Revista Diners
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Cada vez que volvemos a Nueva York nos enganchamos a una nueva ruta y esta vez fue a esa que habla de aquellos que llegaron (y siguen llegando) a sumar a la construcción del sabor de la ciudad. Calles amplias y limpias, no sé si será por la temporada; gente animada en los parques y un clima que mientras estuvimos permitía salir a caminar, aunque en estos momentos de medio año presumimos que ya se haya vuelto todo un poco más intenso y el sol no dé descanso.
Mientras tanto, nosotros navegamos por cafés, restaurantes, delis y pequeñas tiendas que nos traen un poco del mundo. Porque Nueva York está construido de eso, de lo que llegó de fuera, de lo que se asentó y se adaptó, del viajero y del mestizo. Aquí van nuestros favoritos desde el desayuno hasta el postre.
Un buen brunch
La ciudad de la Gran Manzana no para de moverse y de generar contenido sabroso. Cafés, pastelerías, panaderías, delis, restaurantes, bares, tiendas de especias… Todos se adaptan a los tiempos y muchos apuestan por la innovación en una ciudad llena de clásicos, pero en la que también la escena gastronómica llega de todos lados, porque lo revolucionario aquí es que cada vez que se viene hay algo nuevo que descubrir, ya sea en lugares ya explorados o en otros nuevos con comida del mundo que se integra con facilidad ante la curiosidad y apertura de los comensales locales.

Así caímos en el primer brunch con menú degustación y omakase de postres. Es de la chef coreana Eunji Lee (North America’s Best Pastry Chef 2026), que en Lysée (44 E 21st St), su pastelería, ha encontrado el balance perfecto en un dulce: su tarta de fresa y ruibarbo es como comerse el verano, la de crema de vainilla y masa crujiente no tiene pierde, también puede probar un delicioso pastelito signature de arroz y praliné de pecanas o una memorable tarta de higos.
Es una Corea que le dicta al oído que los sabores deben ser limpios, que la presencia es clave y que resulta imprescindible destacar la calidad del insumo. Esta pastelería es recomendadísima para un antojo, un menú degustación o un omakase de miércoles que deja volar la imaginación de la chef. También hay pastelería salada, croissants y buen café.

Uno de los indispensables en nuestras visitas a Nueva York para media mañana siempre es el deli Russ & Daughters (179 E Houston St), fundado por el judío polaco Joel Russ, quien a principios de 1900 comenzó vendiendo arenque en escabeche en las calles del Lower East Side. El espacio, que ya va por los cien años, se expandió a cafés restaurantes en otras zonas de la ciudad, pero nuestro lugar favorito es el appetizers shop (la tienda original) en la Houston Street del Lower East Side.
No por los bagels que generan largas colas y están buenos y contundentes, sino por los chocolates de factura de antaño, más rústicos y garrapiñados, con frutos secos y nueces, y sus maravillosas naranjitas confitadas bañadas en chocolate: densas y bien balanceadas. Sus galletas black and white son tradicionales y de seguro van a querer comprar más de una.
Suramérica a la carta
No, acá no van a encontrar cocina típica de Perú o Uruguay, pero sí la visión de dos chefs que han sabido cómo expandirse en una ciudad fiera y asentar sus espacios con carácter y buen entendimiento. Primero, el uruguayo Ignacio Mattos, con Altro Paradiso (234 Spring St), que celebra lo hecho desde cero y la cocina sencilla italiana, aparte del buen café en su acogedora barra.

Hay hora del aperitivo y la cocina comienza a funcionar desde las 11:30 de la mañana, especial para los tempraneros. Su restaurante hermano —y el primero que abrió Mattos— es Estela (47 E Houston St 1st floor), un casual dining con una estrella Michelin. Bastante nocturno, explora propuestas sencillas pero contundentes en sabor. Apretado, bullanguero, pedimos platos para compartir y buen vino. Dos de nuestros favoritos son las endivias con nueces y anchoas y el arroz frito negro con calamar y romesco. Los fines de semana abren a la hora del almuerzo.
El segundo es el chef peruano Óscar Lorenzzi con Nuyores (154 W 13th St), un restaurante desenfadado con una estética cuidada que nos recuerda a la serie Mad Men: los años sesenta en su apogeo, las luces cálidas, y los detalles cuidados y armoniosos. Un mural del artista peruano Rudolph Castro en el ingreso y una barra que rinde homenaje a los destilados peruanos, desde el pisco hasta el licor de ají mochero.

En la carta, Lorenzzi cuenta su vida en la cocina, esa que nace en Perú y se alimenta de sus pasos por el mundo, homenajea su historia y abraza lo francés, lo italiano, lo estadounidense, en tonos bonitos y con sabores reconocibles. Hay clásicos como el ceviche de pescado y el tiradito de atún, unos revolucionarios cacio e pepe de yuca y huancaína o la carapulcra (papa seca) con panceta, así como una causa tater tot con ensalada de cangrejo. Todo es una gozadera. Ojo que la carta de vino es bien surtida e impecable. Hay brunch los fines de semana.

