Revista Diners
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—Despierta, hijo, despierta.
Abre un ojo, me mira a medias y responde:
—Déjame dormir.
No imaginaba esa respuesta después de haber cruzado el mundo entero, de viajar durante no sé cuántas horas, de rogar en la Embajada de la India por la visa —negada dos veces por ser periodista—, de casi desmayarme en el counter de la aerolínea antes de la primera escala porque, según una funcionaria, “no tenía” permiso de entrada a Estados Unidos. Un comentario desacertado, porque sí lo tenía. Y así tantas cosas más. Después de toda esa travesía, con los nervios a flor de piel, que me recibiera con un “déjame dormir”, pues…
—Tiago, es tu papá, llegó acá por ti —le dice Carolina, su mamá.
Abre esos ojazos que tiene.
—¿Papá? ¿Qué haces acá?
Se abalanza sobre mí y me abraza. Me abraza tan fuerte que todo lo anterior vale completamente la pena. Solo vine hasta acá, a 16.381 kilómetros de distancia y tras 26 horas de vuelo, por ese abrazo.
—Te tenemos una buena noticia —le digo.
Me mira expectante y su mamá añade:
—Esta semana no vas a ir al colegio, no tienes que presentar exámenes y se van de paseo.
Nos miramos sorprendidos. Ese último detalle ni yo lo sabía.
—¿A dónde nos vamos? —preguntamos al tiempo.
El amanecer nos encuentra hablando, pese al cansancio.
—¿Qué animal te gustaría ver, pa?
—Tigres, leopardos… elefantes. Me gustaría ver elefantes.
—En Kerala creo que los podemos ver.
Bangalore y el encanto del caos
Mi hijo vive en Bangalore, capital de Karnataka y tercera ciudad más grande de la India, con cerca de catorce millones de habitantes, una cifra menor si se toma en cuenta que este es el país más poblado del mundo, con 1.428 millones de personas; además, Bangalore es conocida como el Silicon Valley de la India por el número de empresas tecnológicas que alberga. Sin embargo, aquí apenas hay semáforos. Motos y tuctucs pululan por doquier. Todos pitan sin parar, por cualquier motivo. Desplazarse toma horas eternas.

El primer sitio al que me lleva Tiago es el Shivoham Shiva Temple. Por fuera parece un edificio anodino, con un KFC y un centro comercial al lado. Por sus barandas y luces de neón azules y verdes, luce más como la entrada a un parque de diversiones que a un templo hindú dedicado a Shiva, uno de los tres dioses principales del trimurti —del sánscrito “tres formas”—: Brahma (creador), Vishnu (preservador) y Shiva (destructor-renovador).
—Acá nos quitamos los zapatos —me
dice Tiago.
—¿A dónde me trajiste, hijo?
—Te va a gustar. A ti te encantan estos lugares raros.
Confío en mi guía. Caminamos por túneles húmedos —se me mojan los pies— hasta que el espacio se abre y, de repente, ¡bam!: el gran Shiva. Una estatua de veinte metros, una de las más altas del mundo dedicadas a esta deidad. Cuatro brazos, una cobra al cuello, postura de loto.
El templo, rodeado de montañas simuladas y un estanque de aguas serenas, lo construyó AiR-Atman in Ravi, quien una mañana tuvo una visión y, sin terreno ni dinero, logró que las cosas se alinearan hasta materializarla. Hoy, AiR-Atman es un reconocido guía espiritual, dedicado a promover el bienestar y la felicidad.
La entrada cuesta 500 rupias —unos 25.000 pesos colombianos— e incluye varios poojas, rituales hindúes organizados en lo que podríamos llamar estaciones, guiadas por monjes con túnica naranja y con su tilak pintado en el tercer ojo.
El primero consiste en recibir cuentas de sándalo para recitar un mantra y colocar 108 semillas —número sagrado— en cuencos, creando un ritmo hipnótico. Luego pasamos frente a Ganesha, el señor de los comienzos, patrono de los escritores, con nueve metros de altura y cabeza de elefante. Simboliza la sabiduría.

Recorremos túneles exóticos hasta encontrarnos con una de las escenas más curiosas: Hanuman, el dios mono, representado por un animatrónico que se abre el pecho para mostrar que lleva a Rama y Sita en el corazón. Este dios es una de las 33 deidades principales del hinduismo, aunque se habla de muchas más.
La India se caracteriza por su amplia diversidad religiosa y por ser el lugar de origen de tradiciones espirituales fundamentales, como el hinduismo, el budismo, el jainismo y el sijismo. El hinduismo es, de lejos, la religión más practicada en el país, pues la sigue cerca del 80 % de la población.
