Puede que usted nunca haya conocido a Jaime Molina, pero es muy probable que haya cantado en su honor, que haya recordado esas parrandas famosas en las que no dejaba dormir a ningún amigo.
Es probable, muy probable, que haya recitado ese son que el maestro Rafael Escalona compuso en honor a esa condición que Molina solía poner cuando estaba borracho:
Si yo moría primero, él me hacía un retrato
o, si yo moría primero, le sacaba un son.

El flujo incontrolable de la vida decidió que, en vez del retrato prometido, se creara esta elegía vallenata que no sólo se convirtió en una de las canciones más reconocidas de la música popular colombiana, sino que también se erigió en un símbolo de ese carácter tan íntimo como incombustible de las letras de Escalona.
Rafael Calixto Escalona Martínez, que nació el 26 de mayo de 1926 en el corregimiento de Patillal, al norte de Valledupar, es por estos días objeto de una serie de tributos que celebran su obra y su vida. El Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella, por ejemplo, acaba de realizar una programación de una semana con actividades como charlas, conciertos y sesiones de vinilos.
Por su parte, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes declaró el 2026 como el Año del Centenario del Natalicio de Escalona, destacándolo como uno de los gestores culturales más importantes del país. Según el Minculturas, las composiciones musicales y las obras pictóricas del maestro, además de los otros oficios en los que incursionó, dibujaron una crónica de profundo valor de la cultura y el patrimonio del Caribe colombiano.
Muchas de sus canciones nacieron de la cotidianidad de su tierra, de sus amistades y de esa materia inagotable, esa quimera que son las relaciones amorosas. Escalona, por ejemplo, contó en una entrevista que su relación con el mítico Jaime Molina nació cuando sus madres los enviaban a caminar juntos de la mano.
Los dos niños, que daban así sus primeros pasos, vivían en un campo de recreo, de pastoreo, a 20 kilómetros de Valledupar, en las estribaciones de la Sierra Nevada. “Siempre hubo entre nosotros la afinidad, el cariño permanente, la devoción, la amistad. Así nos hicimos grandes y compartimos ya no las inquietudes del trompo, de la cauchera”, apuntó el maestro en esa charla.
Además de esa amistad legendaria, Patillal también produjo otros conocidos autores musicales. En la ‘Tierra de compositores’, como es conocido este pueblo, nacieron otros maestros vallenatos como José Hernández Maestre, Tobias Enrique Pumarejo, Chema Guerra, José Alfonso Maestre y Julio García.
Escalona, quizás el más famoso de esa camada, empezó a componer a sus quince años, inspirado en las historias que se producían en su familia y en el día a día de su pueblo. Una de las grandes influencias musicales del maestro fue su papá, Clemente Escalona Labarcés, quien nació en Ciénaga (Magdalena), que también compuso paseos vallenatos y, además, fue coronel liberal en la Guerra de los Mil Días.

