Revista Diners
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Si se analizan las cifras que año a año se desprenden de los eventos musicales que se realizan en el Parque Simón Bolívar de Bogotá, pareciera que este pulmón de la capital colombiana ha venido creciendo paulatinamente.
Hace ya casi treinta años, en 1999, cuando Metallica se presentó por primera vez en el país, se calculó una asistencia de entre 90.000 y 100.000 personas. Luego, el evento que ha llegado a semejantes números ha sido Rock al Parque, el festival musical gratuito más grande de Latinoamérica.
Cada tanto, las cifras oficiales nos dicen que la edición del año en curso ha batido los récords históricos. En 2019, cuando se celebraron los 25 años de este festival que, de hecho, se realizó por primera vez en la Plaza La Santamaría y también pasó por la Media Torta, nos contaron que aquel había sido el Rock al Parque con mayor asistencia de la historia -más de 340.000-. En 2023, se declaró oficialmente una asistencia de más de 390.000 personas y, en 2024, de más de 300.000. Parece entonces que el adverbio más resiste cualquier tipo de récords.
Afortunadamente, Rock al Parque no se justifica únicamente por esas cifras estratosféricas que cualquier administración estaría dichosa de informar. Este festival, y perdón la insistencia, refleja la pasión de un movimiento de fanáticos de rock, del metal y de otros géneros de descargas de guitarra vertiginosas o voces pesadas que no sólo consumen conciertos en los tres o cuatro días que dura el festival.

El movimiento rockero de esta ciudad, que vio nacer a leyendas como La Pestilencia, La Derecha, 1280 Almas o Aterciopelados, es fiel, conocedor y exigente. La fidelidad se refleja en ejemplos contemporáneos como lo que sucederá este fin de semana, pues aparte de Rock al Parque, Bogotá recibirá a Iron Maiden, la icónica banda de heavy metal, que se presentará el 11 de octubre en el Vive Claro, ubicado a unas pocas cuadras del Simón Bolívar.
Ese público fiel, conocedor y exigente puede copar en un mismo fin de semana dos conciertos de tal magnitud. Aunque aún quedan boletas de algunas localidades para el concierto de Iron Maiden, vale recordar que en la presentación previa de la banda británica, en 2023, se vendieron 42.000 entradas en poco más de 20 minutos.
Más allá de las cifras astronómicas, ya se volvió un lugar común que, cada vez que se anuncia el cartel de la edición de Rock al Parque del año que corre, hay quejas y quejas y más quejas -otra vez aparece el inagotable adverbio de cantidad-.
Podría apuntarse que hay una presencia excesiva de otros géneros diferentes al rock, pero la realidad es que la música contemporánea cada vez respeta menos los límites tradicionales, por lo que la discusión de los géneros también podría estar en desuso.
Además, no sólo en Colombia, sino en la escena internacional, los festivales musicales desde hace mucho tiempo vienen extendiendo puentes entre sonidos diversos, por lo que no es extraño que, por ejemplo, una música folclórica aparezca en uno de estos escenarios.
Retrocedamos unos cuantos años, hasta 2013. Una de las más grandes representantes de la música del Caribe colombiano, y quizás la cantante más importante que ha llevado nuestra nacionalidad, la recientemente fallecida y eternamente extrañada Totó La Momposina, cantó en Rock al Parque. La célebre cumbia El pescador, que compuso José Barros y que inmortalizó Totó, sonó en una combinación inusual: la voz de la cantante nacida en Talaigua Nuevo (Bolívar) combinada con los riffs de guitarra del músico de rock alternativo Alfonso Espriella.
Dos años después, otro ritmo tradicional de nuestro Caribe, el vallenato, llegó al festival de ¡rock! gracias al acordeón del mexicano Celso Piña. El llamado ‘Rebelde del acordeón’, que falleció en 2019, cantó junto a su agrupación Ronda Bogotá -hermoso tributo a la capital- Los caminos de la vida, ese vallenato compuesto por Omar Geles que lleva décadas produciendo lágrimas y brindis. Los caminos de la vida no sólo llegaron al norte de nuestro continente latinoamericano, sino que también conquistaron el sur, pues Vicentico, el cantante de Los Fabulosos Cadillacs, grabó su propia versión en medio de su carrera como solista.
Más allá del cierre
El impacto mediático de Rock al Parque usualmente se lo lleva su último día. Una tendencia justificada si se tienen en cuenta presentaciones históricas como la del genial Charly García en 2012, que a pesar de su voz ahogada y su cuerpo cansado unió a decenas de miles de voces que cantaron clásicos de todas las etapas de su carrera, como Rezo por vos, Los dinosaurios y Nos siguen pegando abajo. El colofón fue Canción para mi muerte, ese himno latinoamericano que hizo inmortal Sui Generis, el grupo que García formó junto a Nito Mestre.
