Revista Diners
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Los cafés históricos no son museos. Son lugares que llevan tres siglos sirviendo café en las mismas mesas donde alguna vez se sentaron Voltaire, Borges o Freud, y que siguen funcionando como si nada. Han sobrevivido guerras, revoluciones y cambios de régimen y siguen siendo lo que siempre fueron: puntos de encuentro donde la gente va a pensar, conversar o simplemente pasar el tiempo.
Si es fanático la historia, los viajes y un buen espresso, aquí están diez lugares que han estado vivos durante más tiempo que la mayoría de los países modernos.
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Le Procope, París – 1686
Le Procope afirma ser el café más antiguo de París, aunque técnicamente no hay documento que lo pruebe. Oficialmente fundado en 1686, abrió sus puertas en 1689 en Saint-Germain-des-Prés. Lo importante no es la fecha exacta sino quiénes pasaban por allí: Voltaire, Rousseau, Diderot, d’Alembert. De hecho, según Le Relais Du Louvre, durante la Revolución Francesa, el lugar se convirtió en cuartel general del movimiento. Danton y Marat se reunían ahí con el Club des Cordeliers, y Robespierre y los jacobinos también eran clientes frecuentes.
Hoy el restaurante tiene dos niveles decorados en estilo francés del siglo XVIII, ofrece mariscos y cocina casera tradicional, y fue clasificado como monumento histórico en 1962.
Caffè Florian, Venecia – 1720

Abrió en la Plaza de San Marcos el 29 de diciembre de 1720 con el nombre de «Alla Venezia Trionfante» (Venecia Triunfante), pero los venecianos empezaron a llamarlo simplemente «Florian» por su fundador, Floriano Francesconi.
La cafetería permaneció abierta incluso durante guerras, sirviendo como refugio en medio del caos. Tres siglos después sigue en el mismo lugar, con las mismas vistas a la plaza, haciendo exactamente lo mismo: café y conversación.
Confeitaria Nacional, Lisboa – 1829
Esta es una cápsula del tiempo que preserva recetas que han pasado de generación en generación desde 1829. Ubicada en la Praça da Figueira desde su inauguración, la Confeitaria Nacional es guardiana de las recetas más antiguas de la repostería portuguesa. Su pastel de nata es considerado por muchos el mejor de Lisboa (en esta ciudad el pastel de nata es religión), y también hacen el icónico bolo de arroz, uno de los pasteles favoritos de los portugueses.
Café Tortoni, Buenos Aires – 1858
El Café Tortoni abrió en 1858 en la esquina de Esmeralda y Rivadavia, y su fundador, Monsieur Jean Touan, le puso ese nombre en homenaje al célebre Tortoni de París.
Desde sus orígenes, el punto de encuentro para intelectuales, artistas y amantes de la bohemia porteña. Por allí pasaron Borges, Pirandello, García Lorca, Cortázar, Arthur Rubinstein y Carlos Gardel. Hoy sigue siendo un lugar donde el arte y el tango se siente en las paredes y donde puede tomarse una taza rodeado de fantasmas ilustres.
Caffè Gambrinus, Nápoles – 1860
El ritual del espresso napolitano tiene aquí su santuario y Oscar Wilde también pasó por el suyo. Abrió en 1860 tras la Unificación de Italia, y rápidamente se ganó la aprobación de la familia real, convirtiéndose en «Proveedor de la Casa Real», título que los Saboya solo otorgaban a los mejores.
Es excesivo, hermoso y completamente napolitano en su rechazo al minimalismo. Más de cuarenta artesanos lo decoraron hasta convertirlo en un cofre de obras de arte: mármoles, estucos, bajorrelieves, tapices y pinturas de los mejores paisajistas napolitanos. Una parada obligada.
Café Central, Viena – 1876
Las cafeterías vienesas son parte del ADN de la ciudad. En el siglo XIX, Viena era la ciudad de los cafés, y aún hoy se revive esa cultura: pasteles sobre terciopelo, sillas Thonet y mesas de mármol.
Fundado en 1876 por los hermanos Pach en un edificio de estilo nuevo renacentista diseñado por Heinrich von Ferstel, es una mansión de columnas inmensas y maximalismo barroco donde Freud y Trotsky jugaron ajedrez.
Dato: actualmente está cerrado por renovación. La reapertura está programada para otoño de 2026.
New York Café, Budapest – 1894
Abrió en 1894 en la planta baja del New York Palace, en pleno Gran Bulevar de Budapest, y rápidamente se convirtió en el corazón de la escena literaria húngara. Los más grandes escritores del país trabajaron y soñaron en estas mesas.
En redes sociales se le conoce como «El café más bonito del mundo», lo cual es marketing pero no mentira. Es espectacular: techos altísimos, dorados por todas partes, candelabros que parecen salidos de un palacio. Es un destino turístico, sí, pero también un lugar funcional que ofrece platos húngaros tradicionales.
Confeitaria Colombo, Río de Janeiro – 1894
Desde 1894, la Confeitaria Colombo ha sido el lugar de encuentro de la elite brasileña. Los ex presidentes Getúlio Vargas y Juscelino Kubitschek se reunían aquí para café por la tarde y reuniones importantes. No era performance político: era el lugar donde realmente se tomaban decisiones.
Reconocida como una de las mejores pastelerías de Río, ofrece postres brasileños y portugueses tradicionales: quindim, mil folhas de creme, bomba de chocolate, pastel de nata. Y por supuesto, café brasileño.
Café Imperial, Praga – 1914
Un santuario de la Belle Époque que ha sobrevivido a guerras, cambios de imperio y ocupaciones. El edificio tiene historia propia: fue incendiado durante el asedio sueco de Praga, reconstruido en 1730 como hotel «Águila Negra», y finalmente rebautizado y redecorado en 1914 como Café Imperial.
Por aquí pasaron el primer presidente de Checoslovaquia Tomas Garrigue Masaryk, Franz Kafka y el compositor Leos Janacek. Un lugar donde aunque no hayan placas conmemorativas hay historia se siente en cada mesa.
Café Majestic, Porto – 1921
El Café Majestic abrió el 17 de diciembre de 1921 y sigue siendo uno de los ejemplos más hermosos del Art Nouveau en Porto. El nombre vino de la influencia de la elite cultural de París, que era referencia para la cultura portuguesa en esos días. Todo el encanto de La Belle Époque condensado en un café portugués.
Pronto se convirtió en punto de encuentro de las figuras más influyentes de Porto. José Régio, Teixeira de Pascoaes y Leonardo Coimbra le dieron el prestigio literario necesario para que se convirtiera en escenario de debates sobre los temas políticos, sociales y filosóficos más importantes de la época. Hoy sigue siendo un lugar extraordinariamente bello donde puede estar un rato rodeado de Art Nouveau auténtico.
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