Revista Diners
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Entre las múltiples capas que componen su mundo, Miguel Mesa Posada se mueve con una naturalidad que desarma. En él conviven la suavidad y la contundencia, la precisión académica y una intuición casi visceral por la materia. Habla como piensa: hilando ideas, cruzando referencias, construyendo sistemas, todo desde una poderosa sensibilidad estética. “Potosí”, la muestra que inaugurará el 19 de marzo en la galería Casas Riegner de Bogotá, no solo condensa más de una década de investigación con total elocuencia performativa, sino que además abre al público un espacio fascinante de posibilidades, fantasía y elucubración histórica.

Pensada como una experiencia en tres tiempos, esta exhibición nace de la curiosidad del antioqueño por crear una representación alternativa de otras realidades posibles luego del encuentro de Europa y América, del encuentro utópico entre diferentes tipos de materialidades simbólicas que se disolvieron, se impusieron una sobre otra o simplemente nunca convivieron.
“Yo quería hacer una colisión entre dos formas de entender el mundo que se pudieron haber potenciado. Mi práctica siempre se ha interesado por el intersticio entre lo que pudo ser y no fue. Básicamente, la antítesis del consejo que los psicólogos le dan a uno”, dice entre risas.
“Entonces yo fantaseo, porque en esa pregunta se encierra una fantasía histórica que viene, para mí, con una cierta nostalgia de eso que pudo haber sido. ¿Qué habría pasado de haber mantenido una tradición textil que llegara hasta nuestros días con la misma fuerza que tenía en la época de los primeros contactos? A partir de eso puedo imaginar, especular y elucubrar ese pasado que no fue a través de estos objetos”, explica.
“Potosí” nació como proyecto en 2013, cuando estudiaba Diseño de Moda en La Colegiatura de Medellín. Para entonces, Mesa sentía una frustración concreta. “La oferta textil en Colombia no era lo suficientemente interesante. Las telas se sentían tiesas, plásticas, y no me permitían llegar a los universos creativos que tenía en mente”, recuerda. Esa limitación, lejos de paralizarlo, lo obligó a fabricar su propio sistema.

A esto se sumó que, por aquella época, había quedado marcado por la lectura de Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Pero ya no por el discurso político, sino por una premisa que lo atravesó y que confirmaba algo que ya le había surgido en la mente: la idea de que la riqueza desde la óptica occidental pasaba por algo que se arranca de la tierra.
“Mi gran obsesión era esa fiebre por los metales. Esa idea de que la riqueza siempre la tuviera la tierra y hubiera que arrancársela. Veía, por ejemplo, imágenes satelitales del desierto de Atacama, donde desde el aire se puede escanear qué minerales hay debajo de la tierra; quedé muy impactado al entender que desde la mirada occidental la gran riqueza de Latinoamérica era casi exclusivamente ser un territorio rico en metales o minerales”.
La experimentación con el textil se convirtió, entonces, en su forma de representar esta “obsesión”. Primero de manera casi geológica, a través de capas de hilos, textiles y materiales metalizados en piezas que lo pusieron en el ojo de la industria de la moda, gracias a su colección debut en Colombiamoda.
Posteriormente, con un creciente interés por la antropología, que lo llevó a una residencia artística en el Museo Textil de Oaxaca, donde convivió durante tres meses con una comunidad tejedora. Adicionalmente, el MoMA de Nueva York lo invitó a formar parte de la exhibición “Items: is fashion modern?”, en la que presentó su reinterpretación del pantalón harem. Su curiosidad lo llevó a la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en París, donde profundizó a través de su maestría en esa aproximación antropológica al textil como lenguaje, entendiéndolo como bisagra social y simbólica, al igual que como forma de legado documental en las culturas mesoamericanas y andinas.
No sorprende, entonces, que “Potosí” regrese en 2026 como ese gesto de coalición en tres tiempos. El primero, por medio de la intervención textil de mapas en diversos tamaños y formatos de diferentes épocas: Descubrimiento, Conquista y Colonia. Mesa Posada sostiene que los mapas occidentales en papel responden a una necesidad humana universal de comprender y darle sentido al territorio, así como al deseo casi instintivo de comprender dónde se vive y qué compone el mundo que lo rodea, independientemente del formato o la conceptualización que cada cultura le dé.
“En Suramérica no hubo una forma de plasmar las ideas como en Europa, no hubo papel en la época prehispánica. La información era textil. El tejido era documento”, asegura. Aquí se propone una abstracción textil del territorio: menos coordenadas, más memoria táctil.
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La segunda parte de la muestra se concentra en la convivencia que nunca se dio entre la cerámica y la porcelana en objetos cotidianos en Europa y en América, como la vajilla y la loza. Aquí se invita a girar el objeto. “La parte de adelante siempre es bonita, pero la parte conceptual está detrás. Ahí están los sellos, las marcas, la estructura”. Para esta reinterpretación, el artista juega con sellos y guiños que recrean códices y referencias que mezclan ambos mundos. Referencias a la Abya Yala de los pueblos kunas, a la Colombeia de Francisco de Miranda o guiños a Rómulo Rozo dialogan con coronas de plumas inspiradas en vajillas de Royal Copenhagen, entre otras.
El recorrido culmina en lo que él llama el “hall espiritual”, una sala más oscura donde el brillo irrumpe con fuerza, acompañada por música del compositor francés radicado en México Nicolas Leau. Allí se despliega un altar cubierto de tela, con tres puertas como ciertos altares indígenas, rodeado de exvotos y piezas metalizadas. “Comprendí que tanto la civilización europea como la americana son civilizaciones del brillo. Hay una fascinación compartida por el lustre, por el metal martillado, por el espejo. Entonces quise hacer una explosión metalizada. No es una oda religiosa, es un espacio para que la gente tenga un encuentro con ese poder que genera el brillo”, explica.
Esta es una oportunidad inmejorable de ignorar lo que nos repite la sociedad una y otra vez, y poder ir, por primera vez, abiertamente contra corriente, regocijándose entre lo que efectivamente pudo ser y no fue. Eso sí, a toda belleza.

