Revista Diners
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En un momento en que la lectura se transforma y se adapta a nuevas formas de consumo, hay libros que recuerdan por qué seguimos volviendo a las páginas. Desde la experiencia sensorial de la infancia hasta la contemplación silenciosa de la vida adulta, pasando por la precisión casi quirúrgica del ensayo, estas tres obras publicadas en 2025 exploran distintas maneras de habitar la literatura. Ya sea a través del juego, la observación o la reflexión, cada una propone una relación particular con el acto de leer: una que se descubre con el cuerpo, otra que se construye en el tiempo y una más que se depura hasta lo esencial.
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Fiesta sorpresa / Kaori Takahashi / Océano, 2025

No hay nada que pueda remplazar los libros de papel en la vida de los niños. Más allá de alguna idea de nostalgia, me refiero a experiencias (muy concretas) que ocurren cuando los más pequeños leen con todo el cuerpo. Esta Fiesta sorpresa, de Kaori Takahashi, es un excelente ejemplo.
Al comienzo, el libro parece pequeño, como tantos de cartón grueso, pero al abrirlo se revela un secreto: cada página es, en realidad, un pedazo de una imagen enorme, casi tan grande como un niño. El gesto es simple —levantar el papel, darse cuenta de que la escena se vuelve otra—, pero concentra un aspecto esencial de la lectura en la primera infancia: que algo aparezca de repente… y que uno se acostumbre a esperar un resultado.
¡Cambias de página y algo pasa! Eso es magia para los que están leyendo sus primeros libros de la vida. Un formato resistente, diseñado para unas manos con poca experiencia. Las ilustraciones sostienen la atención. La estructura acumulativa —¿qué sigue ahora?— convierte un día de cumpleaños en una fiesta inolvidable.
La casa de verano / Masashi Matsuie / Libros del Asteroide, 2025

Esta novela es sobre un joven arquitecto que se integra al estudio del gran maestro Shunsuke Murai y pasa con sus colegas una temporada en la casa de verano de este, a unas horas de Tokio. Durante los primeros días allí, el narrador nos cuenta que se siente como una contraventana que no encaja del todo; con el tiempo —dice—, aprende a deslizarse limpiamente por el riel. En ese retiro trabajan en proyectos y preparan una propuesta para una biblioteca. Dibujan a mano, preparan el desayuno, afilan los lápices cada mañana, y todos saben quién tiene que hablar primero, incluso cuando no están trabajando.
La novela avanza con ese mismo ritmo: sin sobresaltos, atenta a las texturas, a la luz que entra por las ventanas, a la manera en que un espacio puede modificar la forma como las personas hablan y se mueven. Murai (que parece como si estuviera inspirado en algún arquitecto famoso, pero es un invento del autor) no quiere levantar un monumento que imponga su firma sobre el paisaje. Quiere diseñar un lugar que diga que los libros son indispensables para la vida común. Justo cuando el cine nos ha mostrado arquitectos obsesionados con el gesto monumental —pienso en El Brutalista (2025)—, La casa de verano propone todo lo contrario. Eso la hace refrescante.
Colección permanente / María Negroni / Random House, 2025

Leer estos textos es asistir a un ejercicio de depuración. Negroni se acerca a autores y obras de la literatura y el arte con una mirada rigurosa, pero deja escrito solo lo indispensable. Cada pieza es breve, afinada, como una piedrita, y sin embargo deja la impresión de un trabajo previo más vasto: lecturas prolongadas, asociaciones, capas de investigación retiradas deliberadamente para que el libro respire. No se exhibe el andamiaje crítico, pero se percibe que ahí está.
Negroni debe ser una profesora que prepara sus clases durante mucho más tiempo del que tardará enseñando a cada autor. Entre los ensayos de esta colección, hay entrevistas imposibles y cartas dirigidas a un maestro cuya identidad no se precisa. Allí el registro cambia: la reflexión se vuelve diálogo íntimo, atravesado por gratitud y por una duda que, en vez de debilitar el pensamiento, lo ilumina. La autora nos tiene acostumbrados a esa lucidez y a su temperatura afectiva. En ese lugar conocido, el del rigor y la cercanía, reside la intensidad del libro.
