La costa colombiana vuelve a hacerse un lugar entre los paisajes que el mundo mira cuando piensa en el mar. Palomino, Isla Corona, Playa del Cabo y McBean Lagoon aparecen en la edición 2026 de Beach 100, la selección de Cerveza Corona que reúne cien playas de seis continentes y destaca destinos costeros extraordinarios para quienes buscan paisajes donde el mar, la arena y la naturaleza marcan el ritmo del viaje.
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Bajo la iniciativa Living is Calling, la plataforma promueve una conexión real y profunda con el mundo por medio de los espacios playeros. Dicha premisa se vincula con las 4 entradas nacionales en el ranking, 3 de la costa caribe y un paraíso insular, con una guía que funciona como invitación a explorar una parte de los ecosistemas marinos más diversos de América Latina.
En esta nueva edición, la guía suma 27 playas a una selección que valora la cultura de playa, la conexión con la naturaleza y el atractivo de cada paisaje. En paralelo, la iniciativa amplía su programa Beach 100 Grants, creado junto a Oceanic Global, para respaldar proyectos locales dedicados a la protección de manglares, arrecifes de coral y otros ecosistemas fundamentales para los océanos.
McBean Lagoon, el destitno insular colombiano en Beach 100
Hay un momento en McBean Lagoon en el que el mar parece dejar de ser uno solo: el azul se abre en distintas tonalidades mientras el fondo de coral aparece bajo el agua y los manglares se mueven detrás de la laguna. En este rincón al noriente de la isla de Providencia, protegido como parque nacional, el Caribe se recorre a otro ritmo, entre kayak, buceo y pequeñas pausas para observar tortugas marinas, peces y aves que encuentran refugio en este ecosistema. Para disfrutar de sus aguas con mayor visibilidad y un clima más seco, los meses entre enero y mayo son especialmente favorables, mientras octubre y noviembre ofrecen una temporada más tranquila y con menos visitantes en el destinto ubicado en el archipiélago de San Andrés.
Ese paisaje también guarda la memoria de la isla. La comunidad eaizal mantiene una relación estrecha con estas aguas y con las tradiciones que han acompañado su vida en la costa, mientras las historias de piratas y contrabandistas todavía forman parte de las leyendas de la laguna. No es casual que los locales la llamen el Mar de Siete Colores: debajo de esa apariencia serena existe un arrecife vivo y, alrededor, un territorio donde naturaleza, cultura e historia permanecen entrelazadas.
Cabo San Juan del Guía
El paisaje empieza a cambiar mucho antes de que aparezca la playa en el Cabo San Juan del Guía. El sendero se abre paso entre la selva del Parque Nacional Natural Tayrona hasta llegar a una costa de arena dorada, grandes rocas y palmas que se inclinan sobre el Caribe. El calor, que puede rondar los 29 ºC, hace que el trayecto se sienta como parte de la experiencia, pero al llegar el mar ofrece otra cadencia: nadar, hacer esnórquel, descansar en una hamaca o quedarse mirando cómo las olas golpean las formaciones rocosas. De diciembre a marzo el paraíso costero ofrece días más secos y despejados, mientras julio a septiembre permite encontrar un Tayrona más verde y con menos visitantes.

Por su parte, la noche en la esta costa colombiana transforma todavía más el paisaje. Sin hoteles ni grandes construcciones frente al mar, las hamacas quedan suspendidas sobre la costa y el sonido de la selva se mezcla con el de las olas. Monos aulladores y capuchinos, junto a guacamayas, forman parte de la fauna que habita este territorio, mientras los arrecifes cercanos ofrecen otro paisaje bajo el agua. Para el pueblo Kogi, además, estas tierras hacen parte de un territorio sagrado; una relación con la naturaleza que se siente en un lugar donde el mar y la selva todavía tienen mucho más protagonismo que la infraestructura turística.
Playa Palomino, en La Guajira
El viaje a Palomino empieza antes de llegar al mar. El río baja desde la Sierra Nevada de Santa Marta entre árboles y vegetación espesa, y durante el recorrido las montañas aparecen detrás de la selva hasta que, poco a poco, el agua dulce conduce hacia el Caribe. Al final espera una playa amplia y dorada, con olas buscadas por surfistas, hamacas frente al mar y un paisaje donde las cumbres de la Sierra permanecen como telón de fondo. Entre diciembre y marzo, los días suelen ser más despejados y la playa cobra mayor movimiento; mayo y junio, en cambio, traen lluvias, menos visitantes y una vegetación más exuberante.

La relación con la montaña es también una parte esencial de este lugar. Para el pueblo Kogi, la Sierra Nevada es un territorio sagrado y sus picos ocupan un lugar central dentro de su cosmovisión. Esa presencia se percibe mientras el río atraviesa la selva y desemboca cerca de una costa que conserva un carácter sencillo, con pequeños alojamientos, cafés y espacios que mantienen una escala más cercana al paisaje. Palomino no separa la montaña del mar: los dos conviven en el mismo horizonte y hacen de este tramo de La Guajira un lugar donde el Caribe se siente menos como destino y más como territorio.
Isla Corona
A poco más de una hora de Cartagena, el viaje hacia Isla Corona cambia el paisaje poco a poco: la ciudad queda atrás y el Caribe se abre entre aguas turquesas, manglares y arrecifes de coral. Al llegar, la isla propone otra manera de pasar el día, entre baños de mar, recorridos en kayak y largas horas bajo las palmeras. No hay caminos, pantallas ni grandes construcciones que interrumpan el paisaje; el ritmo lo marcan las mareas, la luz y el sonido del agua.

La vida en la isla está pensada alrededor de la conservación. Funciona con energía solar, recoge agua de lluvia y trabaja con organizaciones locales para proteger los arrecifes y reducir los residuos marinos, mientras la cocina apuesta por productos de la región. Para quienes planean visitarla, diciembre a abril ofrece las condiciones más secas y mares generalmente tranquilos; entre agosto y octubre, en cambio, la isla recibe menos visitantes y adquiere un ambiente más sereno. En ambos casos, la experiencia está menos relacionada con acumular actividades que con dejar pasar el día frente al Caribe.
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