porque, como digo, si has tenido un perro o un gato, sabes que tienen personalidad.
Después de más de tres décadas en este oficio, ¿cómo ha influido retratar la crudeza, pero también la belleza y el dinamismo del mundo animal, en la manera en que cuenta historias a través de la cámara?
Hay una frase que dijo un amigo mío, Richard Mosse: “La belleza es la herramienta más poderosa de la caja”. Estoy segura de que tiene toda la razón.
Cuando muestras algo hermoso, algunas personas podrían cuestionarlo, pero creo que, cuando ves algo bello —especialmente cuando estoy mirando por el lente y veo la luz, el león, el paisaje— eso me hace sentir algo. Me produce una emoción.
Si podemos conseguir que el público sienta esa emoción y se preocupe por los leones, logré mi objetivo. Quiero que la gente se interese por ellos, que los quiera, que se enamore de Kio como todos nosotros nos enamoramos de él. Ese es mi deseo.
Pasaron casi 1.400 jornadas de rodaje siguiendo a esta manada, con una enorme cantidad de material y momentos inesperados a medida que avanzaba el comportamiento de los animales. ¿Qué hace que una determinada escena termine formando parte de la historia? Porque filmaron jirafas, mangostas, hipopótamos, cebras, búfalos africanos y, por supuesto, leones.
Crran parte trate de qué tipo de imágenes realizas. Casi nos sentíamos abrumados por la cantidad y la riqueza del material que consiguió el equipo. Obtuvimos imágenes espectaculares; de verdad, el material es impresionante. Todo lo que utilizamos tenía que estar relacionado, de alguna manera, con la historia de Kio.
Pero creo que las imágenes que escogimos también tienen ese encanto que aporta carácter, humor y sentido de lugar. Por ejemplo, están las hermosas escenas que filmó Rolf Steinmann al comienzo, con esos pequeños pájaros amarillos que salen de sus nidos, los tejedores. Ese tipo de imágenes aporta mucho carácter y humor. Todo permite situarnos en ese mundo; todo consiste en hacer que el espectador se sienta parte de él.

También se trata de dejar que las escenas duren, de trabajar con la luz natural y con la belleza del entorno. Es realmente difícil. Si soy sincera, es increíblemente complicado decidir cuáles imágenes usar porque tienes muchísimas. Pero todas las que terminan en la serie tienen que contribuir a que la historia de Kio avance.
Es como construir un gran rompecabezas en el que cada pieza ayuda a completar la imagen de Kio. Hay algunas escenas que me gustan especialmente, como el trabajo de Mark MacEwen con el GSS y el gimbal, que produce esos movimientos flotantes, casi mágicos, porque permite que realmente respires dentro de ese paisaje. Eso es lo que consiguen algunas de esas imágenes: te permiten respirar y, de alguna manera, desaparecer dentro del mundo de los leones.
La serie sigue a toda una manada, con dinámicas muy distintas entre sus integrantes: una madre protectora, cachorros vulnerables, machos que compiten entre sí y, finalmente, un macho adulto que se convierte en antagonista. ¿Cómo utilizaron la cámara para establecer las diferencias entre estos personajes y sus relaciones dentro de la manada?
Es bastante complejo. Filmamos con un lente muy largo, el Canon CN20, que tiene un rango de 50 a 1.500 milímetros, así que podemos acercarnos muchísimo. Para nosotros era muy importante, dentro de nuestra guía de estilo, dirigir la atención hacia determinados personajes. Por eso trabajábamos mucho con el enfoque, desplazándolo de un personaje a otro. Todo tenía que ver con las relaciones entre Summer y Kio. Si alguien ve la serie, notará esos cambios de foco muy sutiles entre los personajes, que permiten contar esas relaciones.
También se trata de utilizar la intuición para adoptar la perspectiva de Kio, porque él era quien observaba. Observaba a sus hermanos y no solo los miraba: estaba involucrado con ellos. Además, nació fuera de sincronía con los demás.
Como decía antes, es poco frecuente que las personas puedan seguir de cerca la vida de un león macho. Si lo piensas, muy pocos sobreviven: solo alrededor de la mitad de los cachorros llega al final de su primer año, y para los machos es todavía más difícil. Por eso, poder observar a la manada y seguir ese recorrido a través de los ojos de Kio, y verlo completar con éxito ese camino, es un sueño.
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