Llegan los Premios Óscar 2026 este domingo, y recordamos las palabras que dijo el año pasado, Ted Sarandos, el presidente ejecutivo de Netflix, cuando afirmó en varias ocasiones que la experiencia de ir a una sala de cine a ver una película está pasada de moda. Según Sarandos, la mayoría de sus usuarios no está dispuesta a caminar hasta un múltiplex porque prefiere ver películas en casa, y para reforzar su rol casi mesiánico, ha asegurado que su plataforma de streaming está salvando al cine.
Sin embargo, en los últimos meses el ejecutivo ha tenido que ajustar sus argumentos, pues Netflix se obsesionó con comprar uno de los estudios cinematográficos más emblemáticos: Warner Bros. Actores, cineastas, productores y otros personajes determinantes en la industria han expresado su alarma, puesto que más que una salvación, la concreción de esta compra representaría un riesgo para esa rutina inimitable de sentarse en una silla al lado de una serie de extraños a esperar que se apaguen las luces y se prenda la pantalla.
Sarandos, para atemperar las aguas y lograr así su anhelado negocio, garantizó que mantendrá la tradicional ventana de 45 días para que todos sus estrenos se mantengan en carteleras de cine. Más allá de las intrigas de la industria, las nominaciones de los Premios Óscar 2026 no han hecho más que darles la razón a quienes han expresado su preocupación por ese posible monopolio, pues Warner Bros alcanzó un histórico de 29 nominaciones con dos de sus películas: Sinners (Pecadores), con 16, y Una batalla tras otra, con 13.
Aun cuando se puede plantear la duda de que los números son exagerados —Sinners es la película más nominada de la historia—, lo cierto es que estas dos cintas revitalizaron la industria de Hollywood en varios aspectos. En primer lugar, son apuestas originales que huyen del desgastado modelo de franquicias y de superhéroes, o del lugar seguro de las producciones para público familiar.
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Además, ambas películas son un síntoma de la buena cosecha que significó el 2025 para el cine en general, después de un 2024 totalmente olvidable (las trece nominaciones de Emilia Pérez en los Óscar del año pasado son aún tema de controversia).
Si se mide por números, la favorita para llevarse el mayor número de estatuillas en la ceremonia que se celebrará el 15 de marzo en el tradicional Dolby Theatre de Los Ángeles parece ser Sinners, pero los resultados podrían ser más apretados.
Hay muchos méritos en la cinta de Ryan Coogler, que mezcla el género de vampiros con la denuncia contra el racismo sistemático de Estados Unidos: técnicamente es impecable, a lo que se suma una concepción magistral del carácter ancestral de las músicas tradicionales y una actuación llena de matices de Michael B. Jordan, con su doble papel de los gemelos Smoke y Stack.
Sin embargo, Una batalla tras otra se presenta como una de esas películas con las que la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas puede pagar algunas de sus deudas históricas. Y es que su director y guionista es nada menos que Paul Thomas Anderson, uno de los más aclamados cineastas de la corriente del cine independiente que despuntó en Estados Unidos en la década de los noventa.
Anderson, quien para su nueva película se inspiró en la novela Vineland de Thomas Pynchon, nunca ha ganado un Óscar, a pesar de haber dirigido clásicos como Magnolia y Petróleo sangriento. Sería una decisión apenas lógica que la Academia lo premiara por fin este año. Y sería también una decisión apenas justa, ya que esta epopeya de la revolución tiene algunas de las escenas más memorables del año, tanto de acción como de comedia, y un elenco que no da un paso en falso, liderado por Leonardo DiCaprio, Benicio del Toro, Sean Penn, Teyana Taylor (todos nominados) y Chase Infiniti, una de las grandes revelaciones del año.
Un peldaño abajo de las dos grandes aspirantes del año se ubican, con nueve nominaciones, Marty Supreme, la película de Josh Safdie que podría darle el Óscar a mejor actor al versátil Timothée Chalamet; el Frankenstein del mexicano Guillermo del Toro, una versión más plana que memorable de la novela de Mary Shelley, y la noruega Valor sentimental, escrita y dirigida por Joachim Trier.
Esta última, cuyo elenco principal —Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas y Elle Fanning— fue nominado en su totalidad, es quizás el mayor soplo de aire fresco del año. El éxito entre la crítica y la industria de este catártico melodrama noruego, que además es el gran candidato en categorías como mejor película extranjera y mejor actor de reparto —Skarsgård se debería llevar esta estatuilla para su casa—, es uno de los mejores argumentos en oposición a la diatriba de Sarandos contra la experiencia comunal del cine.
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Detrás de este grupo de candidatas está la película Hamnet de Chloé Zhao, que podría ser una de las grandes protagonistas de la noche. Basada en la novela de Maggie O’Farrell, la cinta se centra en la vida de Agnes, la esposa de William Shakespeare, una mujer que tiene un profundo vínculo con la naturaleza.
