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agosto 26, 2026
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Javier Giraldo, el jesuita que caminó el barro para vencer al olvido

El padre Javier Giraldo, a través de una vida de trabajo por las comunidades de Colombia, nos recordó la importancia de la memoria. Sabía que no olvidar tiene el poder de evitar que el horror siga repitiéndose. Su legado es inspirador para millones. In memoriam.
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Revista Diners

No lo dice una persona. Lo dicen decenas, casi en coro: el padre Javier Giraldo, fallecido el pasado 25 de agosto, era un hombre decidido a sembrar la justicia en un país de desigualdades. Y a revelar la verdad en un contexto de ocultamientos.

Quienes lo conocieron lo nombran con la misma admiración con que se menciona un recuerdo sagrado. Recuerdan que su propósito era de absoluta bondad: dedicó su vida a impedir que las víctimas fueran olvidadas o se convirtieran en una simple estadística.

Corría el año de 1988 cuando se dieron las cruentas masacres de Trujillo, Riofrío y Bolívar, en el Valle del Cauca (el adjetivo sobra al hablar de masacres, pero no sobra recordarlo). La cifra de muertos que se dio en los tres municipios son casi idénticas a las del reciente terremoto del Chocó que afectó al Eje Cafetero y el Valle: hubo 342 víctimas de homicidio, tortura y desaparición forzada. La cifra habla de la magnitud del horror vivido. 

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Allí, a Trujillo, llegó Giraldo. Lo hizo luego de que su amigo, el párroco Tiberio Fernández Mafla, amigo cercano suyo, fuera asesinado de forma salvaje por oponerse al asesinato de su sobrina. Javier Giraldo decidió ir al Valle a buscar sus restos. 

Encontró su cuerpo arrojado al río Cauca. La escena dolorosa de la violencia desmedida lo marcó. Pero el de su amigo no era el único cuerpo: había, y habría, muchos más. La búsqueda de su amigo lo llevó a conectar con cientos de historias más de personas asesinadas por no pensar igual que sus asesinos. Un país intolerante se abrió ante sus ojos de una manera más dura de lo que ya conocía.

Escuchó a las familias. A decenas de ellas. Supo entonces, con más certeza que antes, que abundaban los casos de desaparecidos, torturados y asesinados. No solo allí, sino en todo el país, la mayoría silenciados para los medios o desconocidos en las grandes ciudades. Como suele pasar, la investigación de Trujillo fue archivada. Giraldo elevó el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Escuchó a todos y cada uno de los afectados. Vio sus ojos aterrorizados, su miedo, esperó a que pudieran reponerse del silencio, y su receptividad le ayudó a congregar su trabajo alrededor de la memoria. 

Sabía que documentar el horror era vital para que no olvidáramos y para que las memorias de las víctimas se conservaran. Más de cincuenta años de su vida los dedicó a ello. 

El país no podía olvidar

Era importante sembrar dignidad donde había habido horror.

Esa convicción la tuvo Giraldo por primera vez en 1963, cuando tenía 19 años y realizaba su noviciado en un hospital de Medellín. Fue allí cuando escuchó hablar del cura Camilo Torres Restrepo, un sacerdote sociólogo que había hablado de la injusticia estructural que existía en Colombia. Las palabras lo inspiraron y se planteó la pregunta que definió el rumbo de su vida: ¿Vale la pena vivir si no se pone la vida al servicio de los demás? 

Se especializó en París y allí mismo decidió encadenarse a las puertas de la embajada colombiana junto a su compañero de causas, el investigador Mario Calderón, para clamar contra los abusos del Estatuto de Seguridad, durante el mandato de Turbay Ayala. 

Mario, otro de sus grandes amigos, sería asesinado también por su trabajo en el CINEP, junto con la investigadora Elsa Alvarado. Aquel crimen, perpetrado en la impunidad que solía rodear a los poderes oscuros, quebró su alma, pero reforzó su acero. 

