Revista Diners
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Respire hondo y responda con sinceridad: ¿cuántas veces ha sentido hoy ganas de mentarles la madre a algunos cuantos?
Si todavía no lo ha hecho ni en su trabajo ni en la calle, eso demuestra sus altas capacidades espirituales para alcanzar la iluminación.
Sin embargo, acceda a la prueba de fuego final: abra sus redes sociales, use su dedo para desplazarse hacia abajo, en esa actividad que ahora llaman “escrolear”, y déjese llevar por el algoritmo que potencia el odio y las opiniones de cuanto aparecido se siente con el derecho a decir barbaridades.
¿Aún no ha sentido bullir la sangre?
Seguro que se ha visto tentado a dedicarle una respuesta merecida a algunos de los que polarizan la conversación o a los medios que toman partido descaradamente a favor de una única mirada.
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Para bajar la ebullición de la sangre y aprender a ser inteligente en tiempos de barbarie y grosería, Felipe Riaño ha escrito un libro en una edición que tiene dos carátulas y un título en conjunto que lo dice todo: Su Madre. La Suya.
La idea es clara: dominar el arte del insulto para responder con inteligencia y elegantemente a los trogloditas que acuden a la grosería y el ataque por cualquier cosa (y eso nos incluye, por supuesto, a nosotros mismos).
Como dice él mismo, el libro fue escrito para saber cómo insultar y responder elegantemente, sin rebajarnos al nivel del agresor. Es un manual para el civilizado que no teme ensuciarse las manos.
“Sin idiotas no habría insultos, pero sin insultos, los idiotas reinarían tranquilos. Tenga en cuenta que la estupidez no se vence con paciencia, sino con estilo”, agrega.
En una charla en pleno aeropuerto El Dorado, antes de salir del país, Riaño contestó sin insultos ni groserías de por medio (por supuesto) una entrevista para Diners, con la claridad de que el actual es un entorno marcado por la prisa, las redes sociales y la polarización.
La pregunta inicial es la obligada.
¿Por qué ahora hay tanto insulto y violencia verbal contra los que piensan distinto?
Es una buena pregunta. Desde mi visión personal he sentido que estamos en una cultura fast-cilista. La llamo así porque es rápida (fast) y porque es facilista. Queremos todo más pronto y lo queremos más sencillo, sin pensar demasiado. Nos hemos vuelto más cómodos.
Además, tenemos un nuevo Coliseo Romano, que son las redes, en las que el vulgo se excita más ante la facilidad de llevarse por el impulso y no usa la profundidad a la hora de responder.
También es una cultura de odiadores (haters)…

Los haters y los agresores son musas. Me enseñan qué no hacer. El hater es un detractor, y su presencia constante se expresa como un termómetro de la cultura. Su existencia indica que vivimos ahora en una cultura de fast food, fast knowledge, fast fashion… todo rápido, de consumo masivo y descartable. Eso nos ha llevado a una sociedad más líquida y fácil, donde, por ejemplo, se ha reducido la profundidad lingüística. Las generaciones de hoy tienen un vocabulario cada vez menos amplio.
El hecho de que se exigiera expresarse en 140 caracteres en Twitter ha conducido a otras formas de rapidez y facilidad, como que las personas no puedan soportar tomas de más de tres segundos porque o si no se la gente se desconecta de los videos; o que en las películas de plataformas como Netflix se les pida a los guionistas reiterar los puntos clave de la historia tres o cuatro veces en los diálogos porque muchos miran la pantalla del teléfono y se pierden.
Ahora hay series de máximo ocho capítulos y se abrevia todo a su mínima expresión. Como todo es más fácil, pues qué es más fácil que reaccionar desde el insulto. En realidad, desde la grosería.
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Es importante diferenciar insulto de grosería. Además, en una cultura ‘mememizada’ como la actual, el facilismo lleva a reenviar memes como modo de agredir.
Me gusta eso de los insultos “mememizados”. Es cierto: son los clichés que a otros les suenan, por lo que los copian y se vuelven tendencia, sin profundidad alguna. Para poder ahondar en la diferencia voy primero a la historia sobre cómo nació el libro.
Yo tenía la idea de profundizar en cómo responder de forma elegante a las agresiones sin recaer en la vulgaridad, porque es un tema común que surge en todos mis talleres, sobre todo cuando me preguntan por ello en ambientes laborales. Cuando enseñaba el tema del debate en los talleres siempre les decía a las personas que una mente no educada no puede hablar bien porque recurrirá a la grosería y buscará polarizar; los invitaba a educarse, porque las mentes más preparadas hablan de los temas sin recurrir a la violencia verbal. Hay que aprender a argumentar antes que a opinar.
Pero me pasó que, en una empresa reconocida, una gerente general me contó que, en plena reunión, otro directivo le dijo: “No voy a repetirlo porque no tenés la cabeza para entenderlo”. Ella se sintió tan ofendida por su comentario que no supo qué responderle y tuvo que ir a terapia después porque, además, su superior no la respaldó. Ahí entendí que hacía falta una guía para poner límites con elegancia y sin perder el garbo. Este libro es el resultado.
Nos dicen que callar es sabio…
¿Callar o decir algo? Esa es la cuestión. Dice el proverbio árabe que “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas”. Y aunque es cierto que no deberíamos discutir con un idiota porque, como dice Mark Twain, “los rebajará de nivel y les ganará por experiencia”, a todos nos ha pasado que, cuando estamos en shock frente al agresor, pensamos cómo deberíamos responder. Y lo más cierto es que hay que poner límites a estas personas. Cuando quieren humillar al otro porque sí, hay que ponerles un alto y dejarlas en su lugar sin perder el garbo. Son frecuentes las groserías y patanerías del mundo corporativo.