La historia de Hamnet se convierte en un drama demoledor, pues Agnes y Shakespeare tramitan a su manera el duelo de perder a su hijo menor. Mientras ella trata de recomponer su alma desgarrada, William crea la tragedia teatral Hamlet, una obra inmortal que, siglos después de su estreno, continúa convocando y conmoviendo espectadores (nota para Sarandos: por favor, manténgase alejado del teatro).
La irlandesa Jessie Buckley hace el papel de Agnes, actriz tan portentosa en su interpretación que es capaz de conmover con la sola fotografía del póster oficial. Es probable que Buckley gane el Óscar a mejor actriz, aunque no estaría nada mal un empate con la australiana Rose Byrne, que ofrece otra interpretación desgarradora en Si pudiera, te patearía.
Esperanza latinoamericana y un olvido imperdonable
En el grupo de las diez producciones nominadas a mejor película se cuentan dos producciones internacionales: Valor sentimental y El agente secreto, de Brasil. Estos reconocimientos, a los que se suma la nominación como mejor actor al brasileño Wagner Moura, se pueden leer como una sana apertura de los Óscar al cine que se hace más allá de Estados Unidos, aun cuando en ese exclusivo grupo bien podría haber clasificado Fue solo un accidente, del iraní Jafar Panahi.
Con esta película, el director se convirtió el año pasado en el primer iraní en ganar la Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes y, además, logró dos nominaciones al Óscar —mejor guion y mejor película extranjera—, que en realidad saben a poco teniendo en cuenta la calidad y la trascendencia de la historia. Una consecuencia desastrosa de estos reconocimientos ha sido la condena a prisión de un año que Irán le impuso a Panahi, que actualmente vive en Francia, a quien se acusó de actividades de “propaganda en contra del Estado”.
Además de la película de Panahi, y de la brasileña y la noruega, la quiniela de mejor película extranjera incluye a la tunecina La voz de Hind Rajab y la española Sirāt, cuyo director, Oliver Laxe, ya se ganó su primera polémica de la temporada de premios por calificar a los miembros brasileños de la Academia de “ultranacionalistas”. “Presentan un zapato a los Óscar y votan todos”, fue la desproporcionada declaración de Laxe.
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La mayor injusticia de los premios Óscar 2026
Este grupo de elegidas encierra la mayor injusticia de los premios de la Academia, y no solo es en este año, ya es una cuestión sistemática que a estas alturas no tiene justificación alguna. Una vez más, los Óscar desconocieron al cineasta coreano Park Chan-Wook, que parecía ser un candidato lógico para esta y otras categorías, como la de mejor guion adaptado, por su nueva película, La única opción.
Con cintas como La decisión de partir, La doncella y Oldboy, Chan-Wook ha forjado una de las cinematografías más originales y apreciadas de los últimos años. La única opción, que balancea magistralmente la crítica social con el humor negro, está a la altura de sus antecesoras, por lo que su exclusión es difícil de explicar y de aceptar.
A los disgustos de esta edición se podría sumar el de Paul Mescal, que encarnó a Shakespeare en Hamnet, pero no se pudo colar entre los mejores actores de reparto, lo que puede ser una consecuencia de la confusión que se generó a la hora de catalogarlo como protagonista o como personaje realmente secundario. Una sorpresa sería la nominación de Kate Hudson como mejor actriz por Song Sung Blue y, como alivio, el hecho de que George Clooney no lograra entrar entre los opcionados a mejor actor por su papel de Jay Kelly, que tiene mucho de manipulador y poco de original, en la película homónima de Noah Baumbach.
Otro de los buenos síntomas es el reconocimiento de la Academia al cine de género, en este caso el horror, ya que, además de Sinners, están nominadas Amy Madigan, una de las favoritas a llevarse la estatuilla de mejor actriz de reparto por su aterradora interpretación en Weapons (que en Colombia se tradujo como La hora de la desaparición), y La hermanastra fea, que opta al premio de mejor maquillaje y peinado.
La gran novedad de estos Premios Óscar es la categoría de mejor casting, que ha generado alguna confusión, pues en principio se podría creer que el reconocimiento es para el mejor elenco, cuando en realidad es para los directores de reparto, es decir, las personas encargadas de seleccionar a los actores.
Más allá de las indignaciones, los justos reconocimientos y los inexplicables olvidos, los Óscar de este año ya han ganado un par de rounds en la batalla por la supervivencia del cine: la calidad de sus nominados podría borrar el mal sabor de boca que dejó la edición del año pasado, en la que la vara estuvo demasiado baja, y, además, les demostraron a los heraldos del progreso que las buenas películas merecen proyectarse en las pantallas más grandes y seguirse disfrutando en esa caverna de Platón que son las salas.