Un año después, las sedes de Justicia y Paz fueron allanadas por militares que buscaban incautar los computadores con los archivos de su proyecto Colombia nunca más. Amenazado de muerte por múltiples fuentes, la orden eclesial lo obligó al exilio en Europa. Pero ni la distancia física aflojó su vínculo con la tragedia colombiana; continuó denunciando las estructuras que permitían el exterminio. 

Giraldo fue el primero en demostrar metodológicamente que los crímenes cometidos en el país no eran “hechos aislados” ni excesos individuales de algunos. Demostró, con pruebas, la alianza clandestina entre sectores de la fuerza pública y grupos paramilitares. 

Analizó cientos de registros, desnudó el patrón de las ejecuciones extrajudiciales y sostuvo que la doctrina de seguridad nacional, implementada desde los años sesenta, había consolidado una cadena de muerte, intolerante ante las ideas distintas.

Giraldo no temió por su vida, sino por la de las víctimas. Y se dedicó a ellas.

El padre Javier Giraldo: siempre por la dignidad

Este sacerdote jesuita, filósofo, teólogo e investigador social, dedicó entonces cinco décadas de su vida a documentar la violencia en Colombia. 

Alcanzó logros fundamentales en el proceso de reconciliación en el país, como sacar adelante el Banco de Datos de Derechos Humanos (con el CINEP), el proyecto Colombia nunca más, las galerías de la memoria, la documentación de ejecuciones extrajudiciales o el apoyo decidido a la comunidad de paz de San José de Apartadó, un proceso doloroso que culminó en 2025 con un acto público de reconocimiento de la responsabilidad y las disculpas públicas en favor de la Comunidad de Paz por las ejecuciones extrajudiciales, amenazas y persecución cometidas por agentes del Estado en contra de su gente. 

El camino de Javier Giraldo era aquel. Lo tuvo claro desde que volvió de París y se internó en las selvas de Córdoba y el Magdalena Medio, convencido de que el Evangelio no se predicaba desde la distancia. Siguió el concepto del “amor eficaz”, como manera de entender que para estar con los desposeídos había que ir a la base, donde estaba la gente, aprender de ellos y escucharlos. 

Rubén Darío Pardo, docente universitario en Armenia, recuerda cuando hizo a su lado una peregrinación desde San José de Apartadó hasta la vereda Mulatos, que implicaba cruzar la serranía de Abibé, entre Antioquia y Córdoba. Recuerda cómo el sacerdote guió a personas de muchas nacionalidades en una caminata durísima, y cómo todos llegaron en la noche, empantanados y en el extremo del cansancio. Salvo el padre. 

“Él parecía que hubiera levitado. Sabía caminar los montes y permanecía inmaculado siempre, a pesar de que caminaba por terrenos difíciles. Su legado de coherencia, valentía y humildad se demostraba también así”, recuerda. Ahora, en memoria, lleva a sus alumnos al Museo de la Memoria en Trujillo, un hecho que logró el sacerdote jesuita.

El amor de Giraldo por la vida lo llevó a recorrer, hasta edad avanzada, las regiones más olvidadas del país. Incluso en este 2026, el padre Javier caminó por Mongua, en Boyacá, para acompañar la entrega digna de los restos de Arnulfo Pesca Pérez, un campesino desaparecido 22 años atrás. Frente al féretro, el sacerdote recordó que la paz es una construcción dolorosa basada en la verdad. 

También ante el Tribunal Permanente de los Pueblos condensó el sentido supremo de su paso por la tierra: “Defender la vida en Colombia es como optar por algo imposible; pero yo creo que ahí es donde está la fe: en creer que lo imposible puede ser posible”

Javier Giraldo Moreno le enseñó al país que cuando un pueblo decide no olvidar a sus muertos impide que el dolor se repita y derrota a la impunidad. En sus archivos, en sus trochas y en el corazón de miles de campesinos, el jesuita de mirada serena seguirá caminando y mostrando que la memoria es un milagro, porque vence a la muerte. 

Giraldo, sin más protección que su convicción ética inapelable, no usó la sotana como escudo, ni los argumentos del poder para condescender. Usó la dignidad. Su espíritu ético y empático, capaz de escuchar el dolor más brutal y abrazar el perdón, le permitió entender que lo suyo era sembrar el amor.

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