Revista Diners
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El terremoto registrado el pasado 10 de agosto sobre las 7:30 a. m. no solo dejó pérdidas de vidas, heridos y daños materiales, sino también graves secuelas en la salud mental de los colombianos. Entre los testimonios de los afectados afloran el miedo, la ansiedad y la incertidumbre, además de intensos procesos de duelo por la pérdida de seres queridos o viviendas, y un temor constante ante las réplicas.
Mientras las labores de rescate y atención continúan, el cuidado de la salud mental se convierte en una prioridad urgente. Esta necesidad no solo abarca a los afectados directos y sus familias, sino también a quienes siguen la tragedia a través de pantallas, experimentando a la distancia la angustia y la incertidumbre por lo que ocurre en el país.
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En medio de la crisis, la intensidad de las reacciones emocionales hace indispensable la atención profesional. Por ello, y ante la alta demanda que enfrentan las líneas de apoyo, Diners consultó a expertos en psicología para compartir recomendaciones claves que ayuden a resguardar la salud mental en los primeros días tras el desastre.
Estos pasos de cuidado implican reconocer cuándo se necesita ayuda, evitar que la sobreexposición a las noticias aumente la angustia y brindar una atención especial a niños y adolescentes, quienes expresan el miedo y la incertidumbre de formas distintas a los adultos.
Un llamado a preocuparse por la salud mental
Ante una emergencia de esta magnitud, experimentar miedo, ansiedad, angustia o culpa no implica un fallo en la forma de reaccionar. La psicóloga clínica Carmen Pabón explica que el sistema nervioso se activa de forma automática frente a una amenaza real, incluso en quienes no sufrieron un impacto directo. Por ello, la especialista sugiere no juzgar ni reprimir estas emociones, sino reconocerlas para encontrar vías que permitan transitarlas. «No hay que cuestionar esa ansiedad», señala, pues «es una respuesta cien por ciento natural de nuestro cuerpo».
Para quienes aguardan noticias o buscan a familiares desaparecidos, Pabón enfatiza la urgencia de no anticiparse a escenarios no confirmados. En estos momentos, la prioridad debe ser el presente: consultar únicamente fuentes oficiales, solicitar acompañamiento y activar las redes de apoyo. «Hay que enfocarse en el ahora y preguntarse: ¿qué podemos hacer para ubicar a nuestra familia y qué ayuda concreta necesitamos pedir?», concluye.

Sumado a lo anterior, la especialista destaca que quienes presencian la emergencia desde un lugar seguro también pueden experimentar un trauma vicario: una respuesta emocional que surge al absorber de forma continua el dolor ajeno a través de relatos, imágenes y testimonios.
En estos casos, Pabón sugiere buscar un equilibrio entre mantenerse al tanto de la coyuntura y evitar la sobreexposición. Repetir incansablemente los videos del sismo, perseguir cada actualización o hiperactivarse para no pensar en lo ocurrido solo incrementa la ansiedad. Tampoco es saludable el extremo opuesto: «No se metan en una burbuja a forzar una normalidad de inmediato», advierte. La clave está en validar lo que se siente, pautar el consumo de noticias y preguntarse, desde la realidad de cada uno, cómo se puede aportar sin juzgar la propia angustia.
Cuidado de la salud mental infantil en medio de la crisis
En medio de una emergencia que trastoca la vida adulta, la atención a la salud mental infantil resulta crucial. Los niños y adolescentes también necesitan canales para procesar lo ocurrido. Al respecto, el psicólogo Juan Carlos Granja aclara que los padres no necesitan fingir invulnerabilidad para transmitir seguridad: los adultos pueden validar sus propias emociones y, al mismo tiempo, mostrar capacidad de respuesta. «Yo también me asusté, pero vamos a revisar qué debemos hacer y a cuidarnos juntos», ejemplifica. Regular una emoción, enfatiza, no equivale a reprimirla o esconderla.
A partir de esa premisa, el especialista comparte una serie de pautas para acompañar a los menores durante la crisis:
- Evitar promesas irrealizables: Frases como «ya pasó» o «no va a volver a temblar» buscan tranquilizar, pero ofrecen certezas que los adultos no poseen. Granja sugiere explicar que los sismos ocurren y que, aunque no se pueda predecir el próximo, sí existen medidas de protección. Crear un plan familiar y ensayarlo ayuda a restaurar la seguridad perdida.
- Brindar un espacio para hablar sin presiones: Cada menor procesa el impacto de forma distinta. Algunos harán preguntas constantes; otros buscarán jugar, dormir acompañados o reaccionar con sobresalto ante ruidos fuertes. Estas conductas no deben catalogarse de inmediato como un trastorno. «No debemos patologizar ni asumir que todo el mundo está traumatizado», advierte. Lo esencial es escuchar, acompañar y monitorear la evolución del comportamiento.
- Filtrar el consumo de noticias y redes sociales: Un adulto entiende que la repetición del video de un colapso en televisión es la misma escena una y otra vez; un niño pequeño puede interpretar cada repetición como un nuevo evento destructivo. Por ello, se debe evitar la presencia constante de imágenes impactantes en casa. Informarse es preciso; sobreexponerse, no.
- Devolver el control mediante acciones concretas: Organizar juntos la mochila de emergencia, acordar puntos de encuentro o repasar los protocolos escolares transforma la incertidumbre en prevención. Granja insiste en que no basta con la teoría: hay que practicar. Este ejercicio devuelve al menor «la capacidad de acción frente a un hecho percibido como incontrolable».
- Facilitar un retorno gradual a la rutina: El regreso a los espacios cotidianos —como el colegio— puede detonar distintas emociones. El experto aconseja evaluar cada caso e implementar transiciones intermedias: jornadas reducidas, acompañamiento de los cuidadores o dinámicas comunitarias en las aulas. El objetivo es recuperar paulatinamente la tranquilidad, respetando los tiempos de cada niño.
Parar y pensar en la salud mental
Por otra parte, la sensación de impotencia suele manifestarse con frecuencia entre quienes siguen la emergencia desde lugares seguros. Al respecto, José Valencia, psicólogo y máster en terapias de tercera generación, enfatiza la necesidad de cuestionar la idea de que «no hay nada por hacer». Gestos como donar, sumarse a iniciativas de voluntariado o buscar canales de apoyo directo para los damnificados son formas concretas de tomar acción. Pensar que estamos completamente de manos atadas «no es cierto», aclara el especialista; siempre existen maneras de canalizar la empatía en ayuda real.
Asimismo, Valencia señala que el miedo ante la posibilidad de un nuevo sismo no debe catalogarse como una reacción desmedida. «Es un miedo lógico», afirma, ya que responde a un evento traumático reciente. Por ello, aconseja no luchar contra esa emoción, sino validarla: «Es normal que estemos asustados, es normal que estemos ansiosos».
El especialista también reitera la importancia de pautar el consumo de información. Si las redes sociales intensifican la angustia, sugiere desconectarse por unos días y evitar la reproducción continua de imágenes de la tragedia. «Quedarnos ahí no ayuda a mejorar la parte emocional», advierte. Finalmente, para quienes necesiten desahogarse, recomienda acudir a atención profesional, consultar los servicios de orientación psicológica universitarios o buscar refugio en la conversación con familiares y amigos.
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