La nuestra es una época contradictoria, de más cantidad de insultos y mayor delicadeza… La que la gente se siente insultada con más facilidad.
De hecho, lo que más me pregunta en mis talleres: cómo decir las cosas sin que el otro se ofenda. Me dicen mucho que las personas se afectan cuando uno es directo. Pero hay dos aspectos de la comunicación: efectiva y afectiva. Las nuevas generaciones son más a la afectivas que efectivas. La anterior, la nuestra, era más verticales y de respeto. La comunicación de los millennials es horizontal y las redes, han condicionado que todos tienen voz y voto, todo el tiempo, y priorizan la emocionalidad. Antes se ganaban los espacios para comentar cuando se tenía criterio, pero ahora la afectividad nos ha vuelto hipersensibles. Hay empresas que cancelan el lenguaje y dejan de decir “problemas” para llamarlos “oportunidades de mejoras”. NOOO. No se pueden eufemizar las cosas hasta volverlas tóxicas. Si hay retos, hay problemas. Punto.
¿Lo han dejado callado mientras piensa en un buen insulto como respuesta efectiva?
Claro. Responder desde un insulto elegante no nos permite caer en la patanería, sino actuar con efectividad y afectividad para ser taxativos y tajantes, y lograr nuestro cometido. Pero no siempre esa claridad viene cuando sucede la agresión.
Recuerdo, años atrás, una de las personas que entonces llamaba amigo, era un personaje que en varios momentos demostraba sentir envidia. Se enfocaba mucho en mí y usaba humor pasivo agresivo para agredirme. Un día hizo un comentario sobre mi altura ante una nueva pareja que yo tenía. Me quedé callado. Tiempo después, en otro momento, se la respondí y le dije que qué curiosa fijación tenía con la altura. “¿Será que carece de algo?, pregunté” Todos se quedaron callados, incluso él. Logré ponerlo en su sitio.

¿Quiénes lo inspiran en el arte del insulto?
Los políticos de hoy se atacan “mememizando”, como dijiste; no usan insultos elegantes o que silencien o hagan incluso reír al contrincante. Para el libro me inspiré mucho en personajes como Diógenes, Churchill, Thatcher, Reagan, Twain, Wilde, que insultaban cuando la elegancia era un estándar y no una rareza de museo.
Ronald Reagan, el ex presidente de Estados Unidos, que, como actor, tenía capacidad del lenguaje, durante el debate presidencial de 1984, a sus 73 años, le preguntaron si su edad era un problema. Respondió entonces: “No haré que la edad sea un tema de esta campaña. No voy a explotar, con fines políticos, la juventud y la inexperiencia de mi oponente”. Su contrincante se rio también.
Esos son los insultos que educan porque tienen subtexto y son irónicos. Churchill era aún más sarcástico y cínico. Una vez le dijo Lady Astor “Si yo fuera su esposa, le daría veneno. El dirigente británico le respondió: “Si yo fuera su esposo, me bebería el veneno”.
¿Quién es el autor?
Felipe Riaño Jaramillo es psicólogo, publicista y consultor en liderazgo estratégico, comunicación influyente y negociación persuasiva.

Formado en persuasión con altos directivos del FBI y la CIA, ha entrenado a agentes de la Dirección Nacional de Inteligencia y es consultor de Inteligencia de la Armada de Colombia. Posee cuatro maestrías (Psicoanálisis, Comunicación, Filosofía e Historia Universal) y estudios ejecutivos en Harvard, MIT y Cambridge Business School.
Es docente de Alta Gerencia en la Universidad de los Andes y ha capacitado a más de 100.000 personas en 27 países.
La idea de escribir Su madre. La suya no nació de una teoría académica aislada, sino del contacto directo con situaciones cotidianas en talleres de alta gerencia que Riaño ha dictado durante más de 15 años.
En el libro bajo la portada Su madre, el autor desmonta la vulgaridad y enseña a construir frases sutiles, irónicas y finas —al estilo de figuras históricas como Winston Churchill o Ronald Reagan— capaces de desarmar un ego o educar sin recurrir al agravio vulgar.
Bajo la portada de La suya, se enfoca en la defensa personal psicológica: cómo leer la intención del agresor, gestionar las emociones, decidir cuándo guardar silencio y cuándo responder para mantener la autoridad e integridad intactas.
(Para saber más: La verdad desde la sangre: Charles Spencer rompe el silencio sobre la vida y muerte de la princesa Diana)