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Varios de nuestros clásicos favoritos
Teníamos que meter algo italiano y esta vez nos vamos por un clásico: la pizza. Afortunadamente, en Nueva York hay para todos los gustos, y nosotros nos inclinamos por la ligera, de corteza delgada y crujiente, margarita o pepperoni, esa precisa del menú de Joe & Pat’s (168 1st Ave). Además, puede pasar una hora y se sigue manteniendo crujiente, así que si la piden para llevar, luego de un agitado día de recorrido, se pueden dar un buen gusto en el hotel.
En Szechuan Gourmet (21 W 39th St) no hay medias tintas: si les dicen que pica, pica. En un vecindario lleno de oficinas, en una calle cerca de Bryant Park, está uno de nuestros favoritos de la ciudad (recomendado por la Guía Michelin). Es un espacio ubicado en el Midtown, auténtico y generoso en sus platos. Hay crujientes panqueques de cebolla china, dumplings de cerdo en aceite de ají, fideos agridulces y picantes, arroces reconfortantes y clásicos de Szechuan. Vayan acompañados para poder compartir varios platos.
Un encuentro de varios mundos se esconde en Minetta Tavern (113 MacDougal St, New York) uno de nuestros predilectos en la ciudad, que data de 1937. La fundó el italoamericano Eddie “Minetta” Severi y sirvió de bar speakeasy y sitio de encuentro de escritores e intelectuales como E. E. Cummings y Ernest Hemingway.
En la primera década del siglo XXI, la tomó y reabrió el restaurador Keith McNally, el mismo de Balthazar, una elegante y ya clásica brasserie francesa en 80 Spring St, que tiene en carta las steak frites, brunch y pastelería (vayan por la canasta de panes del desayuno). McNally la convirtió en una suerte de espacio parisino con encanto neoyorquino, sin perder la esencia de bar.
La carta está llena de tradicionales muy bien hechos:
la sopa de cebollas, el paté, las steak frites y la Black Burger, una sólida mezcla de distintos cortes de carne de res madurada, queso cheddar y cebollas caramelizadas. Jugosa, no se deshace, se mantiene firme y bien encajada en un pan suave. No la compartan con nadie, nosotros nos arrepentimos de hacerlo.
Los coreanos que se robaron el corazón de la ciudad
Para cerrar, una exploración en un nuevo registro de sabores, aquellos coreanos que se nos quedaron en el paladar desde la primera visita. Primero en Atoboy (43 E 28th St), de Junghyun JP Park y Ellia Park, más casual y relajado, donde los platos son para compartir: hay arroces, panceta, un pollo frito de campeonato y frutos de mar en un festival de mezclas potentes, pero que no comprometen la pureza de los insumos.

El trabajo más personal del chef JP se plasma en Atomix (104 E 30th St). Aquí ha encontrado su propio lenguaje, uno que habla de su tierra y de sus tradiciones, de la sensibilidad y sutileza de sabores, del respeto por el insumo y la creatividad a partir de él. Su menú es lo justo y preciso. Estético, contador de la historia personal de la pareja, pero también de su contagio contemporáneo y cosmopolita al encontrarse en medio de una de las urbes más activas del mundo.

El servicio a cargo de Ellia es preciso. Atomix (primer lugar en el 50 Best Restaurants de Norteamérica el año pasado y octava casilla en esta edición) ha puesto a Corea a vivir más de cerca el fine dining en una barra para 16 personas, con un menú degustación memorable.
De compras
Seven Grams (varias locaciones) para el café. Tostaduría independiente que une diseño y buena bollería a la experiencia del grano bien trabajado de todas partes del planeta.
Korin (57 Warren St). Un dato para comprar cuchillos, porque la ruta se redondea y hay que llevar a casa algún recuerdo utilitario: acá van a encontrar algunos de los mejores ejemplares. Al ser especializado en cuchillería nipona, hay también cerámica japonesa asequible y bien curada.
Kitchen Arts & Letters (1435 Lexington Ave). Una librería ya de culto, donde aterrizan libros de varios países, enfocados en gastronomía y toda la industria que la rodea. Nuestra obsesión son las revistas, muchas de nicho y que solamente se encuentran ahí. Además, es una agradable aventura echarse una buena caminata y visitar una librería.
Duals Natural Herbs and Tea (91 1st Ave, piso subterráneo) es la delicia de aquellos a los que les gusta cocinar en casa: un recorrido por los aromas y las especias del mundo y tentaciones para meter en la bolsa de compra. Hay que mantener el control, porque la cuenta puede salir larga y abultada. Se puede pedir en línea, pero la tienda estimula más los sentidos.
Una pronta apertura
Mah-Ze-Dahr Bakery. Una panadería con croissants y panes al chocolate de muy buena factura. Su fundadora, Umber Ahmad, de ascendencia pakistaní, tiene entre sus postres claves una golosería de chocolate, pecanas caramelizadas con mantequilla y caramelo.

El brownie de chocolate oscuro y las donas de brioche, otra locura. Además, nos gustó la bollería rellena de champiñones y queso. Hay buen café y se le extraña mucho, pero la chef confirmó que reabre en unos meses en Manhattan y Brooklyn, así que estén atentos a las redes.
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