Revista Diners
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Armando Villegas miraba por la ventana del carro y podía encontrar un objeto de colección en algo que para cualquiera habría terminado en la basura: una puerta vieja, una madera, un pedazo de material olvidado en la calle. Daniel Villegas, su hijo, recuerda que muchas veces tenían que devolverse para recoger aquello que había llamado la atención del Villegas padre; otras veces, era él quien encontraba algo y se lo llevaba al taller para preguntarle si podía servir. Así fue como los objetos empezaron a entrar en una casa que, con los años, terminó pareciéndose también a un archivo de la imaginación de Villegas.
La escena ayuda a entender la relación que el artista tuvo con los materiales y con la creación durante más de seis décadas. Nacido en 1926 en Pomabamba, en los Andes peruanos, creció en una familia vinculada a la artesanía y desde niño mostró una inclinación constante por hacer cosas. Sus tías hilaban, tejían y teñían los hilos de lana con pigmentos; él dibujaba desde la escuela y más adelante trabajó como asistente de pintor y restaurador de santos, una experiencia que despertó su interés por la pintura colonial y el barroco. En Lima estudió Bellas Artes y, cuando terminó su formación, había realizado 90 pinturas.
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En 1951 llegó a Bogotá con una beca para estudiar muralismo en la Universidad Nacional con Ignacio Gómez Jaramillo. La capital colombiana terminó siendo el lugar donde desarrolló buena parte de su trayectoria, desde la pintura y la escultura hasta el collage y el ensamblaje, mientras ejercía además una labor docente que se extendió durante décadas. Fue director de Artes Plásticas de la Universidad Nacional, cofundador de Bellas Artes de la Universidad de los Andes y, en 1993, recibió la nacionalidad colombiana por sus aportes al arte y la cultura. Su obra pasó por la abstracción, la figuración y el llamado realismo fantástico, pero ninguna de esas categorías consiguió contenerla por completo.

Como homenaje a los cien años del natalicio del artista, el pasado 3 de septiembre el Museo de Arte Moderno de Bogotá abrió Villegas 100 años. Retrospectiva, una exposición que reúne más de 120 obras realizadas entre 1950 y 2013. La muestra, curada por Valentina Gutiérrez Turbay junto con la Fundación Armando Villegas, ocupa la Sala Carlos Rojas, en el tercer piso, y la Sala Marta Traba, en el primero, y permanecerá abierta al público hasta el 17 de enero de 2027.
El centenario sirve así para volver a mirar una producción que durante años estuvo asociada, sobre todo, con sus guerreros. La retrospectiva amplía ese encuadre y pone en conversación el macro universo de un artista imposible de encasillar con el fin de dar a conocer aquel idioma único que villegas presentaba en distintas lenguas.
La exposición nació precisamente de esa necesidad de ampliar la mirada sobre el artista. Daniel Villegas llevaba años conservando el estudio, organizando el archivo y buscando una institución que quisiera recibir la obra en las condiciones que consideraba necesarias. El MAMBO es el lugar que había imaginado para celebrar el centenario. Para él, llegar finalmente a esas salas después de 13 años de insistencia tiene todo un proceso de reparación. “Esto ha sido un tema de resistencia”, mencionó en entrevista con Diners.
Un Armando Villegas para cada persona
La retrospectiva de la exposición parte de una dificultad que también terminó siendo una de sus mayores riquezas: cómo reunir en un mismo recorrido a un artista que nunca trabajó siguiendo una sola línea. La abstracción de los años cincuenta convivió con la figuración, los guerreros aparecieron mientras seguía explorando el collage y el ensamblaje, y la escultura ocupó un lugar tan importante en su búsqueda como la pintura. Al revisar el archivo para la exposición, Gutiérrez encontró que intentar ordenar esa producción en momentos demasiado precisos habría terminado simplificando la obra. “Villegas no es un artista marcado por períodos como tal; nunca fue el período de los guerreros o del collage, sino que él hacía todo al mismo tiempo”, explicó.

En dicha simultaneidad yace el core que la exposición anhela poner frente al visitante. Más de 120obras llevadas a cabo en diferenets décadas permiten pasar de una etapa a otra sin convertirlas necesariamente en compartimentos cerrados. En las salas aparecen pinturas abstractas, figuras, guerreros, criaturas fantásticas y esculturas. La intención de Gutiérrez, en su rol de curadora, se halla en que la diversidad no tenga que resolverse en una única interpretación. “Mi ambición es que la gente decida cuál Villegas le gusta. En cuál Villegas se ve”.
Para el hijo menor del artita, Daniel Villegas, esa amplitud explica buena parte de la vigencia de su padre. Incluso cuando los guerreros ya habían alcanzado reconocimiento comercial, Armando Villegas continuó buscando otros materiales y formas de expresión. Pasó del óleo al encausticado, del ensamblaje a la escultura y siguió trabajando con objetos encontrados, sin sentir que tuviera que abandonar una búsqueda para dedicarse exclusivamente a otra. «Hay un Villegas para todos los gustos”, aseveró la cabeza de Fundación Armando Villegas.