No sé cuánto tiempo transcurre. El jet lag se suma a la experiencia. Pasamos de una pooja a otra: regar leche sobre una piedra curativa, encender una vela y soltarla en el estanque, lanzar monedas, prender incienso…
Antes de salir, no podía faltar la foto con el gran Shiva. Tomo a mi hijo por los brazos y agradezco estar aquí con él, viviendo esto.
Bangalore ofrece mucho más, pero queremos huir del bullicio y entrar en calma.
La paradoja comunista de Kerala
Llegamos después de una hora larga de vuelo a la ciudad de Kochi, en el estado de Kerala, localizado en el sur de la India, hacia el mar Arábigo. Pese a que es una ciudad marcada por la historia, no es nuestro destino. Una vez que salimos del aeropuerto, tomamos un taxi que en dos horas nos lleva a los lagos de Vembanad.
Estamos perdidos en el taxi, y comunicarse con el conductor es difícil, pues el inglés no es su lengua ni la nuestra, hasta que, en un punto, se detiene al lado de un canal donde varios pescadores extraen cantidades inimaginables de conchas y las arruman en montañas. Habla con ellos en malayalam, la lengua nativa de esta región (aunque también podría ser tamil, otra muy frecuente en estas tierras). En total, hay 22 lenguas oficiales en India.
—Creo que dice que nos bajemos acá —susurra Tiago.
—Estamos como lejos, según el mapa —le contesto.
Cuando el señor comienza a bajar las maletas y señala un puente, entendemos que hasta acá llegó él. Empezamos a caminar. Un cartel con una hoz y un martillo. Otro, y otro, y otro. No entiendo bien los mensajes, pues en su mayoría están en grafías devanagari, pero el símbolo es suficiente para entender que hay una fuerte presencia del comunismo en estas tierras.
Resulta interesante pensar en el contraste entre la abundancia de templos de distintas religiones y la presencia visible del comunismo como fuerza política dominante en las calles de Kerala, uno de los 28 estados de la India, con cerca de 36 millones de habitantes, que ha sido gobernado en distintos periodos desde 1957 por la izquierda, en particular por el Partido Comunista de la India.
Kerala ha priorizado el desarrollo social y humano, con especial énfasis en la educación y la salud, lo que lo ha llevado a alcanzar niveles de alfabetización casi totales, uno de los índices más bajos de mortalidad infantil del país y algunos de los mejores indicadores de calidad de vida en el país. Este enfoque ha sido tan particular que ha dado lugar a lo que internacionalmente se conoce como el “modelo Kerala”.
Al frente de nosotros aparecen los lagos de Vembanad. Un muelle viejo de madera se extiende por encima de una extensa capa de vegetación acuática, mientras a lo lejos se ven varias embarcaciones y a los costados, enormes redes antiguas de pesca de caña de bambú, traídas por los chinos en el siglo XV.
Estamos en el muelle de Spice Coast Cruises, una empresa dedicada al turismo de lujo a bordo de los antiguos barcos conocidos como kettuvallam. Estas embarcaciones tradicionales están construidas con fibras naturales de coco y bambú, y su estructura se sostiene mediante cuerdas entrelazadas, sin clavos, siguiendo técnicas ancestrales.
Durante décadas, los kettuvallam se utilizaron para transportar arroz, cocos y especias a través de estas aguas, conocidas como los Backwaters de Kerala, una extensa red de canales interconectados entre ríos, lagunas y lagos que se extiende por más de 900 kilómetros.
Con la llegada del desarrollo y la construcción de carreteras, estas embarcaciones dejaron de ser necesarias para el transporte de mercancías. Sin embargo, su historia no terminó allí; las reinventaron y hoy son sofisticados alojamientos sobre el agua; navegan de nuevo, pero esta vez al ritmo pausado del turismo contemplativo.
—Bienvenidos, les presento a los miembros de la tripulación: Mr. Vinu, Madhu y Kunjumon, el chef.
Cada uno de ellos nos recibe con una sonrisa y con las manos en forma de oración, las palmas juntas a la altura del corazón. Es un gesto que comprendería después: se conoce como namasté y expresa reverencia, respeto y gratitud, entre otros significados. Es una forma de saludo muy frecuente en India, cercana y amable.
A esto se suma el head bobble, ese movimiento de cabeza que a los occidentales suele desconcertarnos, pues parece una mezcla entre un sí y un no. En realidad, es un gesto polivalente que se puede interpretar como señal de simpatía, acuerdo, respeto o armonía social. La hospitalidad es, sin duda, una de las grandes fortalezas de los indios; especialmente en el sur se habla de una “hospitalidad desde el corazón”, tan intensa que, en ocasiones, la complacencia puede rozar lo abrumador.
