Daniel Samper Ospina
Foto: Fotos: Mar Triana
agosto 14, 2026
Arte y Libros

“En el amor a los perros se pueden unir abelardistas, petristas y uribistas”, Daniel Samper Ospina

Tras la muerte de Serafín, un perro calvo y mestizo que se convirtió en su sombra, Daniel Samper Ospina se refugió en la literatura para procesar el duelo. El resultando es su primera novela de ficción: un relato narrado desde el humor, el miedo a los 50 años y la convicción de que los animales logran unir lo que la política insiste en dividir.
POR:
Simón Granja Matias
Revista Diners
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Llegó a la puerta de su casa un día, adornado con un moño rojo gigante y luciendo como el perro más feo que Daniel Samper Ospina recuerda haber visto. Tenía alopecia canina, una condición que el periodista, escritor y referente indiscutible del «club de los calvos» convirtió de inmediato en un lazo de empatía. Serafín se volvió su prolongación vital; tanto así que hasta compartían escenario en las funciones de Circumbia. Por eso, la mañana en que el perro no despertó de su lugar habitual al lado de la cama, el golpe fue devastador.

El duelo por esa partida tomó forma de refugio literario y dio origen a su primera novela de ficción, Serafín (Alfaguara). Es un relato conmovedor que pasa de la carcajada al nudo en la garganta sin perder el ritmo. En palabras de Ricardo Silva Romero, el texto es un «brillante relato de aprendizaje cincuentón que pone en claro que Daniel Samper Ospina tiene el oído envidiable que requieren el humor, la compasión y la poesía».

En entrevista con Revista Diners, el autor reflexiona sobre el proceso de convertir el dolor en literatura y la potencia de los animales para unir un país polarizado.

Llama la atención la presencia de la poesía en la historia, ¿por qué acudir a ella?

Porque al leer la novela uno se da cuenta de que uno de los grandes quejidos de la voz narradora es que la vida no tiene ningún sentido. El personaje se la pasa acudiendo de memoria a poemas para buscar consuelo —muchos ni se acuerda de quiénes son—, y eso es algo que a mí me pasa muchísimo en la vida real. A mí me da un consuelo enorme caminar por una ciudad que no conozco mientras recito mentalmente versos de poetas que me han gustado y que se me quedaron grabados en la cabeza.

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Daniel samper ospina
Foto: Mar Triana

Hablando de la voz narrativa, usted ya tenía un tono muy reconocido en la opinión pública. ¿Cómo fue adaptar esa voz al terreno de la ficción?

Esa es una muy buena pregunta porque le di muchísimas vueltas. Al principio no sabía si contar la historia en tercera persona con un narrador omnisciente, tipo García Márquez o como han hecho muchísimos novelistas. Pero en parte por consejo de Ricardo Silva, decidí acogerme a una voz que yo ya tenía mal que bien lograda: la voz que uso en mis columnas. Es que cuando yo escribo mis columnas de opinión satíricas en primera persona, en el fondo ya hago un ejercicio de ficción.

Eso que cuento de que hablé con mis hijas o con mi esposa, o las peleas con mi primo que votó por Cepeda y el otro por Abelardo, son en realidad escenas ficticias recreadas con una voz que busca el humor y que me pinta a mí como un tipo medio ingenuo ante los regaños de mi esposa. Rescaté esa misma voz para contar esta novela.

Esa voz aborda un detonante muy concreto en la trama: un infarto a los 50 años. ¿Por qué ese evento?

El infarto es el eje ficticio de la novela —a mí no me ha dado un infarto, aunque la gente me lo pregunte en Google—, pero sirve para retratar algo muy real: los 50 años es la peor edad para estar vivo. Es una edad dificilísima en la que uno es el cuidador de todo el mundo y nadie lo cuida a uno; uno es papá de sus hijos, pero al mismo tiempo le toca ser papá de sus propios papás que se están muriendo.

Y si uno es humorista, la cosa es peor, porque hacer humor hoy es una amenaza de cancelación constante por la dictadura de la corrección política, que lo obliga a uno a ponerle algodón a su material más afilado. Acudí a la novela para ordenar todo ese disparate, porque esa es la gracia de la literatura frente a la vida: la vida no va a ninguna parte, pero las novelas sí tienen que hacer que las piezas encajen.

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“en el amor a los perros se pueden unir abelardistas, petristas y uribistas”, daniel samper ospina
“En el amor a los perros se pueden unir abelardistas, petristas y uribistas”, Daniel Samper Ospina

El origen emocional de toda esta historia es la muerte de su perro Serafín. ¿Cómo llegó él a su casa?

Serafín fue un perro que se volvió famoso en las noticias porque nadie lo adoptaba en las jornadas de la Unidad de Cuidado Animal de la alcaldía. Tenía la oreja mocha por una pelea callejera y sufría de alopecia canina; tenía el pelo mostaza y la piel negra por parches, entonces parecía quemado o enfermo. El pobre perro era espantoso. Cuando vi la noticia de que no lo adoptaban por calvo, le dije a mi familia: «Esto es una infamia, hay que adoptarlo».

Ellas al principio dijeron que no, porque ya teníamos cinco perros que nacieron en la pandemia. Pero al día siguiente timbraron, bajé a abrir y me encontré con el perro más feo que he visto en mi vida, con un moño gigante rojo: mi familia lo había adoptado en secreto para darme la sorpresa de tener un calvo que me acompañara.

¿Cómo era la vida cotidiana con él?

Desde ese día no se me despegó nunca, era mi prolongación. Vivía de dos formas: siendo mi sombra a todas partes —incluso en la obra Circumbia salía conmigo al escenario con un frac hecho a su medida y se acostaba al lado del atril toda la función—, o esperándome parado en dos patas en la ventana. Cada vez que yo llegaba, así me hubiera ido solo 15 minutos, era una revolución volcánica de alegría. A los perros nunca se les pasa el amor ni el asombro.

¿De qué manera le afectó su partida y cómo terminó eso convertido en este libro?

Una mañana desperté y él no; amaneció quieto al lado de la cama. Lo zarandee y nada… Fue un golpe muy duro. Escribí una columna que movió a mucha gente, pero no me bastó. En unas vacaciones de tres semanas en las que pude parar el trabajo en NotiDan y Los Danieles, me sumergí a escribir a ver si salía el duelo. Ese duelo por las mascotas es vergonzante, a la gente le da oso decir que lo sufre, pero es tan duro como un duelo humano. Escribir la novela fue la forma de procesar ese vacío, de mitigar el dolor y de darle un sentido bonito a su memoria.

A diferencia de la tensión que se vive en su trabajo sobre la coyuntura política, ¿qué significó este proceso en lo personal?

Fue un libro de descanso, de pura liberación. La política actual, con sus liderazgos populistas y digitales, es el arte de dividir a la gente en tribus para que se destripen entre sí. En cambio, en el amor a los perros uno se encuentra con todo el mundo: se pueden unir abelardistas, petristas y uribistas. Me encanta que es un libro que despolariza, que habla de cosas amables y amenas, y que nos permite parar un rato el ruido para reencontrarnos en lo esencial.

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