La Biblioteca Nacional busca perseverar la memoria con un cuidado riguroso y atento a los todos los contenidos que llegan. Esto ayuda a que los libros antiguos sigan existiendo y los investigadores, con una serie de requisitos, pueda consultar escritos que podrían perderse por el tiempo.
En el fondo antiguo, un espacio al que casi nadie accede, por sus contenidos delicados, se conservan publicaciones de entre 1450 y 1830. Pero lo que realmente se resguarda ahí no es solo papel: es el rastro físico del pensamiento. Libros que fueron tocados, corregidos, intervenidos y cuentan con los pensamientos de miles de intelectuales que utilizaron esos libros para sus consultas. En este espacio se tienen varios libros que todavía tienen muchas cosas que decir.
La Biblioteca Nacional y sus tesoros

Uno de ellos, un incunable de 1480 de Tomás de Aquino, parece suspendido en el tiempo. No tiene portada. No tiene numeración. Su estructura remite a un mundo en transición: el paso del manuscrito a la imprenta tras la revolución de Johannes Gutenberg. Las letras capitales, por ejemplo, ni siquiera están impresas: quedaron en blanco para que alguien, hace siglos, las dibujara a mano.
Y en medio de esas páginas aparece una historia inesperada: la de Juana, una de las primeras mujeres negras mencionadas con nombre propio en la literatura neogranadina, descrita como una mujer que obtuvo su libertad. Es sorprendente tener un escrito de esa época con la primera mujer negra con nombre propio y con libertad.
La biblioteca, sin embargo, no es solo archivo: es también laboratorio. En otra sala, lejos de las vitrinas, los libros entran a lo que los restauradores llaman “un hospital para libros”. Cada pieza es diagnosticada como un paciente: rasgaduras, hongos, oxidación. Se limpia con algodón y agua destilada, se reconstruye con papel japonés,característico con una fibra milenaria libre de ácido.
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Aquí, la restauración no busca embellecer, sino preservar la verdad porque el tiempo también deja huellas invisibles. Hongos que flotan en el aire, bacterias que se adhieren al papel, acidez que vuelve frágiles las páginas. Por eso, en la biblioteca trabajan biólogas y microbiólogas que analizan el ambiente y los materiales. No solo protegen los libros: también a quienes los consultan.
Más adelante, el recorrido revela otro tipo de memoria: la imagen. En los archivos fotográficos reposan autores como Nereo López, junto a negativos que enfrentan un enemigo silencioso: el llamado “síndrome de vinagre”. Un proceso químico que descompone el material hasta hacerlo desaparecer. La solución no es detenerlo, ya que es imposible, sino ralentizarlo: congelar el tiempo en cámaras de frío mientras se digitaliza cada imagen antes de que se pierda.
En ese gesto hay algo profundamente humano: aceptar que lo material desaparece, pero intentar, de todas formas, salvar su memoria.
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Algo similar ocurre con obras como la de Maria Sibylla Merian, pionera de la entomología moderna, cuando las mujeres no podían hacer ciencia, ella viajó sola a Surinam para estudiar insectos. Sus ilustraciones no buscaban idealizar la naturaleza, sino mostrarla en proceso: larvas, crisálidas, hojas comidas. Vida en transformación. Ciencia antes de que se llamara ciencia.
Desde los incunables hasta las fotografías, desde los manuscritos coloniales hasta los acuerdos contemporáneos que también reposan en estas colecciones, la Biblioteca Nacional no conserva objetos estáticos. Conserva procesos: de escritura, de pensamiento, de país.
Porque incluso entre estos tesoros aparece un documento reciente: el acuerdo de paz, encuadernado como parte del patrimonio. Una decisión que, para muchos visitantes extranjeros, resulta obvia, pero que localmente aún genera distancia.