Los guerreros, aunque sean la imagen más reconocible de su obra, son apenas una de las posibles entradas. El Villegas hijo los entiende como personajes sin tiempo y como “guerreros de paz” al carecer de armas contundentes, figuras en las que también encuentra una reflexión sobre la identidad latinoamericana y la relación entre colonizador y colonizado. En otras piezas aparece una fauna propia, con animales únicos de las mente del artista y diversidad en las figuras de gatos; en otras, objetos que alguna vez estuvieron en la calle terminan incorporados a una composición.
Por su parte, la lectura de Gutiérrez va más allá de los personajes que suelen asociarse con Villegas. Para ella, el mestizaje que atraviesa su obra no está únicamente en las vírgenes, los guerreros o las referencias prehispánicas, sino en la forma misma de construir las imágenes. La formación académica convive con la artesanía; el arte occidental, con los patrones geométricos incas; la abstracción, con la figura. De esa mezcla surge lo que ella entiende como un tercer espacio, un territorio que no es exactamente el Perú de su infancia ni la Colombia en la que desarrolló su carrera.
La exposición también busca recuperar el encuentro directo con las obras. Gutiérrez considera importante que el público pueda ver los originales después de años en los que la circulación de falsificaciones terminó afectando la percepción de Villegas. Para Daniel, esa posibilidad tiene además algo de reivindicación: permitir que las obras hablen por sí mismas, sin quedar reducidas a la imagen más conocida del artista.
Conservar la memoria del artista
Durante buena parte de su trayectoria, Armando Villegas estuvo presente en la escena artística colombiana: apareció en catálogos y compendios, realizó más de cien exposiciones individuales y participó de las discusiones que acompañaron la consolidación del arte moderno en el país. Con el tiempo, sin embargo, las preguntas de la crítica cambiaron y el interés se desplazó hacia otros lenguajes. Villegas siguió trabajando en los suyos, incluso cuando los guerreros ya le habían dado un reconocimiento amplio.
Para Gutiérrez, allí está una de las razones para volver a mirar su obra un siglo después de su nacimiento. “Ya tenía su éxito comercial asegurado con los guerreros, pero paralelamente iba haciendo sus ensamblajes, sus collage, investigando e innovando”. La retrospectiva permite ver la mencionada insistencia reunida en un mismo espacio: el artista que alcanzó una imagen reconocible y, al mismo tiempo, siguió buscando qué podía hacer después de ella.
La actitud también está relacionada con la manera en que entendía el aprendizaje. Villegas dedicó cerca de cincuenta años a enseñar y sostenía que quien tenía conocimiento debía compartirlo. A sus estudiantes les decía: “júntate con los jóvenes y serás uno de ellos”. Daniel Villegas interpreta la frase como una disposición que hoy puede resultar especialmente significativa para quienes empiezan a construir una trayectoria artística: estudiar, trabajar y permanecer abiertos a lo que todavía no conocen.
La llegada de visitantes jóvenes al MAMBO durante la retrospectiva le ha permitido al hijo menor de Villegas comprobar que el nombre de su padre todavía puede despertar curiosidad. Parte del público llegó a través de las redes sociales y se encontró por primera vez con las obras originales. Para él, esa experiencia importa ya que durante años muchos colombianos conocieron a Villegas principalmente a través de reproducciones, mientras la circulación de falsificaciones terminó afectando la percepción de su trabajo.
Daniel extiende esa preocupación a otros artistas y a la manera en que el país conserva su memoria cultural. Considera que hace falta mayor compromiso institucional con los legados que forman parte de la historia artística de Colombia y que las nuevas generaciones deberían conocerlos antes de que queden reducidos a nombres en un catálogo. En el caso de su padre, esa recuperación tomó 13 años de trabajo de la Fundación Armando Villegas y terminó coincidiendo con una fecha que parecía imposible de ignorar: sus cien años.

La retrospectiva no pretende resolver definitivamente el lugar de Villegas en la historia del arte. Su propia obra se resiste a esa clase de cierre. Hay piezas todavía por estudiar, trabajos que permanecen fuera de la exposición y nuevas lecturas que pueden aparecer cuando el público vuelva a encontrarse con ellas.
Después de un siglo del nacimiento del artista y casi 13 años luego de su muerte, la conversación vuelve a comenzar en el museo; esta vez, con más de 120 obras reunidas para que un público que quizá solo conocía a los guerreros pueda descubrir también al artista que pintó, ensambló e hizo escultura de una fauna única y una visión que efectuó el sincretismo colombo-peruano gracias a un realismo fantástico particular.
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