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Revista Diners
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La guayaba ha perdido su olor y, de repente, ha dado cierre a una magnífica cosecha.
La muerte el pasado 28 de julio en Bogotá del autor de El olor de la guayaba, Plinio Apuleyo Mendoza, deja un vacío en el periodismo y la literatura colombianos.
Su legado más perdurable está ligado a ese libro, en el que logró demostrar que el periodismo no consiste únicamente en buscar respuestas a las preguntas que se plantea la sociedad en su conjunto, sino en saber escuchar, con verdadero interés, una historia cualquiera, hasta que revele aquello que ni siquiera su protagonista sabía que estaba dispuesto a contar.
Nacido en Tunja, en 1932, Mendoza perteneció a una generación de intelectuales latinoamericanos que entendieron el periodismo como una forma de construir activamente la historia a partir de sus sucesos cotidianos. El pensador boyacense estudió Ciencias Políticas en la Universidad de La Sorbona, en París, una formación que amplió su mirada sobre el mundo y le permitió vivir desde muy joven en el corazón de los debates políticos e intelectuales de su época.
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Su paso por Francia no se limitó a la academia.
De hecho, lo catapultó al periodismo por la pasión familiar de su padre Plinio Mendoza Neira, y su madre, Soledad García. De hecho, la influencia política de su padre lo forzó a vivir el exilio y radicarse en Venezuela, donde Plinio Apuleyo llegó a trabajar como diagramador en la revista Élite. Con su talento para la escritura, Plinio terminó reescribiendo artículos y cambiando titulares, con el beneplácito del director de la revista, Ramón J. Velásquez.
Cuando este fue detenido en su casa por “conspirar contra el gobierno de Pérez Jiménez”, el propietario de la empresa periodística, Miguel Ángel Capriles, designó a Mendoza como director de la revista, entonces la más importante de Venezuela. Entonces era un flaco diagramador de 22 años. Después sería director de la revista Momento, y tendría como colaboradores y amigos a Gabriel García Márquez y al futuro presidente de Venezuela, Luis Herrera Campins.
De vuelta al país dirigió la agencia Prensa Latina en sus primeros años, trabajó como corresponsal internacional, fue el segundo director de la revista Semana, en 1983, y desempeñó responsabilidades diplomáticas en Europa. Su vida le permitió observar de cerca tanto revoluciones como guerras y dictaduras, y asimismo ser un miembro activo en medio del surgimiento de una nueva literatura latinoamericana.
Los años del boom latinoamericano serían decisivos para Plinio Apuleyo Mendoza, que siempre se movió con naturalidad entre la política, el periodismo y la literatura. Fue esa combinación la que lo llevó a entender la entrevista como un género literario que trascendía las preguntas y podía encontrar guía en una conversación verdadera, hasta el punto de convertirla en una revelación.
Ese principio alcanzó su máxima expresión en El olor de la guayaba (1982), una obra que marcó época porque no se quedó con la idea de ser una biografía convencional acerca de Gabriel García Márquez, sino que pasó a ser un testimonio nacido tras cuatro décadas de amistad entre ambos escritores. De esas innumerables conversaciones surgió un universo creativo hecho de obsesiones, recuerdos y vivencias entrañables del Nobel. Plinio logró construir un retrato íntimo del escritor a través de la memoria compartida, la confianza y la paciencia.
Pero la producción literaria de Plinio Apuleyo Mendoza fue mucho más allá de ello y fue extensa. Ya antes, en 1974 publicó El desertor, un libro de cuentos que revelaba su interés por los conflictos humanos más que por los acontecimientos espectaculares. Cinco años después obtuvo el Premio de Novela Plaza & Janés con Años de fuga (1979), una novela donde la experiencia política y el exilio se transforman en materia literaria.
Más adelante aparecerían La llama y el hielo (1984), donde reunió retratos y anécdotas de cinco personajes que conoció personalmente, entre ellos García Márquez y Botero; también publicó Nuestros pintores en París (1990), una mirada a la presencia artística colombiana en la capital francesa, a la que siempre fue cercano. De nuevo en la línea de su amistad con el escritor, publicó Aquellos tiempos con Gabo (2002), un libro que recupera recuerdos compartidos con Gabriel García Márquez y ofrece una mirada profundamente humana sobre el autor de Cien años de soledad.
Más allá de la literatura, y tras su estancia en Francia como primer secretario de la Embajada de Colombia, regresó al país para vincularse al diario El Tiempo, realizó el programa de televisión Personajes y recibió, junto con sus hermanas Elvira, Soledad y Consuelo Mendoza, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, uno de los mayores reconocimientos del oficio en el país.
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Pero Plinio nunca entendió el periodismo como un ejercicio neutral. Creía que un periodista debía tener una mirada crítica sobre su tiempo y asumir las consecuencias de expresar sus ideas. De hecho, fue conocido por ser impulsivo y colérico, además de acelerado y drástico en sus decisiones. Detestaba la mediocridad y era obsesivo con la calidad de la información.
Su convicción lo llevó a tener una postura política clara y alcanzó una enorme repercusión continental con la publicación de Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996), escrito junto con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. El ensayo, que cuestionaba el populismo y buena parte de la cultura política latinoamericana, despertó intensos debates y lo convirtió en una de las voces más controvertidas del continente. Años después publicaría El regreso del idiota (2007), donde prolongaría esa discusión, así como Fabricantes de miseria (1998), centrado en la realidad política y social de Venezuela y Colombia.
Su pensamiento generó adhesiones y críticas, pero nunca indiferencia. Incluso, cuando sus posiciones políticas lo alejaron de Gabriel García Márquez, ambos conservaron una relación personal basada en el respeto y en la memoria compartida de sus años de juventud.
El precio de escribir
Su compromiso con el debate público también tuvo consecuencias personales.
En 1999 fue víctima de un atentado, cuando el Ejército de Liberación Nacional (ELN) envió una carta bomba a su apartamento en Bogotá. El explosivo no llegó a detonar, pero el episodio evidenció los riesgos que enfrentaban quienes ejercían el periodismo y expresaban opiniones en uno de los momentos más violentos de la historia reciente de Colombia.
Tres años después hizo un llamado a la solidaridad internacional frente a la crisis de violencia y terrorismo que atravesaba el país. El episodio recordó que el escritor asumía una responsabilidad cívica frente a su tiempo.
Más allá de las controversias políticas, el legado de Plinio Apuleyo Mendoza puede resumirse hoy en una idea sencilla y profundamente vigente: el periodismo necesita volver a escuchar a las personas.
Quizá esa sea la mayor lección que deja a los periodistas y escritores de hoy: las tecnologías cambian, las plataformas se transforman y las noticias envejecen con rapidez, pero la capacidad de comprender a los otros seres humanos a través de la palabra sigue siendo el corazón del oficio.