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Namasté.
Quitan amarras, encienden los motores y arrancamos. Estas embarcaciones suelen funcionar con energía solar y procuran ser lo más sostenibles posible con el entorno natural. De hecho, Kerala ha sido reconocido en repetidas ocasiones como uno de los destinos más sostenibles del planeta.
El barco cuenta con dos habitaciones, cada una con cama doble y baño privado; una cocina, y una sala-comedor que se abre a una zona descubierta con cojines y una pequeña mesa para tomar el té. Allí mismo, en la proa, se encuentra el timón, desde donde el capitán Madhu comanda la embarcación. Permanece sentado bajo una sombrilla que lo protege del sol intenso. Otra escena surreal.
—¿Se les ofrece algo de tomar? ¿El señor desea un vino y el joven un jugo de piña?
—Por supuesto, muchas gracias.
En la mesa nos sirven raw banana (banano crudo), fríjoles largos, camarones al curry, yogur de banana y yogur de remolacha. Sabores frescos, suaves, cremosos y picantes; distintos de lo que había probado antes. Todo se acompaña con Kerala parotta, un pan plano, delgado y hojaldrado que se sirve con todo y para todo. Spoiler: al final del viaje no quise volver a ver ni uno más, de tantos que comí.
Silencio. Calma. Sol. Vino. Brisa. Agua.

Una de las partes más interesantes del recorrido es cuando atracamos en uno de los tantos pueblos anfibios, en su mayoría habitados por pescadores y agricultores dedicados al cultivo del arroz Kerala, famoso por ser autóctono de esta región, por su textura terrosa y por sus beneficios para la salud. También lo conocen como arroz rojo o Matta.
Es encantador caminar por estos caminos rodeados de agua. Al costado hay casitas pequeñas, con sus viejos y sus niños, así como con sus gallinas y otros animales.
Por el canal aparece de repente una embarcación enorme: es un ferry que transporta a la gente de un pueblo a otro. Las ondas que crea chocan contra los bordes. Un pescador levanta su cañita para dejar pasar el bote y luego vuelve a lanzar su carnada.

El saludo de la nutria
Ya es tarde y la luz vertical se expande sobre las aguas de pequeñas lagunas, enclaustradas entre viviendas y templos. Se cuela entre las hojas verdes de los arrozales y entre el rocío que descansa sobre ellas. Hay un brillo —un brillo calmo, en silencio—, el brillo del campo. Escuchamos aves y a Vinu contar historias de estas tierras.
El sol juega a las escondidas detrás de cada palmera, pero el reflejo del agua le arruina el juego y lo duplica. En sánscrito, esa lengua antigua que dicen que sirve para comunicarse con los animales, Sandhyã significa ‘crepúsculo’, pero con una connotación mística. Cuando uno ve un Sandhyã en la India, en estas aguas, entiende ese misticismo. Las aves vuelan a nuestro alrededor y cantan; las olas del agua mueren en las orillas. El cielo, el agua, toda la existencia cambia de colores: pasa de tonos amarillos y rojos a naranjas y rosados, hasta terminar en un lila intenso.
El señor Vinu nos señala el lugar donde anclaremos y pasaremos la noche, pero antes nos dice: “Otter, otter…”. Miro a Tiago, extrañado, y él, emocionado, saca su cámara y me dice:
—Pa, son nutrias; mira.
Estos pequeños perritos de agua sacan la cabeza, se elevan hasta medio cuerpo y se sumergen, una y otra vez. Siguen nuestro trayecto y nos hablan; nosotros les respondemos. ¿Estaremos hablando en sánscrito?
Dejamos que el sol termine su espectáculo y volvemos a cenar. Jugamos otra partida de Uno. Leo un rato: Ciudad Victoria, de Salman Rushdie, que dice: “… las palabras son las únicas victoriosas. Son las únicas que sobreviven al paso del tiempo y a la destrucción de los imperios, porque las palabras, si están bien dichas, son inmortales”.
La deidad del bosque
La oscuridad de la noche se entrelaza con la neblina que cubre la laguna. Se escucha el canto de algunas ranas y el chapoteo lejano de las nutrias, pero el silencio triunfa. Ya todos se han acostado, excepto yo. Sigo leyendo un rato más, hasta que los ojos se me cierran. Me meto bajo el mosquitero y me dejo llevar por el suave balanceo del agua.