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Clemente fue un autodidacta, un “músico de oído”, que hacía cantar el tiple con su poesía improvisada. En una entrevista con José Gabriel Ortiz, el maestro Escalona contó que su papá era un hombre supremamente ilustrado, que le solía hablar de las tradiciones de los juglares de la Edad Media y de los rapsodas de la Antigua Grecia, ambos guardianes y transmisores de las historias y de las memorias de sus pueblos.
“Todo el mundo quiere seguir un ejemplo y yo quería ser un personaje de esos, no que le echara cuentos solamente a un rey o un emperador, sino a su pueblo, y eso es lo que yo he tratado de hacer siempre”, le dijo Escalona a Ortiz.
Otra de las grandes influencias en la formación intelectual y artística del célebre compositor fue el profesor Heriberto Castañeda, a quien conoció cuando cursaba el tercer año de bachillerato en el Colegio Nacional Loperena en Valledupar.
Inspirado en ese hombre de 24 años, que les enseñó a Escalona y a sus amigos a jugar fútbol y a cantar y a fregar, y al mismo tiempo les exigía disciplina y rendimiento intelectual, el maestro compuso su primera canción: El profe Castañeda.
Cómo recordamos al profe Castañeda
si de aquí ninguno quiere que se vaya
qué triste quedó el Loperena
qué tristes quedarán sus aulas.
Estos eran los primeros versos de ese tema, que Escalona escribió en 1943, cuando al maestro lo trasladaron al colegio Liceo Padilla, en Riohacha.
Inspirado en otra figura fundamental de su vida, el maestro creó en 1952 la que sería una de sus obras más conocidas y cuyo título se convertiría en la metáfora más poderosa de la música colombiana: La casa en el aire.
El primer cantante que interpretó el famoso verso de Voy a hacerte una casa en el aire fue Roberto Román, integrante del grupo Los Vallenatos del Magdalena, que tenía como acordeonero a otra leyenda: Aníbal Velásquez. A Román lo siguieron otras figuras colombianas como Carlos Vives, Diomedes Díaz y Jorge Oñate e incluso estrellas internacionales como la española Lola Flores.
“La casa en el aire fue un canto que le hice a mi primera niña, llamada Ada Luz, y en síntesis creo que este canto es el castillo en el aire que soñamos todos los padres para sus hijos; claro que yo tuve la oportunidad de decirlo con música”, dijo Escalona en una entrevista que le concedió a Gloria Valencia de Castaño durante una visita a Bogotá en 1956.
En esa charla, el maestro bromeó con la situación incómoda en la que lo puso ese clásico vallenato, pues luego nació su otra hija, Rosa María. ¿Cómo evitar que esos célebres versos afectaran la convivencia en la casa Escalona? La solución fue la creación de otro tema legendario: Rosa María.
“Desde luego, usted sabe que las mujeres son jactanciosas -le dijo Escalona a la reconocida periodista- y me he puesto a pensar que, cuando Ada Luz tenga 15 o 16 años, le va a decir a Rosa María: ‘Papá me quiere más que a ti porque me hizo una casa en el aire y a ti no te hizo nada’. Y, entonces, para evitar futuros problemas, le hice a Rosa María un manantial en lo más alto de una serranía donde sólo se pueda bañar ella”.
En esas crónicas sobre personajes populares de su tierra, como La vieja Sara, un homenaje a Sara María Salas Baquero, la mamá de Emiliano y de Toño, y La brasilera, sobre esa mujer que Cruzó la frontera pa’ venir a meterse en mi alma, Escalona también filtró una detallada cartografía de esa zona del país.
Esto se refleja en canciones como El almirante Padilla, que no sólo habla sobre el personaje que le da su nombre, sino sobre José Francisco Socarrás Dangond, el ‘Tite’ Socarrás, un personaje de la zona que se dedicaba a cuestionables negocios que Escalona retrató sin eufemismos:
Allá en la Guajira arriba,
donde nace el contrabando,
el Almirante Padilla
llegó a puerto López y lo dejó arruinado.
Pobre Tite, pobre Tite
pobre Tite Socarrás,
hombre que ahora está muy triste
lo ha perdido todo por contrabandear.
Cuando José Gabriel Ortiz le preguntó al compositor si él de verdad fue contrabandista junto a Socarrás, Escalona respondió, rápido y elocuente: Eso es lo que dice el doctor López: Calumnias de la oposición.
Con López, el compositor probablemente se refería a otro de sus grandes amigos, Alfonso López Michelsen, primer gobernador del departamento del Cesar y presidente de Colombia entre 1974 y 1978. López Michelsen fundó en 1968 el Festival de la Leyenda Vallenata junto a Consuelo Araújo Noguera, escritora y gestora cultural conocida como ‘La Cacica’, y al propio Escalona.
Otro de los grandes amigos del creador de La casa en el aire fue el escritor de Aracataca Gabriel García Márquez, que invitó a Escalona a que hiciera parte de la comitiva folclórica que lo acompañó a recibir el premio Nobel de Literatura en Estocolmo (Suecia) el 10 de diciembre de 1982.

García Márquez, que en una de sus frases más famosas aseguró que Cien años de soledad no era otra cosa que un “vallenato de 450 páginas”, en varias ocasiones hizo aparecer en sus páginas la figura de Escalona. En El coronel no tiene quien lo escriba, por ejemplo, el melancólico protagonista sale de su casa con un aparatoso reloj de madera y dice, a modo de protesta:
Si me ven por la calle con semejante escaparate me sacan en una canción de Rafael Escalona.
En su novela cumbre, la que describe la vida y la muerte de los Buendía, y justo antes de que un huracán bíblico arrasara a Macondo, Gabo escribe que en el “último salón abierto del desmantelado barrio de tolerancia un conjunto de acordeones tocaba los cantos de Rafael Escalona, el sobrino del obispo, heredero de los secretos de Francisco El Hombre”.
Este pasaje de Cien años de soledad es uno de los tantos brochazos con los que se pintó el lienzo de inmortalidad de este hombre que es una de las máximas insignias del vallenato, a pesar de que no tocaba el acordeón, es más, de que no interpretaba ningún instrumento musical. Este hombre que componía sus paseos silbando y marcando el ritmo chocando sus dedos contra alguna superficie. Un ritmo que Colombia aún replica.