Aquella fue la última presentación de Charly García en nuestro país. El argentino regresó un año después a Bogotá, pero una alteración de su presión no le permitió subirse al escenario del aquel entonces Palacio de los Deportes.
Otros cierres memorables también fueron protagonizados por artistas argentinos como Fito Páez, que en 2009 congregó a 150.000 personas -seguramente, en aquel año también se habló de un récord histórico-, e Illya Kuryaki y los Valderrama, en 2013. Esta fue una presentación particularmente emotiva, pues Dante Spinetta, quien conformó este ecléctico dúo junto a Emmanuel Horvilleur, había perdido el año anterior a su padre, Luis Alberto ‘El Flaco’ Spinetta, otro de los faros del rock latinoamericano.
Pero así como es mucho más que sus cifras oficiales, Rock al Parque también es mucho más que su concierto de cierre. Tradicionalmente, el día marcado por el destino para los amantes de los sonidos fuertes es el sábado, amalgama de pogos en licuadora y de movimientos de cabeza tan acelerados que ni las crestas con el gel más potente podrán quedar firmes. Las mezclas y las músicas del mundo siempre pueden descansar para las otras jornadas.
Este año, regresará Apocalyptica, el grupo finlandés de metal sinfónico conformado por cuatro violonchelistas, que en 2005 sorprendió a más de 80.000 personas. ¿Habrá sido un récord esa cifra en aquel entonces?
Desde aquel país del norte de Europa llegará otro de los manjares del sábado, Stratovarius, que también retoma elementos de la música clásica, pero en tono de power metal. Y, para aumentar la huella de carbono nórdico en esta edición del festival, también se presentará el grupo sueco de death metal Grave, formado en 1988 por el vocalista y guitarrista Ola Lindgren.

Laboratorio de sonidos
Por las otras jornadas, y por los escenarios alternativos, de Rock al Parque han pasado exquisiteces y curiosidades como las japonesas de The 5.6.7.8’s, las mismas que Quentin Tarantino convocó para que cantaran como antesala de la sangrienta secuencia final de Kill Bill 1. Este trío, que nació en 1986, desplegó su particular versión nipona del rockabilly y el surf rock en la edición de 2019.
Otro festín para los oídos, y para los ojos, sucedió hace 15 años gracias al dúo neoyorquino de electroclash Fischerspooner. La voz de Casey Spooner y el teclado electrónico Adam Crystal se encumbraron con una puesta en escena delirante, que podría envidiar cualquier espectáculo de danza contemporánea.
Para las personas de almas sensibles, recordemos esos momentos emotivos como la presentación de Aterciopelados en 2014, que significó el reencuentro de Andrea Echeverri y Héctor Buitrago tras tres años de caminar senderos separados. Ese lapso puede parecer poco, pero en realidad fue una eternidad teniendo en cuenta la importancia de esta banda para la música colombiana.
Además, tras el fallecimiento de Elkin Ramírez en 2017, cualquier video que registre las presentaciones de su banda, Kraken, en Rock al Parque, se convirtió en un recuerdo doloroso. La agrupación paisa ha regresado al festival en varias ocasiones con su nueva cantante, Roxana Restrepo; en 2019, por ejemplo, hizo parte de los grupos que cantaron sus éxitos en versión orquestal junto a la Orquesta Filarmónica de Bogotá y este año hará parte de la celebración de las tres décadas.
Además de representantes nacionales que cazan a la perfección en el género que le da nombre al festival, como Nepentes, Krönös, Doctor Krápula, Polikarpa y Sus Viciosas e I.R.A., Rock al Parque también ha recibido en sus tarimas a creadores que han renovado y experimentado con los sonidos colombianos, como La Severa Matacera, ChocQuibTown, Puerto Candelaria, Bomba Estéreo, La Chiva Gantiva, Elkin Robinson y Edson Velandia.
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Y así, resaltando las características de otros invitados internacionales históricos como el trash metal descomunal de Anthrax; el humor negro de Los Toreros Muertos, la poesía de Christina Rosenvinge, la energía inagotable de los mexicanos de El Tri y de La Maldita Vecindad, además de Sepultura, Miranda!, Draco Rosa, Bersuit Vergarabat, Catupecu Machu, Los Amigos Invisibles, Rata Blanca…; recordando la ya legendaria nevada de 2007, quejándonos de los estrictos controles, que parecen más acordes a un centro penitenciario que a un festival musical, podríamos llenar muchas páginas más.
Quizás es más recomendable llegar este fin de semana al Simón Bolívar, no para ser un número más en una estadística distrital, sino para reafirmar que la cultura rockera es parte del ADN de la capital y del país.