No sé qué hora es, pero una pequeña luz me incomoda. Abro lentamente los ojos y veo a una mujer frente a mí. La oscuridad es profunda, pero distingo su silueta inmóvil, observándome. Viste un sari morado —color que suele asociarse con la majestuosidad, la espiritualidad y la nobleza—. Lleva un anillo en la nariz y su piel es color canela.
¿Estoy soñando?
Me restriego los ojos. Ahí sigue. No siento miedo, aunque su mirada es severa. Tiene la mano derecha extendida hacia mí; de ella emana la luz que me despertó.
Vuelvo a frotarme los ojos. Ya no está. Ahora solo veo la luz del aire acondicionado. Me levanto, voy al baño y me echo agua en la cara. Suelo padecer parálisis del sueño, ese estado en el que pueden aparecer alucinaciones o figuras monstruosas. Sin embargo, esto fue distinto.
En las creencias folclóricas de Kerala se habla de las yakshis, deidades femeninas vinculadas a la naturaleza, asociadas originalmente a árboles y plantas. Con el paso del tiempo, tras la época védica y bajo la influencia de religiones dominantes como el hinduismo, a muchas de estas figuras las reinterpretaron como mujeres vampíricas, sedientas de sangre.
Yo no creo. Pero, si pudiera creer, pensaría que fue el espíritu de algún árbol, de un río o del lago el que vino a visitarme esa noche.
Surya Namaskar
Después de esta extraña noche, me levanto sin saber qué hora es, pues dejé el celular cargando afuera. Abro la puerta de madera. Todo es rosado. Pienso que está volviendo a atardecer. Nunca había visto un amanecer con colores así. Un ave sobrevuela el agua quieta y el viento que despiden sus alas crea pequeñas ondas que se expanden y mueren.
Me siento en la cubierta, pongo el parlante con el volumen bajo y suena Om Namah Shivaya. No soy diestro en yoga, pero sé algunas cosas; en particular, una sesión que me enseñó mi madre y que, con el tiempo y en distintas clases, fui perfeccionando: el saludo al sol, que en sánscrito se llama Surya Namaskar.
La luz rosada me rodea. Cierro los ojos y me concentro en la respiración.
Siento un movimiento a un lado y me doy cuenta de que Tiago y el señor Vinu me observan en silencio. No puedo con la vergüenza. Sin embargo, el señor Vinu me pregunta por el yoga y por la música.
—¿Cómo se llama esa música?
—El grupo se llama Singers of the Art of Living.
—Escuche Gayatri Mantra y Ganga Taranga… —me dice.
Después del intercambio musical, veo que los otros tripulantes se están bañando en el lago. Le pregunto al señor Vinu si nosotros también podemos hacerlo, y asiente.
—Pa, no, no… está muy fría.
—Hágale, valiente…
Nos lanzamos cogidos de la mano. Parecemos nutrias.

El baile kathakali
Ahora vemos un atardecer en Marari Beach, una de las playas más famosas del suroccidente de la India. Mojamos los pies en el mar, tomamos unas cuantas fotos y empezamos a caminar de regreso al Marari Beach Bungalow, un excelente hotel que acaban de inaugurar, situado a diez minutos de la playa. Tiene una piscina fabulosa, un restaurante excelente, una atención maravillosa. Sin embargo, unas luces a lo lejos, en la extensa playa, nos llaman la atención.
—No tenemos afán.
—No quiero ir, pa, está oscuro.
—Camine.
Detrás de unas palmeras, algo más capta nuestra atención. Hay unos faroles; parece un parque o una plazoleta…
—Miremos.
Tan pronto cruzamos esa frontera de palmeras, vemos caminos demarcados y faroles a los costados. A lo lejos distinguimos a un hombre que parece disfrazado. Nos acercamos y, efectivamente, no lo puedo creer. Qué afortunados somos.
El kathakali es una danza tradicional de Kerala. Katha significa ‘historia’ y kali, ‘juego’. Y es precisamente eso: un juego teatral con danza, con más de 300 años de historia. Frente a nosotros hay dos hombres: el bailarín y el músico. El primero viste un traje que incluye el kireetam —un enorme sombrero ornamental— y el kanchukam, chaquetas de grandes dimensiones. Tiene el rostro maquillado de verde, el llamado pacha vesham, que suele representar a los protagonistas nobles.
A nuestro alrededor se va sentando cada vez más gente y de repente me percato de que, en su mayoría, son extranjeros. Entonces caigo en cuenta:
—Tiago, parece que nos colamos en un hotel.
La danza del kathakali tiene varias particularidades. La primera es que solamente la interpretan hombres, quienes, en su teatralidad, encarnan a varios personajes en sí mismos, incluso personajes femeninos. Suelen narrar historias épicas y epopeyas, y el nivel de maestría que alcanzan los bailarines —tras entrenamientos estrictos— les permite hacer movimientos faciales que parecen imposibles: sonreír con un solo lado de la cara o mover las cejas como si una culebra se deslizara por la frente.
Además de los bailarines hay un músico que toca el madhalam, un tambor cilíndrico que parece hablar y acompaña cada uno de los movimientos del actor en escena.
Cuando termina el espectáculo, nos ponemos de pie y aplaudimos. Entonces vemos a un guarda de seguridad a nuestro lado. Nos acercamos al artista, nos tomamos una foto con él y luego vamos directo hacia el guarda.
—¿Dónde queda la salida? —le pregunta Tiago.
El guarda, sorprendido por la pregunta, le indica por dónde. Así que nos adentramos en el hotel: vemos sus piscinas, sus restaurantes… Evidentemente, se trata de un hotel de lujo. En la entrada nos preguntan por nuestra habitación. Tiago responde sin dudar:
—La 15… pero vamos a salir.
Sin mirar atrás, salimos del hotel y no paramos de reírnos. Nuestra historia bien podría servir de argumento para una danza de kathakali.

El elefante
—Ya está todo arreglado para ver al elefante —nos dicen en la recepción.
Sin embargo, hay algo que a Tiago y a mí no nos convence.
—Mejor cancélelo, por favor.
—Pero ya está todo organizado, ya vienen por ustedes.
—Lo siento, pero no queremos hacer turismo con animales. Seguramente están amarrados o maltratados, y no deseamos apoyar eso. Discúlpenos. Mejor, ¿nos podrían decir dónde podemos alquilar unas bicicletas?
No hay nada como la libertad de la bicicleta.
—¿Cuánto falta? —dice Tiago, sudando sobre la cicla.
—No sé… unos veinte minutos más. El Maps no me sirve.
—Eso es mucho. Ya llevamos una hora.
—Lo sé —respondo, jadeando bajo un sol abrasador—. Pero tenemos que seguir adelante, tenemos que lograrlo.
De pronto, nos topamos con una carrilera de tren. Para poder tachar otro ítem de la lista de este viaje a India, tenía que ver uno de los famosos trenes indios, y así fue. Maps dice que estamos en la entrada de Alappuzha.
—Menos mal, tengo hambre.
Parqueamos las bicicletas en un restaurante con vista a la playa. Nos sentamos a comer y a hablar de todo lo que hemos vivido.
—¿Qué tal el masaje que nos dieron?
El día en que llegamos al hotel nos contaron que estas tierras son famosas por la medicina ayurveda, una tradición de más de 5.000 años que busca el equilibrio entre el alma, la mente y el cuerpo. No podíamos dejar pasar la oportunidad de probarla, y nos dijeron que una buena opción era un masaje.
En una habitación, un hombre de enorme bigote y gesto amable me pidió que me quitara la ropa por completo. Quedé solo con una pequeña especie de tanga de papel que me entregó. Tiago no podía parar de reír al verme gritar y retorcerme. Confieso que me quitó el estrés, que efectivamente salí como nuevo, aunque no estoy seguro de si me lo volvería a hacer.
Una mujer joven, que tenía las manos pintadas con henna, se sentó cerca de nosotros.
—¿Dónde nos podemos pintar así? —le preguntamos luego al mesero.
—Vayan al Mullakkal Rajarajeswari Temple —nos respondió.
Alguna vez, un gobernador poco original de Alappuzha dijo que esta ciudad era la “Venecia de la India”, en alusión a sus canales y a los famosos recorridos por sus aguas. Nosotros la atravesamos en nuestras viejas bicicletas alquiladas. Nos internamos por varias calles hasta llegar a una especialmente atestada de gente. Parece que hay una gran feria: la calle entera es una fiesta donde se vende de todo, desde comida hasta joyas. Y ahí está el Mullakkal Rajarajeswari Temple.
Nos quitamos los zapatos. En la entrada, un grupo de hombres de mirada penetrante nos observa con detenimiento. Se escuchan cantos: mujeres recitan mantras en sánscrito. El aire se enrarece. Seguimos adentrándonos en el templo cuando algo me obliga a girar la cabeza.
No lo puedo creer. No lo puedo creer.
—Tiago, vamos, vamos, corre… No puede ser.
Él, sorprendido, camina presuroso a mi lado.
—¿Qué pasa, pa?
—Wao, mira, mira ahí.—¿Qué?
—Un elefante. Mira… un elefante. Y es un elefante sagrado.



